Hace dos siglos, un 30 de julio como hoy, nació en el pueblo de Thornton, en la región de Yorkshire al norte de Inglaterra, Emily Jane Brontë, una gloria de las letras en lengua inglesa, en el seno de una familia literaria única en la historia universal de las artes. Ante las celebraciones de su bicentenario, es momento de repensar su legado, la historia de su familia y la forma en que las reivindaciones sociales de hoy actualizan su obra.

Emily Brontë. Todo lo que emana de Ella
tiene la particularidad de conmoverme.
Haworth es mi lugar de peregrinación.

—Emil Cioran

 

Acercarse a Emily en la actualidad

La pregunta surge inevitable: ¿cómo es que Emily Brontë, y sus dos hermanas, Charlotte y Anne, resultaron ser todas escritoras de gran renombre, muertas a los 30, 29 y 38 años, respectivamente? Para los lectores de hoy, cabría primero hacer cierto ejercicio de imaginación para visualizar la vida de la familia Brontë en la primera mitad del siglo XIX.

El único retrato realmente indiscutible de Emily Brontë, pintado por su hermano Branwell. A la izquierda, la hermana menor, Anne.

Los niños Brontë crecen rodeados de libros. Tienen acceso a los diarios importantes de Inglaterra y Escocia, a las obras de Shakespeare, a las novelas de Walter Scott y a la poesía de Lord Byron, el súper ventas de su época, por solo mencionar a tres autores. La literatura es pan de cada día, es motivo y aspiración, presencia del pasado y promesa de futuro, eje fundamental en torno al cual orbitaba la vida misma.

El apellido paterno además, como una premonición, aparece ya en lomos y portadas. Patrick Brontë, el padre de las tres escritoras y de Branwell, queda viudo en 1821. Desde esos años es clérigo protestante en la comunidad de Haworth en Yorkshire. Se había titulado en teología en Cambridge y era un autor reconocido, por lo que alentó siempre las inquietudes artísticas de su prole, abiertamente manifiestas desde las más tempranas edades.

En su indispensable The Life of Charlotte Brontë (1857), la novelista y biógrafa Elizabeth Gaskell  —autora célebre por derecho propio y amiga íntima de la mayor de las Brontë— consigna un hecho que revela iluminadoramente la relación entre el clérigo irlandés y sus descendientes. En su afán por mantener comunicación con hijas e hijo, el señor Brontë recurrió a una estratagema curiosa: para que los menores pudieran sincerarse con mayor libertad, se le ocurrió utilizar una máscara, que los pequeños se ponían por turnos, para responder a las preguntas del papá.

Comencé con la más joven (Anne, después Acton Bell), y le pregunté qué era lo que una criatura como ella más deseaba; ella respondió, “Edad y experiencia”. Le pregunté a la siguiente (Emily, después Ellis Bell), qué sería lo mejor que pudiera yo hacer con su hermano Branwell, quien en ocasiones resultaba ser un niño mal portado; ella contestó, “Razona con él, y cuando no escuche razones, azótalo”. Le pregunté a Branwell cuál era la mejor manera de conocer la diferencia entre los intelectos del hombre y de la mujer; él repuso, “Considerando la diferencia entre ellos en cuanto a sus cuerpos”. Entonces le pregunté a Charlotte cuál era el mejor libro en el mundo; ella contestó, La Biblia. Y cuál era el siguiente mejor; ella respondió, El Libro de la Naturaleza.

Por la vida atareada del clérigo y en ausencia de la madre, el trato era algo distante. La mayor socialización de los niños se daba entonces entre ellos mismos, vigilados por su tía y un ama de llaves cariñosa, acompañados de mascotas y rodeados por los vastos páramos solitarios característicos de Yorkshire, donde solían pasear y en los que un día Emily situaría la acción apasionada, de tintes góticos y demoníacos, de Cumbres borrascosas (1847). Además de esta novela ya clásica, en años recientes han despertado renovado interés los universos literarios —Glass Town (Pueblo de vidrio), Angria y Gondal— que Emily creó en su infancia y temprana adolescencia junto con sus hermanas.

Los mundos imaginarios

El nacimiento de los paracosmos Brontë se da en 1826. Los niños tienen de seis a diez años. Con enorme entusiasmo, los cuatro se ven poseídos por la scribblomania —neologismo de Charlotte (garabatomanía)— y escriben relatos sobre Glass Town. El escenario era África, cada Brontë gobernaba un reino, y los cuatro dominios integraban la Federación de Glass Town, cuya capital era Verreopolis (“ciudad de vidrio” en latín). Posteriormente, las historias se mudaron a un nuevo reino, Angria. La ambientación debía mucho a cuentos de hadas y a Las mil y una noches, con elementos prestados de obras de Coleridge, Milton y Swift, descripciones de paisajes, palacios y escenarios inspirados en los grandes cuadros fantásticos del pintor romántico John Martin, de los que había reproducciones en los muros de la casa parroquial de Haworth.

El festín de Baltasar, de John Martin (1789-1854).

Las complejidades de los relatos reflejan la precoz formación intelectual de los niños —sus conocimientos de geografía, historia y política— y los cimientos de sus posteriores creaciones artísticas. Redactaron cientos de páginas en pequeños libritos, escritos en letra minúscula para simular letra impresa y, a la vez, dificultarle traviesamente la lectura al padre o a la tía. Los niños no solo escribían ficciones: crearon todo un universo editorial adicional a sus relatos, con editores y casas editoriales inventadas, periódicos literarios, críticos y controversias autorales, sin contar mapas detallados, bocetos y dibujos, árboles genealógicos, símbolos heráldicos, relatos de batallas terrestres y navales, información militar y política, y lances amorosos e intrigas románticas dignas de las dinastías reales británicas y continentales.

Unos años después Emily y Anne se rebelarían, y escindiéndose de Charlotte y Branwell, crearían un nuevo mundo propio, que bautizaron Gondal, una isla ficticia en el Pacífico austral. La primera noticia de Gondal aparece en el diario de Emily, en 1834. La mayoría de los textos de este paracosmos se han perdido, y solo quedan referencias sueltas así como poemas de Emily y Anne, intercalados en los pasajes en prosa.

Uno de los cuadernillos con poesías del ciclo Gondal muestra la minúscula letra de Emily. Fuente: Wikipedia

Hoy estos paracosmos se consideran como precursores de la ficción especulativa, cuando no de la ciencia ficción. Queda claro, especialmente en el caso de Emily, que rebasan el concepto tradicional de juvenilia, pues ella siguió escribiendo sobre Gondal, su universo literario particular, hasta poco antes de su muerte por tuberculosis, el 19 de diciembre de 1848, el año en que se publicó el Manifiesto del Partido Comunista en la cambiante Inglaterra en la que le tocó vivir.

El varón fracasa, las hermanas batallan

Los jóvenes Brontë llegaron a la mayoría de edad en una Inglaterra que concluía su transición de sociedad agrícola a sociedad industrial, en el comienzo de la era victoriana (1837-1901), en años en los que seguía consolidándose el Imperio Británico.

Branwell, el que más “prometía”, no prosperó como pintor, novelista o poeta. Se volvió alcohólico y adicto al opio. Acusado de impropiedades con la esposa de un reverendo que lo había contratado como tutor de su hijo, pasó los últimos años de su vida recluido en casa, hostigando a todos y afectando los planes de sus hermanas.

Por su parte, las tres Brontë tenían pocas opciones de vida: aventurarse a la incertidumbre de algún matrimonio, o bien ser sirvientas, institutrices o maestras. Su sueño de fundar una escuela en Yorkshire nunca se materializó a pesar de que la clase obrera, la nueva clase media, en plena movilidad social ascendente, buscaba mejor educación para sus hijos y de que en Yorkshire, como en el resto de Inglaterra, las condiciones eran propicias. Anne tuvo cierto éxito como institutriz, Charlotte también; y Emily trabajó como tutora de niños un año. En 1842 Charlotte y Emily radicaron en Bruselas un tiempo, en la famosa academia para señoritas de Constantin Héger. Bajo su tutela, Emily aprendió francés, mejoró sus conocimientos autodidactas de alemán, y quedó preparada para ser maestra de piano, con predilección por la música de Beethoven. La muerte de su tía Elizabeth, a fines de aquel año, llevó a que las hermanas regresaran a Haworth.

En 1845, ya en casa y desempleadas, Charlotte descubrió accidentalmente los poemas de Emily, quien se enfureció por la invasión de su privacidad. Pero la convenció finalmente de que incluyeran a Anne y publicaran juntas, usando seudónimos masculinos, para facilitar su ingreso al difícil y machista mundillo literario de su tiempo. Charlotte se llamó Currer; Emily, Ellis; y Anne, Acton. Su libro, Poems by Currer, Ellis and Acton Bell (1846), impreso con fondos de la herencia de una tía, vendió solo dos ejemplares en su primer año, pero pronto les abrió el camino para que publicaran novelas, comenzando con Agnes Grey de Anne, Cumbres borrascosass de Emily y Jane Eyre de Charlotte. En las primeras ediciones de las novelas, todas las autoras conservaban sus seudónimos masculinos, hasta que fueron reconocidas con sus nombres reales, y desde entonces la fama de las tres solo crecería.

Cabe mencionar que, en la eterna “Guerra de las Brontës”, aunque se reconoce que tanto Emily como Charlotte escribían con perspectiva de género, hoy Anne es considerada la mayor proto-feminista de las tres, por la feroz y cáustica denuncia de la misoginia, alcoholismo y brutal opresión machista que surge en La inquilina de Wildfell Hall (1848). Cuando apareció esta novela, escandalizó a los lectores victorianos —varones, por supuesto— mucho más que Cumbres borrascosas.

El microcosmos de la cumbre azotada por los vientos

Cumbres borrascosas bien pudo haber sido escrita por un águila.
—G. K. Chesterton

En los albores del siglo XXI, la única novela de Emily sigue siendo controvertida. A la luz de la llamada Cuarta Ola Feminista actual, en la era de #MeToo y de Time’s Up, sus atormentados, violentos y antitéticos protagonistas, Catherine y Heathcliff1 son objeto de reconsideraciones, cambios de perspectiva, nuevas borrascas.

Cumbres borrascosas no deriva de los mundos imaginarios de su autora. Es incluso mucho más que un anverso cruel, realista, de las ensoñaciones literarias de su infancia y adolescencia. Es un clásico, y a la vez un testamento.

Probablemente, es más ilustrativo leer Cumbres borrascosas que atarearse en los estudios críticos sobre la novela, que hoy llenan bibliotecas. Fue Charlotte la que abrió fuego a este respecto, en su prefacio a la segunda edición (1850), hablando de la autora como si aún fuera varón (“Ellis Bell”): “Cumbres borrascosas fue labrada en un taller rústico, con herramientas sencillas, de materiales caseros”. Este comentario de hermana mayor sobreprotectora podría crear una impresión equivocada: que Emily llegó tropezando a la creación de una obra maestra. En su breve y genial prólogo de la edición de “Sepan Cuantos…”, Sergio Pitol aclara mucho sobre “una de las más extraordinarias y revolucionarias novelas del siglo”:

La perfecta construcción de la novela, su corte trazado según los modelos del teatro isabelino (un prólogo, cinco actos, cada uno con un ritmo creciente en intensidad, y un epílogo final en que se ofrecen las soluciones), la precisión con que están trazadas las simetrías de la novela nos dan la idea de que la forma fue cuidadosamente pensada, que nada quedó a riesgo del azar. El contraste entre la exactitud de líneas y la precisión clásica de la forma con el contenido desorbitadamente romántico de la obra, constituyen por sí un excepcional logro estético.

Una reciente encuesta del diario inglés The Guardian coloca la novela como la mejor historia de amor de todos los tiempos. Pero esta apreciación de la obra es un lugar común, una percepción popular, porque Cumbres borrascosas es realmente mucho más que una “historia de amor”.

Virginia Woolf, sobre este particular, es clarividente y tajante: “No hay ningún ‘Yo’ en Cumbres borrascosas” —escribe en su ensayo Jane Eyre and Wuthering Heights (1904) —. “Hay amor, pero no es el amor entre hombres y mujeres. Emily se inspiraba en una concepción mucho más amplia. El impulso que la urgía a crear no nacía de sus propios sufrimientos ni de sus propias heridas. Ella contempló un mundo quebrado, sumido en un desorden gigantesco y sintió en ella el poder para unificarlo en un libro”, agrega.

Lord David Cecil, docto especialista del universo Brontë, redondea: “El mundo de Emily Brontë es un microcosmos; en él nos presenta la destrucción y el restablecimiento de la energía cósmica.” El “infierno triangular” de los protagonistas de la primera parte de la novela, Heathcliff, Catherine Earnshaw y Edgar Linton, con quien ella se casa, aunque ama a Heathcliff, representaría esta “destrucción”. El “restablecimiento de la energía cósmica” se da más bien en la segunda parte, en los personajes de la siguiente generación, el matrimonio de Cathy —hija de Catherine y de Edgar— con Hareton Earnshaw, el hijo de Hindley Earnshaw (hermano de la primera Catherine).

El cumpleaños 200 de Emily

Emily Brontë es parte integral de la cultura británica y Cumbres borrascosas jamás ha sido descatalogada. Al cierre de 2016 había sido traducida a 61 lenguas. Las referencias culturales sobre la novela y su autora no cesan: películas, óperas, canciones en todos los géneros, ballets, dramas radiofónicos, cómics, etc. Ha sido adaptada para la pantalla grande2 y la televisión en múltiples ocasiones, incluyendo la versión de Luis Buñuel, Abismos de pasión (1954), filmada en México. Cumbres borrascosas fue el título de la composición que en 1978 lanzó a un estrellato insólito a la cantante de 19 años Kate Bush (nacida también un 30 de julio).

Kate Bush, soprano dramática, le dio voz al fantasma de Catherine Earnshaw, que suplica resguardarse del frío invernal en la mansión de Cumbres borrascosas, dando pie a la locura final del atormentado Heathcliff.

 

Los festejos están en marcha desde hace algún tiempo en puntos varios de la Commonwealth. Para celebrar este 30 de julio, Kate Bush escribió un poema grabado en cuatro grandes lápidas de mármol repartidas entre Thornton, donde nacieron Emily, Charlotte y Ann, y Haworth, donde fallecieron.

En junio se publicó una nueva biografía, Emily Brontë Reappraised de la académica Claire O’Callaghan, que rebate que Emily fuera antisocial, excéntrica y depresiva. Abundarán las lecturas de la poesía de Emily y de Cumbres borrascosas, conferencias, espectáculos y más peregrinaciones que nunca a Haworth, al Museo Brontë y a la cripta familiar Brontë en la iglesia de San Miguel y Todos los Ángeles. Detractores de la autora y de las festividades se quejan de la pleitesía que se le rinde a “Santa Emily de Haworth”; y se renueva la discusión de quién es mejor escritora, Jane Austen o Emily Brontë.

Emily Brontë y Cumbres borrascosas seguirán provocando fascinación, perplejidad o rechazo: Emily, un intrigante misterio sin resolver, ubicua en su circunstancia histórica, personalidad compleja, acaso indescifrable, y meticulosa artífice literaria. Su novela, intensa exploración del bien, del mal y del amor, sin moraleja evidente pero con revelaciones muy precisas, amerita la definición de Calvino: “Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad”.

 

Rémy Bastien van der Meer
Guionista y traductor. Sus traducciones recientes son la saga The Sandman y La fotografía vernácula (Ediciones Ve).


1 Una conclusión actual sobre Heathcliff, por ejemplo, es que su antes mítica condición de antihéroe byroniano queda ahora rebajada a la de un tipo simplemente vil y despreciable, aunque en cuanto a inestabilidad emocional, histeria y crueldad hacia el prójimo prácticamente ningún personaje principal de Cumbres borrascosas se salva de no cantar mal las rancheras.

2 La Brontë Society ha encargado, por ejemplo, un filme corto —motivo de escándalo y controversia para no pocos puristas de la mitología Brontë— dirigido por la joven súper modelo Lily Cole, titulado Balls, en el que se le da a Heathcliff ya no un origen gitano sino africano. Balls (Pelotas, o Bolas), se refiere a las bolas rojas, azules y blancas, utilizadas en la época victoriana en sorteos en instituciones de beneficencia para madres solteras. En el cortometraje, acude a una de ellas, en Liverpool, una imaginaria ex esclava africana que lleva a su bebé —que un día será bautizado Heathcliff— para darlo en adopción (aunque en la novela, el Sr. Earnshaw explica que encontró al niño gitano en la calle, miserable, famélico y abandonado).