La siguiente crónica recupera la historia del nuumte oote o ayapaneco, lengua que se hiciera célebre supuestamente por ser hablada solamente por dos personas (que no se dirigían la palabra), y ahonda en el complejísimo universo de las lenguas en peligro de desaparecer, así como de aquellos que las pronuncian.

Según datos de Ethnologue: Languages of the World —anuario del Instituto Lingüístico de Verano—, existen 7 097 lenguas en el mundo, número que cambia constantemente porque, la verdad, no se sabe con exactitud cuántas hay. No es extraño. Aún quedan grupos humanos de los que se desconoce todo sobre su cultura. La ONG Survival estima la existencia de más de cien grupos aislados; la mayoría habitan selvas densas como el Amazonas y es posible que cada uno tenga su propia lengua. Además, la definición de “lengua” es tan escurridiza como la de “especie” en biología. La mutua inteligibilidad es un criterio importante. Por ejemplo, en México, quienes hablamos español nos entendemos con españoles, cubanos o argentinos a pesar de las variaciones del castellano. Sin embargo, a veces otros factores también se incluyen: los valencianos insisten en que no hablan catalán, sino valenciano, aunque se puedan entender con los catalanes si no se mete la política en la conversación. En otros casos, una lengua resulta en realidad ser un conjunto de lenguas emparentadas entre sí, como sucede con los idiomas mixtecos o Ñuu Dzahui.

Al conteo de Ethnologue también es necesario restarle las lenguas que se extinguen: una cada catorce días, según los cálculos. Sobre este lingüicidio se desarrolla la historia del documental Sueño en otro idioma. Un lingüista llega a un pequeño poblado de Veracruz a documentar a los últimos dos hablantes de zikril, una lengua que no existe, pero pudiera ser cualquiera del 18.55% de lenguas que ahora están en peligro severo o crítico, según la UNESCO. Y también es la historia de Evaristo e Isauro, los últimos dos hablantes de una lengua a punto de morir, que no se hablan entre sí.

La lingüística podría ser considerada la más misántropa de las ciencias antropológicas. El objeto de estudio del lingüista es la lengua, no la gente. Para infortunio de algunos investigadores ariscos, las lenguas naturales solo son habladas por personas que, a veces, no están en disposición de hablar. Documentar todas las lenguas no es un trabajo sencillo.

De este drama académico han surgido varias anécdotas, como la del último hablante de una extraña lengua, quien no tenía ni un solo diente y al que le reconstruyeron la dentadura para grabarlo. O la lengua con solo dos hablantes que no se hablan entre sí. Si uno pregunta de qué lengua se trata, te responden: “No sé, no sé. Yo solo lo escuché por ahí”.

Mapa de la localización de las 21 lenguas que integran la categoría de “peligro crítico” dentro del territorio mexicano, según la UNESCO. Se enlistan las siguientes: aguacateco, ayapaneco, chuj, ixcateco, ijilo, cachiquel, quicapú, kiliwa, lacandón, chontal bajo, mayo, totonaco de Misantla, mochó, totonacano septentrional, totonaco de Ozumatlán, huave de San Francisco del Mar, nahua de Tabasco, tuzanteco, zapoteco de Asunción Tlacolulita, zapoteco mixtepeco, zapoteco de San Felipe Tejalápam.

Un investigador de la Universidad de Indiana, Daniel F. Suskal, recuerda haber escuchado en un programa radiofónico de Chicago el mito de los dos últimos hablantes de una lengua mexicana y admite haberlo alimentado, aunque conoce mejor los detalles. En 2004 Suslak comenzó a trabajar en un poblado cercano a Villahermosa, Tabasco, donde grabó a Manuel y a Isidro (o “Chilo”), señalados como los dos últimos hablantes de nuumte oote (“lengua verdadera”) o ayapaneco. Suskal cuenta1 que para él tenía mayor eficacia retórica decirle a la gente que Isidro y Manuel no se hablaban que explicar la verdad, un poco más complicada: que son dos personas con poco en común, excepto compartir una lengua en peligro crítico de extinción, junto con otros semihablantes más.

En 1971 Antonio García de León anunció al mundo académico la existencia de una lengua zoque de la que no se tenía noticias. En los Anales del Museo Nacional de México, escribe:

En el mes de enero de 1966, y haciendo un recorrido con el fin de recopilar vocabularios de nahua de la Chontalpa tabasqueña, pasamos por el pueblo de Ayapa, que se halla en el camino que va de Comalcalco a Jalpa de Méndez, donde encontramos hablantes de una lengua que los lugareños llaman “zoque”, o bien, “lengua”.

Eran 150 hablantes dentro de una población de dos mil habitantes, todos mayores de 35 años. García de León elicitó, es decir, registró vocabularios de la lengua y confirmó su pertenencia a la familia mixe-zoque, aunque tenía marcadas diferencias con otras lenguas de esa familia, como el popoluca de la sierra.

Con el método glotocronológico —ahora bastante cuestionado— se calculó que esta familia tenía una divergencia de 35 siglos. Es decir, se proponía que por el año 1,500 a. C. un grupo de personas compartieron una lengua mixe-zoque que con el tiempo se diversificó. Los hablantes de esta hipotética lengua se habrían extendido del río Papaloapan al río Grijalva. Esta reconstrucción histórica abonaba datos para la propuesta del arqueólogo Wigberto Jiménez Moreno: la lengua hablada por la cultura olmeca era mixe-zoqueana.

Aquí ya tenemos una historia para interesarnos lo suficiente en alguna lengua de México: el ayapaneco, que solo se habla en un pueblo de Tabasco y que dejó de transmitirse durante varias generaciones; pero le falta el factor humano para volverse viral. En la década de 1990 nos dieron una mejor versión: el caso de una lengua que es solo hablada por dos hermanos, como si fuera una lengua privada.

Los hermanos Manuel y Esteban colaboraron con especialistas en lenguas zoqueanas en la última década del siglo XX. El resultado fue, en palabras de Suskal, “buen trabajo al viejo estilo de la recuperación lingüística, apreciado por colegas lingüistas y mesoamericanistas e ignorado por todos los demás, incluida la mayoría de las personas que viven en Ayapa y sus alrededores”. Para entonces, algunos contaban que Manuel y Esteban eran los únicos hablantes de ayapaneco que quedaban, aunque en realidad otro hablante fue grabado por lingüistas para documentar la lengua: Chilo.

En 1999 murió Esteban. De los hablantes que colaboraban con los investigadores quedaron Chilo y Manuel. El cuento de los dos hermanos se transformó en el cuento de los dos enemigos. Su salto a los medios sucedió en 2007 por unas declaraciones de Fernando Nava, director fundador del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas. El ayapaneco era un caso que permitía ejemplificar la situación de riesgo de muchas lenguas de México. Nava mencionó una supuesta pelea entre sus dos últimos hablantes. Los medios vieron en esa anécdota una nota con potencial. Las agencias internacionales la llevaron a todos los rincones. En declaraciones posteriores, Nava matizó sus palabras, pero la leyenda ya había adquirido vida.

No me importa si una historia no es verdad mientras sea una buena historia, pero se aprecia más cuando te hablan con sinceridad. A diferencia de las tergiversaciones mediáticas sobre el ayapaneco, Sueño en otro idioma se plantea desde un inicio como ficción y cuenta la tragedia real del lingüicidio con un discurso más efectivo que el académico. Lo logra porque no cuenta la historia de una lengua, sino la de los hablantes. Los hablantes de una lengua minorizada sufren una discriminación que puede equipararse con la discriminación racial o por orientación sexual. De manera sutil, así es presentado en la película.

A inicios del siglo XX, el normalista Gregorio Torres Quintero, que sentó varios precedentes para la educación pública en México, declaró que la conservación de las lenguas indígenas solo era de interés para “anticuarios y lingüistas”. Y aun así el lingüista es en más de una ocasión solo un testigo silencioso que sostiene una grabadora mientras registra las últimas palabras del último hablante de una lengua.

Curioso que a Torres Quintero no se le haya ocurrido que la conservación de una lengua también podría ser del interés de sus hablantes. Los “últimos” cuatro hablantes de ayapaneco hicieron una escuela para enseñarle su lengua a los niños de Ayapa.

 

Juan Paulo Pérez-Tejeda
Lingüista. Ganó el segundo premio del concurso “La crónica como antídoto: si las piedras hablaran” con el texto “Las batallas en Xoco”, publicado por la UNAM.

Referencias
• EFE, “Dos ancianos mexicanos peleados son los únicos hablantes de la lengua ‘zoque’”, Soitu, 13 de noviembre de 2007.
• García de León, Antonio, “El Ayapaneco: Una variante del Zoqueano en la Chontalpa Tabasqueña”, Anales del Museo Nacional de Mexico, vol. 2, 1971, p. 209–224.
• Moseley, Christopher (ed.), Atlas of the World’s Languages in Danger, Paris, UNESCO Publishing, 2010, versión en línea.
• Suslak, Daniel F., “Ayapan Echoes: Linguistic Persistence and Loss in Tabasco,
Mexico”
, en American Anthropologist, vol. 113, núm. 4, 2011.
• Suslak, Daniel F., “Ayapanec”, International Journal of American Linguistics 83, no. S1: S25-S39, abril 2017.
“Uncontacted tribes: Who they are?”, Survival International (sitio web), 2018.


1 En su artículo “Ayapan Echoes: Linguistic Persistence and Loss in Tabasco”.