En medio de la guerra civil que divide a Estados Unidos en dos, Willie, el hijo de doce años del presidente Abraham Lincoln, cae enfermo. En cuestión de días, el pequeño muere y su cuerpo es trasladado hasta un cementerio en Georgetown. La escena del mandatario llorando junto a la tumba del menor es la detonante de Lincoln en el Bardo (Seix Barral, 2018), título con el cual George Saunders no solo debutó como novelista, sino que además le dio los bonos suficientes para obtener el prestigioso Premio Man Booker 2017. 

Hasta ahora Saunders se había distinguido como un notable cuentista. Sin embargo, con el ambicioso ejercicio coral que supone su primera novela, en la que da vida a más 160 voces, el autor se erige como un maestro de las distancias largas. Converso al budismo, el escritor texano recupera la noción del Bardo como aquel espacio intermedio entre la vida y la muerte. Su libro transcurre en ese terreno y en una especie de tiempo indefinido donde conviven la ensoñación con el misterio y el dolor.

A través del luto y la pérdida, el narrador plantea la posibilidad de volver al origen y a lo básico para renacer ante el caos. De hecho, reconoce en entrevista, que dada la situación social y política que predomina en su país, le gustaría que su novela se leyera como una invitación a refundar los valores que dieron origen a Estados Unidos.


Héctor González: Hasta ahora eras conocido por tu trabajo como cuentista. ¿La escritura de una novela era un pendiente?

George Saunders: No, sinceramente, ya casi había renunciado a la novela. De hecho, estaba un poco orgulloso de solamente ser un escritor de “historias cortas”. Pero luego llegó la idea de Lincoln en el Bardo y a medida que trabajé en ella, siguió creciendo. He de reconocer, sin embargo, que una vez que terminé su escritura encontré un pequeño estallido de orgullo por haber, finalmente, escrito una novela o algo parecido por lo menos.  

HG: La imagen de Lincoln llorando la muerte de su hijo en medio de la guerra civil es conmovedora. ¿Cómo definiste que ahí estaría el disparador la historia?

GS: Hace muchos años escuché esa anécdota y desde entonces me había acompañado. Ya había intentado escribirla, pero no me salía. Incluso había descartado cualquier posibilidad de trabajarla, pero el ciclo se repitió. Finalmente, en 2012, pensé: “Bueno, es ahora o nunca”. Después de que una idea o material te acompaña durante tanto tiempo, vale la pena hacer un esfuerzo sincero. Si fracasas será, al menos, un fracaso honorable. Podría definirlo como una encrucijada artística. Atreverse o morir.

HG: En esta imagen de Lincoln y en el libro mismo hay una reflexión sobre la culpa.

GS: Bueno, creo que tienes razón. Crecí siendo católico, así que la culpa forma parte de mi identidad. Pero también, en la historia de la relación de Lincoln y su hijo había muchas razones por las cuales él, esto siempre me pareció sospechoso, podría sentirse culpable. Te pongo un ejemplo: mientras el chico se encontraba enfermo organizaron una fiesta. Tras la celebración, Willie empeoró.  

HG: Tu Bardo y los espíritus que lo habitan se resisten con cierta rebeldía e ingenuidad al paso del tiempo. Te confieso que por momentos me parecía una especie de “Tierra del nunca jamás”.

GS: Tiene sentido ahora que lo mencionas; los espíritus se niegan a “crecer”, por así decirlo. Y como Peter Pan, eso crea una especie de personalidad atrofiada, con mucha energía de negación. No obstante, la idea del Bardo se sostiene más en la tradición tibetana que lo ubica como un lugar intermedio entre la vida y la muerte.  

HG: 166 voces para contar una historia suponen un ejercicio profundo de narración donde la voz del autor está prácticamente diluida. ¿Por qué hacerlo de esta manera?

GS: Mi intención no era diluir la voz del autor sino erradicarla. Me gusta la idea de que en cualquier momento la “realidad” se articule a partir de voces dispares que únicamente opinan (dentro de nuestras cabezas o fuera de ellas). Prefiero esta estructura a la del narrador omnisciente tradicional. Me encanta Shakespeare cuando no se hace presente y consigue que su conciencia adquiera diferentes formas, es entonces cuando salen todas sus voces narrativas, ninguna de ellas autoritaria, o “totalmente correcta” o “totalmente incorrecta”. Siento que así es como Dios nos ve: un grupo de fenómenos maravillosamente obstinados, cada uno pensando que él o ella es el centro absoluto y correcto del universo.

HG: Otro tema en tu libro es la muerte. ¿De qué manera tu adhesión al budismo cambió tu percepción al respecto?

GS: Sería difícil para mí articular una respuesta. Cualquier sistema espiritual plantea una manera para que aceptemos nuestra propia e inminente muerte; una forma de sentirnos lo suficientemente bien al respecto como para seguir viviendo aquí con cierto placer y positividad. Si el practicante encuentra en su sistema de fe una protección contra su propio temor a la mortalidad y una forma totalmente verdadera e incluso científica de entrar en la verdad de la vida y por lo tanto liberarse del miedo, es maravilloso.

HG: Al final, tu libro deja una sensación de esperanza, un sentimiento que creo que no tiene mucho que ver con el presente de los Estados Unidos.

GS: No soy optimista ni pesimista sobre lo que sucede en mi país, solo te puedo decir que estoy sorprendido por el presente. Cuando pienso en una forma para poder ver, o mejor dicho salir, del momento de locura y enfermedad que vivimos, solo se me ocurre desviarnos hacia una autocracia completa. Es una gran prueba nacional. Toda nuestra historia racista, violenta y xenófoba, que pensamos (o al menos pensé) se estaba desvaneciendo, ha florecido nuevamente. Resulta que nunca se fue, solo se escondió. Y esas fuerzas son poderosas, como lo son las fuerzas de la banalidad y el materialismo. A estas alturas reconozco, y sin proponérmelo realmente, que me gustaría que en Estados Unidos trabajáramos en la visión final del libro. Necesitamos repensar en los valores que motivaron su fundación: la búsqueda de un lugar donde la igualdad política y espiritual se unen para ser celebrados y defendidos. Ya veremos qué sucede, pero quiero aprovechar para pedir disculpas a México por el mal comportamiento que emana desde la cúpula de nuestro gobierno.

HG: Recientemente murieron dos grandes escritores estadounidenses, Tom Wolfe y Philip Roth. ¿Cuál es tu relación con el trabajo de cada uno?  

GS: Mi formación es de clase trabajadora y mi vida laboral comenzó como ingeniero, así que no creo que tenga que decir demasiado en ese sentido. A ambos los leí, me encantaron y sin duda aprendí de su trabajo. Me impresiona su gran productividad y el enorme alcance de los mundos que tomaron. En términos de beisbol, realmente dieron grandes batazos. Dicho esto, me siento aún más como un escritor en ciernes y por lo tanto creo que lo mejor será que me vaya a trabajar.

 

Héctor González
Periodista cultural.