A cien años del nacimiento de Nelson Mandela, uno de los líderes sociales más transformadores del siglo XX, recordamos los claroscuros de su movimiento social en la Sudáfrica de ayer y hoy.

Pocas personas marcaron el rumbo del siglo XX como Nelson Rolihlahla Mandela. Sin embargo, su figura incontestable y el peso de su legado histórico han distorsionado su papel en los anales. El mito ha devorado al hombre y a su movimiento. Para el imaginario colectivo, Mandela representa un héroe revestido de un halo paternalista, un personaje idealizado. Se supone que su movimiento, irrenunciablemente pacífico, acabó con el estrago del racismo institucional e instauró una moderna democracia al sur del continente africano. Por desgracia, la visión popular de Madiba y de su legado —construida desde un distante y burdo lente Occidental— es casi una caricatura. Un siglo después de su nacimiento, rendirle homenaje implica desmontar esa ficción y construir una revista crítica, libre de romanticismos.

Nelson Mandela no fue Mahatma Gandhi. El Nobel de la Paz no dudó en hacer uso de la violencia para alcanzar un propósito ulterior: el fin de la supremacía blanca y la igualdad entre sudafricanos. Madiba tenía plena consciencia de las técnicas escalonadas de guerrilla empleadas con éxito por Mao Zedong. Conocía las fronteras de la vía pacífica y contaba con el sabotaje, el terrorismo y la revolución misma dentro de sus tácticas, según detalló en su autobiografía.

El costo de la violencia fue de casi tres décadas en prisión, en una isla otrora empleada para aislar leprosos y animales en cuarentena, prácticamente incomunicado. Durante su juicio en Rivonia, Mandela espetó un discurso lapidario que obligó al gobierno a prescindir de la pena de muerte, por miedo a construir un mártir, y condenarlo a cadena perpetua. Incluso desde la cárcel, Mandela fue capaz de convertirse en líder y símbolo de una masa de sudafricanos oprimidos durante siglos por una minoría de origen europeo. Frente al asedio del Estado supremacista, Madiba respondió con resistencia. Prueba de ello fue la respuesta que en 1985 su hija Zindzi leyó ante los miles de asistentes que se reunieron en el estadio Jabulani de Soweto: Mandela rechazó la libertad puesta sobre la mesa por parte del gobierno a cambio de renunciar a una potencial lucha armada.

Fotografía: Thierry Ehrmann, bajo licencia de CC.

Esta estrategia de largo aliento, entre la amenaza revolucionaria y la negociación pragmática, fue uno de los grandes logros de Nelson Mandela. Como contadas figuras en el siglo pasado, Madiba encontró el frágil equilibrio entre el diálogo y la rebelión, entre la pólvora y la palabra. Su curso al timón permitió que Sudáfrica escapase de la principal ruta que siguieron buena parte de las colonias africanas tras la independencia: la guerra civil. Su genialidad residió en haber articulado, aun desde la cárcel, una serie de grupos y organizaciones antiguamente inconexos en un movimiento de dimensión nacional, bajo el paraguas del Congreso Africano Nacional (CAN). Su estrategia propició una victoria doble: por un lado, consiguió suplantar al régimen anterior sin recurrir a un movimiento armado y, por el otro, instauró un sistema democrático con legitimidad suficiente para que éste diera sus primeros pasos.

Sin embargo, el triunfo incontestable de Mandela fue el del símbolo, el de las formas. Su causa de vida, la lucha intransigente por la igualdad, difícilmente podría encontrar una derrota más contundente en los hechos: a veinticuatro años del inicio de su presidencia, Sudáfrica es hoy el país más desigual del mundo.1 El 1% de la población, mayoritariamente blanca, acumula el 71% de la riqueza nacional, mientras que el 60% más pobre se reparte solo el 7% de la misma.2

Regionalmente, la desigualdad es más potente ahí donde la segregación institucionalizada del apartheid fue más radical. El régimen segregacionista designó distintas demarcaciones territoriales para alojar poblaciones negras étnicamente homogéneas y privarlas de los derechos más básicos otorgados por la ciudadanía sudafricana, tales como el acceso al agua potable y a un piso firme. Esta política de separación respondía, asimismo, a una lógica de sometimiento que sofocara cualquier posibilidad de organización y sublevación entre los distintos grupos étnicos. Los llamados homelands, a manera de eufemismo, estaban marcados por condiciones de vida miserables y oportunidades laborales particularmente precarias. Las tres provincias más afectadas por el sistema de Bantustán —KwaZulu-Natal, Limpopo y Cabo Oriental— hoy en día son precisamente las regiones con las disparidades más extremas en términos de ingreso.3

La primera generación nacida en la Sudáfrica democrática, a finales de los años ochenta, enfrenta un escenario poco alentador. En 1975, del total de estudiantes negros matriculados en la universidad, un 15% lograba graduarse. Cuatro décadas después, esta cifra es solo del 5%.4 Por otro lado, la tasa total de desempleo juvenil oscila alrededor del 52% y está conformada en un 40% por negros y en 8% por blancos.5 Aunado al desolador plano económico, el pasado segregacionista de Sudáfrica se manifiesta en todos los aspectos de la vida diaria. Uno de los ejemplos más potentes es quizás el diseño urbano de las ciudades sudafricanas, que continua atomizando comunidades enteras y acentuando todo tipo de contrastes. Por otro lado, la presencia de signos y demás vestigios del colonialismo aún abundan en los espacios públicos, fomentando simbólicamente las asimetrías sociales.

Fotografía: Matt_80, bajo licencia de CC.

La revisión de la narrativa del colonialismo y la reapropiación de los espacios públicos fueron temas que por años se relegaron a un segundo plano. Sin embargo, la pulsión de las nuevas generaciones negras por conquistar el lugar que indudablemente merecen en la historia de su país ha resaltado la urgencia de tener una conversación que reconozca los horrores de antaño en toda su complejidad.  Por lo tanto, no es de sorprender la ola de protestas universitarias que tuvo lugar en 2015. Bajo el movimiento de #RhodesMustFall, jóvenes sudafricanos denunciaron la predominancia de actitudes discriminatorias y la presencia de símbolos coloniales tales como la estatua de Cecil Rhodes —artífice del colonialismo británico— que hasta entonces seguía adornando el atrio principal de la Universidad de Ciudad del Cabo.

El legado de Mandela en términos de la lucha por la igualdad social y política es innegable. No obstante, el movimiento de masas del Congreso Africano Nacional fracasó en el diseño de políticas públicas e instituciones que deben acompañar a cualquier democratización que pretenda ser exitosa. Naturalmente, uno de los pilares del primer gobierno post-apartheid fue el combate a la disparidad económica que existía y que aún persiste en el país. Para paliar este problema, el nuevo gobierno puso en marcha el programa del Empoderamiento Económico Negro (EEN), una serie de esquemas de acción afirmativa diseñadas para obtener una mejor distribución de la riqueza, en función de la demografía racial. Entre otras cosas, estas reformas garantizaban a inversionistas de color acceso a sectores claves de la economía. La idea subyacente era promover un cambio en los estamentos más altos que detonara más y mejores oportunidades para las clases más bajas.

Sin embargo, el resultado no fue el esperado. El traslado de la riqueza de las manos de un puñado de blancos a las de un reducido grupo de negros no solo fue insuficiente sino perjudicial. Las cuotas raciales impulsadas desde el gobierno en la cúpula industrial sudafricana alimentaron una nueva oligarquía negra conformada por varios miembros del Consejo Nacional Africano. Los responsables de repartir los beneficios económicos a las masas negras que pretendían dignificar han contribuido al ensanchamiento de la brecha de la desigualdad, así como a una corrupción epidémica en el seno del partido que puso fin al apartheid.

Durante los años más álgidos de la lucha por la libertad, Sudáfrica alcanzó niveles exorbitantes de violencia, llegando a los ochenta homicidios por cada cien mil habitantes en 1993.6 Esta situación respondía en buena medida a las prácticas de un gobierno represor. La instauración de la democracia trajo consigo la promesa de poner fin al uso indiscriminado de la fuerza por parte del Estado. Veinte años después, la tasa de asesinatos ha disminuido en más del 50%, aunque ha remontado lentamente a partir de 2011.7 A pesar de estos avances, Sudáfrica sigue siendo uno de los países más violentos del mundo, superando casi diez veces el promedio de asesinatos que ocurren en la Unión Europea.8

La evolución del Congreso Nacional Africano es particularmente preocupante. Los compañeros de batalla de Mandela han transformado el movimiento en un partido de corrupción rapaz. Jacob Zuma pasó una década encarcelado junto a su líder. Hoy, el expresidente podría volver a prisión bajo cargos de fraude, lavado de dinero y corrupción que son serios y fundados. Su lugar ha sido ocupado por su entonces vicepresidente, Cyril Ramaphosa —el activista preferido por Madiba para sucederlo en el poder— quien ha prometido terminar con la rampante corrupción y depurar al partido de sus vicios.

Cyril Ramaphosa. Fotografía: Gobierno de Sudáfrica, bajo licencia de CC.

En contraste con su antecesor, Ramaphosa es un figura prometedora. Reconocido filántropo e integrante de la nueva clase capitalista impulsada por el EEN, el nuevo presidente ha prometido corregir el rumbo del CNA. No obstante, detrás de la imagen de un reformista se esconde un oligarca sin temor a usar la fuerza pública para defender sus intereses y negocios personales. Como director y accionista de Lonmin —una de las mineras más importantes del país— Ramaphosa autorizó en 2012 la represión por parte de las fuerzas del Estado contra los trabajadores de la mina de Marikana, organizados para denunciar sus paupérrimas condiciones laborales. La magnitud de la masacre, que cobró más de cuarenta muertos y más de tres veces el número de heridos, es similar a aquella orquestada en Sharpeville por el gobierno del apartheid en 1960.

En el juicio de Rivonia, Mandela dejó en claro que no había límites para la defensa de la libertad:

He dedicado mi vida entera a la lucha del pueblo africano. He combatido la dominación blanca y he combatido también la dominación negra. He soñado con el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y en igualdad de oportunidades. Es un ideal por el cual espero vivir y espero alcanzar. Pero de ser necesario, es un ideal por el cual estoy dispuesto a morir.

A cien años de su nacimiento, es imperativo volver a Madiba para subsanar las fallas de su legado: detener la opresión blanca y, no menos importante, evitar su inverso: una tiranía negra. Un Congreso Nacional Africano que oprime a la mayoría es tan repudiable como un gobierno de supremacía blanca. El mensaje del padre de la Sudáfrica moderna prescinde de la dicotomía entre blanco y negro, y apuesta por dos principios universales: la dignidad y la igualdad. Ese es el camino a seguir.

 

Montserrat Arce
Internacionalista por el ITAM. Actualmente cursa la maestría en guerra y desarrollo en Kings College London.

Arturo Rocha
Politólogo e internacionalista por el CIDE y maestro en políticas públicas por la Universidad de Chicago.


1 Group, World Bank. 2016. Poverty And Shared Prosperity 2016. Herndon: World Bank Publications.

2 Group, World Bank. 2018. “Overcoming Poverty And Inequality In South Africa: An Assessment Of Drivers, Constraints And Opportunities”. Johannesburg: The World Bank.

3 Ibid p. 18.

4 Statistics South Africa. 2016. “Financial Statistics Of Higher Education Institutions”. Pretoria: Statistics South Africa.

5South Africa Youth Unemployment Rate 2013-2018”. 2018. Trading Economics.

6 Kreigler, Anine, and Mark Shaw. 2016. A Citizen’s Guide To Crime Trends In South Africa. Johannesburg: Jonathan Ball Publishers.

7 Ibid.

8 United Nations Office on Drugs and Crime. 2018. UNODC Statistics Online: Vienna UN.