La Revolución de octubre nunca tuvo entre sus prioridades asesinar al zar Nicolás II. La muestra de su triunfo dependía de otros hechos y símbolos. ¿Por qué, entonces, se decidió eliminar al zar y a toda su familia de la manera más cruenta? Aquí el relato de un asesinato que no estaba planeado, pero que se volvió fundamental para la historia del nuevo orden soviético.

Toda revolución tiene sus puntos de llegada, desde los primeros cambios una vez derrotado el antiguo régimen hasta la institucionalización de un nuevo orden, que puede tardar copiosas décadas. Las revoluciones viven —y su legitimidad y su mera supervivencia dependen— de la confirmación de que lo que va ocurriendo una vez resquebrajado el antiguo orden es “revolucionario”.

La Revolución francesa de 1789 tuvo en la guillotina su confirmación máxima de que el cambio era real al pasar por los cuellos de Luis XVI y María Antonieta hasta los de Danton y Robespierre. Lo mismo que la inglesa de 1648 se verificó con el hacha del verdugo de Carlos I y las extravagancias de Cromwell. En la mexicana está la elección de Madero en 1911, la Constitución de 1917 (con varios artículos específicos) y el encauzamiento revolucionario por vía del partido hegemónico, pero también los “cuellos” del propio Madero, de Carranza y Obregón. Acaso los frescos de Rivera, Orozco y Siqueiros sirvieron como comprobación popular de que los valores revolucionarios cundían ya entre la nueva sociedad. No hay que ir más lejos.

En ese tenor, la Revolución rusa fue un tanto peculiar. Quizá no hubo mayor confirmación de que el antiguo régimen era historia que la apropiación popular, asombrosamente espontánea, de las calles de Petrogrado y la destrucción física de la simbología zarista al calor de las decisiones apasionadas y fortuitas de los consejos de obreros de la capital durante la primera mitad de 1917, que tan bien ha descrito Borís Kolonitski.1 O la creación, profundamente original, del Soviet (“Consejo”) de Obreros, Soldados y Campesinos que aglutinó a las facciones revolucionarias a la caída del zarismo.

Sin embargo, en la situación de aquel primer régimen revolucionario ruso —tanto del Gobierno Provisional (febrero-octubre de 1917) como de los bolcheviques después—, había tales altibajos y efervescencias que la discusión seria sobre el regicidio no fue prioridad en un inicio.

Resulta interesante que en esos últimos días de febrero de 1917, los diputados de la Duma (Parlamento) fuesen a pedir “civilizadamente” al zar Nicolás II que “por favor” renunciara dado que la situación lo rebasaba. Más sorprendente es que éste aceptara con una calma absoluta en medio de una guerra total. De hecho, se le sugirió abdicar en favor de su hermano Mijaíl, quien no aceptó mientras una Asamblea Constituyente no le ofreciera el trono. Prácticamente nadie proponía el regicidio de entrada, aunque había quienes buscaban enjuiciar al zar para así confirmar que la voluntad popular, revolucionaria, y la justicia del Pueblo, eran indudables e inequívocas.

Transcurrieron los meses y, entre el tumulto revolucionario, nadie sabía bien a bien qué hacer con Nicolás II y familia. Su primo y casi gemelo Jorge V del Reino Unido no quiso aceptarlo en Londres para no alborotar al Partido Laborista y porque la zarina, Alexandra de Hesse, se veía como proalemana en virtud de su origen. Alexánder Kérenski llegó al poder en julio de 1917 con la idea de negociar la salida de la familia imperial de Rusia e incluso protegerla, tanto del creciente avance alemán hacia Petrogrado, como del revuelo revolucionario. Más de una vez se entrevistó con el antiguo soberano. Alexandra llegaría a escribir que Kérenski era “nuestro amigo”.2 Tan amistoso resultaría Kérenski que les facilitó el traslado a la mansión del gobernador en Tobolsk, allende los Urales, con escasas restricciones.

Un año después de la abdicación de Nicolás II, en febrero de 1918, el nuevo gobierno bolchevique ordenó trasladar a la familia imperial de Tobolsk a un punto algo más cercano y mejor controlado, Ekaterimburgo. Entre las confirmaciones revolucionarias que los bolcheviques deseaban llevar a cabo —sobre todo para dejar en claro que la suya, aunque mero golpe de Estado, era una revolución mayor que la de febrero—, Lenin, sin duda mucho más decidido que su predecesor Kérenski, propuso enjuiciar públicamente a Nicolás II en Moscú, nueva capital. La orden fue que la familia llegase viva a Ekaterimburgo para luego decidir su destino.

Había esperanza en Ekaterimburgo para los Románov. El ejército alemán había rescatado a algunos miembros de la familia varados en Crimea en marzo de 1918. La guerra civil recién estallada en Rusia, que expuso la fragilidad del control bolchevique en las zonas urbanas del país, estaba encabezada por el bando antibolchevique (“blanco”) conformado de viejos oficiales zaristas. Aunque variaban en su afinidad política, pues la mayoría estaba a favor de restaurar la Asamblea Constituyente clausurada por Lenin, éstos tenían crecientes simpatías, al menos, por el bienestar de los Románov —y de una posible monarquía constitucional encabezada por “Mijaíl II”, hermano de Nicolás II—.

A fines de mayo, las tropas blancas empezaron a ganar terreno en los Urales ayudadas por un destacamento de miles de ex prisioneros de guerra checoslovacos amotinados contra los bolcheviques en Cheliábinsk, 200 kilómetros al sur de Ekaterimburgo. Esto produjo una alerta máxima para Lenin y precipitó el mayor avance “blanco” contra la República Soviética revolucionaria.

La respuesta fue la esperable. En un comunicado a principios de julio, Yákov Sverdlov, mandamás del Comité Central del Partido bolchevique y número dos de Lenin, ordenó al Comité partidista de los Urales acabar con la familia “si era necesario”.3 O sea, que ni cuando parecía imperioso lo era tanto. Incluso ¡no fue sino hasta ese momento cuando los bolcheviques nacionalizaron las propiedades de los Románov! Un juicio público al antiguo soberano era, claramente, la última de las prioridades del nuevo régimen. Solo que, como sentenció Ibsen en Peer Gynt, cuando se acerca el peligro se acude al fetiche.

Y a propósito de fetiches, hay diversos mitos alrededor de la ejecución de Nicolás II y su familia el 17 de julio de 1918. Balas que rebotaban, el engaño de tomarles una fotografía para después asesinarlos, la sobrevivencia del zarévich Alexéi y aún más longeva, de décadas, la de su hermana Anastasía. Todo esto es abrumadoramente falso según los archivos y los testimonios. El que algunas balas no impactaran a profundidad en los cuerpos se debió a que los Románov escondían joyas preciosas, ocho kilos de diamantes específicamente, entre sus ropas —a Alexéi, joven hemofílico de 13 años, hubo que dispararle finalmente en la cabeza con una Colt porque las balas no llegaban al fondo de su pecho—. La supuesta fotografía no se planeó: se les dijo que iban a ser evacuados dada la proximidad de las líneas enemigas y que esperaran en un sótano. Anastasía no sobrevivió durante décadas, pero sí fue la última en morir, más de 10 minutos después del primer balazo.

El relato que ha hecho Simon Sebag Montefiore en Los Románov (2016) es estremecedor. Hasta el doctor de la familia, las criadas y los perros fueron asesinados. La confusión de los verdugos, que no conseguían atisbar a sus víctimas al disparar entre tanto humo, gritos y salpicaduras de sangre y sesos, le dio un aura mística al evento que duró casi 10 minutos, digno de cuento de hadas e intervención divina. Incluso cuando comenzaron a cargar los cuerpos en un Fiat, pensando que el “juicio” —código bolchevique para el asesinato— había concluido, los verdugos escucharon cómo Anastasía y su hermana María aún tosían. Fueron masacradas a bayonetazos.

La confirmación por regicidio de que la Revolución rusa había llegado para quedarse no fue el punto álgido ni del movimiento, ni de sus objetivos primordiales. La necesidad de asesinar a los Románov no confirmó nada, salvo evitar su liberación y que posteriormente fueran convertidos en estandarte de la resistencia antibolchevique. Al día siguiente, el Comité Ejecutivo Central del Partido reconoció “que la decisión del Soviet Regional de los Urales ha sido la correcta”.4 En 1924 se renombró a Ekaterimburgo como Sverdlovsk, en honor a Sverdlov, por haber sido el primero en sugerir seriamente el asesinato de la familia real.

El 17 de julio de 1998, ocho décadas después, el presidente de la nueva Rusia, Borís Nikoláyevich Yeltsin, condenó el suceso enérgicamente y los cuerpos fueron enterrados en la Catedral de San Pedro y San Pablo de la recién renombrada San Petersburgo. En 2003 se completó la Catedral sobre la Sangre —como llaman los rusos a las iglesias construidas en sitios donde hubo asesinatos— en el lugar exacto de la matanza: aquel sótano de la llamada “Casa Ipátiev”. Los integrantes de la familia Románov fueron canonizados como mártires en 2000 por la Iglesia Ortodoxa rusa. Finalmente, en 2015 se confirmó el hallazgo de los restos de sus siete integrantes, del doctor, de las criadas y de los bulldogs.

Es curioso. El funcionario del Partido Comunista que en 1977, por orden directa de la KGB, llevó a cabo la destrucción de la Casa Ipátiev en Sverdlovsk con un buldócer, como confirmación de que el socialismo había llegado para quedarse y evitar cualquier tipo de procesión incómoda al lugar, fue el mismísimo Primer Secretario del Comité Regional del Partido Comunista de la Unión Soviética en Sverdlovsk: Borís Nikoláyevich Yeltsin. A veces lo fortuito también amerita confirmarse, porque es de no creerse.

 

Rainer Matos Franco
Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y maestro en Estudios de Rusia y Eurasia por la Universidad Europea de San Petersburgo. Autor de Historia mínima de Rusia (Colegio de México, 2017).


1 Borís Kolonitskii & Orlando Figes, Interpretar la Revolución rusa: el lenguaje y los símbolos de 1917, Valencia, Universitat de València, 2001.

2 Cit. en Simon Sebag Montefiore, Los Románov, 1613-1918, México, Crítica, 2017, p. 808.

3 Cit. en ibid., p. 820.

4 Cit. en ibid., p. 828.