La siguiente crónica nos refresca la memoria sobre la cercanía de la Revolución sandinista del 79 con un destacado gremio cultural. Sus actores, cercanos a este cronista, se encuentran hoy más que nunca desencantados e incluso traicionados por las oleadas de represión y autoritarismo de un régimen que vuelve a mostrar, preclaros, los senderos de un movimiento traicionado.


¡Ay Nicaragua, Nicaragüita!
—Carlos Mejía Godoy1

Aquel 11 de abril de 2011, Sergio Ramírez ocupó el estrado para conversar con la crítica literaria Anna Caballé con motivo de la presentación de su nuevo libro, La fugitiva, una biografía ficcionada sobre la escritora costarricense Yolanda Oreamuno oculta bajo el nombre de Amanda Solano. Hasta el hermoso edificio que ocupa la Biblioteca Francesca Bonnemaison, en un Carrer de San Pere Més que comenzaba a mostrar los primeros brotes en los plátanos que daban la bienvenida a la primavera barcelonesa, llegaron un grupo de jóvenes a increpar al escritor nicaragüense por asuntos que tenían que ver con la política de Nicaragua y el mal papel que el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) había realizado bajo el mandato de Daniel Ortega. Los jóvenes, nicaragüenses a todas luces, iban ataviados con pañoletas rojinegras al cuello y tenían la mirada inyectada de dudas y esperanza, como aquellos que han sido traicionados por su amor más grande y esperan con ansias una respuesta, la que sea. “Todos rondan los veinte años”, pensé, lo que quería decir dos cosas: la primera que muy probablemente eran hijos de exguerrilleros exiliados; la segunda, que no conocían Nicaragua más que a través de los anhelos de sus padres. “Hace dieciséis años que me retiré de la política”, me dijo Sergio al día siguiente cuando nos encontramos en una churrería del Barri Gotic en Carrer dels Banys Nous, “fui vicepresidente de Nicaragua cinco años (1985-1990), pero pareciera que lo he sido toda la vida”.

Sergio Ramírez es el escritor más importante de Nicaragua, ha ganado casi todos los premios posibles, incluyendo el Cervantes, solo le faltaría el Nobel. Su nombre figura al lado de muchos intelectuales y escritores nicaragüenses que simpatizaron y hasta formaron parte del gobierno que proponía reestructurar Nicaragua después de una larguísima guerra civil y cuyo punto culminante fue el triunfo de la Revolución sandinista el 19 de julio de 1979, el famoso “Grupo de los Doce”, que, además de intelectuales incluía a empresarios, sacerdotes y dirigentes civiles que apoyaron al FSLN. Pero Sergio Ramírez no sería el único escritor vinculado con la Revolución sandinista, destacan también el poeta y cura Ernesto Cardenal, quien ocuparía el cargo de Ministro de Cultura del gobierno sandinista, la escritora Gioconda Belli, por mencionar algunas de las glorias de las letras nicaragüenses, además de los escritores e intelectuales extranjeros que simpatizaron con la Revolución sandinista, como el argentino Julio Cortázar o el mexicano Héctor Manjarrez, quienes estuvieron participando de forma activa en Nicaragua, además de muchos otros que se manifestaron a través de sus textos como Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska o José Emilio Pacheco, porque, como afirma el investigador Carlos Fonseca Terán, hijo de Carlos Fonseca Amador, héroe de la Revolución sandinista, “era extraño encontrar en los años ochenta un escritor, un novelista, un poeta que no haya estado identificado con el Frente Sandinista.”2

La ilusión de la Revolución

¿Por qué hubo tantos escritores simpatizantes con el FSLN? Tal vez la respuesta se encuentra en que muchos de los exiliados sentimentales del año de 1968 vivieron durante su juventud el anhelo de un cambio intelectual y artístico en los escenarios en que se planeaba un mundo que podía ser distinto, como las utopías de París, México e incluso Berkeley. Así, encontraron eco en la Revolución sandinista. Otro factor podría ser que la revolución de Nicaragua fue apenas la tercera que triunfó en la América Latina del siglo XX, después de la mexicana y la cubana, pero además tendría el elemento de haberse logrado en el marco de una victoria al “imperialismo yanqui”, bajo un eje fundamental: la oposición a la dictadura somocista. Probablemente muchos de estos escritores son el reflejo de lo que años más tarde diría Juan Goytisolo en su discurso de aceptación del Premio Cervantes: “No se trata de poner la pluma al servicio de una causa por justa que sea sino de introducir el fermento contestatario de ésta en el ámbito de la escritura.”3

No es ninguna novedad que artistas, escritores e intelectuales se sumen a una lucha armada o revolución, o que defiendan los ideales del arte en contra de las dictaduras. En 1937, en plena guerra civil española, se celebró en la ciudad de Valencia el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, que buscaban fijar una postura sobre la función social y política del arte, un evento al cual asistieron personajes como Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Nicolás Guillén, André Malraux, Tristán Tzara, W. H. Auden, César Vallejo y los mexicanos José Mancisidor y Octavio Paz, además de muchos de los artistas españoles simpatizantes con la Segunda República Española. Las voces plurales en aquella ocasión defendieron que “la revolución no es solamente una forma, no es solamente un símbolo, sino que representa un contenido vivísimamente concreto, un sentido del hombre, absoluto, e incluso unas categorías, perfectamente definidas como puntos de referencia de su esencialidad. Y así, para que un arte pueda llamarse, con verdad, revolucionario”4

Alguna de estas “misiones” intelectuales con destino a Nicaragua aparece en la novela Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, cuando Pancracio Montesol (quien en realidad es el escritor hondureño-guatemalteco Augusto Monterroso) organiza un viaje ocurrido en mayo de 1982, donde los escritores mexicanos irían a mostrar su solidaridad a los poetas campesinos de Nicaragua, y llevaban incluso una “Declaración de los escritores mexicanos”.

En Nicaragua se dice que “el que no es poeta es hijo de poeta”, por lo que la presencia de intelectuales y artistas en la revolución rindió frutos entre la población. Se abrieron, por ejemplo, talleres a lo largo de todo el país bajo un proyecto denominado “Talleres Populares de Poesía”, que funcionaron como grupos de trabajo, de creación colectiva y discusión de los temas concernientes a la defensa de la Revolución sandinista, espacios que lo mismo aglutinaban a estudiantes, campesinos, obreros, artesanos y hasta exguardias somocistas. La idea de impulsar los talleres era para que la poesía fuera un vehículo de expresión artística verosímil, revolucionaria y popular, “ésta es una poesía del pueblo”, afirmó Ernesto Cardenal, cuando era Ministro de Cultura.

A los proyectos de Cardenal se sumaría el de los poetas y pintores del archipiélago lacustre de Solentiname, una suerte de utopía platónica creada por el sacerdote poeta quien promovió la práctica de la poesía y de la pintura primitivista entre los campesinos y pescadores de las islas del lago Cocibolca. El impulso a la poesía nicaragüense por parte del FSLN hizo que se sumaran nuevos nombres a las glorias del pequeño país centroamericano como los guerrilleros Rigoberto López Pérez, Leonel Rugama y Edwin Castro, además de los conocidos Salomón de la Selva, José Coronel Urtecho y, por supuesto, Rubén Darío. También entre los comandantes sandinistas hubo quienes incursionaron en la narrativa como lo hicieron Tomás Borge y Omar Cabezas, con su famosa novela La montaña es algo más que una inmensa estepa verde.

La ola de artistas que quisieron participar en la Revolución sandinista no se limitó únicamente a las letras. En 1979 se editó el álbum Guitarra armada, un LP doble compuesto por los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, donde le enseñaban a los guerrilleros nicaragüenses qué hacer con las armas recuperadas del enemigo o se les instruía en la fabricación de bombas caseras. El proyecto nació de la emisión de Radio Sandino, una radio clandestina que operaba en bajas frecuencias y que era escuchada por el pueblo nicaragüense. A Guitarra armada se sumaron las voces de las cantantes mexicanas Amparo Ochoa y Guadalupe Pineda, entre otros músicos latinoamericanos, y la portada del álbum fue obra del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. A la lista también se podría sumar una serie de cineastas que hicieron sus versiones de los distintos ángulos del conflicto armado como Miguel Littin (Alsino y el cóndor, Chile 1982), Roger Spottiswoode (Under Fire, Canadá 1983) o Ken Loach (Carla’s Song, Reino Unido 1996).

El divorcio cultural con el sandinismo

A pesar de que su cumpleaños es en enero, Ernesto Cardenal inició los festejos de sus 90 años en diciembre de 2014 con una serie de eventos en México. El primero de ellos fue un homenaje en el Palacio de Bellas Artes donde se proyectó el documental Ernesto Cardenal “Solentiname”, dirigido por Modesto López. Al final nos fuimos un grupo de amigos nicaragüenses a cenar con el poeta; ahí tuve la oportunidad de acercarme a él y preguntarle si sería posible que se retomara el proyecto de los talleres populares de poesía. “¡Ningún proyecto artístico tendrá futuro mientras los Ortega estén en el poder!”, me dijo casi colérico. Sabíamos del distanciamiento que la Revolución sandinista había tenido con el sector cultural de Nicaragua, pero era la primera vez en que éste me resultaba tan manifiesto y de viva voz de uno de sus principales protagonistas. “Que la poesía sea promovida por una reina es algo que deberían imitar los demás gobernantes”, dijo el poeta al recibir el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2012, pero Cardenal no es el único intelectual que ha hecho pública su distancia con el Sandinismo de Daniel Ortega. “Permítanme dedicar este premio a la memoria de los nicaragüenses que en los últimos días han sido asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia, y a los miles de jóvenes que siguen luchando sin más armas que sus ideales porque Nicaragua vuelva a ser república”, declaró el pasado 22 de abril Sergio Ramírez al recibir el Premio Cervantes 2017. “Soy nicaragüense, soy sandinista y me declaro en apoyo a esta lucha porque la paz no puede invocarse cuando se oprime, se abusa, se domina sin contrapesos, sin elecciones libres, sin democracia, sin instituciones. Nicaragua no es una pareja. Nicaragua somos todos”, posteó en Twitter Gioconda Belli en claro repudio a la represión contra los estudiantes nicaragüenses. Incluso los hermanos Mejía Godoy, otrora bastiones musicales de la Revolución sandinista, también se han manifestado contra la política de Ortega.

Los sandinistas (o lo que queda de ellos) perdieron lo más preciado que puede tener cualquier revolución: sus jóvenes. En abril pasado cientos de universitarios salieron a las calles a protestar contra una reforma a la Ley de Seguridad Social que pretendía aumentar la cuota patronal y laboral y generar una nueva cotización para los jubilados. Fueron reprimidos por las fuerzas del gobierno sandinista, por ese mismo ejército que alguna vez combatió a la dictadura. Varias semanas y muchos muertos después, a pesar de que la reforma se echó atrás, las protestas continúan. “Daniel se tiene que ir”, es el clamor popular. A Daniel Ortega se le olvida que estos mismos jóvenes son hijos de aquellos que alguna vez fueron sus compañeros de lucha. La fractura con el pueblo inició en 2006 cuando hizo un “pacto” de bipartidismo con el expresidente Arnoldo Alemán cuando éste se encontraba bajo arresto por enriquecimiento ilícito. Alemán era miembro del Partido Liberal, el mismo partido del cual formaba parte el dictador Anastasio Somoza, por lo que el acuerdo, para cualquier simpatizante del FSLN, se podía considerar una traición capaz de sacudir las tumbas de los héroes sandinistas. La segunda fractura se dio al nombrar a su esposa, Rosario Murillo, como vicepresidenta de la nación en 2017, un cargo que venía ocupando de facto y que confirma la percepción general de que el gobierno de Nicaragua es una suerte de negocio familiar, todo bajo la bandera de un sandinismo que tiene mucho de simbólico y muy poco de revolucionario.

“Seguramente el sandinismo es bastante más que esos sandinistas que habían sido capaces de perder la vida en la guerra, y que ahora, en la paz, no han sido capaces de perder las cosas", afirmó alguna vez el escritor uruguayo Eduardo Galeano. En su libro autobiográfico Adiós muchachos (Aguilar, 2007), Sergio Ramírez hizo un recuento crítico de lo que fue la ilusión de la Revolución sandinista y una reflexión severa de lo que no pudo ser. Hoy, a poco más de diez años de la aparición de Adiós muchachos,pareciera que esa suerte de mea culpa encuentra un terrible eco en la dupla Daniel Ortega-Rosario Murillo.

En septiembre del año pasado viajé a Nicaragua para dar una conferencia en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) sobre los pintores del exilio español en México; invité a Sergio Ramírez y él me dijo que tenía vedada la entrada a la UNAN, “que es hoy un lugar ideológicamente cerrado bajo la férula del partido en el poder”, una tristeza de frase no solo porque venía de él, sino por lo que significaba: la UNAN fue la cuna del FSLN en los años sesenta y ahora ambas siglas están alejadas de lo que alguna vez fuera el sueño de Carlos Fonseca. “¡Qué bueno que gente como tú pueda traer aire fresco a estos recintos!”, me dijo a manera de despedida, y yo sentí el peso de un honor y una responsabilidad que no creo merecer.

Lo cierto es que la poesía y las artes que alguna vez lo apoyaron y usaron su lucha como motivo de inspiración, hoy le han dado la espalda al sandinismo: lo han hecho los antiguos compañeros de lucha que empuñaban lo mismo la guitarra que la pluma y el fusil, también lo han hecho los jóvenes. Nicaragua es una tierra de poetas y de escritores. El desaparecido escritor nicaragüense, Ulises Juárez Polanco, hizo un recuento de dos mil escritores nicaragüenses jóvenes, jóvenes como él, una barbaridad si tomamos en cuenta que la población de Nicaragua apenas y rebasa los 6 millones de habitantes. “El que no es poeta es hijo de poeta”, dice el dicho nicaragüense. Ninguno de ellos arrastra la pluma o empuña la guitarra en favor de lo que representa el FSLN de la familia Ortega, una revolución abandonada por las artes.  

 

Alfredo Peñuelas Rivas
Escritor. Autor de La orfandad de la muerte (Jus/Conaculta, 2014). Es investigador y profesor en la UAM-Cuajimalpa.


1 Título de una canción de Carlos Mejía Godoy escrita en 1980, a un año del triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), y que forma parte del álbum doble que lleva por nombre Canto épico al FSLN (Ediciones Pentagrama).

2 Fonseca Terán, Carlos, La perpendicular histórica: el sandinismo como corriente política alternativa y el derrumbe de las paralelas históricas en Nicaragua. Managua: HISPAMER, 2011.

3 Goytisolo, Juan. “A la llana y sin rodeos”, discurso de aceptación del Premio Cervantes 2014.

4 Varios autores, “Ponencia colectiva” en Hora de España,núm. VIII,  agosto 1937, Valencia, España.