La amistad entre el escritor Renato Leduc (Ciudad de México, 1897-1986) y la pintora Leonora Carrington (Clayton Green, Inglaterra, 1917-Ciudad de México, 2011) nació luego de una relación amorosa breve e intensa. Como testimonio nos dejaron el único libro en el que ambos colaboraron: XV Fabulillas de animales, niños y espantos, con poemas de Leduc y viñetas de Carrington, publicado por Editorial Stylo en 1957, en una edición de 300 ejemplares. La editorial Vaso Roto acaba de recuperar XV Fabulillas (2018), editado por José Luis Martínez S., que también es autor del magnífico prólogo en el que narra el periplo vital de ambos personajes. Martínez S. rinde homenaje a dos protagonistas de nuestra cultura y cuenta la historia de un encuentro afortunado, que comenzó en los años treinta en París.


Alejandro García Abreu: ¿Qué te condujo a la recuperación del libro y a la narración de la historia extraordinaria?

José Luis Martínez S.: Existen numerosas referencias sobre el libro, los poemas son conocidos y están recogidos en Obra literaria de Renato Leduc, compilada por Edith Negrín, con prólogo de Carlos Monsiváis y publicada en 2000 por el Fondo de Cultura Económica. Sin embargo, muy poca gente ha visto la edición de 1957, en la que dialogan los poemas de Leduc y las viñetas de Leonora Carrington. Tuve oportunidad de conocerla en la casa de Patricia Leduc, quien ha formado un extraordinario archivo de su padre, y desde el primer momento pensé que era necesario hacer una reedición y contar la historia de sus autores, dos protagonistas indiscutibles de la cultura del siglo XX a quienes unieron la guerra y el azar.

Renato Leduc (izq.) con Francisco Ortiz Monasterio, París, 1940. Foto del archivo de Patricia Leduc.

AGA: Renato Leduc volvió a París en 1935. Regresó cinco años después. En “Todo comenzó en París” —prólogo a XV Fabulillas de animales, niños y espantos— escribes: “París era ideal para el temperamento de Leduc, curioso, aventurero, hedonista. Era la ciudad de la bohemia, los cafés, los cabarets, las prostitutas; de los intelectuales y artistas. La ciudad de los inmigrantes llegados de todas partes, unas veces para ver realizados sus sueños y otras para padecer la miseria, la nostalgia y la desesperanza”. ¿Cómo sintetizas la influencia de la Ciudad Luz en la vida y obra de Leduc?

JLMS: Renato Leduc era un apasionado de la cultura francesa, y sobre todo de París. Su padre, el escritor modernista Alberto Leduc, le enseñó francés desde niño y muy joven Renato leyó a Marcel Proust, su escritor favorito. Conoció París en 1929 en un viaje de unos cuantos días y volvió en febrero de 1935 (esto lo acaba de descubrir su hija porque él siempre dijo que regresó a finales de 1934) para vivir durante varios años una vida de aprendizaje y aventuras: se relacionó con los surrealistas, en especial con André Breton, se hizo amigo de Picasso y de algunas prostitutas del Barrio Latino. Disfrutó intensamente la noche de París y padeció el ascenso del fascismo. Durante la ocupación alemana, burlón como era, saludó a una comitiva nazi que pasaba por la calle, sin saber que era encabezada por Hitler, quien le devolvió el saludo y lo dejó con el alma helada. Todo esto lo hizo ver la vida de otra manera y determinó textos —en prosa y verso— que tienen como eje sus recuerdos de París, como el poema “Epístola a una dama que nunca en su vida conoció elefantes”, que nace de un hecho real y que era su favorito entre los que escribió.

AGA: Recuerdas que en el hotel Saint-Pierre, en el Barrio Latino, Leduc alquiló dos habitaciones, una para él y otra para los amigos que fueran a visitarlo: “El hotel estaba en la rue École de Medécine, entre el boulevard Saint-Michel y el carrefour de l’Odéon, que conecta con el boulevard Saint-Germain-des-Près. Muy cerca del Café de Flore, frecuentado desde el siglo XIX por pintores, escultores, ensayistas y poetas de las vanguardias artísticas”. ¿De qué manera percibes estos hoteles como escenarios primordiales en términos literarios y artísticos?

JLMS: El hotel tiene una larga historia en la literatura, la pintura, la música, la moda. Algunos se han vuelto célebres por sus fiestas (el Chelsea, por ejemplo, en Nueva York) o por sus tragedias, como el D’Alsace, en París, donde murió, pobre y abandonado, Oscar Wilde. Otros se convirtieron en refugio de personalidades como Coco Chanel, quien durante años vivió en el Ritz de la capital francesa, donde tenía un piso entero para ella. Muchos perduran en la literatura, el arte y la música porque son escenario de obras de autores como Marcel Proust o Ernest Hemingway. En los años en que Leduc vivió en París, los hoteles baratos eran refugio inevitable de la mayoría de los creadores que llegaban a esa ciudad; lo habían sido durante mucho tiempo y lo seguirían siendo al terminar la Segunda Guerra Mundial; muchos de estos lugares han sido lamentablemente olvidados.

AGA: Renato Leduc cursaba el quinto año cuando su padre, Alberto Leduc, murió súbitamente en 1908, dejando a su familia en la miseria. ¿Cómo distingues la orfandad paterna?

JLMS: En una época en la que el padre era el único proveedor, su muerte podía significar la ruina de la familia. Esto sucedió con la familia de Renato: su madre tuvo que dedicarse a coser ajeno y al terminar la primaria él comenzó a trabajar, primero en la Mexican Light and Power Company y posteriormente como telegrafista. La muerte del padre cambió su destino. Tal vez sin ella nunca se hubiera involucrado en la Revolución mexicana ni vivido tantas aventuras ni forjado un carácter tan fuerte y a la vez desenfadado. La gran herencia de su padre fue el idioma francés y el gusto por la lectura. En varios textos se refiere a su padre, lo hace con orgullo pero sin nostalgia y menos aún con sentimentalismo. Leduc escribió sobre la muerte de su padre pero, como siempre, con textos sueltos, sin profundizar en ella como lo hace, por ejemplo, Federico Campbell en Padre y memoria.

AGA: En México y en París Leduc frecuentó los ambientes callejeros, marginales, excéntricos. Afirmas que era un flâneur, caminaba por todas partes, solo o acompañado, practicando lo que su padre, citando a Santa Teresa, llamaba “la heroica costumbre de andar a pie”. ¿Qué significa para ti el paseo como detonante literario?

JLMS: Me parece muy importante. Caminar es siempre una gran experiencia, ya sea para volver sobre tus pasos y recorrer lugares conocidos o para explorar nuevos rumbos, para conocer otros sitios. Para mí, caminar la Ciudad de México en la noche en los años ochenta fue un privilegio: detenerme en cualquier lugar, sin prisa, sin miedo, muchas veces solo, deseoso de encontrar un lugar nuevo o conocer nuevas personas. Renato Leduc fue un andariego irredento, ya muy grande seguía caminando por Avenida Juárez o Bucareli, donde mucha gente lo conocía y saludaba. No le gustaba estar en su casa y siempre buscaba pretextos para salir y visitar a sus amigos, para reunirse con ellos en cantinas como La Mundial, junto a Excélsior, o en los restaurantes del Centro, como el Prendes, en 16 de Septiembre. En la literatura hay toda una tradición de caminantes, de vagabundos de las ciudades celebrados por autores como Baudelaire y Benjamin; de personajes que hacían de sus paseos ejercicios de reflexión y placer, de frecuentes descubrimientos.

Leonora Carrington fotografiada por Lee Miller en St. Martin d’Ardèche, Francia, 1939.

AGA: Leonora y Renato se conocieron en París, aunque cada uno tiene recurdos distinos de ese momento: “Ella dice que fue una noche, en su casa de la rue Jacob. Max había invitado a cenar a Picasso y éste llegó acompañado de su amigo mexicano. Leduc no coincide con la [versión] de Leonora sobre la primera vez que se vieron. En sus textos y entrevistas deja entrever que fue en alguno de los cafés en los que solían reunirse los surrealistas”. ¿Cómo imaginas el primer encuentro?

JLMS: Divertido, alegre, con anécdotas y bromas de Leduc, en un café del Barrio Latino, rodeados de surrealistas y con Leonora acompañada de Max Ernst, quien veía con cierto desdén a Renato. No creo que le interesara Leonora, por muy guapa que fuera. Él estaba tratando de olvidar a Amalia Fernández Castillón, autora de la novela El señor don Juan, mi marido, publicada en 1935 por Ediciones Fábula. Amalia era muy hermosa y fue el amor de su vida, pero lo traicionó con su mejor amigo, Alejandro Gómez Arias, y Renato entró en una profunda depresión y tuvo el deseo de alejarse lo más posible de ella, aunque durante mucho tiempo no pudo olvidarla. Imagino entre Renato y Leonora una relación superficial al principio, porque además ella estuvo muy poco tiempo en París. Para huir del acoso de la esposa de Max Ernst, Marie-Berthe Aurenche, la pareja se fue a vivir a Saint Martin d’Ardeche, donde Max fue hecho prisionero dos veces, la segunda para llevarlo a un campo de internamiento, que fue lo que detonó el delirio de Leonora y su viaje a España, su internamiento —por órdenes de su padre— en una clínica para enfermos mentales en Santander, su regreso a Madrid para conducirla a Lisboa, de donde la llevarían a otro hospital en Sudáfrica. El encuentro con Leduc en Madrid fue producto del azar, lo mismo que su posterior reunión en Lisboa y aun su matrimonio, que no fue tan expedito como ellos lo recuerdan.

Retrato a lápiz de Renato Leduc realizado por Leonora Carrington, sin fecha.

AGA: “Leonora y Renato llegaron en tren a la Ciudad de México. Él a su ambiente, ella al asombro de un país exótico.” ¿De qué manera contrastas ambas llegadas?

JLMS: Renato deseaba regresar a México, no le gustaba Nueva York, adonde arribaron procedentes de Lisboa. En Nueva York, Leonora se reunió con los surrealistas y tuvo nuevamente la compañía de Max. Ella se había enamorado de Leduc y prefirió viajar a México con él en vez de continuar su carrera en la ciudad donde estaban todos sus amigos. En México, Renato era una leyenda, foco de atención de antiguos amigos y compañeros de la escuela. Leonora no tenía a nadie, no hablaba español y no conocía la ciudad. Él salía en la mañana de su casa y volvía en la madrugada. Ella permanecía sola, a veces pintaba pero muchas otras terminaba llorando, como lo dice en una de las cartas inéditas incluidas en la nueva edición de XV Fabulillas.

AGA: Leonora Carrington le escribió a Renato Leduc: “Si este amor se vuelve molesto debes saber que no hay que enamorarse de las locas, todas somos así.
RENATO
RENATO
RENATO
Escucho un ruido en la escalera, no eres tú.
NO.
Te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo. Tú estarás tranquilo cuando regreses y no te imaginarás que he pasado por tales tormentas de miedos y tristezas”. Patricia Leduc, hija de Renato y de Amalia Romero Elizalde, afirma: “Leonora y Renato procedían de mundos diferentes y su relación no podía prosperar de ninguna manera”. Tramitaron el divorcio el 21 de diciembre de 1944. Siguieron siendo amigos toda la vida. ¿De qué manera influyó el periplo en el quehacer de ambos?

JLMS: Renato Leduc se volvió periodista. No lo era hasta que regresó a México y Jorge Piñó Sandoval lo inició en los secretos de la columna y lo recomendó en el Excélsior de Rodrigo de Llano. Leonora Carrington descubrió un mundo fascinante y contradictorio en México, con el tiempo encontró a su amiga Remedios Varo, quien vivía, como ella, en la colonia San Rafael y pronto formó parte de un grupo de exiliados europeos, en el que conoció a Emérico Weisz, con quien se casaría. Renato y Leonora estaban conscientes de que su relación no podía prosperar, que sus intereses no eran compatibles, que tenían una manera distinta de mirar la vida. Pero siguieron siendo amigos hasta el final. En 1957 ella ilustró XV Fabulillas, el único trabajo en el que se unieron, que ahora conoce una nueva edición y nos permite conocer su historia.

***

Apéndice

Presentamos una fabulilla de Leduc con la viñeta de Carrington correspondiente, incluida en el libro que por primera y única vez reunió a la artista y al poeta:

 

Fabulilla macabra a la manera de Maeterlink para esparcimiento de niños adustos

Renato Leduc

“Siete ojos… siete llaves todo perdido a la vez.” Viñeta de Leonora Carrington.

 

Jugaba el rey a los bolos
con un cráneo y siete huesos
de esqueleto.
Jugaba el rey a los bolos
así
para infundirnos terror.
Mas le dijimos: Señor,
nosotros acostumbramos
velar muertos. Señor,
somos hijos de Orlamunda
¿recuerda usted…?
la popular Orlamunda.
Y aunque parezca mentira
perdimos las siete llaves
a la vez…
Los siete hijos de Orlamunda
perdimos las siete llaves:
una llave cada hijo
y un ojo por cada llave.
Siete ojos… siete llaves
todo perdido a la vez.
El rey se quedó pensando
según la vieja costumbre
mano en barba o barba en mano.
Luego dijo: ¡Cuánta llave…!
Siguió pensativo el rey
un instante, dos instantes
o es muy posible que tres
siguió pensativo el rey…
Después nos abrió la puerta
sin ver que ya estaba abierta.
Mas ¡oh dolor! a esa hora
como una llave, a su vez
Orlamunda estaba tuerta…

***

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.