Tres libros fueron suficientes para que Alí Chumacero se convirtiera en una leyenda de la poesía mexicana. Tres obras breves que rozan la perfección, una gigantesca vocación editorial y una personalidad volcánica que animó durante décadas la vida cultural. Hoy centenario, Alí Chumacero ocupa sin duda un lugar privilegiado en nuestras letras.

Alí Chumacero (1918-2010) fue un hombre de letras que marcó la poesía y animó, con regocijo y humor, la vida literaria mexicana por muchas décadas. Si bien sus mayores logros consisten en un cuerpo breve pero impecable e imprescindible de creación poética, fue también crítico notable, respetado editor, bibliófilo, antologador, promotor, formador de escritores y legendario miembro de la fauna bohemia. Su historia de vida es ampliamente conocida: nacido en Acaponeta, Nayarit, muy joven emigra a la ciudad, se forma admirable y principalmente como autodidacta, y se integra precozmente a la vida cultural y editorial, a la que consagrará todo su tiempo y talento. Con discreción y entusiasmo, Chumacero participó en revistas, suplementos, empresas editoriales o proyectos de formación y fue un auténtico forjador de instituciones modernizadoras de la cultura. Como poeta, Chumacero esgrimió un anacronismo poético plenamente consciente y retador, pues ignoró deliberadamente muchas novedades poéticas de su tiempo y se erigió como defensor y recreador de la tradición, buscando su originalidad precisamente en la fidelidad a una herencia. Su poesía abreva en sustentos canónicos poderosos, desde la recreación poética de ciertos tonos bíblicos hasta la poesía pura de Mallarmé y Valéry. En especial lo marcan sus filiaciones poéticas domésticas con el modernismo y con la generación de Contemporáneos (Owen, Cuesta, Villaurrutia y Gorostiza).

La obra poética de Chumacero consta de solo tres libros (Páramo de sueños, de 1944, Imágenes desterradas, de 1946 y Palabras en reposo de 1956), que escribió en poco más de diez años, y cuyo volumen en conjunto no rebasa las doscientas páginas. Esa obra parca y concentrada, así como su pertinaz silencio ulterior, le dieron un aura de  prestigio y misterio. Los libros de Chumacero se caracterizan por su perfección formal y por su ánimo especulativo. Los temas persistentes de Chumacero son la muerte, el sueño, el tiempo, la identidad y el erotismo. Se trata de una poesía hermética, que elude lo confesional y lo anecdótico, y adquiere un grado de abstracción singular en la poesía mexicana. En su poesía, más que experiencias y personajes concretos, se acude a símbolos y situaciones hipotéticas. Sin embargo, el esmero en la factura o el pudor y reticencia a involucrarse como personaje en el poema, no implican frialdad formalista o alejamiento del lector. Más allá de su gravedad y rigor conceptual, la cadencia de la poesía de Chumacero brinda una peculiar delectación musical. Por lo demás, aunque elude la confidencia, hay momentos de deleite contagioso cuando describe las luminosidades del amor o el goce de los sentidos. ”Tu cabellera insostenible enredada al mar./El sol volando en tu fragancia./El mar al pie de mi deseo./Un inútil cangrejo quiere ser mi disfraz./La voz late en tu pecho/y se entierra en tus manos/para que yo la tenga cerca.” Son estos momentos de comunión y exaltación amorosa los que, para el poeta, iluminan un mundo oscuro y consuelan del absurdo cruel de la historia. Igualmente, hay momentos de intenso dramatismo y tormento, en los que abundan atmósferas cargadas de sordidez y presagio. “Sobre el piso, en los muros, en la mesa/perdura la ansiedad del asesino: relámpagos que vuelven, armonías/ajenas al retorno, formas/en yeso consumidas, narcóticos sedientos/y nauseabundo olor de ardientes madrugadas”. Además, hay, de manera muy sutil, otro ingrediente moderno, el humor y la ironía, que, como en Gorostiza, aparece en el momento menos esperado y constituye un contrapunto a su rigor.

A su manera, Chumacero replicó el laconismo y contención ante la escritura de su célebre contemporáneo y amigo, Juan Rulfo, y después de la hechura de estos tres libros casi perfectos, se mantuvo en un obstinado silencio editorial, que no inactividad literaria. Porque si bien es un hombre de letras que ejerce su influencia fundamental como poeta, también merece ser recordado personaje generoso, pintoresco y picaresco de la vida literaria. De hecho, como lo ha dicho José Emilio Pacheco, no hay crítico que no se asombre del contraste entre la imagen de poeta exigente, riguroso guardián de la pureza y corrección de las palabras y su personalidad chispeante, llena de humor, antisolemnidad y avidez vital, pronta al gracejo y la carcajada. Así pues, uno de los modelos más acabados de la poesía exigente y abstracta del siglo XX encarna, a la vez, una de las sabidurías literarias y vitales más risueñas y joviales. 

 

Armando González Torres
Poeta y ensayista. Entre sus libros: Es el decir el que decideSalvar al buitre y Las guerras culturales de Octavio Paz.