Poeta espartano, Alí Chumacero (Acaponeta, Nayarit, 1918-Ciudad de México, 2010) solo publicó tres libros de poesía: Páramo de sueños (1940), Imágenes desterradas (1948), Palabras en reposo (1956).1 El poeta y tamién editor pertenece a una generación de portentosos escritores mexicanos nacidos a partir del primer cuarto de siglo XX: Juan José Arreola, Efraín Huerta, Octavio Paz, José Revueltas y Juan Rulfo, entre otros.

La labor editorial de Chumacero es amplia: hizo la revista Tierra Nueva con Jorge González Durán, José Luis Martínez y Leopoldo Zea. Colaboró en Letras de México, El Hijo Pródigo, México en la Cultura y La Cultura en México. Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y gerente general del Fondo de Cultura Económica.

En cuanto a sus versos, Paz dijo: “los poemas de Alí Chumacero son sucesos de la carne o del espíritu, que ocurren en su tiempo sin fechas y sin historia”. José Emilio Pacheco sostuvo que Chumacero fue un poeta íntegro desde la escritura de su primera pieza: “Poema de amorosa raíz”: “En dieciocho años hizo lo que tenía que hacer, dijo cuanto tenía que decir, y desde entonces limitó su actividad poética a la no menos difícil e inventiva de lector. Chumacero, en tal sentido, es el Juan Rulfo de la poesía mexicana”. Con la publicación de Palabras en reposo en 1956 concluyó su travesía poética. “Entonces dio comienzo otra forma de comunión con la palabra —afirma Vicente Quirarte—, ésa que lo condujo a formar juventudes, a dar aliento a quien demostraba vocación auténtica”. Solía, asevera Eduardo Lizalde, luchar con el horror vacui de las 130 versiones suyas de un mismo poema antes de publicarlo. Lizalde recuerda que Chumacero leyó, en todas sus comparecencias, “los perfectos poemas de la juventud como si fueran escritos ayer”. En una llamada telefónica a Madrid, Jorge F. Hernández afirmó: “Tuvo en su mente una tauromaquia poética: lidió con letras, hizo faenas en verso y muchos quites en textos críticos, pero también contempló desde la barrera el mural tipográfico de más de mil libros”. Con esta suma de rasgos se erige un mito.

Fotografía: Omegar Martínez. CC BY-SA 2.0

Para explorar la percepción de esa leyenda en la actualidad, convocamos a cinco jóvenes poetas mexicanas que ofrecieron su testimonio de lectura de la obra de Chumacero en su centenario.


“Antes que como poeta —afirma Aurelia Cortés Peyron (Ciudad de México, 1986)—, conocí a Alí Chumacero por su participación en revistas históricas como El Hijo Pródigo y México en la Cultura y como fundador de Tierra Nueva. También gracias a Chumacero tenemos la obra reunida de muchos de los autores del grupo de Contemporáneos. Así como la tensión entre el cambio y un enfoque prescriptivo mantiene viva a una lengua, la tradición poética mexicana se caracteriza por su vaivén entre ambos polos, tradición y ruptura. Yo situaría a Chumacero en el de la preservación de un estilo, de una poética. La bibliofilia y el perfeccionismo de Chumacero van muy bien con la vocación de editor. Al observar los poemas en la versión facsimilar que publicaron recientemente, en una hermosa edición, la editorial Scriptoria y la Biblioteca Claveriana de la Ciudad de México, como homenaje en su centenario, su proceso de corrección nos revela al poeta calculador y minucioso, especialmente en ‘Responso del peregrino’. También es significativo que Chumacero considerara que terminó de escribir antes de terminar de vivir, como dice en una entrevista. Se trata de un poeta controlado”.

Para Cortés Peyron, autora de Alguien vivió aquí/Someone Lived Here, la poesía de Chumacero no salió intacta de su labor como editor y crítico: “a ratos, parece que a su poesía la poseyeran las voces de la generación que lo precedió, como en ‘En la orilla del silencio’, donde los versos ‘el supremo silencio endurecido’ y ‘me abraza en desolado abrazo’ son completamente villaurrutianos o en ‘Poema de amorosa raíz’, donde narra un ‘tiempo antes que el principio’ […] ‘cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios’, un Génesis amoroso que tiene algo muy cuestiano”.

Diana del Ángel (Ciudad de México, 1982) escuchó hablar por primera vez de Alí Chumacero en la preparatoria: “La maestra de literatura nos contó emocionada que había podido entrar a su biblioteca: ‘En medio hay un árbol’, dijo. A mí me pareció lo más poético del mundo. Animada por el relato busqué leer algo del nayarita; encontré Los momentos críticos (1987) y lo tomé sin siquiera hojearlo. Me desilusioné al ver que eran textos en prosa. Sin embargo el libro aguardó en mi librero hasta que, ya estudiante de letras, tuve que hacer ensayos sobre literatura mexicana contemporánea y pude valorar la agudeza crítica del poeta”.

La autora de Procesos de la noche muestra su admiración: “Chumacero pertenece a un tipo de escritor que además de creador es crítico. Su generoso gesto, expresado en centenares de reseñas sobre la obra de sus contemporáneos, se complementa con el oficio editorial que ejerció toda su carrera. Ambas son labores cuyos frutos se extienden a toda la literatura mexicana. No imaginé que podría entrar un día a su biblioteca, hasta que la trasladaron a La Ciudadela y la abrieron al público. El árbol continúa regalándose desde el centro del espacio al igual que los libros y la obra del poeta”.

Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986) recuerda: “Tiempo antes que el principio, cuando tenía diez años, una falda a cuadros y unos brackets con ligas de colores, entró Miss Susy en el salón de clases y nos dio a leer ‘Poema de amorosa raíz’ de Alí Chumacero. Lo leyó con gestos desaforados, voz grandilocuente, delineando cada vocal con sus labios pintados de rosa mexicano. A pesar de la inquietante declamación, el poema me atrapó. Dejé de mirar por la ventana y me volqué como dentro de un abismo en la fotocopia del poema en letra Comic Sans. No solo me pareció vertiginosa la evocación de un tiempo originario, cuando el agua no estaba ni en la ciencia de Dios, sino especialmente el giro inesperado del final, ya éramos tú y yo, perfecta para una preadolescente que aún no está versada en esa contraparte volátil e inestable del amor. Doblé la hoja varias veces, hasta convertirla en un cuadrado diminuto, y la guardé en mi bolsillo como una carta secreta. La leí en la hora del lunch y de nuevo en la tarde, evadiendo mi tarea. El poema me producía una especie de marasmo, me daba piel de gallina, tenía un efecto casi adictivo. Era como saltar con los ojos cerrados de un trampolín de siete metros; siempre el vértigo al asomarse desde lo alto y sin embargo persiste el impulso, una vez en el agua, de volver a subir las escaleras y lanzarse. Tantas veces doblé y desdoblé esa hoja que se rompieron los pliegues. Años más tarde, después de que las estrellas y la luna fincaran sobre el cielo el albur de sus cuerpos, cuando cursaba literatura en la UNAM, la poesía de Chumacero me pareció de difícil acceso. Sus poemas amorosos me ahuyentaron por su descripción de la mujer como un ente distante, de piel vencida y casta como deshabitada, bien diferente de mi muy habitada piel, de mi corte de pelo a la Trinity de Matrix, de mis jeans deshilachados por tanto pisarlos, y mis uñas pintadas de negro”.

La colaboradora de Border Crossing y Poetry International continúa: “Si bien perdí la hoja que leí tantas veces en mis primeros años, ‘Poema de amorosa raíz’ me sigue pareciendo memorable por su evocación de un tiempo mítico, tan anterior a todo que ni siquiera el lenguaje puede describirlo. Y aunque a veces dudo que el amor provenga de dicho momento, creo que el pensamiento o la vocación poética sí lo hace. La poesía nos comunica con ese inicio mítico que guarda en la potencia absolutamente elocuente de su silencio todos los posibles desenlaces. Buena parte de la búsqueda poética, en mi opinión, abreva de ese silencio primigenio, que quizá nunca haya existido, pero no importa. ‘Poema de amorosa raíz’ le da límites a ese silencio, circunscribe lo indecible. No es posible nombrar ese principio, solo se puede sugerirlo, señalarlo. Quizá esto sea todo lo que puede hacer la poesía. O, cuando menos, me parece que ésta es la búsqueda literaria del poeta nayarita. Tanto por lo sucinto de su obra, como por el sosiego y cuidado meticuloso con el que aborda sus temas, la palabra de Alí Chumacero parece estar siempre tendiendo hacia el silencio, inclinándose hacia él como una niña pequeña que se asoma, antes, muy antes, de un trampolín de siete metros de altura”.

Isabel Zapata (Ciudad de México, 1984) refuta la figura de Chumacero: “En general, no disfruto mucho la poesía de Chumacero. Acaso tiene que ver con que acercarnos a los poetas ‘consagrados’ de generaciones pasadas ha sido una labor agridulce para las poetas de mi generación. Al hacerlo, es difícil no toparse con evidencia de la gran cantidad de mujeres que han sido silenciadas y cuya obra se ha dejado de lado. Si bien la situación ha mejorado, durante años los premios y reconocimientos se repartieron entre hombres. A eso contribuyeron algunos editores de la época, con él, que olvidaron incluir en publicaciones y antologías a las grandes escritoras de entonces”.

La cofundadora de Ediciones Antílope concluye: “Más allá de esa faceta, no me parece que la poesía de Chumacero haya envejecido de la mejor manera. En ella, la mujer aparece como un objeto de deseo y no mucho más y eso me hace perder el interés en ella. En entrevista con Proceso, el poeta dijo ser ‘un cabrón bien hecho’ y, cuando le dijeron que su esposa era muy guapa contestó: ‘Sí, era una buena mujer, cómo no, ¡cuando estaba dormida! No, no hay mujer buena. La única mujer buena es la mujer ajena’. No es que piense que la poesía de Chumacero no tiene valor, simplemente, como poeta no es hacia allá donde me interesa mirar”.

Por último, Karen Villeda (Tlaxcala, 1985) presenta “Poema a la Chumacero”, un texto intervenido, un mashup:

navegas en un tiempo que escucha tu latido,
un corazón a mediados
y comprendo que sueño y sombra,
los soles y las sales
respira, nadie piensa y solo
es que estoy tan solo
inquebrantable muerte ya iniciada 
por una vida que apenas se me dio
en la vana tarea interminable,
correcciones esperadas
estás, oh muerte, clara como espejo;
espejo roto
fugitivos sin fin que el rostro guardan,
y también entre las pieles
los orígenes de su sueño,
lucidez templada
mas hoy insiste aquí como quien baña
en su poco agua
la propia luz que toca con su aroma,
una nariz se levanta
y que yo, como tú, de noche oigo
también una oreja se levanta
en esa área languidez del pensamiento,
cerebro
que al fin fatigará el oculto aroma
una nariz se levanta (de nuevo)
un estar descendiendo
escalera de tripas
sino temor y sombra, la caída
de extremidades
primero que algo fuera flotando bajo el aire;
como lo que he olvidado
solo recuerdo de lo que vivías,
éramos, estuvimos (que)
la frente me señalan.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.


1 En 1997 se publicó además un disco en el que Chumacero recita su poesía: En la orilla del silencio y otros poemas.