Una de las nociones más polémicas de la campaña de Andrés Manuel López Obrador fue la necesidad de establecer una Constitución Moral que revitalizara los valores cívicos de una sociedad hundida en la corrupción y la impunidad. La idea no es nueva: proviene de la Cartilla Moral que Alfonso Reyes escribió a petición de Jaime Torres Bodet en 1944. Este ensayo cuenta la génesis de aquel texto, y de cómo fue actualizado por el ahora presidente electo, para analizar sus aristas y ponderar su pertinencia.

A mediados de mayo pasado, Arnoldo Kraus se preguntaba en su columna semanal de El Universal: “Alfonso Reyes, ¿dónde estás?”.1 Kraus, escritor y médico, expresaba, junto a un gran sector de la opinión pública en época preelectoral, su desencanto ante la democracia mexicana, aquella quimera elusiva, el espectro fantasmagórico cuyo silencio recorre una nación desolada. Acaso en el país de los desaparecidos y exiliados, la ausencia más evidente ha sido la de la clase política. “Una suerte de orfandad abraza a buena parte de la población”, lamentaba el comentarista, ya que en estos tiempos de crisis sería difícil encontrar una figura digna que inspirara la admiración necesaria para reconstruir el país.

Ilustración: Víctor Solís

Lo que siguió en aquella columna fue un diagnóstico brutal de nuestra realidad cotidiana. Hartazgo, desencanto, rencor e incertidumbre son las reacciones a los malestares que hemos llegado a conocer tan bien: los cánceres de la corrupción y la impunidad, la pobreza, la violencia, la injusticia. Todos ellos síntomas de un país en plena bancarrota moral. Y acaso tal déficit de valores es aún más evidente en nuestros gobernantes, quienes en teoría deberían encarnar lo mejor de la sociedad, mientras que en la práctica han representado lo peor de ella. Nos han sobrado tragedias y escándalos lamentables —basta prender la televisión para ver uno nuevo. De ahí que en el periodo de campañas pocos ciudadanos pudieran defender a un candidato presidencial sin considerar inevitablemente sus bemoles. Se repetía lo que se ha vuelto ya un ritual sexenal: más allá de las diversas afinidades partidistas que han polarizado a la sociedad, no se votaría por el candidato más virtuoso, sino apenas por el menos viciado, “el menos peor”.

Nostálgico, Arnoldo Kraus cerró su columna evocando la célebre Cartilla Moral de Alfonso Reyes, reliquia de una época en que algunos de nuestros gobernantes e intelectuales se preocupaban con el mismo ahínco por la vocación política como por el servicio social. Durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho, el secretario de Educación Pública Jaime Torres Bodet emprendió una heroica campaña de alfabetización para enfrentar el tremendo rezago educativo del país durante el periodo posrevolucionario. Por ello, en 1944 Torres Bodet le pidió a Alfonso Reyes —gran patriarca literario de la primera mitad del siglo xx— un documento que sirviera de sustento a tal tarea, una guía sobre los valores que todo mexicano debería seguir para vivir dignamente en sociedad e integridad. Con un tremendo idealismo, el secretario afirmó que tal manual sería el primer paso para cambiar “nuestra forma primaria de vida […], construyendo, así, los cimientos de una nación moderna, espiritual, moral y materialmente rica”.2 El resultado de aquel humanismo social fue la Cartilla Moral, cuya primera y más importante lección era: “El hombre debe educarse para el bien”.3 Entre referencias cruzadas a la religión cristiana, la filosofía helénica y poetas de distintos siglos, Reyes enlistó las cualidades de lo que debía ser un individuo y un político virtuoso: ante todo, la rectitud y la honestidad, la justicia y la educación, el amor y la felicidad, la convicción de crear un mejor país.

Lamentablemente, la Cartilla Moral ha tenido una historia funesta. Por azares del destino el documento jamás vio la luz con el propósito social que tenía previsto. Reyes tendría que publicarlo por su cuenta en 1952, sin apoyo de la sep. La tragedia se repitió en 1992, cuando José Luis Martínez reeditó el texto para los maestros de la sep, pero fue censurado por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, a petición de la maestra Elba Esther Gordillo. Sin duda, es una lástima que tal cartilla, impregnada de idealismo y convicción social, se haya relegado hasta empolvarse en la historia, en vez de persistir en nuestros días.

Hasta aquí estoy completamente de acuerdo con Arnoldo Kraus. Sin embargo, también debe precisarse que, en su ánimo (bien fundamentado) por enlistar los males que permean a nuestra clase política, fue demasiado tajante al afirmar que “Reyes ha sido sepultado por todos los políticos”. De hecho, todo lo contrario ha ocurrido en un caso particular: desde los comicios de 2012, Andrés Manuel López Obrador, entonces candidato presidencial por la coalición Movimiento Progresista y hoy presidente electo del país por la coalición “Juntos haremos historia”, ha intentado revivir, una y otra vez, la Cartilla Moral de Reyes.

Basta recordar que durante las elecciones pasadas Andrés Manuel causó polémica por la forma en que viró de la confrontación a la reconciliación nacional, evidente en su aspiración a la llamada “República amorosa”. Convencido de que la tragedia nacional se debía por igual a la precariedad material que a la falta de ética, afirmó que un verdadero proyecto de nación no solo requería un programa político o económico, sino también una “Constitución Moral” para revitalizar los valores cívicos. En una entrevista con Carmen Aristegui de 2011, explicó que esta idea se le había ocurrido al leer el clásico texto de Alfonso Reyes. Tampoco era inusual que citara partes de la Cartilla durante sus discursos en televisión nacional, a la defensa de su proyecto amoroso.4 Para algunos comentaristas de la época, tal proyecto constitucional fue sinónimo de cursilería, si bien para Reyes la felicidad y el amor deben ser los fundamentos de toda sociedad virtuosa.

Adelantamos el reloj hasta las elecciones de 2018 y resuena un eco de Alfonso Reyes entre la mugre, el escándalo mediático y la apuesta viral. Durante su toma de protesta como candidato del Partido Encuentro Social en febrero de este año, López Obrador afirmó que, ante la pronunciada descomposición social, esta vez por fin lograría poner en marcha un proyecto de nación que procurara a la vez el bienestar material y el “bienestar del alma”. Cuando la lluvia de críticas tildó su inesperada alianza como una artimaña para moralizar la política —y, por ende, un retroceso del Estado laico— el presidenciable recurrió de nuevo a Alfonso Reyes para justificar que la educación espiritual no debería ser monopolio de la Iglesia, sino el derecho de todo individuo. Empeñado en contrarrestar el individualismo actual, López Obrador afirmó que “la descomposición social y los males que nos aquejan no solo deben contrarrestarse con desarrollo y bienestar […], las acciones materiales son importantes, pero no bastan, además deben de fortalecerse los sentimientos humanos”. La alusión a Reyes era pertinente, dado el foro y la ocasión; después de todo, la Cartilla Moral también abarca un área gris entre el catolicismo velado y la defensa de los principios laicos.

Hoy, seguidores y detractores de López Obrador concuerdan en que su campaña política, centrada en el discurso del renacimiento cívico, triunfó por encima de sus contendientes este 1º de julio. Con el porcentaje de votos más grande que ha recibido un mandatario desde la transición democrática, el presidente electo ha demostrado la importancia y el atractivo de su mensaje ético en tiempos de crisis nacional. Claro está, en la democracia no existe la unanimidad, sino la pluralidad; con la mirada puesta sobre los movimientos populistas que izan sus banderas por el resto del mundo, detractores han argumentado que la indignación, la cólera y la irracionalidad son el único sustento del triunfo de López Obrador. No obstante, bien decía Alain Badiou que la indignación es una acción negativa e incapaz de crear cualquier movimiento, pues solo implica rechazo sin proposición: para que un proyecto político triunfe, debe pasar de la indignación a la concepción de una idea emancipadora, motor de cambio, aspiración asequible. En este caso, la idea ha sido clara y ha recibido el mote grandilocuente de “cuarta transformación” (tras la Independencia, la Reforma y la Revolución), centrada en asentar la transición democrática al arrancar la corrupción imperante desde la raíz. De nuevo, el sustento moral que López Obrador ha dado a tal “revolución de las conciencias” es una paráfrasis de Alfonso Reyes: “Solo siendo buenos podemos ser felices.”5

Mucho se ha comentado, aunque no lo suficiente, sobre la Constitución Moral de López Obrador y su inspiración reyista. Lo cierto es que Reyes, lejos de ser un moralista, era un intelectual comprometido con la idea de construir un mejor país. Quizá el escepticismo ante una propuesta que reclama un origen a la vez intelectual y social parta de las dos palabras que conforman su título: por un lado, para muchos, la idea de “constitución” diverge del carácter panfletario de la Cartilla de Reyes y parece entrar en el territorio de lo coercitivo. En respuesta a tal crítica, durante su cierre de campaña, López Obrador aclaró que tal documento no será un instrumento jurídico, ni implica la intromisión del Estado en la vida privada de los ciudadanos, sino una “expresión de los valores fundamentales que nos hermanan”. Por el otro lado, la palabra “moral” sigue evocando para muchos un borroso dogma católico o evangélico, si bien la palabra viene del latín mores, que en realidad alude a las costumbres de toda sociedad. Incluso considerando la etimología correcta, también se vale preguntar: ¿para qué escribir y dar tanto peso a lo que ya es una realidad? No obstante, la dignidad humana nos ha eludido en los últimos años: se ha enterrado en cada fosa sin nombre, en cada comunidad marginada, en cada justificación viciada de quienes creen merecer abundancia. Volvemos a Reyes: la moral nos humaniza, y es cuando se pierde de vista que la “civilización y cultura degeneran y se destruyen a sí mismas”. Nunca debemos olvidarlo.

Hasta ahora, la llamada Constitución Moral de López Obrador sigue siendo una idea (o un ideal) más que un esbozo jurídico, y quizá debería restar así. Sin embargo, en tiempos en que nuestra clase política no suscita sino vergüenza y recelo en vez de admiración, tampoco está de más regresar a los básicos. Nos sobran ejemplos para creer que gran parte de nuestros representantes desconoce o evade deliberadamente la mínima noción de moralidad en el ejercicio público de su deber. En este sentido, el valor esencial de rescatar la Cartilla Moral sería recordarnos una idea, una sencilla e intuitiva, pero tan difícil de imaginar hoy en día: también en la política se puede (y se debe) hacer el bien.

En su novena lección, Alfonso Reyes declara que el patriotismo es una obligación moral —una muy distante del chauvinismo grotesco de nuestro vecino del norte—, siempre y cuando se entienda como “amor a nuestro país, deseo de mejorarlo, confianza en sus futuros destinos”. A la administración venidera debemos exigir una república a la altura de su propio discurso, una incluso más digna y más libre de lo que Reyes habría soñado. No bastará imaginarnos cosas chingonas —será tiempo de hacerlas realidad. De lo contrario, aquel proyecto emancipador seguirá la mala fortuna que la Cartilla ha tenido hasta ahora: ser un mero compendio de aspiraciones truncas, promesas de ayer, el idealismo marchito de quienes deseaban reavivar la moral de una nación indiferente ante sus propias virtudes.

 

Carlos Eduardo López Cafaggi
Internacionalista, egresado del Colegio de México.


1 Arnoldo Kraus, “Alfonso Reyes, ¿dónde estás?”, El Universal, 13 de mayo de 2018.

2 La historia de la Cartilla Moral, su publicación fallida e intentos de recuperarla, está recontada en la recién publicada correspondencia entre José Luis Martínez y Alfonso Reyes (particularmente en el ensayo introductorio de Rodrigo Martínez Baracs y sus notas al pie). Véase Rodrigo Martínez Baracs y María Guadalupe Ramírez Delila (eds.), Una amistad literaria. Correspondencia de Alfonso Reyes y José Luis Martínez, 1942-1959, México, fce/El Colegio Nacional, 2018.

3 Alfonso Reyes, Cartilla Moral, en Obras Completas, t. xx, México, fce, 1979, p. 484.

4 Guillermo Sheridan, “Amlo y su ‘Cartilla Moral’”, Letras Libres, 28 de noviembre de 2011.

5 Luis Antonio Espino, “Las claves del discurso de cierre de campaña de AMLO”, Letras Libres, consultado el 28 de junio de 2018.