Ridley Scott, el caballero del ojo infalible


Aun y cuando la lista de galardones que ha recibido se queda muy corta respecto a los méritos y el impacto de su filmografía, Ridley Scott tiene un lugar primordial asegurado entre los grandes cineastas de la historia, no solo por ser el creador de obras de culto indiscutibles, sino por su sorprendente capacidad de trabajo y el infaltable virtuosismo de su estilo visual en cada una de sus películas.

Con ochenta años cumplidos y una trayectoria que abarca ya cuatro décadas de incansable labor tras las cámaras, Ridley Scott se ha destacado como uno de los directores más prolíficos e innovadores en el panorama cinematográfico mundial, reinventando géneros como el de la ciencia ficción y la road movie —con títulos icónicos como Alien, el octavo pasajero (1979), Blade Runner (1982), o Thelma y Louise (1991)—, e incluso resucitando a otros que se daban por muertos, como las aventuras épicas de “sandalias y espadas”, que después de cuarenta años de haber alcanzado su mayor popularidad con clásicos como Ben Hur (William Wyler, 1959) o Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), tuvieron su muy refrescante y vigoroso resurgimiento en el año 2000 con Gladiador, de momento el único filme de Scott que ha sido premiado con el Óscar a mejor película.

Por otro lado, si bien es cierto que la suya no ha sido una carrera exenta de tropiezos, y que entre sus veinticinco filmes hay títulos menores que han llegado a ser vapuleados por la crítica, un rubro en el que las cintas de Scott alcanzan siempre un nivel encomiable es el de su factura visual. Pocos cineastas como él son capaces de traducir en imágenes los conflictos esenciales de sus narraciones, además de conseguir la inmersión del espectador en mundos tan peculiares y a la vez tan convincentes, dejando tatuadas en sus pupilas planos y secuencias completas que pasan a formar parte del imaginario colectivo en el contexto de la cultura popular. Los detractores de Scott suelen reprocharle que en ocasiones esa tendencia a priorizar el estilo se edifique sobre historias demasiado simples, o que incluso aspectos como la verosimilitud o la coherencia interna de sus tramas puedan llegar a perder solidez en aras de la espectacularidad visual, pero también es verdad que en sus momentos más inspirados Scott es capaz de apuntar —por medio de esas herramientas que tan bien domina— a las más profundas reflexiones sobre la condición humana.

Ridley Scott nació el 30 de noviembre de 1937 en South Shields, al noreste de Inglaterra. Siendo hijo de Elizabeth Williams y del coronel Francis Percy Scott, los primeros años de su infancia los pasó de mudanza en mudanza con el complicado trasfondo de la Segunda Guerra Mundial, hasta que terminado el conflicto su familia se estableció en Hartburn, condado de Durham, una zona cuyo paisaje industrial lo inspiraría más tarde al concebir la atmósfera humeante y de lluvia pertinaz del Los Ángeles futurista de Blade Runner. Debido a sus compromisos laborales, el padre de Scott pasaba largas temporadas fuera de casa, de manera que fue su madre quien fundamentalmente se hizo cargo de criarlos a él y a sus hermanos, transmitiéndoles una visión de la fortaleza femenina que también tendría su eco en la futura obra de Scott como cineasta, al darle protagonismo en varias de sus películas a mujeres fuertes y resueltas a romper esquemas, como la mítica teniente Ellen Ripley, en Alien, o como Thelma y Louise.

Desde pequeño Scott desarrolló una temprana afición por el cine, por las novelas de ciencia ficción de H. G. Wells y sobre todo por el dibujo, actividad para la que tenía una especial facilidad y que a la larga lo llevó a trasladarse a Londres para estudiar en el Royal College of Art, donde colaboró para establecer el departamento de cine. En ese contexto filmó a sus veinticinco años un cortometraje en blanco y negro titulado Boy and Bicycle (1962), sobre un adolescente de clase trabajadora que decidía saltarse las clases para explorar en su bicicleta el paisaje industrial de la costa de su pueblo. El motivo del niño en bicicleta sería retomado por Scott casi diez años más tarde en su faceta como exitoso realizador de anuncios para televisión, al elaborar un comercial para la marca de pan Hovis que en una encuesta de 2006 fue elegido como el anuncio preferido de todos los tiempos para los británicos. Los más de diez años que Scott le dedicó al mundo de la publicidad —luego de haber tenido experiencias no demasiado estimulantes trabajando para la BBC como diseñador, y dirigiendo incluso algunos episodios de series televisivas— constituyeron para él una valiosísima etapa de aprendizaje, en la que además de afinar su capacidad para pensar en imágenes, se fogueó en los procesos de planeación y ejecución de todos los aspectos constitutivos de un rodaje, desde seleccionar el talento requerido hasta calcular un presupuesto y apegarse a él, completando el proyecto en el tiempo estipulado. Pero además, el éxito de la empresa productora de anuncios que fundó con su hermano Tony (quien por su parte también se convertiría en director de cine hasta su muerte en 2012), le reportó a Scott un patrimonio que le permitiría hacer las películas que al parecer nadie más estaba en disposición de financiarle.

Fue así que en 1977, ya con cuarenta años cumplidos y con una madurez técnica y artística poco habituales en un debutante, Ridley Scott estrenó su primer largometraje: Los duelistas, un filme de época basado en un relato de Joseph Conrad. Ambientado a principios del siglo XIX, en el contexto de las guerras napoleónicas, el filme aborda la rivalidad obsesiva entre dos oficiales, Gabriel Feraud (Harvey Keitel) y Armand d’Hubert (Keith Carradine), húsares franceses que se enzarzan en una serie de duelos a lo largo de quince años, enfrentamientos que conforme pasa el tiempo se van volviendo más desproporcionados respecto a los motivos banales que los detonaron, y que llevan a niveles de auténtico absurdo ese empeño enfermizo por conservar a toda costa el honor, sobre todo en lo que concierne al visceral personaje de Feraud. La crítica valoró la capacidad de Scott para lograr una ambientación fiel y convincente de la época, así como su estilo, que, lejos todavía del montaje sumamente dinámico que caracterizará más adelante a las escenas de acción y combate de muchos de sus filmes, presenta la historia como una sucesión de frescos pictóricos. Especialmente eficaz es el plano que cierra la película, en el que después de haber sido derrotado en el duelo decisivo, Feraud mira en silencio al horizonte en profunda soledad, en un encuadre que le concede un grado de dignidad a su derrota y que provoca empatía en el espectador aun y cuando la sinrazón ha sido claramente el motor del personaje. Esta disposición para contemplar también el reverso de la moneda, para poner de relieve el lado heroico del fracaso y para considerar el punto de vista del otro —incluso si se trata de un antagonista—, anuncia asimismo uno de los sellos que distinguirán a muchos de los títulos futuros de Scott; piénsese, por ejemplo, en la importancia que adquiere el replicante Roy Batty (Rutger Hauer) en el desenlace de Blade Runner, con un discurso que lo redime de sus culpas y que prácticamente lo catapulta de villano a héroe; o, en términos argumentales, vienen a la mente películas como La caída del halcón negro (Black Hawk Down, 2001) o Cruzada (Kingdom of Heaven, 2005), que toman como punto de partida situaciones de fracaso —un operativo fallido del ejército norteamericano en Somalia, en el caso de la primera; la rendición de Jerusalén por parte de los cristianos ante los musulmanes guiados por Saladino, en el caso de la segunda— y a partir de allí elaboran en mayor o menor medida narrativas de tono épico, en las que a pesar de la derrota alcanza a refulgir la heroicidad.

Pese a que con Los duelistas Ridley Scott obtuvo el premio a mejor ópera prima en el Festival de Cannes, la película no tuvo mucha difusión, dejando al director con la mira puesta en el objetivo de conectar con un público más amplio. No tendría que esperar mucho tiempo antes de conseguirlo, pues dos años más tarde filmaría una obra visionaria que le granjearía elogiosas críticas y una considerable recaudación en taquilla: Alien, el octavo pasajero (Alien, 1977), un innovador cruce de géneros entre el cine de terror y la ciencia ficción. Con el auge que el fenómeno de La guerra de las galaxias le estaba dando a las aventuras en el espacio, Scott se decidió a incursionar en el género dándole un giro radical; en vez de una atmósfera poblada por naves impolutas y héroes con destinos épicos, decidió crear un mundo opresivo y asfixiante a bordo de una nave espacial de carga que se podría calificar como de “clase obrera”, cuyos tripulantes van siendo exterminados uno a uno por una misteriosa creatura alienígena, terrorífica desde el mismo momento en que emerge del pecho de uno de ellos (en una de las escenas más escalofriantes de todos los tiempos), y que conforme avanza la película se vuelve más monstruosa en tanto su cambiante y siempre sorpresiva corporeidad (cortesía de los inquietantes diseños biomecánicos de H. R. Giger) resulta más difícil de definir. Como en otros tantos títulos de Scott, la aparente sencillez de la trama se ve compensada por un complejo tratamiento visual que no solo juega en favor de provocar en el espectador el efecto buscado por el género de terror, sino que da lugar a elementos simbólicos y metafóricos que abren la puerta a múltiples interpretaciones, como aquella que postula un enfrentamiento entre lo masculino y lo femenino en virtud de la forma alargada (fálica) del monstruo cuando sale del pecho de John Hurt, y que en última instancia encontrará férrea resistencia en la valiente Ellen Ripley (Sigourney Weaver), quien echará mano de todos sus recursos para evitar convertirse en víctima, eso por mencionar solo una de tantas teorías que se han generado en torno al sentido del filme, que por lo demás es una lección de cine en cuanto al manejo del ritmo y el suspenso, gracias a la acertada decisión de mostrar poco al monstruo y de generar el terror y la angustia con la mera sugerencia de su presencia, en una estrategia narrativa muy similar a la que Steven Spielberg había puesto en práctica en Tiburón.

Tras el éxito de Alien, el siguiente proyecto de Scott fue una historia de ciencia ficción aún más ambiciosa: Blade Runner, adaptación de una novela de Philip K. Dick cuyo mero título —¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?— da ya una idea de la complejidad de la historia en cuanto a que sus cuestionamientos de carácter psíquico, filosófico y, si se quiere, metafísico, exceden por mucho los tratamientos y marcos narrativos más convencionales del género. Particularmente novedosa fue la ambientación de ese futuro distópico que tenía lugar en la ciudad de Los Ángeles, en el entonces todavía distante año de 2019. Los tonos sombríos, el humo industrial y la constante lluvia, contrastando con las llamativas luces de neón de anuncios publicitarios que inundan el espacio público, inauguraban lo que se dio en llamar una estética ciberpunk, enfocada en resaltar el desfase entre los deslumbrantes avances tecnológicos y un medio social y ambiental degradado. Pero además esa atmósfera era la ideal para que Scott experimentara de nueva cuenta con un cruce de géneros, incorporando en esta oportunidad elementos del cine negro a partir de una trama policial protagonizada por Richard Deckard (Harrison Ford), una suerte de expolicía que está de vuelta de todo y cuyos servicios son solicitados por las autoridades para encomendarle una misión acorde con su especialidad de blade runner: localizar y exterminar a un grupo de androides renegados (tan parecidos a los humanos que se les conoce como “replicantes”), quienes han escapado de las “colonias exteriores” a las que habían sido enviados para trabajar como esclavos, y que al hacerse conscientes de su caducidad han vuelto a la Tierra para exigirle cuentas a su creador. En el fondo de dicho conflicto, en el que por supuesto resuena con fuerza el mito de Frankenstein, lo que se levanta es una profunda reflexión en cuanto a qué es lo que nos convierte en seres humanos, con todas las implicaciones emocionales y filosóficas que se desprenden, por ejemplo, de la noción heideggeriana según la cual estamos definidos por la conciencia de nuestra propia muerte.

Blade Runner se adelantó a su tiempo y en su momento fue un filme incomprendido por la crítica y un fracaso en taquilla, aunque con los años se ganaría a pulso un estatus de obra de culto, el cual se iría consolidando con las sucesivas versiones que vieron la luz a partir de que en 1992 Ridley Scott lanzara su director’s cut (versión del director), en la que se hacían modificaciones más acordes con su visión, removiendo por ejemplo la voice over explicativa a través de la cual Deckard funge por momentos como narrador, además de enfatizar elementos que apuntan a la posibilidad de que el propio Deckard sea un replicante. La práctica de revisitar una película, no solo para prolongar su vida sino para ofrecer versiones en las que el director retoma un mayor control más allá de las presiones comerciales de los estudios, se volvió también un sello distintivo en la filmografía de Scott, quien además es un entusiasta de las ediciones en DVD o Blu-ray en las que ofrece ilustrativos comentarios y amplio material extra, incluyendo storyboards y bocetos que, de acuerdo con su manera de trabajar y con la prioridad que otorga en sus filmes al aspecto visual, son la semilla primordial de sus creaciones.

Tanto Alien como Blade Runner serían razón más que suficiente para asegurarle a Ridley Scott la posteridad, pero, como ya hemos dicho, se trata de un cineasta que trabaja a ritmo incansable y que, además, tiene la costumbre de ponerse a prueba asumiendo nuevos retos. “La clave está en hacer lo que nunca has hecho”, es uno de sus lemas. Tan es así que sus siguientes obras maestras fueron, por un lado, una road movie protagonizada por dos mujeres —Thelma Dickinson (Geena Davis) y Louise Shawer (Susan Sarandon)— que emprenden un viaje en clave de western en el que se enfrentan a un adverso paisaje caracterizado por el yugo del patriarcado (del cual intentan escapar apoyándose en la fortaleza que en el camino descubren en sí mismas, así como en su amistad solidaria); y, por el otro, una historia épica ambientada en la antigua Roma, en la que Máximo Décimo Meridio (Russel Crowe) es traicionado por Cómodo (Joaquin Phoenix), el ambicioso hijo del emperador, quedando relegado a la condición de esclavo y gladiador, desde la cual se le presentará la posibilidad de clamar justa venganza, en una trama con ecos shakespeareanos y con una puesta en escena implacable aprovechando de la mejor manera las posibilidades del CGI (dejando claro que quien fuera un maestro de los efectos especiales en la era del cine analógico lo sería también en la era del cine digital). Tanto Thelma y Louise como Gladiador le valieron a Scott sendas nominaciones al Óscar como mejor director. La tercera, y de momento la última, le llegaría con La caída del halcón negro, filme bélico de cruento realismo y acción trepidante en la que, sin embargo, hacia el desenlace, se abren la puerta y la pausa para la reflexión sobre el (sin)sentido de la guerra.

En lo que va del presente siglo, Ridley Scott ha continuado ampliando el abanico de sus proyectos en cuanto a géneros y temáticas, incursionando incluso en terrenos que en principio parecerían ajenos a sus inquietudes como el de la comedia romántica, como fue el caso de Un buen año (A Good Year, 2006), una historia sin mayores pretensiones pero realizada con solvencia, en la que Russel Crowe interpreta a un corredor de bolsa sin muchos escrúpulos que viaja a la Provenza francesa luego de que su difunto tío le ha heredado un viñedo, situación que supondrá para él un retorno a la infancia y una reevaluación de su sentido de vida al tiempo que se enamora de una encantadora camarera interpretada por Marion Cotillard. Las colaboraciones con Russel Crowe —el actor que más veces ha trabajado con Scott— continuaron durante los dos años siguientes por los senderos del thriller con American Gangster (2007) y Red de mentiras (Body of Lies, 2008). En el caso del primero, se abordan con eficacia las historias en paralelo del mafioso afroamericano Frank Lucas (Denzel Washington) y Richie Roberts (Crowe), el honesto detective que intenta ponerle fin a sus delitos no sin encontrarse con obstáculos relacionados con la propia corrupción de la policía; mientras que el segundo se orienta hacia una trama de espionaje en la que Leonardo DiCaprio interpreta a un agente de la CIA que intenta darle caza a un peligroso terrorista en Jordania. A diferencia de estos dos títulos, que fueron recibidos con entusiasmo por la crítica (sobre todo en el caso de American Gangster), la siguiente incursión de Scott en el thriller criminal, El abogado del crimen (The Counselor, 2013) recibió críticas mayoritariamente negativas (en algunos casos injustamente excesivas) que señalaban la poca fortuna de diálogos demasiado rimbombantes en el guion del prestigioso escritor Cormac McCarthy, frases que en opinión de muchos podían resultar acertadas en una novela pero que en una película sonaban impostadas e inverosímiles. Pese a su estelar reparto, integrado entre otros por Brad Pitt, Javier Bardem, Penélope Cruz, Cameron Díaz, y encabezado por Michael Fassbender en el papel de un abogado que cede a la tentación de involucrarse en un turbio negocio, en una decisión que le costará un descenso a los infiernos, El abogado del crimen pasó inesperadamente a formar parte de los fracasos más sonados en la carrera de Scott, junto con títulos como Legend (1985), un fallido filme de fantasía con un joven Tom Cruise —en el que incluso algunos efectos visuales llegan a parecer artificiosos y poco convincentes—, o 1492: La conquista del paraíso (1992), centrada en la figura de Cristóbal Colón (Gerard Depardieu), a la que se le achacaron numerosas imprecisiones históricas.

No obstante dicho tropiezo, el balance de la obra de Scott en la segunda década del siglo XXI puede considerarse positivo, sobre todo en lo que se refiere a su celebrado regreso a la ciencia ficción al reactivar la saga de Alien con una serie de precuelas —Prometheus (2012) y Alien: Covenant (2017)— que han abordado de manera más que satisfactoria el origen de ese universo incorporando dilemas y cuestionamientos con ecos de los reflexivos replicantes de Blade Runner, eso por no hablar de la interesante y muy refrescante vuelta de tuerca que le aplicó al género con Misión rescate (The Martian, 2015), en la que Matt Damon interpreta a un astronauta que se queda varado en Marte a la manera de un Robinson Crusoe espacial, y que en su lucha por sobrevivir se ve obligado a echar mano no solo de su ingenio sino también de su sentido del humor para no sucumbir ante su desalentadora situación, lo cual le permitió a Scott experimentar con afortunados toques de comedia salpimentando ese argumento dramático, una mezcla tan acertada como original que le valió al filme una nominación al Óscar como mejor película.

Como le ocurrió a Stanley Kubrick —otro meticuloso artesano que dominaba cada fase del proceso de elaboración de una película y que prestaba atención a los más pequeños detalles—, pasan los años y la estatuilla a la mejor dirección no cae en manos de Ridley Scott. Sin embargo eso no lo frena en su incombustible pasión por seguir filmando, por incursionar en los más diversos géneros y crear mundos únicos revisitando los universos conocidos, como ese espacio exterior en el que nadie te puede oír gritar pero los androides pueden soñar. A sus ochenta años sigue en plena forma, haciéndonos guiños con su ojo infalible.

 

Jorge Carrión Castro
Escritor y crítico de cine. Autor de la novela Eco de tinieblas.

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Publicado en: Director's Cut