Bobby Charlton, la leyenda del futbol inglés, sentía una pasión “casi romántica” por el deporte que lo llevó a la cima. Así lo explica en el siguiente texto, que revive un encuentro con sir Bobby a su paso por México en el 2000.

—He sido un hombre con mucha suerte.

Aunque su visita tenía un fin muy claro, promover la candidatura de Inglaterra para el Mundial del 2006, sir Bobby Charlton no pudo escapar de la aureola de una historia con varios capítulos interesantes. En los inicios, hay el cuento del hijo de minero que llegó a los 17 años al Manchester United. Luego está el avionazo aquel, a finales de los años cincuenta, del que fue uno de los sobrevivientes… Y está el Mundial de 1966, con la coronación de los ingleses en Wembley (ante un arbitraje que, no obstante y según los libros de historia, favoreció en todo momento a los anfitriones).

—¿Hay un instante futbolístico que le sea particularmente grato, por su belleza técnica o lo que significó? ¿Acaso ese gol en solitario contra Argentina en 62?

—Recuerdo el gol que le anoté a México en 66, pues nos permitió seguir.

—Había que vencer a siete defensas y el portero; acá llamaron al modo como salieron los mexicanos ese día “la formación del miedo”.

—Y aún así me permitieron acercarme —dice, con sencillez, y sonríe de una manera que se podría calificar como elegante—, pero hay cientos de momentos que puedo recordar. Muchos de los recuerdos que tengo sólo tienen valor cuando los comparto con alguien que los vivió conmigo. Definitivamente un gran momento fue haber ganado la Copa del Mundo en 1966… Aunque ganar la Copa Europea de Clubes es algo que te lleva dos años: primero hay que ganar la liga, lo que no es fácil en Inglaterra; luego hay que medirse con los equipos más poderosos de Europa. Esto lleva dos años, y crea una enorme satisfacción. Ganar la Copa del Mundo en 66 fue magnífico, pero nos llevó sólo tres semanas. El nivel de los jugadores es mucho mayor, lo sé, mas es un torneo corto… En fin, me gusta el futbol, acaso de una forma que ustedes podrían llamar romántica.

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El gol de Bobby Charlton en 1962, en el Mundial de Chile, es recordado así por Eduardo Galeano en El futbol a sol y sombra. Se enfrentaban Inglaterra-Argentina: “Bobby Charlton armó la jugada del primer gol inglés, hasta que Flowers quedó sólo frente al arquero Roma. Pero el segundo gol fue obra suya de cabo a rabo. Charlton, dueño de toda la izquierda del campo, dejó a la defensa argentina desintegrada como una polilla después del manotazo, y a la carrera cambió de pierna y con la derecha fulminó al arquero de tiro cruzado”.

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Por la mañana, en la residencia del embajador de Gran Bretaña y a la espera de los reporteros, sir Bobby Charlton se entretiene en la observación de un gran óleo del infortunado Eggerton: “Mexico City, 1837”. Se diría que es un paisaje rural, pero en la parte izquierda se alcanzan a ver algunos edificios (lo que era entonces la ciudad de México); y en la esquina superior derecha se impone la silueta del Iztaccíhuatl, “la mujer dormida”. Alguien se atreve a interrumpirlo en su lectura de esa vista de la ciudad para pedirle un autógrafo, y él lo hace del modo acostumbrado: “Good luck, Bobby Chartlon”. La palabra “suerte” acompaña a este hombre que en ese entonces tenía 62 años de edad, hoy 80.

Luego de un rato los fotógrafos le ofrecen un balón, y él lo toma con alegría. Enseguida le piden que lleve a los pies el esférico, y él lo deja caer hasta el zapato derecho y lo controla unos segundos, en recuerdo de una antigua convivencia.

A la hora de la conversación, el reparto de folletería y las explicaciones fijan el tema principal, aunque hay la opción de bordear las ramas de la biografía del que es considerado el mayor futbolista inglés de todos los tiempos. Como Charlton se dedicaba a viajar convenciendo al mundo de que Inglaterra sería la sede perfecta para la Copa del Mundo del 2006, tenía ya algunas frases pulidas.

—Estamos listos, tenemos en buenas condiciones nuestros estadios… Podríamos comenzar el Mundial mañana mismo.

Aunque se da espacio para la improvisación con aires locales:

—Los ingleses amamos el futbol casi tanto como los mexicanos.

O para la poesía… A propósito de los trabajos de remodelación del legendario estadio inglés, dice:

—El viejo Wembley ya estaba cansado.

Inglaterra no era la única sede en campaña; estaban los alemanes, por ejemplo, que acabaron ganando, y llevaban el estandarte del kaiser Franz Beckenbauer. El duelo Inglaterra-Alemania repetía tal vez aquella final en 1966; y también, el dramático partido reciente entre el Manchester United y el Bayern Munich, por la Copa de Campeones. En ambos encuentros, la victoria fue para los ingleses. “Hay entre Beckenbauer y yo una rivalidad de amigos”, aclara.

—Se habló mucho de que el arbitraje en 1966 ayudó a los ingleses para que se coronaran…

—Fuimos favorecidos porque éramos el mejor equipo —interrumpe, cuando la pregunta apenas empieza a ser formulada.

Luego sigue:

—Dos años antes de 1966 nadie pudo ganarle a la selección de Inglaterra, y por supuesto éramos favoritos por ser el mejor equipo. Sí, se dice que los árbitros fueron amables con Inglaterra, especialmente por el tercer gol de la final… Los ingleses siempre decimos que deben aceptarse las decisiones de los árbitros; nosotros lo hacemos, los alemanes no. Aquí en México, cuando Maradona usó la mano para anotar, ningún jugador inglés se quejó al respecto. Nosotros olvidamos y aceptamos esas decisiones. Lo que no acepto es que se diga que Inglaterra no merecía ganar en 66; las decisiones de los árbitros quedan fuera de esto, y definitivamente pienso que sí lo merecíamos.

—¿Qué imágenes lo acompañan en su vida actual? ¿Está presente el recuerdo del avionazo de 1958 en Munich?

—Como resumen de mi vida, diría que he tenido mucha suerte. La tuve en el avionazo de Munich: salí ileso, estaba en un buen club, llegué al equipo nacional con otros buenos jugadores, ganamos… Todo es cuestión de suerte. Amo el futbol y en todos los sentidos, no sólo por jugarlo: como entrenador, como directivo, como presidente de esta campaña hacia el 2006. Todo lo que tiene que ver con el futbol me apasiona. Y mientras más suerte tengo, me siento más obligado a compartir con los otros ese gusto, porque quiero que los jóvenes en el futuro tengan el mismo sentimiento que tengo yo para con este deporte. El argentino Alfredo Di Stéfano me dijo una vez: “Salté de un puente a la parte de arriba de un tren… Ese tren lo construyeron los ingleses, y me llevó a un estadio, donde me pude brincar la reja para entrar gratis”. Di Stéfano fue uno de esos hombres que viven para el futbol. De joven no tenía dinero, como no lo tenían Eusebio o Pelé…

—Su propio padre era minero, sir Bobby…

—El futbol está lleno de gente que empezó sin nada y ahora tiene algo. Yo soy uno de esos.

 

Alejandro Toledo
Escritor. Su más reciente publicación es: Francisco Tario. Antología.