Muchos escritores han desarrollado agudas facetas de analistas futbolísticos, siempre con un sentido entrañable de esta épica del espectáculo. Juan José Arreola, cuyo centenario se celebra en septiembre de este año, fue más conocedor que villamelón, sin llegar nunca al grado de verdadero “analista” deportivo. Como lo muestra una mesa de debate televisivo allá en el lejano Mundial de Italia 90, las impresiones de Arreola, aunque vengan de un amateur, no dejan de tener la chispa y el alumbramiento del narrador inigualable.

Sabemos que Juan José Arreola era un cuentista elegante, un conversador incansable, un ajedrecista casi imbatible y un patriarca generoso con los jóvenes escritores. Quienes asistieron a su clase en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM sabrán también de su memoria de elefante, su pasión por el vino y su aire extravagante. Podríamos definir a Juan José Arreola siguiendo el rumbo de estas vocaciones pero ayudaríamos al olvido si echáramos en falta una de sus facetas más insospechadas: la de analista de futbol.

Estamos en 1990, en Italia. No hemos llegado aún a la locura de convocar a 32 equipos ni de programar 64 partidos en casi un mes. No había llegado tampoco el tiempo en que una panda de comediantes hiciera del periodismo deportivo un intercambio de pastelazos. México se había quedado en casa después de ser castigado por falsificar la edad de algunos jugadores durante el Mundial Juvenil celebrado en Arabia Saudita, en 1989. Así que solo quedaba agitar la bandera brasileña, como reemplazo siempre al alcance, o quizá la de Argentina. Por lo demás, todavía existía esa comunidad de naciones y talentos incomprendidos que fue Yugoslavia.

Y estamos a través de la señal de Televisa que, por un motivo desconocido, invita a Juan José Arreola a expresar sus opiniones sobre el futbol al lado de Jorge Berry quien, a decir verdad, no se arruga ante el gran escritor. Hay cabida para todo, o para casi todo, siempre y cuando tome al futbol como pretexto. De este modo, Arreola comparte lo mismo su desconcierto ante el hecho de que Jackie Charlton, un inglés, dirija a la selección irlandesa, que su admiración por la selección de Bélgica, un ejemplo de fair play, no sin antes confesar “que yo solo sé que de futbol no sé nada”. En efecto, se declara “una nulidad”, se siente fuera de lugar pero “contento” (a cuento de nada, recuerda un gol de portería a portería que atribuye a Isidro Lángara y no duda en llamarlo “gol olímpico”). “Quiero ensayar mi alma”, dice invocando a Montaigne, “probando todos los temas”. Así que por qué no ensayar con el futbol.

El formato de aquel programa indigesto para los verdaderos conocedores guardaba un parecido premonitorio con la inercia del presente. Detrás de una mesa en forma de frijol, los conductores reseñaban los partidos del día, lamentaban o celebraban tal o cual momento, leían el futuro y luego daban paso al comentario de un reportero que saciaba el hambre de escándalos y novedades.

Un melódico desorden se impone en cada programa. Ya que se siente obligado a justificar su presencia, y sus palabras, Arreola pasa del ballet a los movimientos de un centrocampista de temple sobrenatural, de la belleza de un cuerpo atlético al ideal civilizatorio de obtener el triunfo sin marrullerías. Es cierto: para cumplir con lo que juzga un deber, es decir, llevar el futbol al plano de las bellas artes, o al menos al de las artes menores, establece analogías entre, por ejemplo, la escultura clásica y la técnica natural de un delantero para bajar el balón en el área. No logra su objetivo pero nos ofrece una imagen penosa del diletante convertido en oráculo.

No hay gestos artísticos en el futbol. Hay lances bellos, movimientos refinados, pero también hay mucho de histeria recurrente, instintos sanguinarios y carne erizada. Nadie, sin embargo, estaba ahí para iluminar al Maestro.

Al ver de nuevo aquellas perlas de la sinrazón televisiva, uno se queda con la impresión de que Arreola se desentendía del futbol porque se negaba a comprender que se trata ante todo de un juego de contacto, a veces violento y desleal, más a modo para los peleadores callejeros que para los estetas de salón. Vean, si no, a los suavecitos del Mundial de 1990: Óscar Ruggeri, Franco Baresi, Andreas Brehme, Terry Butcher, Manuel Sanchís, Hugo de León…

Las Copas del Mundo suelen atraer a ejércitos disciplinados de villamelones. Cada cuatro años, millones de aficionados a la cocina molecular, al boliche, al póker o al ciclismo de montaña se sienten llamados a sentarse frente al televisor para intentar saber en qué consiste verdaderamente ese juego que enfrenta a once contra once y en muchas ocasiones ofrece pocos goles. A ellos están destinadas las intervenciones de quienes provienen de mundos ajenos al futbol. ¿Ignoran el fuera de lugar, la disposición en rombo, la función de un mediocampista de enlace? No se preocupen. La voz desautorizada que se encuentra del otro lado de la pantalla sufre el mismo mal y no parece lamentarlo. No sorprende entonces que Juan José Arreola se vaya por las ramas al menor titubeo de su compañero de mesa. Confunde, por ejemplo, la conducta virtuosa con la caballerosidad. ¿Conducta virtuosa? La que siempre exhibió Franco Baresi en la defensa central: no te atrevas a pisar mis terrenos, no te atrevas siquiera a pensarlo porque al término del partido no querrás otra cosa que hundirte en una tina rebosante de hielo. Pero ¿un caballero? Dejemos tal título para los golfistas.

La ceguera de Arreola era todavía más evidente si tomamos en cuenta que en esos años el futbol daba un vuelco de la parsimonia a la velocidad, de la figura aeróbica al músculo cultivado en largas sesiones de gimnasio. Ya no se trataba solo de parecer un futbolista; el único mandamiento prescribía ser, por sobre todos los otros, un atleta. Y he aquí que Arreola se escandaliza frente al juego sucio, una argucia de la que el futbol no debe prescindir a menos que renuncie a los frutos del espectáculo.

En una cosa acierta: ya que el futbol se vive en las tribunas como un asunto de pasión, los nacionalismos amenazan con sembrar los estadios de consignas racistas, banderas infames e himnos que encumbran al “más fuerte”. Al respecto, queda esta iluminación: “Importan más los entusiasmos orgiásticos que las depresiones vacías, las calles desiertas”.

Quien pueda viajar en el tiempo y resucitar la televisión que intercambiaba espejos por collares de oro no tendrá otro remedio que inclinarse ante la vivacidad, la simpatía, la humildad con las cuales Arreola encaró aquellas sesiones de futbol. Debemos ponernos a su altura: ser igualmente magnánimos y dispuestos a ensayar lo que no somos. ¿Pero compartir mesa y “puntos de vista” con Daniela Romo? Eso no se vale. La falta artera es de tarjeta roja.

La selección del material televisivo estuvo a cargo de Gustavo Fuentes. El video es cortesía de Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.