Un día como hoy hace cincuenta años murió el poeta Salvatore Quasimodo, Premio Nobel de Literatura 1959. María Teresa Meneses, una de las mayores traductoras del italiano a nuestra lengua, evoca en las siguientes líneas su formación intelectual, sus versos, su aprendizaje primero ante la muerte, la desolación y la violencia, que vehiculan una poesía cargada de conciencia social y que se vuelca al escrutinio de la soledad.


El hijo del ferrocarrilero

Gaetano Quasimodo, jefe de estación de las Ferrovie dello Stato en Ragusa, localidad situada al sur de Sicilia, recibe la orden de trasladarse a Messina para restaurar la red ferroviaria que quedó inhabilitada después del devastador terremoto del 28 de diciembre de 1908. Durante treinta y siete segundos la tierra del estrecho de Messina (que comprende la provincia de Messina y la de Reggio Calabria) se sacudió con una violencia tal que segó la vida de aproximadamente cien mil personas que fueron pilladas durante el sueño. Después del violento despertar a las cinco y veinte de la mañana, muchos de los que corrieron despavoridos buscando el cielo abierto de la playa para salvarse de morir aplastados por las edificaciones de la ciudad, sucumbirían minutos después, ahogados por grandes olas que se elevaron a una altura de casi diez metros en ambas orillas del Estrecho. Todo el dolor del mundo se concentró en Messina. En los versos de Milán, agosto de 1943, otras ruinas, otras violencias, otros sobrevivientes se afanan en seguir viviendo sin alcanzar la redención: “En vano buscas entre el polvo, / pobre mano: la ciudad está muerta”.1 Donde antes había vida y esperanza ahora todo era vacío y desolación. Apenas la noche anterior, un generoso público, que había llegado a Messina desde distintas partes de Italia, ovacionaba enloquecido a Giuseppe Verdi en el estreno de Aida en el Teatro Vittorio Emanuele II. Dañado considerablemente en su estructura por el terremoto, el teatro más grande de Sicilia pasó por un largo proceso de restauración que concluiría setenta años después.

Luego de recibir la orden de traslado, Gaetano Quasimodo pudo llegar a Messina tres días después de la catástrofe, junto con su esposa Clotilde Ragusa y el pequeño Salvatore, nacido en 1901 en Módica. Totò tenía siete años y en Messina vislumbró un paisaje lleno de tragedia y desolación. Ante la imposibilidad económica de poder rentar un espacio habitable, dado que por el temblor se habían encarecido los servicios y, sobre todo, las pocas viviendas que todavía quedaban de pie, la familia Quasimodo se vio obligada a vivir durante un buen tiempo en un vagón de carga estacionado en una vía fuera de uso, vía muerta que no los llevaba hacia ninguna parte, metáfora de una desvencijada Arca de Noé que esperaba que cesara el diluvio para retornar a tierra firme y volver a reconstruir nuevamente la vida como era. Sin luz, sin agua corriente, acallando los aullidos del hambre con manzanas secas ensartadas en guirnaldas, alimento seguro en un ambiente propicio a todas las enfermedades, cada día era una lucha por la sobrevivencia. Durante días y días los habitantes de Messina se acostumbraron a convivir con el hedor de la descomposición de los cuerpos que habían quedado atrapados entre las ruinas de la ciudad martirizada: “No toquéis a los muertos, tan rojos, tan hinchados: / dejadlos en la tierra de sus casas; / la ciudad está muerta, está muerta”.2

Muerte fue una palabra que aprendió temprano un niño de siete años. Desde su casa-vagón, Totò presenció las ejecuciones populares, sin derecho a juicio, de aquellos ladronzuelos que eran atrapados en el acto mismo de cometer pillaje en las casas que habían sido abandonadas por sus dueños. La violencia de la tierra y la violencia de los hombres fueron sus primeras lecciones de vida.

“Mi padre, a los siete años entra en un contacto cotidiano con la muerte. Sus recuerdos ligados al terremoto son tristeza, privación y miseria”, dice en un emotivo texto3 el actor y director teatral Alessandro Quasimodo, el hijo que el poeta engendró con la bailarina Maria Cumani.

Las dantescas escenas de la vida después del terremoto son recuerdos inflamados de desolación absoluta. Para Quasimodo, la vida es una gran estafadora que le arrebató el Edén y lo sumergió en las tinieblas. Pero si bien esta circunstancia le dibujó un rictus de amargura perenne, también es cierto que fue fundamental para que el poeta se formara una conciencia social y un compromiso civil muy poderoso, que constituye uno de los grandes temas de su producción poética.

Salvatore Quasimodo escribió sus primeros poemas a los diez años de edad. En el archivo personal del poeta, que resguarda su hijo Alessandro, se conserva un cuaderno que reúne sus primerísimos poemas. Veintitrés textos en los que ya se advierte la sensación de vacío y desamparo en la condición humana. Esta desgarradura existencial permeará toda su obra y logrará su máxima expresión en el poema “Y de pronto anochece, incluido en la antología Acque e Terre (1920-1929): “Cada uno está solo sobre el corazón de la noche / atravesado por un rayo de sol: / Y de pronto anochece”.

También la ciudad del Estrecho aparecerá como el lugar mitificado de la infancia perdida, como ese Edén del que fue arbitrariamente expulsado. En ocasión del nonagésimo cumpleaños de su progenitor, Salvatore escribe un poema, Al padre, en el que evoca, con desgarradora belleza, la felicidad perdida en esos lejanos días de la infancia y juventud.

Siendo estudiante, en el “Istituto Tecnico A.M. Jaci”, en el que se graduó en 1909, tuvo la suerte de formarse con intelectuales como Francesco Satullo y Federico Rampullo, quienes lo acercaron a la poesía de san Agustín, los poetas franceses y la literatura rusa. Sus compañeros de escuela y de pasiones literarias fueron Giorgio La Pira (con quien mantendría una amistad que resistirá el paso de los años y las insidias del mundo literario italiano) y Salvatore Pugliatti. Junto con Giorgio La Pira, A los diecisiete años de edad, Salvatore funda la revista mensual Nuovo Giornale Letterario, en cuyas páginas publica sus primeros versos. La Pira será el motor que lo impulsará a adentrarse en el profundo conocimiento del latín y griego, camino que lo llevará a volverse un traductor excepcional de los líricos griegos y latinos. Giorgio La Pira será, sin duda, y durante toda su vida, el más sincero lector de la espiritualidad poética y humana de Salvatore Quasimodo.

El mismo año de su graduación en el Istituto, su padre es trasladado a Licata y Salvatore decide irse a probar suerte a Roma, donde pasó por permanentes estrecheces económicas junto a Bice Donetti, quien sería su primera esposa. En 1926 consigue un trabajo en el Ministero dei Lavori Pubblici y es trasladado al Genio Civile de Reggio Calabria. El reencuentro con su viejo amigo de la escuela, Pugliatti, le atiza la pulsión de la escritura, que había dejado un poco abandonada. Durante este periodo de regreso a sus orígenes escribe los versos de Viento de Tíndari. En 1932 se reafirma con éxito como poeta con la publicación de la antología Oboe sumergido y se traslada a vivir definitivamente a Milán, para asumir la titularidad de la Cátedra de Literatura Italiana en el Conservatorio de Música Giuseppe Verdi.

La poesía quasimoniana

La poesía de Salvatore Quasimodo se apoya sustancialmente en tres temáticas: el sentimiento del exilio, la religión y el compromiso civil. El profundo sentimiento de soledad aparece desde sus primerísimos poemas hasta su última producción, el hombre es, para él, “exiliado de un bien perdido”, como lo señala Gaetano Munafó.4

El tema del exilio se expresa y se encarna, sobre todo, en Sicilia, que es la gran protagonista del mundo quasimoniano. Sicilia es precisamente ese Edén feliz de la infancia y la adolescencia. Un Paraíso al que retornará el exiliado, sintiendo cada vez más nostalgia por esa tierra perdida:

Sicilia es una barrera que confina antiquísimas culturas y necrópolis y fragmentos de latomías y atlantes desperdigados sobre la hierba y canteras de sal y azufre y mujeres en lágrimas desde hace siglos por sus hijos asesinados y violencias contenidas o desencadenadas, bandidos por amor o por justicia. (Una poética)

Desde los antiguos griego-sicilianos como Teócrito hasta Verga o Pirandello o incluso Lampedusa, ninguno de los poetas y escritores de Sicilia sintió como Quasimodo su destino de “hijo del sol”.

La inquietud y zozobra, la sensación de no sentirse en armonía con el mundo, la búsqueda de consuelo en el amor, el deseo de anulación en la muerte, son temas que alcanzan, en Quasimodo, un trasfondo de origen religioso. Para el poeta, la religión es un problema pascaliano. Y desde esa dolorosa y convencida certeza del destino humano como dolor y soledad, se abandona a la creencia y exalta el deseo de una presencia divina en el cosmos.

La religiosidad, un poco vaga y dionisiaca, metafísica y abstracta, no comprometida del primer Quasimodo, deviene consciente ancla de salvación y fin concreto, participación piadosa en el destino de los hombres, como se advierte en los veinte poemas que componen la antología Día tras día:

Día tras día: palabras malditas y la sangre
y el oro. Os conozco, mis semejantes, oh monstruos
de la tierra. Con vuestro mordisco ha caído la piedad
y la cruz amable nos ha abandonado.
Y ya no puedo volver a mi elíseo.5

Quasimodo rechaza toda esquematización religiosa, de la misma manera que rechaza la politización de todo ideal humano. Reacio a someterse a un credo religioso, codificado y sistematizado, incluso si no logra o no quiere, como poeta, renunciar a la mitología bíblica-cristiana tradicional aprendida en la educación familiar, porque refuerza, en él, el sentimiento de la renuncia y de la esperanza edénica. El amor es otro componente de la religión de Quasimodo y motivo fundamental de toda su obra. Todo lo que está en torno al poeta y en el poeta, vive y es visto con el ojo ansioso de un descubrimiento o de una manifestación de amor: en la naturaleza vegetal y en el hombre, amor por su tierra y amor invocado en la violenta guerra de los hombres, amor carnal por las mujeres amadas y amor soñado y anhelado en los años juveniles. Amor que quema y redime.

Maria Cumani, extraordinaria bailarina y coreógrafa que nació precisamente el año del terremoto de Messina, conoció a Quasimodo en 1936, en Milán. Mantuvieron una larga historia de amor y de sacrificio que supo inundar de luz el gran misterio de los sentimientos. En una carta del verano de ese año, le dice: “Yo sabía, cuando empecé a amar la poesía, que por ella padecería hambre, sufrimientos de la carne y huracanes del espíritu. Las mujeres han sido como mamparas para atajar la tristeza”.6

Nace, en la poesía de Quasimodo, el refugio y el consuelo en una solidaridad humana que supere el mal del mundo en cuya búsqueda nos debemos sentir comprometidos todos. En este tema del compromiso civil confluyen diversos motivos: el sentimiento de la poesía entendida como misión entre los hombres, la reconquista de una patria, el descubrimiento de la fraternidad entre los pueblos.

La medalla del Premio Nobel de Literatura en subasta

En 1959, Salvatore Quasimodo es reconocido con el Premio Nobel de Literatura “por sus poemas que, con ardor clásico expresan el sentimiento clásico de la vida de nuestro tiempo”.7 Su producción poética se limitaba a cinco antologías poéticas: Ed è subito será (1942), Giorno dopo giorno (1947), La vita non è sogno (1949), Il falso e vero verde (1953) y La terra impareggiabile (1958). Contemporáneo de Eugenio Montale y Giuseppe Ungaretti, la elección no fue vista con buenos ojos por muchos grupos literarios que pensaban que el premio debió otorgarse a cualquiera de ellos antes que al poeta siciliano. La polémica, en los medios, fue atizada por Il Corriere della Sera, que se ponía del lado de Montale. Una amargura más de la que nunca se repondría Quasimodo.

Quizá tampoco se hubiera repuesto del dolor al saber que, en el 2015, su hijo Alessandro, por razones económicas, puso en subasta pública la medalla del Premio Nobel de Literatura, que se adjudicó un coleccionista florentino en cien mil euros.

El 14 de junio de 1968, Salvatore Quasimodo sufrió un derrame cerebral en Amalfi, donde se encontraba para presidir el jurado de un premio literario. Mientras era trasladado a un hospital en Nápoles, el poeta murió. Sus restos fueron trasladados a Milán y tuvo un sepelio en el que estuvieron presentes muchos de los que lo denostaron por haber ganado el Premio Nobel de Literatura.

 

María Teresa Meneses 
Traductora y escritora.


1 Milán, agosto de 1943. Versión de Marco Antonio Campos.

2 Milán, agosto de 1943. Versión de Marco Antonio Campos.

3 Cosí mio padre imparò ó la morte. Il Sole 24ore, 14 de diciembre de 2008.

4 Quasimodo. Poeta del nostro tempo, Le Monier, Firenze, 1973, p. 252.

5 Versión de Antonio Colinas.

6 Lettere d’ amore di Quasimodo, Edizioni Apollinaire, Milano, 1969.

7 Discurso oficial  de Anders Österling para conferirle el Premio Nobel de Literatura a Salvatore 
Quasimodo.