En un mes de junio murió Max Weber. Las siguientes 12 entradas, como instantáneas de una biografía intelectual en miniatura, revisan paso a paso las circunstancias que rodearon a uno de los más grandes pensadores de las ciencias sociales. Indagan, sobre todo, en su nacimiento y relación familiar.


1.
Si infancia es destino, qué infancia podría derivar en un clásico moderno de las ciencias sociales; más aún, en un clásico moderno sumamente incómodo —como escribió Reinhard Bendix para referirse a Max Weber.

2.
Maximilian Karl Emil Weber nació el 21 de abril de 1864 en Erfurt. Su madre, Helene Fallenstein, había crecido en una familia que practicaba el protestantismo “libre y sin dogmas”1 del sur de Alemania, caracterizado por reconciliar fe y razón. Un terrible abuso del que fue víctima en la adolescencia, la llevaría a creer “que la pasión física era culpable y subhumana”.2 Aseguran que aquella mujer poseedora de una voluntad férrea, una actitud heroica y dulzura cautivadora, llegaría a anhelar la vejez desde la juventud: “el aspecto físico del matrimonio no fue para ella una fuente de alegría, sino un duro sacrificio que sólo justificaba por la procreación de los hijos”.3

3.
Hay quien asegura que la sociología de Max Weber fue un diálogo intenso y largo con la sombra de Karl Marx. En cualquier caso, resulta difícil deleznar los esfuerzos de Weber por verificar las teorías de Marx, y que los mismos esfuerzos derivaron en una teoría original. Si partimos del determinismo económico —de la poderosa influencia que la estructura ejerce sobre la superestructura—, “¿qué serie de circunstancias han determinado que […] sólo en Occidente hayan nacido ciertos fenómenos culturales?”,4 se pregunta Weber, de manera inocua en apariencia, al inicio de La ética protestante y el espíritu del capitalismo.  

4.
El padre de Max, que llevaba el mismo nombre, se desempeñó como abogado y parlamentario liberal en tiempos de Bismarck. Era descendiente de una familia de comerciantes textiles, “unida por un orgulloso sentido de parentesco”.5 Aunque sus antepasados habían sido expulsados de Salzburgo por culpa de las creencias evangélicas que profesaban, él nunca compartiría los intereses religiosos de su esposa Helene.

5.
Cien años después del nacimiento de Weber, hacia los años sesenta del siglo XX, en los congresos de sociología había dos bandos opuestos: los alemanes, que a dos décadas del fin de la Segunda Guerra Mundial insistían en evidenciar “los gérmenes peligrosos del pensamiento weberiano”,6 y los estadounidenses, que se interesaban en el contenido concreto de la obra del sociólogo alemán. Cien años antes de aquellos congresos de sociología, nacía al mundo ese hombre de particular destino, primogénito, sí, de Helene Fallenstein y de Max Weber, pero, sobre todo, “un hijo de la moderna civilización europea”, de acuerdo con él mismo.

6.
Max Weber nació luego de un parto difícil, provocado, en parte, porque tenía una cabeza excepcionalmente grande; la madre, debilitada, padeció una larga fiebre que le impidió amamantar a su hijo. El niño Weber fue alimentado por la esposa de un carpintero socialdemócrata, que fungió como su nana, y quien habría de transmitirle también, de acuerdo con el mito, las ideas demócratas y sociales que a la postre desarrolló —en antagonismo con el pensamiento político de sus familiares—. Cuentan que el niño poseía una gran capacidad de concentración y una natural tendencia a la soledad. Que le gustaba jugar con trenes, y que su primer recuerdo sobre una experiencia inquietante fue el descarrilamiento de un tren que vio a los cuatro años: “Lo que me sobresaltó no fue sólo el acontecimiento mismo, sino la vista de algo tan maravilloso para un niño como una locomotora, yaciendo en la cuneta como un borracho: mi primera experiencia de cuán transitorio es lo grande y lo bello en esta tierra”.7

7.
Weber, que se consideraba a sí mismo como un historiador, elaboró un modelo para estudiar aquellos casos en los que el capitalismo no llegaba a desarrollarse. Dicho método sería útil para comprobar las relaciones entre el protestantismo y el capitalismo, pero, sobre todo, para formular “una teoría analítica generalizada en el orden cultural”.8 Durante el auge de las teorías de la modernidad, años después de que Marx asentara las bases del determinismo económico, y mientras Freud asentaba las bases del determinismo del inconsciente, Max Weber asentaba, acaso sin prever los riesgos posteriores, las bases del determinismo cultural.

8.
La memoria infantil —como escribió el psicoanalista Néstor A. Braunstein— puede ser un testigo sospechoso, y resulta difícil sopesar cuál es el valor verdadero de los primeros recuerdos. Más fáciles —y seductoras— resultan aquellas hipótesis que aseguran que los recuerdos se organizan “no del pasado ni desde el presente, sino del porvenir”.9 Así, acaso, aunque de manera forzada, podamos advertir en el primer recuerdo inquietante de Weber, a la moderna civilización europea de la primera mitad del siglo XX, apunto de descarrilarse sobre los rieles de la modernidad y la cultura, yaciendo en la cuneta como borracho, demostrando cuán transitorio es lo grande y lo bello en esta tierra.

9.
Si para algunos Weber era el “nuevo Maquiavelo de la edad de acero”, debido al influjo de sus teorías en la política alemana, para otros —sus defensores epistemológicos—: “él siempre negó la pretensión de edificar cualquier cosa que se pareciera a una teoría de conjunto de la evolución cultural”.10

10.
El niño Max Weber enfermó de meningitis y padecería severas angustias nerviosas el resto de su vida; su madre, Helene, desarrollaría una fuerte aprensión hacia él, al grado de considerar como algo inconcebible la posibilidad de que se alejaran por más de una hora al día. A los nueve años “era un niño bastante enclenque, tímido y torpe en todo ejercicio físico. Su cuello parecía demasiado delgado para soportar su gran cabeza en forma de pera”.11 El pequeño Max desarrollaría fascinación por la historia y la genealogía y adoptaría la escritura como el medio de expresión idóneo. A los 12 años leía a Maquiavelo y a Lutero. A los 14 escribía ensayos históricos que regalaba en Navidad. A los 15 años, y ante la posibilidad de ensoñar despierto, abandonaría cualquier pretensión poética, para entregarse al trabajo escrupuloso de la lectura. A los 16 años decía sorprenderse de que sus compañeros devoraran “toda clase de basura barata”,12 ignorando a los grandes genios de la novela.

11.
“Está claro —escribió Werner Stark— que Weber sugiera que la sociedad es un medio en el cual las buenas intenciones se transforman constantemente en malos resultados. Aunque con toda probabilidad habría evitado los términos bueno y malo, es innegable, si no obvio, que ése es precisamente su significado. El primitivo puritano busca la salvación; no tenía interés en la riqueza per se; el capitalista moderno, su descendiente directo, no se interesa más que en la riqueza per se; ha olvidado todo lo que concierne a la salvación”.13

12
El adolescente enclenque y con cabeza de pera iba a convertirse, durante los años universitarios, “en un mocetón ostentosamente viril, tan viril y tan ostentoso que su madre no lograba disimular su repugnancia”.14 La ética puritana en la que había sido formado entraría en discrepancia con su preocupación por la lucha política entre naciones europeas que entonces se avecinaba. Viviría en casa de sus padres hasta los veintinueve años, y a los 33 suspendería las actividades académicas en las que se desempeñaba, debido a una nueva crisis de ansiedad; retomaría sus actividades intelectuales cuatro años más tarde, y las mismas darían frutos hasta 1904, año en que publicaría La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

 


1 Marianne Weber, Biografía de Max Weber.

2 Idem.

3 Idem.

4 Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

5 Marianne Weber, Biografía de Max Weber.

6 Reinhard Bendix, “Max Weber y la sociología contemporánea”.

7 Marianne Weber, Biografía de Max Weber.

8 Talcott Parsons, “Evaluación y objetividad en el ámbito de las ciencias sociales: una interpretación de los trabajos de Max Weber”.

9 Néstor A. Braunstein, Memoria y espanto.

10 Wolfgang Mommsen, “La sociología política de Max Weber y su filosofía de la historia universal”.

11 Marianne Weber, Biografía de Max Weber.

12 Marianne Weber, Biografía de Max Weber.

13 Stark Werner, “Max Weber y la heterogonía de los fines”.

14 Reinhard Bendix, Max Weber.