En una ficha biográfica se lee: “Perfecto E. Cuadrado. Profesor, ensayista, traductor y coordinador en Portugal del Centro de Estudios del Surrealismo. Presidente de la Asociación de Lusitanistas. Proyectos: I. ‘Eres bienvenido a Elsinore’ (inglés). II. ‘Poesía portuguesa del siglo XVIII. Ensayo y antología’. III. ‘Máscaras y paradojas’”. La pudo haber escrito Fernando Pessoa (1888-1935) en una de sus múltiples libretas para consignar un proyecto, como ocurrió con el resto de sus creaciones: seres con vida propia que habitan los folios albergados en la Biblioteca Nacional de Portugal en Lisboa. Pero Perfecto E. Cuadrado no es un heterónimo del poeta portugués que cumple 130 años de haber nacido. Tras el nombre compatible y atinadamente pessoano se encuentra el traductor de la espléndida edición de Libro del desasosiego publicada por Acantilado en 2002, renovada, corregida y ampliada en 2013 (este año se cumplió un lustro de ese prodigio editorial publicado en el centenario del inicio de factura del texto).

La edición del libro originado en 1913 —proeza que se debe al investigador Richard Zenith— y en el que el escritor portugués trabajó durante toda su vida fue trasladada magistralmente por el lusófilo zamorano al español. Obra maestra póstuma, retrato de Lisboa y a la vez autorretrato psíquico, Libro del desasosiego es suscrito por Bernardo Soares, ayudante de tenedor de libros de contabilidad en Lisboa, que según Pessoa es “un semiheterónimo, porque, no siendo mía la personalidad, es, no diferente de la mía, sino una simple mutilación de ella”. La traducción del “libro en potencia, el libro en plena ruina, el libro-sueño, el libro-desesperación, el anti-libro, más allá de cualquier literatura” —según Zenith, también de apellido compatible con el universo pessoano— propicia el desdoblamiento heteronímico. “Quizás me transformé en un heterónimo lector de Fernando Pessoa, alguien que conversa con él y asume muchas de sus perplejidades y de sus dudas”, confesó Perfecto E. Cuadrado en una entrevista. Para conmemorar el 130 aniversario del nacimiento de Fernando Pessoa dejo en estas páginas algunos pasajes de estremecedora claridad incluidos en Libro del desasosiego, la obra cumbre de la literatura lusitana.

 

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El absurdo, la confusión, el apagamiento —todo aquello que no fuera la vida…

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Y duermo, a mi manera, sin sueño ni reposo, esta vida vegetativa de la suposición, y bajo mis párpados sin sosiego se cierne, como la espuma quieta de un mar sucio, el reflejo lejano de las farolas mudas de la calle.

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Duermo y desduermo.

 

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Fernando Pessoa fotografiado en 1914.

Me reabsorbo, me pierdo dentro de mí, me olvido en noches remotísimas, impolutas de deber y de mundo, vírgenes de misterio y de futuro.

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No me sorprende la interrupción de mis sueños: de tan suaves que son, continúo soñándolos por detrás del hablar, escribir, responder, e incluso conversar.

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Levanto el libro, que cierro lentamente, ojos cansados del llanto que no tuvieron, y, con una mezcla de sensaciones, sufro porque al cerrar la oficina se me cierre el sueño también; porque el gesto de la mano con que cierro el libro encubra el pasado irreparable; porque vaya a la cama de la vida sin sueño, sin compañía ni sosiego […].

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A veces pienso que nunca saldré de la Rua dos Douradores. Y eso así, escrito, me parece una eternidad.

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Contendieron vuestros argonautas con monstruos y con miedos. También yo, en el viaje de mi pensamiento, tuve monstruos y miedos con los que contender.

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Yo, lejos de los caminos de mí mismo, ciego por la visión de la vida que amo, llegué por fin también al extremo vacío de las cosas, a la borda imponderable del límite de los seres, a la puerta sin sitio del abismo abstracto del Mundo.

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¡El esfuerzo de sentir! ¡El esfuerzo de tener que sentir!

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Para mí, escribir equivale a despreciarme; pero no puedo dejar de escribir. Escribir es como una droga que me repugna y tomo, el vicio que desprecio y en el que vivo. Hay venenos necesarios, y los hay sutilísimos, compuestos por ingredientes del alma, hierbas recogidas en los rincones de las ruinas de los sueños, amapolas negras encontradas junto a las sepulturas de los propósitos, hojas largas de árboles obscenos que agitan sus ramas en las orillas oídas de los ríos infernales del alma.

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El poeta lusitano en la Baixa.

Hay metáforas más reales que las personas que pasan por la calle. Hay imágenes en los rincones de los libros que viven más nítidamente que muchos hombres y mujeres. Hay frases literarias que tienen una personalidad absolutamente humana.

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Amé, como Shelley, a Antígona antes de tiempo: todo amor temporal no tuvo para mí otro gusto sino el de recordarme aquello que perdí.

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Por dos veces, en aquella mi adolescencia que siento lejanísima, y que, por así sentirla, me parece cosa leída, un relato íntimo que me hubieran contado, saboreé el dolor de la humillación de amar. Desde la cima del hoy, mirando hacia atrás, a ese pasado que ya no sé designar como remoto ni como reciente, creo que fue bueno que esa experiencia de la desilusión me aconteciera tan pronto.

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Hoy es uno de esos días en que me acongoja, como una entrada en prisión, la monotonía de todo. La monotonía de todo no es, sin embargo, más que la monotonía de mí mismo.

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Otra vida, la de la ciudad anochecida.

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El olfato es una vista rara. Evoca paisajes sentimentales con un dibujar rápido del subconsciente. He tenido esa sensación muchas veces.

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Haber leído ya los Pickwick Papers es una de las grandes tragedias de mi vida. (No puedo volver a releerlos).

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El amor, el sueño, las drogas y sustancias intoxicantes, son formas elementales del arte […].

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El arte tiene valor porque nos saca de aquí.

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Mi destino es la decadencia.

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Y allí, en éxtasis de pena sin nombre, sé esperar la Muerte entre espadas y almenas.

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Todo cuanto escribí es sombrío. Se diría que mi vida, incluso la mental, es un día de lluvia lenta, en que todo es noacontecimiento y penumbra, privilegio vacío y razón olvidada. Me llena de desolación la seda rota. Me desconozco bajo la luz y el tedio.

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Credencial de Fernando Pessoa. Agosto de 1928.

Quisiera vivir diverso en países distantes. Quisiera morir otro entre banderas desconocidas. Quisiera ser aclamado emperador en otras eras, mejores hoy porque no son de hoy, vistas en vislumbre y colorido, inéditas y esfíngicas. Quisiera todo cuanto puede volver ridículo lo que soy, y justamente por tornar ridículo lo que soy. Quisiera, quisiera… Pero hay siempre sol cuando el sol brilla y noche cuando la noche cae. Hay siempre pena cuando la pena nos lastima y sueño cuando el sueño nos arrulla. Hay siempre lo que hay, y nunca lo que debería haber, no porque sea mejor o peor, sino porque es otro… Hay siempre…

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Vivimos allí un tiempo que no sabía transcurrir, un espacio para el que no podía imaginarse forma de medirlo. Un transcurrir fuera del Tiempo, una extensión que desconocía los hábitos de la realidad en el espacio… ¡Qué horas, compañera inútil de mi tedio, qué horas de desasosiego feliz se fingieron nuestras allí!… Horas de cenizas de espíritu, días de saudade espacial, siglos interiores de paisaje exterior… Y nosotros nos preguntábamos para qué todo aquello, porque gozábamos sabiendo que todo aquello no era para nada.

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Y porque este libro es absurdo, yo lo amo; porque es inútil, quiero darlo; y porque de nada sirve querértelo dar, te lo doy…

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor