Luego de la fiebre dantesca en redes, no hemos querido olvidar a Dante. Sobre todo porque aquella fiebre permitió, entre otras cosas, que ciertos viajeros siguieran los pasos del poeta florentino. La siguiente crónica es un placentero paseo por los paisajes que conoció Dante, por las sendas del arte y la historia que su obra sigue sembrando.

Intra Tupino e l’acqua che discende
del colle eletto dal beato Ubaldo,
fertile costa d’alto monte pende,

onde Perugia sente freddo e caldo 
da Porta Sole; e di rietro le piange
per grave giogo Nocera con Gualdo.

—Dante Alighieri, Paraíso, canto XI (fragmento)

Me encuentro a 493 metros sobre el nivel del mar, en el mirador que se llama Porta Sole, o puerta del Sol. Desde este preciso lugar Dante Alighieri vio a lo lejos las colinas que resguardan la pequeña ciudad de Assisi o Asís. Desde este mismo punto se imaginó el paraíso (Però chi d’esso loco fa parole, non dica Ascesi, chè direbbe corto, ma Oriente, se proprio dir vuole. “Mas quien de ese lugar diga palabras, no diga Ascesi (Asís), que diría poco, sino Oriente más bien llamarse quiere”, Paraíso, canto XI). En efecto, la puerta del Sol da hacia el oriente de la ciudad, también es cierto que las luces del atardecer bañan las nubes de la colina y, en medio de ellas, Asís brilla dando la idea de un paraíso soñado. Pero también el oriente de Italia significa otra cosa. Por la Porta Sole, nombre original del Arco dei Gigli, está el camino que lleva a la ciudad costera de Rávena, lugar donde el poeta murió en el exilio y anhelando volver a ese paraíso que para él tenía como única imagen la ciudad de Florencia, situada justo a sus espaldas.

La Porta Sole es uno de los muchos arcos que dan acceso a la ciudad de Perugia, tal vez el más impresionante sea el Arco di Augusto, un arco etrusco ampliado por el emperador cuando entró a la ciudad en el año 40 a. de C. Caminar por las calles sinuosas de Perugia es como pasear por el tiempo estancado, allá al fondo un acueducto romano, más al fondo la Chiesa de San Ángelo, una de las pocas iglesias protocristianas que existen, fundada en el siglo V, acá una pequeña calle medieval, la fortaleza renacentista Rocca Paulina, el monumental Palazzo dei Priori que guarda una de las mejores y más completas pinacotecas de toda Italia —es decir del mundo—, lugar donde Pietro di Cristoforo Vanucci, el Perugino, enseñaría a pintar a  un jove Rafaello Sanzio y cuyo testimonio para la humanidad es el fresco de la capilla de San Severo creado al alimón por los dos gigantes renacentistas. No es dificil imaginar esta ciudad que se debate entre lo medieval y lo antiguo como un primer escalón hacia el paraíso soñado.

Pallazo Priori en Perugia. Fotografía: Alfredo Peñuelas

Poco sabemos del andar de Dante en las tierras de Umbria. Sabemos que estuvo en la Toscana, en Lucca, hospedado con Madame Gentucca (El mormorava; e non so che "Gentucca"/sentiv’io là, ov’el sentia la piaga/de la giustizia che sì li pilucca. “Él murmuró; y no sé que ‘Gentucca’ sentí allí donde se siente la herida/de la justicia que los impulsa”. Purgatorio canto XXIV). Sabemos que vio una Verona aún no inventada por Shakespeare, de su visita a Venecia, enviado en misión diplomática por el príncipe Guido Novello da Polenta, que lo hospedó en Rávena, ciudad donde moriría, días más tarde de ese periplo veneciano, a los 56 años de edad. Pero, gracias a su poema tenemos noción de su paso por Perugia, probablemente por Asís, así como algunos otros indicios de su existencia desperdigados por la región.

Tomo el tren hacia Orvieto, “urbe vieja” quiere decir su nombre, una ciudad enclavada sobre una enorme roca volcánica a 50 metros sobre el nivel del suelo. Desde lejos parecería un cuadro simbolista o un producto de la imaginación, pero la ciudad se encuentra ahí arriba de una sólida meseta como si fuese un adorno desde la edad de hierro, es decir, desde antes de ser una ciudad esplendorosa en los siglos VII y VI a. de C.; al parecer aquí también estuvo Dante. En la época del poeta la ciudad tenía sus propios problemas internos entre las familias patricias que apoyaban los distintos partidos: los Monaldeschi, que eran Güelfos, y los Filippeschi, Gibelinos. El propio Dante participó en la guerra entre ambas facciones y luchó en la batalla de Campaldino, el 11 de junio de 1289, al lado de los Caballeros Florentinos Güelfos contra los Gibelinos. Dante menciona la disputa de ambas familias orvietanas en su poema “Vieni a veder Montecchi e Cappelletti1 / Monaldi e Filippeschi, uom senza cura: color già tristi, e costor con sospetti” “ven a ver a los Montecchi y a los Cappelletti, a los Monaldi y los Filippeschi, hombres sin cura: de colores grises y tristes/ pero llenos de sospechas” (Purgatorio, Canto VI). Uno sube a la inmensa roca a través del funicular y lo primero que encuentra es el imponente pozo de San Patricio, un cilindro de trece metros de ancho y 60 de profundidad excavado a través de la roca volcánica hasta llegar al manantial de San Zeno que funcionó alguna vez para proveer a la ciudad de agua en caso de un asedio militar. La construcción corrió a cargo del arquitecto Giovanni Battista da Cortona y cuenta con dos escaleras helicoidales para que el descenso y el ascenso se hagan en un sólo camino, de 248 escalones y 72 ventanas de ventilación e iluminación. El nombre de San Patricio proviende de la leyenda del santo irlandés, de quien se dice se retiraba a rezar a la orilla de un abismo cercano al lago Derg desde donde, a decir del santo, se podía contemplar el Purgatorio.

Pozo de San Patricio en Orvieto (visto en contrapicada). Fotografía: Alfredo Peñuelas

Si bien la construcción del pozo de San Patricio se dio a mediados del siglo XVI, dos siglos después de la muerte de Dante, la tradición de la ciudad subterránea de Orvieto es muy antigua. Toda la roca de Orvieto está perforada por más de mil pozos, galerías y cavernas artificiales en varios niveles, principalmente con fines de abastecimiento de agua y su construcción data de las épocas de los etruscos. Ya para la Edad Media existía incluso un acueducto público que traía el agua desde el altiplano de Alfina, a cinco kilómetros de la ciudad y rellenaba todo el sistema de cisternas subterráneo que también era utilizado para el almacenamiento de granos, la crianza de palomas, etc., lo que generaba toda una vida subterránea bajo Orvierto durante los años en que el poeta probablemente visitara la ciudad. Esto hace pensar en una muy buena inspiración entrever para el Purgatorio: al parecer ni Dante ni San Patricio estarían tan errados.

Ahora camino por Corso Cavour, la calle principal de Orvieto que permite contemplar una hermosa ciudad a la cual el gran turismo no le ha hecho mella alguna. Pequeñas tiendas de productos artesanales, restaurantes de comida típica, norcinerías y tiendas de licores de entre los cuales destaca el Orvietan. Doy vuelta a la izquierda sobre la vía del Duomo y aparece ante mis ojos lo que bien podría ser una visión del paraíso dantesco: la fachada de la Catedral.

Vista frontal de la catedral de Orvieto. Fotografía: Alfredo Peñuelas

Casi 40 metros de altura de un rompecabezas de mármoles blancos y mosaicos dorados que brillan con el sol. Infinidad de estatuas, bustos, recovecos, pilares, arcos y torres que son uno de los ejemplos más vívidos del gótico italiano, cuya primera piedra fue puesta ahí un 13 de noviembre de 1290 por el papa Nicolás IV con el fin de adorar la Asunción de la Virgen María y fue terminada extactamente tres siglos después en 1521, después de muchos papas, muchos arquitectos, muchos albañiles, ceramistas, escultores y todo tipo de artesanos que por generaciones fueron movidos por un único objetivo común: adorar a Dios de manera arquitectónica, lo que me hace recordar las palabras de Henrich Heine: “Un amigo me preguntaba por qué no construíamos ahora catedrales como las góticas famosas, y le dije: ‘los hombres de aquellos tiempos tenían convicciones; nosotros, los modernos, no tenemos más que opiniones, y para elevar una catedral gótica se necesita algo más que una opinión’”.

Entro a la iglesia y el espectáculo sigue, la huella de Dante está ahí. A la derecha me topo con la capilla de San Brizio y sus frescos que harían enmudecer a los de la capilla sixtina: no en balde el propio Michelangelo Buonarroti viajó a Orvieto a conocerla antes de emprender su obra en Roma. La obra fue iniciada por Benozzo Gozzoli y Fra Angelico y fue terminada años más tarde por un alumno de Piero de la Francesca, un pintor casi desconocido para el gran público cuyo nombre, Luca Signorelli, merecería estar en el panteón de los grandes artistas de la humanidad. Escenas que hablan de la predicación del Anticristo, el fin del mundo, los condenados al infierno, el paraíso y la resurrección y el purgatorio. Según Louis Réau, “estas pinturas no pueden considerarse una verdadera ilustración del Apocalipsis, puesto que se inspiran mucho más en la Divina Comedia de Dante que en el texto biblíco con una  completa  independencia  en  relación  a  la  iconografía  tradicional”.2 A mis espaldas, vigilando la obra de Sigorelli, se encuentra el retrato de Dante escribiendo la Commedia, como si se la hubiera estado dictando directamente al pintor para que éste se inspirara.

Fresco de Luca Signorelli en honor a Dante, en la capilla de San Brizio, Orvieto. Fotografía: Alfredo Peñuelas

Pero la referencia inicial de esta crónica hablaba de Dante y su contemplación del paraíso perugino después de descender a los infiernos, caer en la tentación por bajar al mismo guiado por Virgilio y por la lamparita de la sabiduría del poeta. El recorrer de manera minuciosa a los infiernos es una decisión que se toma a la mitad de la vida. El propio Dante consideró eso recién cumplidos los treinta y cinco logrando con ello que sus actos lo llevaran al exilio, es decir al infierno, y que por sus palabras fuese desterrado, de manera definitiva, de esa Florencia que tanto amaba y que encarnó en una mujer llamada Beatriz que nunca se enteró del amor que ella misma representaba. Una Beatrice Portinari cuyos huesos acabarían en la modesta iglesia de Santa Margherita dei Cerchi, justo enfrente de la casa del poeta, pero alojada para siempre en la historia por la grandeza de un hombre que lo quiso todo para sí mismo a la mitad de su vida, incluyendo el amor por encima de la gloria. Estoy en Florencia, dejo atrás la casa de Dante y la iglesia de Santa Margherita dei Cerchi, un matrimonio espiritual que sólo tuvo lugar en las letras. Camino por la calle que tiene el nombre del poeta, por la vía Proconsolo, la vía della Condotta y por todas esas calles fiorentinas que vomitan arte y turistas por doquier. La noche cae y llego a la Piazza di Santa Croce frente a la basílica del mismo nombre. Como cada 1º de mayo todas las ciudades italianas celebran el Día del Trabajo con un concierto nocturno, la notte bianca, le llaman. Miles de jóvenes bailan y beben bañados bajo una lluvia tenue y luces de neón, la música va de lo electrónico a la tarantella, los chicos bailan, se besan, beben, hacen corros, se empujan unos a otros, la música se mezcla con la luz, con la lluvia, con los cuerpos y se vuelven un todo, una sola cosa. La estatua de Dante al pie de la iglesia pareciera decir, “esto es el infierno, ¿dónde estará Beatriz?”

El poeta que buscó entrar en el Paraíso florentino de la mano de Beatriz jamás lo hizo; se quedó a las puertas de ese purgatorio recién inventado por la iglesia, es decir, del infierno mismo que ocupaba su consciencia. El paraíso divisado al oriente jamás sería la Florencia anhelada, en las calles de Rávena ya nunca se encontraría con Beatriz. Dante se ha quedado para la eternidad dándole la espalda a las puertas del Infierno, tal y como lo imaginara en bronce Auguste Rodin. Hoy día, Dante sigue siendo un ánima en pena, su tumba en Florencia en esa misma basílica di Santa Croce está y estará por siempre vacía, la frase Onorate l’altissimo poeta que la corona es sólo un buen deseo de un pasado que nunca ocurrirá. Esa frase y esa tumba honran un eco lejano que alguna vez decidió que, a la mitad de la existencia terrena, habría que tomar una decisión importante: la de hacer con su vida lo que cree uno que es correcto, la de bajar a su propio infierno personal esperando salir airoso al paraíso y de la mano de lo amado.

 Me quedo con esto. A la mitad de mi vida del otro lado del océano, viendo la tumba del más grande de los poetas, el que fue capaz de dar un tour de force a la mitad de la existencia, pero sin conseguir para sí mismo el paraíso en la Tierra, un hombre que ha podido por siempre saborear la gloria eterna que las letras otorgan sin haberse enterado jamás de ello. ¡Qué pequeño soy!

 

Alfredo Peñuelas


1 Montecchi y Cappelleti no son otros más que los Montesco y los Capuleto que William Shakespeare hiciera famosos con Romeo y Julieta. Hay que recordar que Dante Alighieri también estuvo en Verona y es muy probable que conociera a dichas familias.

2 Louis Réau, Iconografía  del  Arte  Cristiano.  Iconografía  de  la  Biblia.  El Nuevo Testamento, Barcelona, Ed. Del Serbal, 1996, p. 764.