Hace medio siglo Robert F. Kennedy era asesinado. Comenzaba a hablarse de que una maldición se cernía sobre uno de los clanes más poderosos de Estados Unidos. Su muerte lo convirtió en un ícono que, como explica este ensayo, sería utilizado a placer por republicanos y demócratas. Fue sin duda, y con todos los matices posibles, un político que marcó época, una figura que condensa las tensiones de su tiempo.

Vivimos en tiempos de pragmatismo descarnado. Los políticos actúan a golpe de encuesta, escudados en una supuesta voluntad popular para no tener criterio propio. Sometidos a la inmediatez del día a día, ni siquiera sabemos a dónde vamos, si es que vamos a alguna parte. El cincuenta aniversario de la muerte de Robert F. Kennedy (1925-1968) nos ofrece una ocasión para contrastar esta ausencia de horizontes con una forma de hacer política a la que no estamos acostumbrados, la de una figura icónica que no se contentaba con preguntarse por qué ante la realidad del mundo. Tenía una visión de futuro y se decía a sí mismo: ¿Por qué no?

Hijo de un multimillonario, Bobby creció como un niño religioso y de carácter serio. Su hermano Jack lo llamaba “el sombrío”. En los años cincuenta, durante la histeria anticomunista de la caza de brujas, trabajaría para el senador McCarthy, el artífice de las persecuciones a la izquierda. Reconoció, tiempo después, que se había equivocado. Pero, hombre de honor, no dio la espalda a su antiguo jefe en su caída, desde la convicción de que la política y las relaciones personales son cosas diferentes. No estaba en su ADN renegar de nadie porque hubiera perdido por el favor popular.

El patriarca de los Kennedy trató de impedir que se involucrara en la comisión McClellan, dirigida contra las prácticas mafiosas de los sindicatos. Temía que ese compromiso interfiera en la carrera política de John. Bobby no le hizo caso y se lanzó en una cruzada personal contra Jimmy Hoffa, el durísimo líder de los camioneros, un hombre de métodos violentos al que no se le puede negar, pese a todo, su éxito en conseguir ventajas para sus afiliados.

Cuando JFK ocupó la presidencia, enseguida nombró a Bobby como Fiscal General, en medio de las lógicas recriminaciones de nepotismo. ¿Un abogado que ni siquiera había ejercido, al frente de la justicia del país? Iba a ser algo más que el brazo derecho de su hermano, su perro guardián. Solo él podía hablarle con la suficiente franqueza para advertirle si no iba por buen camino. Hay quien piensa que ejerció, en la práctica, como vicepresidente. Detestaba, por cierto, al que de verdad ocupaba el cargo, Lyndon B. Johnson, uno de sus grandes enemigos al igual que el director del FBI, Edgar Hoover.

Los años en la Casa Blanca fueron para los Kennedy una constante tensión entre el idealismo de sus discursos y las servidumbres de la política práctica. Deseaban, por ejemplo, promover los derechos de la población negra, pero no al precio de una revolución social ni de enemistarse con el electorado blanco del Sur. En el ámbito internacional, su defensa de la libertad de los pueblos se aviene mal con la intervención imperialista en Cuba, bien a través del fallido desembarco en Bahía de Cochinos, bien por medio de operaciones encubiertas en las que Bobby tuvo un señalado protagonismo, siempre a partir del principio de la negación plausible: si algo salía mal, el inquilino de la Casa Blanca debía poder negarlo todo sin mentir.

El Asesinato de JFK en Dallas, el 22 de noviembre de 1963, sumió a Robert en una angustia digna de un drama shakesperiano. “Dios mío, ¿por qué?”, se preguntó entre sollozos, aún en estado de shock. Ahora se había convertido en el jefe de su dinastía y en su nueva esperanza política. Solo su fortaleza consiguió mantener unido al clan en medio de la incertidumbre y la desesperación, como explicaría más tarde un amigo íntimo del presidente muerto, Lem Billings: “Toda la familia era como un puñado de náufragos. Yo creo que, de no ser por Bobby, no lo habrían superado”.

En los pocos años que le quedaban de vida, supo crearse un perfil propio, independiente del legado de su hermano. Emergió entonces su perfil más izquierdista, en un proceso que, aunque no le hizo perder el sentido de lo posible, le empujó a identificarse con posturas cada vez radicales. Según Evan Thomas, uno de sus mejores biógrafos, no se trató tanto de una transformación como de una evolución. En cualquier caso, el cambio era patente. No imaginamos al Bobby de los años cincuenta declarando que, de no pertenecer a una familia tan adinerada, habría sido seguramente revolucionario. Todo parece indicar que el historiador Arthur M. Schlesinger acertó al definirle como un romántico disfrazado de realista, todo lo contrario que John, un pragmático que se vestía con los ropajes del idealismo.

Respecto a la guerra de Vietnam, su postura fue la de un rechazo cada vez más abierto, en contraste con su anterior apoyo al intervencionismo. En 1965 votó los créditos militares, aunque expresó sus reservas. El esfuerzo bélico debía ir acompañado de la búsqueda de la paz. No tardaría en denunciar sin tapujos la insensatez de la contienda, a la vez que proponía el inicio de negociaciones. Era consciente de que el anticomunismo primario no llevaba a ninguna parte y quería acabar con el derroche de cuantiosos fondos que hubieran podido invertirse en combatir las desigualdades sociales de Estados Unidos.

Por más que siguiera siendo un patricio, se convirtió, como los hermanos Graco de la antigua Roma, en el abogado de las causas populares. En 1967 viajó por el Sur de Estados Unidos, en un periplo que le condujo a descubrir la parte más deprimida de la nación. Entró, con toda naturalidad, en inmundos tugurios y demostró una poderosa capacidad para identificarse con los más débiles. Un periodista que le acompañó expresó su asombro cuando le vio acariciar a un niño pustulento en una habitación maloliente de Misisipi. Encontraba aquel gesto admirable porque sabía que él no hubiera sido capaz de hacer algo parecido.

Kennedy tampoco dudó en ponerse al servicio de César Chávez, el sindicalista de origen mexicano que luchaba contra la discriminación de los chicanos. Ganó así lealtades profundas. Un cineasta de origen hispano, Emilio Estévez, le rendiría homenaje en la película Bobby (2006), en la que su asesinato es visto por 22 personas que se encuentran en un hotel de Los Ángeles.

Con la misma decisión tomó la palabra contra el apartheid en Sudáfrica, durante una visita a este país, en unos momentos en los que los intereses de la geopolítica de la Guerra Fría pasaban por delante de los derechos humanos. En un discurso en Ciudad del Cabo, se refirió a una tierra que había sido conquistada por los holandeses, más tarde en manos de los británicos, en la que los negros vivían como ciudadanos de segunda. Añadió que hablaba de… Estados Unidos. Todo el mundo entendió, sin embargo, que el mensaje iba dirigido, también, al gobierno racista de Pretoria.

Si durante su etapa como fiscal había intentado sabotear a Martin Luther King, en el que veía a un poderoso elemento desestabilizador, como senador respaldó su causa y sus métodos no violentos. En 1968 llegó a pronosticar que un negro ocuparía el Despacho Oval en las siguientes cuatro décadas. Acertó: Barack Obama alcanzó la presidencia justo cuando se cumplía el plazo.

Ese mismo año, el 4 de abril, improvisaría un discurso en Indianápolis para anunciar a la multitud el asesinato de King. Fue una intervención memorable y emocional en nombre de valores como la justicia, el amor y el patriotismo. Había que resistir la tentación del odio y la venganza ante el sinsentido de la violencia, ante el horror que él también había sufrido en sus propias carnes cuando un blanco había matado a su hermano.

Predicó en el desierto. Poco después, el 5 de junio, sería él quien caería gravemente herido. Un palestino, Sirhan Sirhan, le disparó en el Ambassador Hotel, en Los Ángeles, después de que ganara las primarias de California. Murió al día siguiente. El verdugo, por lo que parece, era un antisionista que deseaba matar a Bobby por su apoyo a Israel. Inevitablemente, como en el caso de JFK, teorías conspiratorias trataron de explicar una supuesta verdad oculta tras el magnicidio. La CIA, de nuevo sospechosa, habría utilizado técnicas de control mental para dirigir la voluntad del asesino.

En su diario, Schlesinger reflejaba su absoluta incredulidad ante la repetición de la tragedia de Dallas. Jackie también estaba desolada. Se había ido un punto de apoyo en tiempos difíciles y sentía que ella, Caroline y John John no estaban seguros en un país que parecía haber convertido la caza a los Kennedy en un deporte. Sin su padre, los hijos de Bobby iniciaron una existencia errática en la que no faltaron los excesos con las drogas. El Partido Demócrata, falto de liderazgo, iba ser víctima de las discordias internas que dejarían a Nixon el triunfo electoral en bandeja.

Si en vida Bobby había sido un personaje polémico, tras su muerte se convirtió en una leyenda en la que se ha mezclado la realidad con rumores escandalosos sin ningún fundamento. ¿Estuvo liado con Marilyn? ¿Fue cómplice de su asesinato? ¿Tuvo un affaire con Jackie? Los inventores de teorías fantasiosas no descansan. Hasta hay quien se he preguntado si el pobre diablo que acabó con la vida de JFK, Lee Harvey Oswald, no estaría en realidad a su servicio.

Más allá de las historias sensacionalistas, importa la manera en que Robert F. Kennedy se convirtió en un icono al que todos podían utilizar en función de su conveniencia. Los republicanos admiraban al hombre duro, al defensor de la ley y el orden; los demócratas elogiaban al líder compasivo con los humildes, al adalid de las políticas de conciliación social. Existían, con todo, matices muy diversos. Bill Clinton lo ponía como ejemplo para defender que el esfuerzo individual debía primar sobre el asistencialismo del Estado. A otros, como Rory Kennedy, la hija póstuma del héroe, les indignaba que se utilizara el nombre de un gran tribuno para justificar un recorte en los gastos sociales.

El presidente Clinton sí acertó en una cosa: para Bobby, la elección no se daba tanto entre derecha e izquierda como entre lo correcto y lo equivocado. La política sería, desde esta óptica, una cuestión primordialmente moral. Y eso, en unos tiempos como los nuestros, de pragmatismo vulgar, ya es revolucionario. En la película El presidente y Miss Wade, el personaje de Martin Sheen, antiguo profesor de historia —como Schlesinger, qué curioso— le recuerda a un Michel Douglas inspirado en los Kennedy que no basta con luchar cuando se puede ganar. Debemos luchar por lo que hay que luchar. Bobby, al menos el mejor Bobby, el de sus últimos tiempos, hubiera estado de acuerdo.

 

Francisco Martínez Hoyos
Historiador. Autor de Breve historia de Hernán Cortés, Los españoles iban de gris y Kennedy, entre otro libros.