Margo Glantz
Y por mirarlo todo, no veía nada
México, Sexto Piso/UNAM
2018, 168 p.


El artista plastifica la realidad a su alrededor para dar a luz un objeto de bordes definidos. Ésta, en sus líneas generales, es la tarea del arte. Margo Glantz (Ciudad de México, 1930), a partir de una línea de Sor Juana, titula su nueva entrega Y por mirarlo todo, no veía nada, en alusión a la condición actual de hallarnos inmersos en un entorno digital sobrepoblado de información —aunque principalmente noticias—, en el cual apenas es posible distinguir brillos estroboscópicos en mutación permanente.

La escritura actual tiende a cosificarse y cuando avanza lo hace a tumbos entre los géneros más vendidos. Luego, exhausta, llega más pronto que nunca a los cajones de saldos en espera de un alma caritativa con calderilla en el bolso. Glantz se aleja de la autocomplacencia y publica un cerebral ejercicio plástico de ordenamiento —un diario íntimo, a su modo—, que concluye en un panóptico de información convertida en motivos para la escritura. La autora mexicana prueba con este libro que el camino de la experimentación es parte integral de la vivencia literaria, y no una debilidad de los más jóvenes. Es, por el contrario, un refrendo de que se puede ser un académico en forma y, a un tiempo, un escritor propositivo que se muestra sin complejos.

Y por mirarlo todo, no veía nada es un ejercicio de acumulación de imágenes, a partir de noticias recientes, en donde se filtran subrayados, sensaciones al vuelo, citas de lecturas recientes o un apunte sobre la fugacidad del mundo. Es un libro que en realidad es una idea sobre un libro ideal. Un modelo para desmontar que se asoma al gabinete de curiosidades de Glantz, quien utiliza las redes sociales para la mera convivencia aunque a la par confirma que pueden ser utilizadas como herramienta para la creación. Llama la atención que no se utilizan cursivas a lo largo del texto y también que se trata de un texto continuado. No hay una segmentación en párrafos, sino un palimpsesto integral que debe leerse con tanto cuidado como sospecha.

Glantz se arriesga felizmente con una entrega que descolocará a los lectores menos receptivos a ejercicios escriturales libérrimos, si bien ganará la aceptación de quienes celebran, por encima de todo, que se pongan en entredicho los modelos literarios habituales con la intención de sintonizarlos con los tiempos del mundo. Kenneth Goldsmith, que ha defendido la condición del escritor como “archivista”, celebraría esta entrega de Glantz, hermanada con su Wasting Time on the Internet (2016) y, de manera genérica, con un modo de ejercer la literatura como si se tratase de un juego para endulzar el paso del tiempo. Sin gravedad, sin nostalgias, lejos de cualquier realismo cancerígeno. En esta búsqueda, los grandes temas del pasado quedan tal como los dejaron sus cultivadores y se abre cancha a un modo de celebrar la vida con toda su fugacidad, a partir de las posibilidades creativas que ofrece la catalogación, el culto por el “archivismo”, y cualquier otro método posible de lograr taxonomías por el gusto de inaugurarlo.

La sobrepoblación de datos disponibles para cualquier persona con acceso a internet, modifica cualquier posibilidad creativa y abre canales para la imaginación. Los modos convencionales de “hacer literatura” —relatar la historia del abuelo que huye de la Guerra civil española, o utilizar cualquier historia del periódico para condenar el maltrato a los migrantes, “nuestros hermanos”—, se vuelven cada vez menos admisibles en un entorno que se rehúsa a la inmovilidad. Glantz imparte una lección magistral sobre cómo los experimentalismos aún son el mecanismo más óptimo para extender los dominios de la literatura sobre la realidad. Y es que una vez que se logra el dominio sobre las formas tradicionales, se vuelve posible avanzar en la construcción de un proyecto retador y sincrético, ajustado a los tiempos del mundo y tocado por el genio siempre en busca del hallazgo.

En sus bordes expansivos, el libro apuntala el debate sobre el uso y abuso en el consumo de información, y cualquier otro imaginable. En sus páginas se enuncia el mundo y también es borrado en la página siguiente. Lo que debe agradecerse de Glantz es un modelo de reciclaje de palabras, arrojadas para el olvido, con el cual crear un objeto estilizado para registrar encuentros, incomodidades y asombros que genera la vida que, dicen, sucede luego de la posmodernidad. A fin de cuentas, Glantz señala que la tarea del escritor debe replantearse. El cine y la televisión ejercen el oficio narrativo con pericia y arrojo; la novela gráfica y el periodismo narrativo manufacturan historias con gran aceptación del público. El resquicio que subsiste para el escritor que cuestiona los límites es replantear la metodología de la propia escritura. Volver al origen del hecho como registro para llevarlo a una frontera desconocida. Lo demás es volver a las historias felices que nos relatan episodios de la infancia de los escritores, todos simpaticones aunque desechables.

Y por mirarlo todo, no veía nada es un renovado modo de observar lo que por su propia naturaleza parece que no debe atenderse, con la intención de ordenarlo para crear un producto híbrido. Es el goce de la creación por la creación misma. Es la literatura puesta en la cresta de la manufactura de objetos para replantear lo que existe.

Luis Bugarini

Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.