Rodrigo Martínez Baracs y María Guadalupe Ramírez Delila (eds.),
Una amistad literaria.
Correspondencia de Alfonso Reyes y José Luis Martínez, 1942-1959,
México, FCE/El Colegio Nacional, 2018.


En enero de este año se cumplieron cien años del natalicio de José Luis Martínez, uno de los críticos literarios mexicanos más importantes de nuestra historia. Como parte de la conmemoración, el Fondo de Cultura Económico publicó el epistolario inédito entre aquel estudioso precoz de nuestras letras y su mentor de antaño, el erudito Alfonso Reyes, a quien alguna vez caracterizó (con afecto, siempre) como el “cacique cultural” más importante de la primera mitad del siglo pasado.

El aprendiz y el maestro

José Luis Martínez conoció a Alfonso Reyes en 1939, cuando éste regresaba de sus misiones diplomáticas para asentarse en la Ciudad de México durante la última parte de su vida, en la cual se abocó a la dirección de El Colegio de México y a la redacción de sus obras eruditas. Para el joven estudioso de Jalisco, don Alfonso era ya una especie de figura mitológica: monumento hecho hombre, individuo vuelto universalidad, aquel viejo lobo de mar que aguardaba en su oficina la visita de las nuevas generaciones. No fueron pocos quienes acudieron en busca del consejo y la compañía del patriarca literario (el reciente epistolario entre Reyes y Paz, también editado por Rodrigo Martínez, revela su ayuda en la publicación de Libertad bajo palabra); sin embargo, los familiares cercanos de don Alfonso insisten en que José Luis Martínez fue su alumno favorito, “en el que puso sus máximas esperanzas” y a quien confesaba los secretos que resguardaba del resto del mundo.

Lo cierto es que Reyes fue un escritor prolífico y amigable, por lo que su cantidad de epistolarios apantalla: Vasconcelos, Torri, Villaurrutia, Borges, Jaeger y Torres Bodet son solo algunos nombres que desfilan por sus archivos. Al respecto, alguna vez José Luis Martínez comentó que cada uno de estos intercambios tiene su propio tono y temperamento: la ambivalencia en las conversaciones con Vasconcelos, la admiración desbocada hacia Jaeger, la seriedad burocrática con Torres Bodet. En esta ocasión reina el afecto y la admiración mutua, un diálogo afable entre generaciones. El epistolario abre en 1942 con el agradecimiento de Alfonso Reyes al joven Martínez por los elogios que éste le había concedido en un texto reciente y la última carta, en cambio, es la felicitación de un Reyes moribundo a su discípulo, quien acababa de entrar a la Academia Mexicana de la Lengua, en diciembre de 1959, apenas a los 42 años.

Espíritu cívico en la cultura

Tres décadas apartan a los interlocutores. Como resultado, contrasta el espíritu sedentario del maestro —ya dedicado a las obras de su “cosecha final”— con la impaciencia del alumno primerizo, quien pasa de una burocracia a otra, supervisa las publicaciones de El Colegio Nacional, emprende una cruzada humanista en El Salvador, atiende y abandona sus responsabilidades como investigador del colmex. Cuando inicia el intercambio escrito, José Luis Martínez acaba de arrancar su carrera política bajo la tutela de Jaime Torres Bodet, quien estaba encabezando una heroica campaña de alfabetización como secretario de Educación durante el sexenio de Manuel Ávila Camacho. No sería errado afirmar que el jalisciense siguió por igual los pasos de Reyes y los de Torres Bodet. Fue a su lado donde aprendió a reconciliar la reflexión literaria con la vocación social del político honrado, dualidad que persistiría a lo largo de su vida. De hecho, es Torres Bodet quien encarga a Reyes escribir una Cartilla moral que sirviera de sustento a las misiones de alfabetización. El resultado fue aquel célebre documento dedicado a la educación ética del mexicano (y hoy recuperado por un político que no nombraremos); diez lecciones prístinas, cual mandamientos laicos, orientadas a la vida virtuosa en sociedad. Si bien el proyecto quedó trunco, en ésta, como en tantas faenas, es evidente el ideal que hermana al maestro y el alumno: la visión del quehacer literario como responsabilidad ética del escritor y, asimismo, el deber social como mancuerna de la producción artística. Ambos estaban convencidos de que la obra cívica y la literaria eran dos lados de la misma moneda, igualmente esenciales para sentar las bases de una nación moderna —vidas al servicio de la cultura, cultura al servicio de la vida.

A inicios de este año, durante la ceremonia en honor al natalicio de José Luis Martínez, Javier Garciadiego, director actual de la Capilla Alfonsina, lo caracterizó como el primer reyista de la historia.1 Sin duda José Luis Martínez fue uno de los lectores más asiduos de Alfonso Reyes, y acaso uno de los pocos capaces de escribir una “guía para la navegación” de su obra. En su clásica antología El ensayo mexicano moderno (1958), el crítico jalisciense enlista su curiosidad sin fronteras, su espíritu enciclopédico y su dominio de la palabra como las cualidades por las que, a su parecer, Reyes fue el epítome del hombre de letras mexicano. Si bien a José Luis Martínez nunca le faltaron palabras para elogiar a su mentor, en un homenaje dedicado a sus 60 años, la virtud que situó por encima de todas las demás fue su dedicación a entablar una conversación entre lo mexicano y lo universal, a pesar del nacionalismo rampante del periodo posrevolucionario. “Todo el esfuerzo de mi vida se ha orientado a procurar que salgamos de la minoridad, a conquistar para nuestro país el derecho de la ciudadanía en la cultura del mundo”, responde don Alfonso. Y así como su diálogo con el mundo fue la cualidad que más admiraba su discípulo, acaso a este último debemos reconocerle la vocación del soliloquio histórico —la conversación con nosotros mismos.

“La barbarie del olvido”

Apasionado por las fuentes y los orígenes, José Luis Martínez dedicó su vida entera a exhumar y desentrañar la evolución de nuestra tradición literaria, aquel canon que abarca la síntesis colonial, la emancipación de nuestras letras y la búsqueda incansable de la expresión nacional. Con el mismo sentido de responsabilidad que guio su carrera burocrática, el editor, crítico e historiador se empeñó en difundir la conciencia de nuestra evolución literaria, misma que —según José Emilio Pacheco— seguimos apreciando a través de su mirada. Se ha dicho que nadie ha leído la literatura mexicana de los últimos siglos con tal cabalidad y minucia; hoy pública, su biblioteca privada (con alrededor de 75, 000 documentos) es un crisol de México entero, junto a tantas otras topografías. Sus prólogos a las obras de Justo Sierra o Ramón López Velarde, sus estudios sobre poesía y ensayo moderno, y su célebre monografía de Hernán Cortés revelan la intención de comprender nuestra experiencia histórica a partir de nuestras raíces literarias, aprehender cada singularidad en el panorama. De ahí que Adolfo Castañón considere que su legado es el de un artista de la memoria o un arqueólogo apasionado, empeñado en reconstruir nuestra historia cultural al combatir “la barbarie del olvido”.2

Acaso no debería sorprendernos que el joven Martínez se consagrara al escribir una retrospectiva sobre la literatura mexicana de los últimos siglos para el épico tomo México en la cultura, que Jaime Torres Bodet encargó en 1946 a un grupo de eruditos. Aquella obra, destinada a ensalzar las aportaciones de México a la cultura universal, contó con la participación de Alfonso Caso, Manuel Toussaint, Carlos Chávez y Samuel Ramos, entre otras personalidades, quienes trataron diferentes ámbitos de nuestra historia. En realidad, el capítulo de José Luis Martínez vio la luz porque Reyes sólo tuvo tiempo de terminar la mitad del capítulo sobre literatura (titulado “Las letras patrias”, acerca del panorama prehispánico y novohispano), obligado a pedirle ayuda a su alumno. Y así como el joven Martínez parecía envejecer en compañía de su mentor, Reyes confesó a Torres Bodet sentirse rejuvenecido en su compañía. Si entonces era insólito ver la pluma de José Luis Martínez a lado de tales colosos —en promedio veinte mayores que él— hoy en día es casi inevitable hablar de él sin citar el mote que Gabriel Zaid le otorgó, con tanta sutileza y precisión: el “curador de las letras mexicanas”.3

Hacia una tierra nueva

Quizá este epistolario no pase a la historia como uno de los más relevantes en el catálogo de Alfonso Reyes, pero muy probablemente sea uno de los más emotivos. En parte, esto se debe al cuidado editorial, en manos del hijo de José Luis Martínez, Rodrigo Martínez Baracs, y la asistente personal del escritor, Maria Guadalupe Ramírez, quienes hicieron un esfuerzo apasionante por honrar su vida y obra. Acaso en el tono a lo largo del libro es palpable la intimidad entre el alumno y el mentor. Llegando al final de sus días, Reyes comienza a prever su partida a otro mundo, por lo que encarga a José Luis guardar una serie de cartas suyas demasiado personales o polémicas como para publicarse en vida. El archivo confidencial (titulado “El Cerro de la Silla”, en honor al Monterrey querido de don Alfonso) contiene respuestas a periodistas, disputas con filósofos de renombre, correspondencia diplomática. Es claro que Reyes escoge a José Luis de entre todos sus conocidos como el más apto para continuar su legado, preservar su memoria. Basta recordar que el tomo de Estudios helénicos que le regaló don Alfonso está dedicado con cariño al “viajero de mi mismo barco”. Y en aquel navío permaneció el curador hasta el horizonte de sus propios días; aún tras la muerte de Reyes, siguió acudiendo a su fantasma y renovando sus letras para la posteridad: publicó antologías de su obra, editó los últimos tomos de sus Obras Completas, recopiló los primeros años de su correspondencia con Pedro Henríquez Ureña (presuntamente los dos tomos que faltan se publicarán este año), y puso en marcha la publicación de su diario íntimo.

Al observar las fotografías incluidas al final del epistolario, casi parecería que Alfonso Reyes siempre fue un viejo sabio, así como José Luis Martínez nunca perdió el vigor de la juventud: al primero se le ve con la barba encanecida de los últimos años, sentado tras su escritorio en la Capilla Alfonsina, mientras que el segundo, bien parecido, ostenta el porte y la elegancia de su plena madurez. Y así como Reyes sigue dando cátedra desde la tumba, José Luis Martínez nunca dejó de estudiar: aún en sus últimos días, al hablar sobre su biblioteca infinita, afirmaba no saberlo todo, pero sí dónde empezar a buscar. Tal curiosidad fue la virtud compartida que dio pie a la amistad entre sabios, amantes del mundo y la literatura. Vale la pena evocar aquel día de 1939, cuando José Luis Martínez, Alí Chumacero y Jorge González Durán, entonces tres veinteañeros ávidos de fundar una revista literaria, decidieron acudir al gran patriarca de las letras mexicanas. Fueron a visitarlo a aquel despacho donde Alfonso Reyes intentaba poner en marcha El Colegio de México y le pidieron tres humildes favores: ponerle nombre a la revista, contribuir con una colaboración y —más importante aún— concederles el regalo de su amistad.4 La revista se llamó Tierra Nueva y de aquel día floreció tanto más.

 

Eduardo López Cafaggi
Egresado del Colegio de México.


1 La intervención de Javier Garciadiego (aunada a las de Adolfo Castañón, Enrique Krauze, Miguel León-Potrilla, Eduardo Lizalde y Rodrígo Martínez Baracs) puede verse aquí.

2 Adolfo Castañón, “José Luis Martínez”, Vuelta, 1968, núm. 138, pp. 59 s.

3 Gabriel Zaid, “José Luis Martínez”, Letras Libres, 1999, no. 9, p. 97.

4 Paulina Lavista (dir.), José Luis Martínez. Curador de las letras mexicanas, México, conaculta/fonca, 1999 [documental].