Rosario Castellanos nació el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México. Destinada a convertirse en una de las más importantes escritoras de nuestras letras, cargó sin embargo con un lastre permanente: haber sido la hija mayor pero haber nacido mujer, circunstancia que sus padres hicieron patente a tal grado, que Castellanos deseó más de una vez la muerte de su propio hermano. Esa pulsión, convertida en culpa, la persiguió toda su vida, y también nutrió de manera importante su obra.


A Rosa Beltrán

1.

Rosario Castellanos nació el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México. Este, según ella misma, “error geográfico”, se debió a que la madre había perdido a varios hijos; no quiso arriesgarse a tener un parto entre caobas y sabinos, en un clima subhúmedo y en una región aún más subdesarrollada. César Castellanos y Adriana Figueroa se trasladaron de Comitán, la ciudad más antigua de Chiapas, a la capital del país, en donde nació la niña Rosario, exactamente en el inmueble marcado con el número 108 de la Avenida Insurgentes. Luego se trasladaron de vuelta a Chiapas.

El padre, de acuerdo con Rubén Bonifaz, pertenecía a una familia que había hecho su fortuna comprando fincas con todo y los indígenas que habitaban en ellas, indígenas que costaban “infinitamente menos que el ganado”.1 César Castellanos era un “latifundista ilustrado de bastón de caoba” que había estudiado ingeniería en Estados Unidos, y que se ostentaba como dueño de las fincas El Rosario y Chaptengo. La madre, Adriana, en cambio, era una costurera que pertenecía a la “oscura clase media” de Comitán.

En el seno de esa familia privaba un triste valor: la primogenitura, palabra que alude a los derechos del primogénito, siempre y cuando este sea un varón que “pueda heredar y hacer crecer” las tierras familiares. Dicen que una gran decepción surcó la frente del padre cuando se enteró de que su recién nacida no era un varón. El señor no tenía manera de saber, uno, que un decreto presidencial lo privaría de tierras que heredar a esa hija o a quien fuera; dos, que Rosario Castellanos heredaría su principal arma —es decir la ironía— de los Figueroa y no de los Castellanos.  

2.

Los primeros esbozos de Balún-Canán fueron publicados en el número 61 de la revista América, editada por Efrén Hernández y Marco Antonio Millán, bajo el título “Crónica de un suceso inconfirmable” en agosto de 1949: ocho años antes de que se publicara la novela en forma. Rosario, que había conocido a Hernández y a Millán por la intermediación de un amigo, fue colaboradora habitual de América. Cuenta Samuel Gordon que un día Rosario leyó sus poemas frente a Efrén y Marco Antonio en un café de chinos de la calle de Dolores, y que así comenzó su amistad literaria.

Un año antes de la publicación de aquellos primeros esbozos, y nueve años antes de la publicación de Balún-Canán en forma, el 28 de septiembre de 1948, Efrén Hernández trató de desanimar a Rosario Castellanos en sus intentos de escribir una novela. Ella se encontraba en Tehuacán, Puebla, mientras se recuperaba de un padecimiento hepático, y estaba avergonzada por no haberse tomado un tiempo para despedirse de Efrén antes del viaje. Le escribió en una carta: “Estoy aquí sola. Una costumbre que ya casi había perdido. Los primeros días estaba a punto de echarme a correr porque francamente mi compañía me resultaba aburrida en extremo. Ahora he tenido que apechugar con ella y ya no la paso tan mal. He leído bastante y estoy tratando de escribir algo en prosa. Si acaba será una novela”.

Al respecto, la respuesta de Efrén Hernández fue la siguiente: “Encuentro muy plausible que esté intentando escribir. Espero de Ud. infinidad de cualidades. Sólo que lo de la novela lo encuentro un poco peligroso. No porque la novela sea especialmente difícil, al contrario. Me refiero sólo a la extensión. Quizá fuera mejor que probara géneros incluso más dificultosos; pero que de no resultar bien, pues todo puede ser, no constituyera el vano derroche de tan largo esfuerzo. El cuento, la estampa, la prosa lírica, los soliloquios, aún en caso de fracaso, le darían a Ud., con menos costo, experiencias igualmente valiosas. Le dirán por ejemplo lo que es más valioso para Ud. y el aprendizaje sería más rápido, y menos costoso. Una novela es cosa de meses y más meses. Imagine, nada más, lo que representa el hecho aislado de pasar ya en limpio, cien, doscientas, trescientas cuartillas. Si, por ejemplo, llegar Ud. a hacer un buen cuento, ya sabría que una novela la podría hacer, casi seguramente, un poco mejor”.

3.

Un año después del nacimiento de Rosario nació un varón en la familia Castellanos Figueroa. Los padres, entonces felices, no tenían manera de saber que el destino le tenía deparados solo siete años de vida a su pequeño, aunque Rosario le tenía deparada la posteridad.

Lo llamaron Benjamín y, sí, era más moreno que su hermana mayor, pero ya crecería en tamaño, inteligencia y simpatía, y nadie podía dudar de la docilidad de su carácter. Bonifaz apunta, sobre el criterio clasificador empleado por don César y doña Adriana para distinguir a sus dos hijos: “Es inútil desperdiciar atenciones en la niña… como que tiene algún demonio dentro; algunas veces se le ha sorprendido, sin motivo, llorando silenciosamente, encerrada en alguna habitación oscura”.

Elena Poniatowska asegura que Rosario solía desear la muerte de su hermano y que llegó a desearla incluso en voz alta. Mario Benjamín, en efecto, murió de una apendicitis que no pudo ser atendida quirúrgicamente por el médico de Comitán, y podríamos decir, sin arbitrariedad de por medio, que el fallecimiento del hermano engendró a dos Rosarios complementarias: la culposa y la escritora. La culpa, condición sine qua non de la autobiografía de Castellanos.

Cito, primero, al lacaniano Néstor A. Braunstein:  “[…] el psicoanálisis no ha venido al mundo para extraer de él la culpabilidad como si fuese un diente cariado. Reconocerse pecador, reconocerse en falta, es una manera de controlar y delimitar la angustia”.

Cito, después, a Rosario Castellanos, que es al mismo tiempo poética y lapidaria: “¿Qué se opone al vértigo? Las vocales.”

4.

Samuel Gordon, mexicanista nacido en Varsovia, y quien fuera alumno de Rosario Castellanos en la Universidad Hebrea de Israel, sostuvo varias conversaciones con la escritora mexicana y grabó por lo menos cuatro de ellas, aunque solo llegó a conservar una. La transcribió bajo el título “El pasado y la ira”, y es una entrevista que se cita con frecuencia para hablar de Castellanos y sus reflexiones en torno a la mujer y las relaciones de pareja, tanto en su obra —principalmente en sus cuentos— como en la cultura mexicana.

La entrevista estremece por la honestidad con la que Rosario utiliza su propia experiencia para sustentar los puntos de vista que desarrolla. Hay un pasaje en particular que podría inspirar una película de terror.

Dice Rosario: “Y recuerdo yo, que ya tenía ocho años —y es una memoria muy viva, porque fue una cosa determinante de todo el resto—, que estábamos desayunando en el comedor, mi hermano, que tenía siete años, mi mamá, y yo; cuando entró esta prima, como despavorida, como una especie de medusa, con el pelo blanco, todo así parado, sin peinar, y le dijo a mi mamá que acababa de tener una visión, y que en esa visión se le había aparecido alguien y le había dicho que uno de sus hijos —de mi mamá—, iba a morir. Entonces mi mamá se levantó, como un resorte, y le dijo: ‘¡Pero no el varón! ¿verdad?’. Eso fue el principio. Después, claro que le dijo a esta mujer que era una imbécil, que estaba loca. Reaccionó con una violencia terrible, y la echó de la casa”.

Los días siguientes, la madre de los pequeños Rosario y Benjamín, es decir doña Adriana, se dedicó a llevar a sus hijos de una casa a otra para recabar la opinión de la gente, ¿sería posible que el vaticinio se cumpliera? Los niños Castellanos se tomaban de las manos para escuchar las discusiones que acontecían frente a ellos, mientras se peroraba que sí, que era posible, que las brujerías de los indios, que tal vez el catequismo podría ayudarlos, alguien habló del infierno, etcétera. “Nos sudaban de miedo las manos, así, horrible”, recuerda Rosario.

5.

En Balún-Canán, el personaje del padre se encuentra en Tuxtla Gutiérrez cuando enferma su hijo. Ha hecho el viaje para buscar al gobernador y convencerlo de que lo ayude a mantener sus tierras una vez que ha comenzado la reforma agraria impulsada por Lázaro Cárdenas. Es una misión que emprende para defender lo que es suyo y lo que será de su varón. El niño muere y la lucha del padre pierde su razón de ser, por lo menos en parte. Es lo que se sobrentiende. Es una parte sustancial de la metáfora novelística.

Ese par de eventos que Rosario empalma en Balún-Canán ocurrieron, realmente, de manera separada. Benjamín murió en 1933 y Lázaro Cárdenas subió a la presidencia en 1934. Acaso en la yuxtaposición la novelista recrimina a su padre la pasividad con la que actuó en los años del derrumbe de la familia. 

Hay quien afirma que doña Adriana y don César se dedicaban a lamentarse, que si alguno sonreía subrepticiamente el otro le decía “Acuérdate de Benjamín”, para que recordara que no tenía ningún motivo para estar feliz; que la señora Figueroa se lamentaba de manera amarga, que le preguntaba en voz alta a un dios no del todo misericordioso por qué se había llevado al niño y no a la niña. Elena Poniatowska matiza las palabras de doña Adriana, pero bastante poco: “Que dios haga su voluntad, pero, ¿por qué con el varón?”. Alguno asegura que los padres guardaban las cenizas del hijo junto a la cama. Según Bonifaz, cada ocho días visitaban los restos de Benjamín en el panteón, y cuando es Navidad o la fecha de su cumpleaños, “junto a las letras que dicen su nombre se amontonan los juguetes: canicas, avioncitos, un caballito de cartón…”

Y después comienza una terrible ambivalencia en la actitud de los padres hacia su hija. Por un lado, entre evocaciones de Benjamín, parecen desatenderla por completo, dejándola a merced de la nana. Por otro lado, Rosario transita de la niñez a la juventud como hija única, atendida en exceso por los mismos padres que suelen desatenderla, aunque, de repente, le dedican todas las atenciones, temerosos de que algo le ocurra. Bonifaz refiere, por ejemplo, una anécdota en donde ni siquiera la dejan caminar descalza. 

6.

Rosario Castellanos respondió a María Luisa Cresta, sobre Balún-Canán: “Es esencialmente un libro autobiográfico. Es la narración de mi infancia; es, además, un testimonio de los hechos que presencié en un momento en que se pretendió hacer un cambio económico y político en los lugares donde yo vivía entonces […] pero claro, están contados a manera de literatura, no a manera de crónica, ni a manera como podría contarse en el cauch de un psicoanalista, ¿no?; pero sí, lo que se cuenta allí, en última instancia, fue verdad, fueron anécdotas que me sucedieron”.

 

César Tejeda
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media Mi abuelo y el dictador.


1 Bonifaz