Néstor García Canclini
Pistas falsas. Una ficción antropológica
México, Sexto Piso,
2018, 120 p.


Habría sido una ingenuidad pensar que una novela firmada por Néstor García Canclini (La Plata, 1939) —y más: una primera novela editada al filo de los ochenta años— sería un libro al uso. La preceptiva señala que la madurez profesional de un intelectual hispanoamericano de primer orden de una especialidad como la suya, la antropología y los estudios culturales, debe llevarse con recato para hacer escuela y heredar las áreas de interés a las nuevas generaciones. Ante los ojos de la academia, la ficción es ceder a una debilidad del espíritu. Es un devaneo. Pero, vuelvo, eso dice una vieja preceptiva.

Antonio Alatorre, por ejemplo, no alcanzó a tener entre sus manos La migraña (FCE, 2012), novela publicada de manera póstuma y que lo confirmó como dueño de una mirada exquisita. Por su parte, George Steiner, casi al final de sus días, lamenta no haber dedicado más horas a la escritura de creación. La ficción, se entiende, siempre es placentera. Es un ámbito que expresa más del autor que cualquier otra forma de trabajo intelectual. Refiero esos casos porque debe celebrarse que Canclini se haya despojado de pudores para abrir la cajonera y abrirle paso a Pistas falsas (2018). El libro relata la historia de un arqueólogo chino y su esposa Elena, en un ámbito ficcional que oscila entre los años 2029 y 2030 en los que la pareja hace viajes a las ciudades de Buenos Aires y México para cartografiar las nuevas formas del mundo.

Es un volumen que rescata la tradición de la novela de ideas, en donde los protagonistas se asemejan a los muñecos de un ventrílocuo puestos en la mano de un narrador cuyo ámbito de actividad es el plano intelectual. El arqueólogo chino es una voz que Canclini utiliza para mostrar un futuro posible y nada lejano. Esto lleva a pensar que la mejor manera de recorrer el libro es olvidarse de quién es el autor y, sencillamente, lanzarse a vislumbrar el futuro distópico que anticipa. De otro modo, se corre el riesgo de contrastar su ideario y actividad profesional con un producto que, sin alejarse de esa modalidad de producción intelectual, es empleado como materia novelística. En Pistas falsas,el verdadero protagonista es un flujo de ideas que flota y circula, poliniza para sobrevivir o se resigna al olvido.

De no ser por cierta pátina de ficción, el libro habría ido bien en otro género, fuera ensayístico o de naturaleza híbrida. Quizá los editores pensaron que al encorsetarlo en el género novelístico —que lo admite todo, ya se sabe—, tendría una mejor recepción entre los lectores. La lectura admite ser una sorpresa mayúscula o incluso el descubrimiento de un modo atípico de novelar ideas. Utilizar el plano académico de los congresos y sus infinitos corrillos, revela que la gran novelística demanda un ejercicio de imaginación sostenido y Canclini se mostró poco habilidoso para pensarse fuera de ese plano ideal. En sus momentos más altos, en los que es admisible sospechar que J. G. Ballard podría ser la figura tutelar de esa mirada a un futuro muy próximo, el personaje se reduce al hecho cultural en su transcurrir, multimodal y simultáneo.

Pistas falsas se recorre como una masa de experiencias e intuiciones que habitan en los seres humanos, en este caso dedicados a las labores intelectuales, y que transitan entre ellos a la manera de espíritus que los poseen, salen de ellos y se reformulan para reiniciar el ejercicio. Canclini eligió mantenerse a resguardo bajo las ideas que conoce y en las que se siente cómodo, por los años dedicados a explorarlas y en su elección pasó por alto la posibilidad de entregar al lector un mundo cabal en el que las ideas sobre las que debaten los personajes-muñeco, a la manera de diálogos platónicos, se viesen implementadas para detectar posibles alteraciones a la naturaleza humana.

Habrá con seguridad, a lo largo de libro, dardos cruzados, socarronerías y juegos irónicos, que los lectores que no son parte de los congresos de académicos, sean incapaces de detectar. Es una elección que limita el alcance de Pistas falsas y, por lo mismo, confina su lectura. El desfile de ideas resulta llamativo como planteamiento teórico, pero como materialización narrativa deriva en una aritmética de ideas licuadas dentro de un armazón novelístico. Hizo falta a Canclini, decano de la hibridación, aventurarse a narrar. El lenguaje se recorre instrumental y helado. Es la jerga del académico que no se permite perder la compostura por el temor a que los colegas crucen miradas irónicas.

Pero las ideas no cometen errores ni actúan ni tratan de reiniciar su vida, sino quienes se empeñan en seguirles el rastro para aplicarlas a la realidad. Habría sido una fineza dejar a los personajes actuar en ese entorno de ebriedad tecnológica, antes que darles uso de coro griego para escuchar planteamientos a partir de las ideas que le inquietan a Canclini. Como producto narrativo, es un paseo de sombras; como muestra de vitalidad y amor por la literatura, es una muestra envidiable, y acaso una de sus crestas, de una trayectoria intelectual dedicada a pensar el Hombre como fenómeno que admite las explicaciones más diversas.

Al final, Pistas falsas es un necesario recordatorio de que la novelística no tiene que ser por fuerza de aliento televisivo o cinematográfico; que no debe ser tan sólo el retrato de tipos duros que beben y se divorcian a gritos; que admite ser puesta al servicio de cualquier preocupación humana, así sea un hidalgo que se imagina caballero y sale de su casa, o un arqueólogo chino, quijotesco a su modo, para quien las personas importan menos que las ideas, si algo.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.