Ha muerto, a los 88 años, Tom Wolfe, uno de los padres del nuevo periodismo. Escritor cáustico de pluma afiladísima, su obra es una amplia disección de la cultura estadounidense, a la que retrató sin contemplaciones, ganándose un ejército de enemigos solo igualado por las legiones de sus admiradores. Aquí un breve perfil de este Zola a la americana.

En el arte, después del romanticismo, ha habido dos clases de revolucionarios: los vanguardistas y los retrógradas. Desde la perspectiva de la segunda mitad del siglo XX, Tom Wolfe pertenecería al segundo grupo. Su defensa tanto teórica, en sus artículos, como la puesta en práctica, en su narrativa, de las técnicas naturalistas de Émile Zola así lo confirman.

Si bien las novelas de este autor acusan una preocupación fundamental por aprehender hasta los más minúsculos pormenores (domésticos, sociales, raciales, lingüísticos) que diferencian a las clases sociales de distintas comunidades estadounidenses, sería erróneo considerar que su modo de abordarlos es marxista o freudiana. Es naturalista, más cercano a lo clínico o forense que a cualquier otro tipo de interpretación sociológica; es, en todo caso, periodística en lo que corresponde a su técnica de investigación y a la exposición de sus hallazgos.

De ahí que Wolfe sea considerado como el teórico y exponente del llamado nuevo periodismo, cuyo vehículo de expresión por excelencia es la novela de no ficción. Sin embargo, las obras máximas de este autor son ficción, a diferencia de otros títulos pertenecientes a esta corriente como A sangre fría, de Truman Capote o La canción del verdugo, de Norman Mailer, en las que los casos criminales abordados son reelaboraciones en clave novelesca de hechos muy localizables y sonados en la prensa de su tiempo.

Salvo en los albores de su carrera como novelista, como en Ponche de ácido lisérgico (hay que decir de una vez que las traducciones al español de los libros de Wolfe invariablemente empobrecen el espíritu de los originales, pues una de las mayores aportaciones de éstos radica en el espléndido despliegue de dialectos e idiolectos), en donde el lector viaja al lado de Ken Kesey y Neal Cassady durante los bautizos con LSD, los personajes de sus obras posteriores son más bien arquetipos y las circunstancias son un mosaico de situaciones que conforman un mundo muy amplio pero lo suficientemente acotado para apreciar considerables segmentos de la vida estadounidense.

Si Ponche de ácido lisérgico (prefiero The Electric Kool-Aid Acid Taste) es un viaje de costa a costa por Estados Unidos con el núcleo duro del movimiento hippie de los años 60, La hoguera de las vanidades —acaso su obra más conocida— se afinca en Nueva York y pone el dedo en llaga acerca de la voluble justicia no solo para resolver conflictos entre ricos y pobres, sino entre blancos y negros, sin tomar partido por ningún bando.

Tom Wolfe ya había abordado el tema de la hipocresía de la corrección política y los prejuicios racistas (si es negro es criminal, pese a que lo sea bajo muy determinadas circunstancias) en La izquierda exquisita, la “radical chic”, libro explosivo y molesto para los seguidores de las corrientes francesas al promediar el siglo XX que medran en el ambiente universitario. En Periodismo canalla y otros artículos, la radical chic deviene “marxismo rococó”, en cuyos excesos ciertas académicas prestigiosas, propulsoras del feminismo, exigen a sus alumnos sustituir el plural “women” (porque tiene un odioso 60 % de imposición masculina), por “womyn”.

En Todo un hombre, Wolfe sitúa al lector en la próspera zona de Atlanta. Los negros graduados en las mejores universidades son más claritos, digamos, café con leche, que los negros del populacho, y buscan el poder político, mientras que los blancos, cuya principal figura en esta historia es Charlie Crocker, simbólicamente es el ocaso de la supremacía blanca. Las mentalidades conservadoras y las nacientes entran en conflicto para poner en tela de juicio los tejemanejes de la política, de las finanzas y de la religión.

Si ha habido un crítico de las buenas costumbres y de la vida académica de las mejores universidades estadounidenses ha sido Tom Wolfe. Soy Charlotte Simmons es una novela en la que viejo “sueño americano” ya no implica inmigrantes recién llegados al país, sino el ascenso de los sureños con amplias capacidades académicas a las universidades de élite. Juniors, judíos pobres pero talentosos, deportistas que requieren los servicios de los estudiantes aplicados para pagarles por hacer sus tareas, mucha droga, mucho sexo, mucha frivolidad. Nada de moralina y sí mucha vitalidad en la exposición.

Si el arte se amanera tanto que busque a toda costa ser oscuro y digerible solo por una élite, ya estamos en las antípodas de lo que pretende Tom Wolfe: si el arte no es capaz de comunicar algo de verdad, no sirve para nada más que para despertar, si acaso, placeres onanistas en los exquisitos.

No he tenido la oportunidad de leer Bloody Miami, pero me queda claro que Tom Wolfe siempre estuvo guiado por los preceptos del nuevo periodismo que, como en todo periodismo que se precie de serlo, sabía que lo esencial es investigar a fondo el tema a abordar, no importa cuán ignorante sea uno al respecto. Me queda claro que Wolfe intentó cartografiar, para entenderlo, ese país inmenso para atisbar su esencia profunda, tarea ingente que alguien habrá de continuar.

Al principio situé a Tom Wolfe como un revolucionario retrógrada. Hasta el final se mantuvo como un escritor realista en su versión naturalista. Continuó el camino abierto por Émile Zola. Wolfe fue antes que nada un periodista de pluma afiladísima y acuciosa que le sirvió para generar novelas memorables y seductoras.

 

Noé Cárdenas
Ensayista y editor.

 

 

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