En su faceta mexicana, la invención del Día de las Madres se arraigó en las ideas más conservadoras que flotaban en el aire de una época. La siguiente crónica recupera, a partir de las reacciones de la prensa, los distintos pasos que dieron inicio y forma a las festividades en esa lejana era posrevolucionaria: los años veinte.

Anticipando un país que sería moldeado sentimentalmente por el cine, el 13 de abril de 1922, Rafael Alducín, fundador de Excélsior, trazaba el siguiente perfil de los usos y costumbres nacionales:

Los mexicanos, en general todos los que pertenecen a la raza latina, no comprenden en muchas ocasiones ciertos conceptos de la vida de familia y atañedores al hogar que son costumbres arraigadas en muchos pueblos de Europa, Estados Unidos y Asia. Aferrados a nuestras tradiciones, invariables en nuestras ideas, nos encasillamos en la torre de marfil de nuestro desprecio y denigramos la mayor parte de las veces, sin entenderla, la vida del hogar más allá de las fronteras del Bravo […] en medio de todos los defectos que se quiera suponer y de todos los vicios de que adolezca el hogar de otros pueblos, debemos reconocer que el respeto a la madre está más firmemente sustentado que en nuestro medio.

Ante esta acusada falta de fervor popular, “El periódico de la vida nacional” hacía, líneas abajo, un llamado público para celebrar, en la misma fecha que los vecinos del norte, a quien se levantaría como la figura unificadora de un país achacado aún por los espasmos de la revolución.

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Dos años antes, el general Álvaro Obregón tomaba las riendas de la República. Por las calles caminaban armados hombres y mujeres dispuestos a saldar a plomo cualquier diferencia; el aún llamado sexo débil acaparaba titulares escandalosos en la prensa: Alicia Olvera, Pilar Moreno, Magdalena Jurado, Luz González eran juzgadas por “atroces crímenes” perpetrados con “la sangre fría propia del género”. Varios de estos casos fueron defendidos por el abogado Querido Moheno, maestro en el arte de la oratoria. Con unos pases mágicos del letrado, la viuda negra se transformaba en damisela ante los ojos que desbordaban los juzgados. Moheno apelaba a la condición de madre de las acusadas logrando, además de su libertad, que protagonizaran películas en las que daban cuenta de su trágica historia. La Unión de Damas Católicas hacía lo posible por frenar el arribo de la falda corta y las Flappers, con el cabello más breve que sus vestidos, ponían de cabeza a los hombres, mientras que de la Rusia bolchevique llegaba el rumor de que el Estado controlaba los destinos de la féminas, a quienes casaba a su arbitrio y sin mediación eclesiástica.

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En los días que siguieron a la convocatoria de Excélsior, el propio diario aconsejaba qué regalarle a las futuras “madrecitas mexicanas”: pulseras, relojes, medias, guantes, un piano automático, un juego de té, pañuelos. Para principios de mayo, los comercios tomaron nota de la idea y lanzaron sus propias campañas: El Nuevo Japón ofrecía artículos de todos los precios en su tienda de Juárez 28; la Casa Albert ponía a disposición del público las mejores sedas nacionales e importadas en su almacén de 5 de febrero; los despistados podían apurar a última hora una caja de chocolates Lowney’s.

Aquel diez de mayo de 1922 la ciudad amaneció hinchada de flores. La Cruz Roja, con la intención de que ninguna mujer se quedara sin regalo, inauguró una tradición complementaria que se desvanecería años después: el Día de la Flor. Cientos de señoritas y señoras de la alta sociedad envueltas en batas y coronadas con cofias, se esparcían desde temprano por las calles y los epicentros de la sociedad mexicana (el lobby del hotel Regis, la Maison de Lux, el Sanborns de Madero) dispuestas a intercambiar “un óbolo por una rosa, un clavel o una gladiola”. (El festejo cobraría fuerza en esa década, que llegó a presenciar desfiles de carros alegóricos.)

Desde muy temprano, al bullicio habitual de las escuelas se sumaba el nerviosismo de las primeras veces. En el Colegio Mexicano, la escuela 41, la 70, la Morelos de Tacubaya, el centro Orozco y Berra, el instituto Lerdo de Tejada… las maestras repasaban mentalmente coreografías, discursos y canciones; los niños lloraban y se enredaban en sus disfraces, aprendiendo de por vida el doloroso significado de la palabra “festival” y memorizando poemas como el publicado por Agustín Aragón en Excélsior:

El amor maternal es el divino
encanto que sostiene y da la vida
el que conduce a senda florecida
y ablanda los rigores del destino

Es la salvación en negro torbellino
es joya de los cielos desprendida
es providencia de perene vida
y libra de los cardos del camino

Fundador de virtud y firme aliento
de dulce bienestar, sin tregua canta
con soberano musical acento

Y es su bondad y su ternura tanta
que en fuga deja todo sufrimiento
y a la región del éter nos levanta

Contra su costumbre, el Club de Rotarios permitía el acceso de las damas británicas y americanas para ofrecerles un homenaje; las oficinas apresuraban números y contratos para no perder su reservación en el San Ángel Inn. Al caer la noche, la ciudad se encontraba poseída por el fervor: unos se arremolinaban en las puertas de la sala Sala Wagner, ansiosos por escuchar el recital preparado por la señorita Sofía Camacho; en el teatro Ideal, las damas echaban mano a sus pañuelos cada vez que salía a escena alguna de las “muñecas de carne y hueso” del Instituto Franco-Inglés para ofrecer un responso; En el teatro El Principal, Lupe Inclán y Celia Montalbán interpretan la zarzuela El Día de las Madres, “sin que el clamar canallesco hiera los oídos del público; sin la presencia del eterno ‘peladito’ de la mayoría de las obritas nacionales; sin nada de lo que habla a las bajas pasiones”.

Antes de que la Época de Oro convirtiera a la madre en el ícono venerable por antonomasia, los homenajes cinematográficos que remataron la velada fueron importados y silentes. En las pantallas del  Mayestic, el Lux y el Royal, Ethel Clayton era “la suprema encarnación del más puro sentimiento” en La sombra de la madre y Sigrid Hulmsquit prometía “amor, risas y lágrimas reunidas artísticamente” en Madre Mía.

Había nacido el día unificador. No hubo nadie que no suspendiera su pulso diario, que no olvidara por un instante su posición social, política o religiosa, para consagrar a la figura que disolvía por un momento cualquier diferencia. Josefina Mata, nieta de Melchor Ocampo, resume en una carta el naciente espíritu popular: “…ya que nuestra nación está por desgracia de tal manera dividida y desolada, siquiera debido a este sentimiento tan poderoso en todas las clases sociales, se tenga un día un lazo de amor común que una a todos los mexicanos”.

La sociedad reconocía en el nuevo símbolo un órgano más sagrado e intocable que la patria y la fe. La mujer licenciosa se purificaba porque el fruto de su pecado la convertía en madre; las criminales que poblaban las cárceles eran vistas  como “señoras en toda regla”, y los asesinos, violadores, estafadores, o simples raterillos, obtenían fuero al ser visitados por sus progenitoras, recibidas “con un emocionado abrazo por el hijo, que amorosamente la conducía hasta su celda”.

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Ese día en que todo se olvidaba porque todo, salvo la madre y su veneración, desaparecía, se convirtió en baremo moral de la sociedad, metiendo de paso el freno de mano al avance de la mujer independiente y liberal. En 1927, según los números de Francisco Zamora (mejor conocido como Jerónimo Coignard), columnista de El Universal Ilustrado, no había en México una sola madre soltera: de las 2,528,687 que existían en el país, 1,831,797 eran casadas, 599,393 viudas y 97,497 divorciadas. “De haber enclavado en México su paraíso terrenal la Divina Sabiduría —asestaba el periodista—, el Génesis habría permanecido inédito por toda la eternidad […] La maternidad que aquí se practica está registrada en la oficina de patentes, y a nadie se le ocurre hacer falsificaciones”.

A la madre agasajada le quedaba un camino tortuoso cuyo rumbo sería marcado por el cine y ratificado por la Iglesia. Mientras Sara García daba carta de naturalización a las “cabecitas blancas” y la publicidad ofrecía más artículos domésticos que joyas y ropa fina, en 1950 el presbítero José Cantú Corro sentenciaba para siempre el papel de la mujer mexicana:

Si los cantos y los himnos y las ternuras y la adoración se limitan al papel natural que tiene la madre como progenitora […] eso es casi una profanación […] es disminuir su figura gigantesca […] deformar su misión redentora y salvífica […] El trono de la madre cristiana es de dolor. Refugian en su frente espinas lacerantes. Su corazón debe estar atravesado por dardos que la despedazan. La madre, para ser intachable, debe ser crucificada. Esto no es literatura ni palabras solamente. Es la realidad.

 

César Blanco
Editor y traductor.