Los vínculos entre el cine y la política en México han sido múltiples y variados. Sin embargo, durante el primer siglo de nuestra industria resultó prácticamente imposible hablar críticamente del poder. El siguiente es un repaso por aquellas cintas que, ya sea en clave cómica o bajo el formato de la revisión histórica, dialogaron con la realidad electoral de México.

Ah, pueblo inocente que te dejas engatusar con las promesas de los políticos y cambias tu libertad por un par de pesos y un taco miserable; ni siquiera como el hijo de Noé que recibió un plato de lentejas…
Manuel Medel en Pito Pérez se va de bracero.

 

Material publicitario de Su excelencia (1966)

 

Al calor de las contiendas electorales que saturan los sentidos y los medios de comunicación y tras el muy deslucido primer debate entre los candidatos presidenciales, nos hemos refugiado en la revisión de algunos momentos del cine mexicano que han tenido como tema principal justamente las campañas políticas y la representación del poder en tiempos de elecciones. Muchos han sido los vínculos entre el cine y la política en México. Sin embargo, durante el primer siglo de nuestra industria resultó prácticamente imposible hablar críticamente del poder.

Dos géneros sirvieron de válvula de escape en aquellos años: por un lado, las revisiones históricas (películas sobre la Reforma, de evocación porfirista o el cine de la Revolución),1 en las que algunos cineastas denunciaron los vicios vigentes enfundados en personajes del pasado; por el otro, algunas comedias ligeras lograron burlar la censura ubicando su historia en provincias remotas o inexistentes e incluyendo la consabida advertencia: “Los personajes y hechos de esta película son ficticios y no tienen relación alguna con la vida política del país”.2

Sin duda son estas últimas las que mejor ilustran el modo de pensar y de hacer política en nuestro país y las que evidencian claramente lo poco que han cambiado las prácticas y las propuestas de nuestros políticos. Los personajes que en ellas los representan se mueven siempre en una delgada línea que el historiador de cine Arturo Garmendia identificó como la diferencia entre el personaje cómico y el chistoso. “El primero es quien, aparentando divertir, dice verdades que hieren; el segundo es quien, divirtiendo, hace que se olviden las verdades”,3 pero en ambos casos, las lecturas que se pueden hacer hoy son inquietantes.

 

Carmen Salinas y Alfonso Arau en Calzonzin inspector (Arau, 1973)

 

En 1937 se filmó la primera película de temática electoral, Mi candidato, dirigida por Chano Urueta.4 Ese mismo año se llevaron a cabo elecciones para diputados federales. Silvano Barba, presidente del Partido Nacional Revolucionario (PNR) excluyó a los comunistas de las candidaturas, entre ellos varios miembros de la Confederación de Trabajadores de México (CTM). La película inicia en el interior de la Presidencia Municipal de Texcolapam —con escudo nacional y foto de Miguel Hidalgo de fondo— donde el presidente municipal saliente y otros políticos discuten sobre el inminente triunfo de su candidato, el cacique explotador del pueblo don Valentín Vaca del Corral (Domingo Soler).

Haciendo un guiño al contexto, el síndico del pueblo se inconforma: “todo esto se ha decidido sin consultar la opinión de nosotros, los verdaderos representativos de los intereses del pueblo. Además, usted mismo me hizo creer que podía postularme para esa candidatura y ahora resulta que oficialmente se apoya a don Valentín. ¡Eso no es justo!”

El consejero político Prócoro (Joaquín Pardavé con bigote hitleriano) interviene: “Pero señor síndico, ¿que no comprende usted que don Valentín es el que ha venido poniendo los presidentes municipales de mucho tiempo a esta parte?” Y remataba: “y, sin querer molestarle señor síndico, no hay comparación entre don Valentín y usted, y si no, dígame, ¿qué ha hecho usted de notable por las clases populares? ¿Qué ha hecho usted de notable por la emancipación de la mujer?” A lo que el síndico responde furioso: “Con que ¿qué he hecho yo por la emancipación de la mujer? ¡Nada don Prócoro! ¿Le parece a usted poco?”

Durante el periodo presidencial del general Lázaro Cárdenas, la lucha por el sufragio femenino devino tema central en las demandas de todos los sectores progresistas del país que buscaban poner fin a la marginación política y social de las mujeres. Justamente en 1937 el presidente Cárdenas generó una iniciativa de ley a favor del sufragio femenino, la cual ya se daba como un logro histórico cuando, de último momento, los legisladores le dieron marcha atrás.

De vuelta a la película, los obreros de Texcolapam fundan en secreto el PPP, Partido Político Popular —para los oligarcas del pueblo el Partido Político de los Plebeyos—, eligiendo como candidato al platero Pancho García (Pedro Armendáriz). Las campañas se llevan a cabo en medio de espionaje político, represalias a la prensa opositora y agresiones al candidato no oficial. Y durante el sufragio: intento de robo de urnas, festejos anticipados de ambos bandos y la consumación del fraude. Al final, a nombre del Presidente de la República se invalidan los resultados y se convoca a nuevas elecciones, pero la palabra “FIN” impide conocer el resultado de la segunda elección.

En 1940, año de elecciones presidenciales, Fernando de Fuentes aprovechó la efervescencia del momento para filmar El jefe Máximo, un “satírico asunto de palpitante actualidad” en el que nuevamente la figura del dictador local que busca perpetuarse en el poder es utilizada para denunciar los abusos de la clase política provinciana. “Los Grandes Dictadores de la Historia: Nerón, Atila, Catalina de Rusia, Robespierre, Juan Vicente Gómez, Santa Anna, Machado, Hitler, Stalin, Mussolini… le parecerán unas ‘birrias’ comparados con Máximo Terroba, alcalde de Ponteverde de Abajo”, apuntaba el material publicitario.

Las elecciones de aquel año, en las que se enfrentaron el general Manuel Ávila Camacho y Juan Andreu Almazán, culminaron con una serie de manifestaciones violentas y sospechas de fraude. Durante más de un sexenio el cine mexicano no volvió a abordar el tema electoral, pero para las campañas de 1946, el recién creado Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica (STPC) tuvo una participación muy activa a favor del candidato oficial, el Lic. Miguel Alemán.

Fue hasta 1948 cuando Jesús Martínez Palillo, cómico famoso por sus sátiras política en el teatro de revista, protagonizó ¡Ay, Palillo, no te rajes! (Alfonso Patiño Gómez). En ella interpreta a un mariachi que es contratado durante las elecciones de Tepexpan para acarrear simpatizantes a favor de Andrés Huesca, un sucesor a modo del corrupto presidente municipal don Timoteo, o don Timo. El director ya había denunciado esta práctica en una escena de Pito Pérez se va de bracero (1947) cuando el protagonista (Manuel Medel) es invitado a participar en un mitin en el que pagan dos pesos: “¿Cómo quieren que le haga la buena a un diputado por dos pesos? Si dieran siquiera cinco yo daba mi voto razonado…”

 

Escena de El impostor (Emilio Fernández, 1956)

 

Para 1950 México tiene por fin un gobernante honesto, por lo menos en la ficción cinematográfica. En El señor gobernador (Ernesto Cortázar), sin que se sepa bien cómo, un humilde capataz gana en las urnas. La película inicia con un largo monólogo de este singular personaje interpretado por Luis Aguilar: “¡Ciudadanos! Yo soy Fortunato Pastrana, un hombre como cualquier otro. Como así lo quiso el destino, soy el gobernador de mi estado. […] Por ahí andan diciendo que soy un gobernante arbitrario porque he repartido la riqueza de unos cuantos ricos para aliviar la miseria de muchos pobres […]”.

Es sintomático que este honesto representante del pueblo que se mueve en una carcacha rechazando autos regalados; que clausura casinos, incluyendo el de su compadre que financió la campaña esperando beneficios; y que perdona los impuestos a los más necesitados, proceda con idéntica tiranía: amarra a pleno sol a un viejo hacendado obligándolo a dar agua a los demás campesinos, retiene a la fuerza, en un hotel, a la hija de otro hacendado y le lleva serenata sin importarle los huéspedes que intentan descansar. Un diálogo del encargado del hotel resulta bastante ilustrador: “Mire señorita, como el señor gobernador pues… es el señor gobernador, yo no puedo oponerme a su voluntad”.

Personajes como Fortunato Pastrana comienzan a ser una amenaza para la política nacional. El comunismo es ya el enemigo a vencer y en el cine se estrena la comedia Dicen que soy comunista (1951) dirigida por Alejandro Galindo, director sospechoso de simpatizar con esta doctrina. En la historia, un humilde cajista de imprenta, Benito Reyes (Adalberto Martínez Resortes), recibe el encargo urgente de formar el contenido de un manifiesto del Partido Radical de las Juventudes Revolucionarias de Vanguardia, escrito por el bachiller y poeta Leobardo Tolentino —obvia referencia al dirigente obrero Vicente Lombardo Toledano—.


Adalberto Martínez Resortes en una escena de Dicen que soy comunista (Alejandro Galindo, 1951)

 

Convencido del contenido, se afilia con fervor al partido y es designado a una importante misión, asesinar al gobernador electo que derrotó en las urnas a su candidato Dionisio Robles —en alusión a Dionisio Encinas, Secretario General del Partido Comunista Mexicano—, pero al presentarse en el evento donde debía cumplir su cometido escucha un elocuente discurso que lo hace desistir. Al final, los dirigentes comunistas resultan ser acaparadores al servicio de un gobierno extranjero que busca influir en la política de nuestro país.

Ese mismo año, Mario Moreno Cantinflas protagoniza Si yo fuera diputado (Miguel M. Delgado) donde da vida a un peluquero que en sus ratos libres se improvisa de abogado defensor de los pobres, ganándose la simpatía de la gente del barrio que le pide que sea su candidato en las próximas elecciones: “Bueno señores, ¿pero ustedes me han visto cara de trinquetero o a qué vienen esas indirectas y esas ofensas?” El candidato a vencer es un gánster de nombre Próculo L. de Guevara.

Se organiza un debate que tiene por sede la escuela del barrio (escena visionaria si recordemos que el primer debate presidencial sucedió hasta 1994), en el que Próculo advierte: “al votar por mí, no es precisamente a mi persona a quien eligen, sino a un partido de tradición que por su costumbre de gobernar posee la experiencia de las necesidades del pueblo, sin la cual, iríamos al más pavoroso de los fracasos”. Y Cantinflas replica: “Yo, contrariamente a lo que dijo cierto sujeto que no quiero pronunciar su nombre pero que lo estoy viendo, no represento a ningún partido, y no represento a ningún partido porque, como dice el dicho, ‘más vale solo que mal acompañado’.”

 

Mario Moreno Cantinflas en una escena de Si yo fuera diputado (Miguel M Delgado, 1951)

 

Cantinflas resulta ganador en las elecciones. La escena en que se aparece una filas de votantes exclusivamente del sexo masculino nos puede parecer extraña y arcaica. Las mujeres mexicanas aún no podían votar, ni pudieron hacerlo el siguiente año cuando Adolfo Ruiz Cortines llegó a la presidencia. Fue hasta el 17 de octubre de 1953 cuando apareció en el Diario Oficial de la Federación el decreto que permitió a las mujeres votar y ser votadas para puestos de elección popular. El 3 de julio de 1955 las mujeres votaron por primera vez en nuestro país.

Mientras las mexicanas asistían a su cita con las urnas, en los estudios Churubusco, Gilberto Martínez Solares aludía a este importante momento político con su cinta Club de señoritas, sobre un exitosísimo programa de radio y televisión que empoderaba a su audiencia femenina: “pronto reformaremos las leyes o las haremos de nuevo y en las próximas elecciones tendremos más diputadas, senadoras y posiblemente secretarias de Estado. Y puedo asegurar que muy pronto una de nosotros llegará a la Presidencia de la República”, aseguraba al aire Lucero (Ninón Sevilla), “la defensora de los derechos sagrados de la mujer”.

La novedad del sufragio femenino dio mucho de que hablar y fue tema de otra “película no apta para políticos”: Mi influyente mujer (Rogelio A. González). Lo más interesante en esta malograda comedia es que el papel del corrupto gobernador lo interpretó Rodolfo Landa o Rodolfo Echeverría Álvarez, hermano de un futuro presidente, y él mismo, futuro director del Banco Cinematográfico.

En 1956, sucedió el primer intento por abordar con seriedad el tema electoral. Emilio el Indio Fernández dirigió una controvertida adaptación de El gesticulador, la controvertida pieza de Rodolfo Usigli. El impostor, título que llevó esta fallida adaptación, narra la historia del profesor César Rubio (Pedro Armendáriz) quien regresa a su pueblo tras varios años de ausencia. Ahí, se hace pasar por su primo homónimo, un respetado general revolucionario, y compite en las elecciones por la gubernatura contra del general Juan Navarro, el traidor asesino de su primo.

En un patriótico discurso ante el pueblo que lo aclama, Rubio condena a quienes se sirvieron de la Revolución para saciar su ambición personal. De pronto, un balazo termina con el discurso y la vida del impostor en pleno mitin. La intolerancia gubernamental enmudeció también el discurso de la película que no se estrenó hasta 1960, curiosamente el mismo año en que se filmaría La sombra del caudillo, la “obra maldita” del cine mexicano, la cual también denunciaba la corrupción y las traiciones al interior de los gobiernos derivados de la Revolución.

La obra cumbre de Julio Bracho permaneció enlatada por treinta años. La batalla por su exhibición ayudó a que los márgenes de la censura se desplazaran en las siguientes décadas, pero esa es otra historia. Hasta entonces, fueron las comedias fílmicas las que permitieron a los realizadores hacer algún comentario político de su época, pero lejos de dejarnos un sentimiento de nostalgia, estas imágenes desbordadas de propaganda, de vítores y de discursos retóricos —mezcla de promesas y acusaciones— nos dejan una sensación de déjà vu sexenal en el que se han agotado los chistes.

 


Escena de la película La sombra del caudillo (Julio Bracho, 1960)

 

Héctor Orozco
Curador e investigador de diversos proyectos en torno al arte, la fotografía y el cine. Desde hace una década trabaja en las Colecciones Fotográficas de Fundación Televisa.


1 Sobre el cine de la Revolución ver https://cine.nexos.com.mx/?p=15688#.WuLYMoXFE7B

2 Advertencia aparecida al inicio de la película Mi candidato, 1937.

3 Arturo Garmendia, periódico Esto, 22 de mayo de 1970.

4 Chano Urueta era hijo del célebre tribuno Jesús Urueta, a quien se le conoció como El príncipe de la palabra.

 

 

Un comentario en “Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.
Un vistazo a los tiempos electorales en el cine mexicano (primera parte)

  1. Gran texto, con referencias muy actuales y divertidas (hasta parece que el personaje de Cantinflas era de Nuevo León). Sólo un detalle: la primera vez que las mujeres mexicanas votaron fue en julio de 1954. En enero de ese año fue creado el estado de Baja California, por lo que fue necesario votar para elegir un senador y un diputado que concluyeran el periodo 1952-1955. De hecho, la diputada fue mujer: Autora Jiménez. Saludos.