Este 5 de mayo el mundo celebra el bicentenario Karl Marx, el pensador monumental que cambió la historia para siempre. En busca del lugar donde todo comenzó, ofrecemos a los lectores una breve y curiosa visita a Tréveris, la ciudad donde nació el filósofo y a la que ahora, doscientos años después, vuelve bajo formas inusitadas.

Martes de invierno en Alemania, ocho de la mañana; ¿para qué la vida? Casi sin proponérselo uno mira por la ventana del baño, o la ventana de la cocina, o la ventana del cuarto, y ahí está el mismo tipo de siempre, el vecino altivo que tiene un busto de sí mismo en el jardín de la casa. La mirada felina atraviesa el huertito de fresas, las flores blancas, la enredadera; trata desesperadamente de quebrar el tiempo, de decirnos algo. ¿Se puede vivir junto a la casa donde nació Karl Marx sin sentir un escrutinio tan específico, tan poderoso?

La pregunta es válida porque la casa existe, se mantiene, y este año festeja que hace doscientos nació entre sus paredes el bebé que le da nombre y visitantes. La ciudad se llama Tréveris —Trier en alemán—, y está pegada a la frontera con Luxemburgo, al oeste de Alemania. A orillas del río Mosela, rodeado de colinas convertidas en viñedos prósperos, el valle donde descansa Tréveris fue uno de los primeros asentamientos romanos en la zona, lo cual es suficiente para que algunos entusiastas digan que se trata de la ciudad más vieja de Alemania.

Uno de sus argumentos es inapelable: una construcción de piedra, columnas y arcos que recuerdan al Coliseo, llamada popularmente la Puerta negra. Levantada en el siglo IV a.C., la Porta nigra era una de las cuatro entradas a la ciudad. Hoy es el monumento que separa una calle peatonal de la avenida Theodor Heuss. En cualquier caso, el encanto contemporáneo de la ciudad, del centro histórico, es menos cesáreo y más germánico: el suelo adoquinado, la torre del reloj como un castillo, la fuente al centro, las casas color pastel que en la planta baja son tiendas o restaurantes, las sombrillas que se abren a lo largo del día para inaugurar la estación de las terrazas. Todo es, sí, encantador, o al menos a nosotros, mexicanos curtidos en la tablarroca, así nos lo parece.


Vista frontal de la Porta Nigra. Fotografía: Luis Madrigal

La casa de la familia Marx está también en el centro. La calle tenía otro nombre entonces, pero ahora rinde homenaje al filósofo. La construcción original es de 1727, aunque, a diferencia de la puerta romana, aquí las piedras no son las mismas. La historia de las renovaciones y cambios de propietario de la casa da para una novela convulsa. Baste un resumen: Marx nació ahí el 5 de mayo de 1818, pero no fue sino hasta 1904 que el sitio se reconoció por su interés histórico. El Partido Socialdemócrata alemán, atento al simbolismo, compró la casa en 1928, pero en 1933 el Partido Nacionalsocialista expropió el terreno. De las ventanas de la casa colgaban banderas con la suástica. Los nazis, además, quemaron libros y archivos y convirtieron la casa en una imprenta de propaganda.

Al final de la guerra la casa volvió a manos del Partido Socialdemócrata, que decidió, en 1947, convertirla en un sitio público. Veinte años después la administración pasaría a la fundación Friedrich Ebert —dirigente del partido a principios del siglo XX y primer presidente de la república de Weimar—, que ha aprovechado el bicentenario del doctor Marx para llevar a cabo una renovación más de ese recinto con aura casi sagrada.

Se mantendrá, uno imagina, el jardín trasero de la casa, el parterre modesto desde donde Marx espía a sus vecinos. Se mantendrá también la tienda de regalos en el vestíbulo: discreta, por supuesto, pero de suvenires caros. El resto de los tres pisos, las escaleras, el patio interior, las macetas de claveles rojos; quizá todo cambie a la manera dialéctica. Ha de ser difícil resolver la ecuación, encontrar la síntesis entre dos tensiones: ser al mismo tiempo un sitio turístico casual y punto de peregrinaje para los ortodoxos. Hay algo extraño, pues, en ver la cara de Marx como anuncio destacado en el turibús de Tréveris.


Vista de la casa donde nació Karl Marx, desde el jardín trasero. Fotografía: Luis Madrigal

La casa es bella, llena de luz, con un patio interior y escaleras que uno nunca sabe muy bien a dónde llevan. Es un laberinto agradable, como la exposición que uno encuentra en el sitio: un recorrido biográfico e histórico; un intento de hacer converger esas dos líneas del tiempo.

En esta museografía, se habla poco de los años de Marx en Tréveris, pero se sabe que fueron diecisiete. Se sabe también que aquí, a unas calles de distancia, nació Jenny von Westphalen, la mujer a la que Marx le escribió una serie de sonetos1Mira!, un millar de volúmenes podría llenar/Escribiendo solamente «Jenny» en cada línea), y le prometió algo así como el amor eterno. En Tréveris fue donde se conocieron, donde se comprometieron, donde Marx caminaba con su suegro hablándole de Shakespeare, tratando de convencerlo de que él era el bueno. Tréveris: donde murió Marx padre —un abogado judío convertido al luteranismo para no perder su trabajo—, donde el hijo no volvió para su funeral, donde, de hecho, no volvió nunca. Tréveris: la casa donde nació, que era rentada, y la casa a la que se mudaron después, la casa que compró la familia cuando la cosa iba bien, cuando podían vivir un poco más cerca de la puerta romana. Es difícil pensar que Marx caminaba por ahí, delante de las piedras ennegrecidas, y no sentía el vértigo de la historia, el esplendor y la miseria del tiempo, que convertía una magna construcción en refugio de palomas.

En uno de esos sonetos a Jenny, escritos durante sus años universitarios en Berlín, Marx deja entrever algo parecido a la nostalgia. Lejos de Tréveris, lejos también de su prometida, el filósofo en ciernes acecha entre versos aquella definición que empata a la patria con el cariño. Que los otros, sí, son el infierno, pero a veces, también, nuestra casa:

Cuando regrese de distantes lugares,
lleno de deseo, hacia el amado hogar,
un esposo te estrechará en sus brazos.
Sobre mí descenderá el fuego del relámpago,
de la miseria y del olvido.

El retorno de Marx toma cuerpo precisamente en este bicentenario, encarnado en una estatua de cinco metros y medio que el Partido Comunista chino ha decidido regalar a la ciudad de Tréveris. Este Marx gigante, de bronce y yeso, será colocado en la plaza Simeonstift, a un costado de la Porta nigra y con la mirada puesta en dirección de la casa-museo, donde quizá alguien se atrevió a darle una nalgada a un bebé que nació con demasiado pelo. La estatua se devela justamente hoy, día del aniversario, después de un largo proceso en el que ciertos políticos alemanes se esforzaron por rechazar de la manera más educada el regalo. Al final, el gobierno de la ciudad aprobó el gesto pekinés y la estatua tendrá su espacio.

¿Por qué los chinos? ¿Por qué la reticencia alemana? Si el argumento es el horror del totalitarismo que se escudaba bajo la barba del filósofo, ¿por qué ninguno de los concejales de Tréveris había propuesto entonces demoler la casa o dejarla a merced del abandono? Quizá el busto del jardín molesta menos que una estatua de cinco metros. La monumentalidad implica admiración: uno literalmente tiene que voltear hacia arriba para apreciar una escultura de ese tamaño. Para los alemanes, tan correctos, tan nerviosos todavía por el juicio de la Historia, la estatua los metía en otro más de los predicamentos con los que se topan cada semana: ¿qué hacer con la campana de la iglesia de aquel pueblo que tiene una suástica?; ¿cómo juzgar al viejito de noventa y ocho años que se nos escapó de Núremberg?; ¿debemos rendir homenaje al filósofo favorito de Stalin? Pero que se sepa: aquella avenida en Berlín no ha cambiado de nombre. Aquellos libros del doctor Marx todavía se venden. Aquí en Tréveris el cuaderno de visitas está firmado por chinos, claro, pero también por mexicanos, franceses, españoles, italianos, más alemanes. Marx vivió por estas calles y hay quien lo busca en esta ciudad; la estatua permanecerá, casi como una señal de tránsito para los despistados, pero el propio Marx abogaría por agachar la mirada para, mejor, leer un par de libros.


Busto de Marx en el jardín trasero de la casa. Fotografía: Luis Madrigal

Se dirá, pues, que el rostro de Marx interpela todavía a los habitantes de Tréveris. Que su presencia recorre las plazuelas y el adoquinado de esta ciudad, del valle exuberante. Que su melena rompe la neblina que desciende sobre la carretera serpentina por las noches, pero entonces se dirán mentiras. Se dirá, eso sí, que Marx supo intuir casi de manera esotérica que habría de irse lejos de Tréveris, que sería otro predicador errante, que sobre él habría de descender un relámpago de miseria. Se dirá también, como se dice siempre, como le gusta decir a tantos, todavía, que se equivocó: pero a doscientos años, al poeta no lo ha consumido el fuego del olvido.

 

Luis Madrigal
Periodista. Cursa la maestría en Escritura Creativa en NYU, Estados Unidos.


1 La editorial española El viejo topo publicó en el 2000 una antología de poemas escritos por Marx entre 1836 y 1840. La traducción es de los poetas mexicanos Francisco Jaymes y Marco Fonz. Aquí pueden leerse fragmentos de la obra.

 

 

Un comentario en “Marx regresa a casa

  1. Que gusto me da aunque yo no sea un marxista radical, pero desde estudiante lo llevo en mi corazón, siempre pienso en él, escribo de él, lo interpreto con mucha sencillez y lo doy a conocer de vez en cuando al pueblo pequeño donde vivo. siempre será satisfactorio recordar a este ilustre personaje, que nos dejó un legado que servirá a las futuras generaciones. mi esperanza es que algún día los jóvenes lo lean y lo entiendan para tomen conciencia. me despido diciendo que nunca pude terminar de leer los tres tomos del capital. descansa en paz DOCTOR CARLOS MARX.