Rafael Vargas (comp.)
El tráfago del mundo.
Cartas de Octavio Paz a Jaime García Terrés, 1952-1986

México, FCE, 2017.


Se han cumplido veinte años de la muerte de Octavio Paz y la valoración de su obra prosigue. Entre otras publicaciones, una compilación reciente se dio a la tarea de reunir la invaluable correspondencia entre el Nobel y Jaime García Terrés. Las siguientes líneas vuelven sobre ese diálogo epistolar tan íntimo como creativo, y reivindican sobre todo la figura de Terrés, traductor incansable y uno de nuestros más discretos pero prolíficos y generosos promotores culturales de la segunda mitad del siglo XX.

No hablamos suficiente de Jaime García Terrés: poeta de lo palpitante y lo arcano, cronista impecable, traductor prolífico —o traedor, como lo llamaba José Emilio Pacheco—, filheleno, hombre de instituciones e incansable difusor cultural. Acaso la negligencia se deba a la maldición de que no perteneciera a una “generación” en sentido estricto o, tal vez, a la humildad de aquel gran promotor literario, que siempre hizo más alarde del trabajo ajeno que del propio.

Afortunadamente, en los últimos años, el Fondo de Cultura Económica se ha empeñado en reivindicar la obra de este intelectual mexicano ante las nuevas generaciones: pasando por la edición de sus Obras en tres tomos, la recuperación de sus últimos poemas en Carta viviente, y una iconografía que retrata aquel baile de máscaras que fue su vida (administrador, embajador, viajero, amigo y amante —siempre con la pipa en boca). Crédito a quien lo merece: todas esas publicaciones acusan la presencia de Rafael Vargas tras bastidores, poeta y ensayista que ha colaborado muy de cerca con la viuda del escritor, Celia Chávez, y ahora nos ofrece el fruto de una labor hercúlea al recopilar tres décadas de correspondencia entre Jaime García Terrés y Octavio Paz, quienes se conocieron en París en 1950 y entablaron su intercambio literario dos años después. Tanto la introducción como el sistema de notas, abundantes y minuciosas, guían al lector por la obra de ambos autores, a la vez que esbozan el panorama cultural de una época en la que México tendía lazos por todo el mundo, gracias a la aspiración universal de sus activistas culturales.

Por desgracia, las misivas de García Terrés a Octavio Paz se perdieron en el incendio que en 1996 devoró parte del departamento donde el poeta residía con su segunda esposa, Marie-José, en la colonia Cuauhtémoc. Como resultado, el epistolario tiende al soliloquio y no al diálogo, aunque sigue siendo uno fascinante. Es la voz de Paz la que escuchamos a lo largo del texto y —como a menudo ocurría en su poesía— ésta se aboca a la polifonía: habla de Pound o Durrell, Pessoa o Cernuda, Matsuo Basho o Jagdish Swaminathan; oscila entre la mudanza y el asentamiento, brisa itinerante que atraviesa fronteras desde París, Delhi, Nueva York y Cambridge, donde se desempeñó como embajador, curador, jurado de certámenes internacionales (con buenos chismes sobre Borges y Rulfo) y, ante todo, escritor. Sus cartas disuelven puntos cardinales —hablan de un México que Paz lleva por dentro, pero observa a la distancia, desde el tráfago del mundo.

Aunque siempre reina la cordialidad y la confianza, el tono de la correspondencia presenta a dos cómplices de letras con muy buena química más que a dos amigos cercanos poniéndose al corriente. Cierto, hay un par de confesiones inesperadas y pláticas amenas (por ejemplo, la intriga de Paz ante las experiencias de García Terrés con los hongos alucinógenos), pero no es inusual que el premio Nobel inicie preguntando por la demora de sus textos, para después felicitar a García Terrés por su matrimonio, el nacimiento de alguno de sus hijos o la publicación de un poemario. Bien dice Rafael Vargas que la relación entre los dos intelectuales “puede leerse como una historia de colaboración continua”, misma que sería igualmente benéfica para ambas partes. En sus conversaciones se percibe la vocación cultivadora que los hermanaba, traducida en la creación y el impulso de la cultura en un periodo clave de nuestra historia. Se habla —ante todo— de proyectos compartidos, como la puesta en escena de Poesía en Voz Alta, facilidades para la estadía de intelectuales cosmopolitas en México o publicaciones en la colección Poemas y Ensayos de la unam, así como en la Revista de la Universidad, que García Terrés dirigió y Paz nutrió con sus colaboraciones y recomendaciones.

El título del epistolario es acertado por su lirismo y significado —a menudo el lector se encuentra preguntándose cómo es posible que un solo hombre pueda viajar tanto, escribir tanto, conocer tanto. Sin embargo, también la vida y obra de García Terrés salen a relucir entre líneas; su voz inasible resuena al llenar los espacios entre cartas en busca de su interlocutor. La primera carta del epistolario es en realidad la segunda, pues muestra a Paz entusiasmado de enviarle a García Terrés un poema que éste le había solicitado para la revista México en el arte, que coordinó de 1948 a 1952, primero como subdirector del Instituto Nacional de Bellas Artes y al final siendo jefe de su Departamento Editorial. Es éste el valor oculto de la correspondencia inédita: por instinto apreciamos las primeras vislumbres pacianas de la India, las reflexiones sobre la burocracia mexicana que se transformarían en El ogro filantrópico o detalles sobre su pleito con Daniel Cosío Villegas.

No obstante, en cada respuesta fantasmagórica, cada hueco del rompecabezas, también encontramos a García Terrés, uno de los promotores culturales más importantes de la segunda mitad del siglo XX en nuestro país. Nunca está de más recordar su protagonismo al frente de instituciones vitales, como el inba, el departamento de Difusión Cultural de la UNAM (donde puso en marcha la Casa del Lago), la dirección del FCE (junto con su Gaceta), la Biblioteca de México y —por supuesto— la Revista de la Universidad, que ganó bajo su batuta un prestigio inmenso como estandarte de apertura y conciliación en la literatura hispanoamericana: en ella se reunieron los más grandes ensayistas y poetas de diferentes generaciones, desde Alfonso Reyes hasta Carlos Fuentes, y en sus páginas también se publicó, por ejemplo, el primer cuento de García Márquez en México. Fue tal la proeza de García Terrés al revitalizar esta revista durante su llamada “época dorada” (de 1953 a 1965) que Paz expresa genuina preocupación cuando el primero renuncia a su dirección para desempeñarse como embajador de México en Grecia, experiencia que sería igualmente enriquecedora, ya que tendió un puente entre ambos países, al legarnos sus brillantes memorias diplomáticas, Reloj en Atenas, y sus traducciones de poetas griegos modernos, como Giórgos Seféris, Odisséas Elytis y Ángelos Sikeilanós.

Y es que la poesía es la musa omnipresente detrás de este epistolario. Su tono se vuelve bastante más íntimo al hablar de ella. Basta recordar: así como Jaime García Terrés predijo en su reseña de Libertad bajo palabra que México y el mundo estaban destinados a escuchar más sobre aquel coleccionista de horizontes, disciplinado y audaz, fue también Octavio Paz quien —tras leer Los reinos combatientes— auguró que García Terrés tendría pocos seguidores en México, pues su poesía era difícil, concentrada, erudita. Seguimos atestiguando la certeza de tales predicciones, la sinceridad y sensibilidad crítica de dos poetas que siempre se reencontraron a la intimidad de la distancia.

En sus memorias diplomáticas, García Terrés recuerda un día cualquiera de 1966, cuando llega a Atenas una carta de su amigo, desde una lejanía que pareciera tan aledaña, tan inmediata: “Octavio Paz me escribe desde Ithaca. (Por un momento pensé en la isla de Odiseo. No: es la Ithaca neoyorkina)”. Líneas paralelas que se cruzan en el infinito, ambos andan por las fronteras del mundo y la palabra. Los distancia su opinión respecto a Gilberto Owen, los reconcilia su amor por Ezra Pound, los hermana su visión sobre la vocación del traductor. Para ambos, cada traducción de un autor ajeno era una reapropiación íntima —aquel Baile de máscaras que reconcilia Versiones y diversiones, simpatías y diferencias, otredad e identidad, lo mexicano y lo universal. A lo largo de su vida y obra, ambos hicieron precisamente eso: traducir. Abrirse al mundo, amarlo, apropiarse de él, habitarlo en carne y letra.

 

Carlos Eduardo López Cafaggi
Internacionalista, egresado del Colegio de México.

 

 

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