Para conmemorar el Día Internacional del Libro, nexos decidió convocar a los integrantes de una tribu que suelen ser los guardianes más celosos —incluso por encima de los coleccionistas y de los propios autores— de este objeto: los editores. Es gracias a su labor, muchas veces silenciosa, casi anónima, que el escritor encuentra un puente con su público, por no mencionar la deuda que supone tener a alguien cuya mirada ayude a ordenar y darle sentido final a una novela, un libro de ensayos, una colección de poesía. No sin sus tropiezos, estos seres apasionados y obsesivos son el eslabón clave en la infinita cadena de la lectura. En las siguientes líneas, algunos de los editores más destacados de nuestro país nos cuentan, a manera de celebración, su historia con los libros.

• ¿Cómo surge tu amor por los libros?

Mi devoción por los libros y la palabra escrita empieza viendo la biblioteca de mi papá. De niño husmeo en ella, es en la pared principal de la sala de la casa, a lado están sus álbumes, igualmente importantes y significativos. Música y letras impresas me seducen por las imágenes y los olores: portadas, colecciones, formatos, tipografías. A un costado de estos libros hay varias imágenes en la pared, son los vestigios de cuando su estudio convivió con la estancia familiar ¿1976? La imagen de un viejito de pipa con cara pícara me llama: Joaquín Diez-Canedo, el nombre lo aprendo desde muy temprano. Múltiples historias alimentan el aura de este personaje heroico de la familia. Ese triángulo —libros, álbumes y Joaquín Diez-Canedo— hacen la magia de la imaginación e invento mil historias con un punto de partida exacto: la palabra escrita como testimonio y propuesta de nuestra civilización.

Andrés Ramírez

• ¿Cómo y por qué decidiste convertirte en editor?

Fue un poco azaroso: en 2007 tomé un curso de encuadernación con la idea de aprender a hacer libretas para mi propia escritura. Sin embargo, el proyecto final de ese curso era hacer una microedición de libro de artista. Cuando terminé de hacer ese que fue mi primer libro, me di cuenta de que había adquirido un poder: el poder de crear libros yo misma. Eso me llevó, con el tiempo, a plantearme la edición, de forma artesanal, como un proyecto de vida.

Anaïs Abreu D’Argence

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Empecé mi ejercicio como editor, hace ya algunos años, impulsado por una premisa muy sencilla: el gusto por las historias bien contadas y un genuino ánimo por darlas a conocer. Hablo aquí del mismo sentimiento que nos hace insistirles a nuestros amigos cercanos que vean tal o cual película, que por favor lean tal o cual novela. Así fue como inicié mi labor editorial; así me sentí frente al primer libro que edité y, alegremente, así me sigo sintiendo frente a los manuscritos que elijo editar. Al mismo tiempo, con la experiencia he podido entender que dicho ímpetu fue apenas el asomo de un proceso más complejo.

Alejandro del Castillo

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Varios hechos fortuitos e inesperados cambiaron el curso de mi vida en 1993. Estudiaba en la Escuela Nacional de Antropología, aunque es mejor decir que me la pasaba muy bien con amigos y amigas. Una fiesta perpetua… La necesidad de trabajar se hace imperativa, la ola me revuelca y acabo varios metros adelante de donde jugaba con mis amigos: en nueve meses nacería mi hija Andrea; yo tengo 21 años. Una llamada abre las puertas de la oficina de Jaime Aljure Bastos, en ese momento director editorial de Planeta, y empiezo a hacer informes editoriales de libros regularmente malos. Poco después entro a trabajar medio turno en las oficinas que dan al Parque Hundido. De mañana iba a la ENAH y en la tarde al cuarto piso del Grupo Planeta. Personas muy mayores me rodean, yo no tengo empacho en llevar mis camisetas negras con rocanroleros en el frente. Soy un alien deprimido en ese lugar un tanto silencioso. Y empiezo a sentir que cumplo un sueño que vivía en mi inconsciente, en lo oscuro de mi ser: acercarme a la palabra impresa, imaginarme libros publicados con mis sentidos. ¿Cuál puede ser un libro que modifique el curso de la literatura mexicana? ¿Cual puede ser un libro que venda muchos, muchos ejemplares? Ambas pregunta se trenzan cada mañana en mi cabeza. Desde entonces conviven con lo más elemental de mi cotidianidad.

Andrés Ramírez

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Yo tenía poco más de veinte años, y recientemente había terminado la carrera de Ciencias Políticas. Nos habíamos reunido en un bar de la colonia Roma a celebrar el cumpleaños de un amigo —a la postre editor también—. Frente a la barra, dos temas estimulaban nuestra conversación: 1) lo difícil que era publicar nuestros textos, por lo menos en los medios donde queríamos hacerlo, y 2) dado que estábamos embelesados con Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, lo mucho que nos gustaría producir un mezcal que se llamara Los Suicidas, como el que beben los personajes de aquella novela. Entre mezcales, desde luego, los temas se entrecruzaron, y decidimos —por qué no— fundar una revista que se llamara Los Suicidas, en donde publicaríamos nuestros propios textos. De alguna manera, conseguimos llevar el proyecto a regular puerto. Y aunque ahora aquel proyecto es historia, la profesión que le debemos se mantiene, a veces como una maldición, otras como un afortunado destino.

César Tejeda

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La verdad no decidí convertirme en editora, fueron las circunstancias las que me llevaron a este oficio. Había hecho un doctorado en Historia y creí que por ahí seguiría mi vida profesional. En los años setentas yo pertenecía a un grupo de latinoamericanas feministas en París. Queríamos tener una voz en aquel ámbito y decidimos hacer una revista que llamamos Herejías.  Ese deseo nos llevó a lanzarnos a un pequeño abismo. No teníamos idea de lo que eran las cajas, la tipografía, el diseño gráfico, etc. Todo lo aprendimos. La hacíamos en un viejo mimeógrafo que nos habían prestado. Todo era un poco atrabancado. Salimos a venderla a nuestras facultades y nos sorprendieron las universitarias francesas que se animaron a comprarla a pesar de que estaba escrita en español. Lo consideramos un verdadero acto de solidaridad. Fue divertido. Al observar las librerías y la cantidad de libros que se hacían en el mundo estaba segura de que ésa sería la primera y última vez que haría algo relacionado con la edición. Y como era de esperarse el destino me jugó chueco.

Ya de regreso en México, la oportunidad de continuar el proyecto editorial de una revista, que de adolescente me había impactado, fue demasiado tentadora. Recuerdo que, esperando el castigo del director de mi escuela por haber organizado una pequeña huelga en el camión de transporte, tomé de la mesita de su oficina, mientras esperaba, unas revistas que se llamaban Artes de México. El regaño afortunadamente se hacía esperar, así que tuve tiempo de hojear algunas páginas con detenimiento. Mi escuela era americana por lo que me llamó la atención todo lo que encontré sobre arte y cultura de México. Fue un gran descubrimiento leer sobre tantas cosas que ignoraba. Como los mexicanos éramos con frecuencia discriminados, esta publicación me producía un gustoso sentimiento de orgullo nacionalista. Por un segundo pensé que sería una buena idea, cuando fuera adulta, trabajar en una publicación así o hacer algo parecido. Casi 20 años después, un gran amigo nuestro llamó por teléfono para invitarnos a revivir Artes de México, que había muerto diez años antes. Ese viejo deseo de pronto apareció como una realidad inesperada. Mi esposo y yo aceptamos de inmediato el trabajo sin que yo imaginara lo que implicaría emprender una tarea de esta magnitud, sobre todo por lo difícil y absorbente. Hoy lo veo como si de repente nos hubiéramos echado juntos de clavado a una alberca y nos encontráramos del otro lado de la misma, en 2018, cumpliendo 30 años de editar libros. Y aquí ando todo el día pensando en la próxima edición que haremos en Artes de México y cómo financiarla.

Margarita de Orellana

 

¿Cuál es el libro más importante que has editado?

El proceso de edición conlleva uno de los ejercicios más completos de lectura de un texto. Editar es leer con desmedida profundidad, yendo hasta lo que no está escrito mas valdría estarlo, o bien, suprimiendo palabras con el fin de volverlas audibles. Sin embargo, como en toda relación surgida del acto de lectura, hay veces que el lector no está preparado para completar el texto, o viceversa. El resultado de la interacción es una conversación infructuosa, con momentos de ambigüedad y desentendimiento. Lo mismo ocurre con el trabajo de edición. Para comprender y mejorar un texto, el editor debe poseer la preparación y la experiencia necesarias. Reflexionando retrospectivamente sobre mi propia trayectoria, me doy cuenta que he sido afortunado: los textos que he editado han llegado a mí en el momento propicio, cuando he estado listo para contribuir –aunque fuese poco– a extraer una mejor versión de sí mismos. Aún más, han sido muchos los libros de los cuales mi profesión se ha nutrido, mismos que han recibido por mi parte más admiración que instrucción; por ello, además de afortunado, me siento agradecido. Esta es la razón por la que me es imposible señalar un solo libro –de todos aquellos que me han construido– como el más importante. Todos ellos han sido los más importantes.

Alejandro del Castillo

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Nunca he pensado en que uno es más importante que otro o más significativo. Cuando editamos un libro, éste se convierte en el más importante. Si no fuera así, no lo editaríamos.

Nos lleva mucho tiempo pensar en cada uno de los pasos para lograr que una publicación sea agradable a la vista, al olfato, al tacto, y al cerebro. Por impulso, de inmediato busco todo lo que hay sobre el tema para ir más allá. Así voy descubriendo o buscando los posibles colaboradores. Con el tema entre manos, con el equipo de producción nos lanzamos a una especie de safari.  Salimos algunas veces a incursionar en los lugares de los que nos ocuparemos, hablamos con los que consideramos más conocedores de los distintos temas. Eso nos da un índice muy variado que se va transformando a medida que vamos avanzando. Cada vez es una aventura donde recorremos un camino que parece muy transitado y de repente nos sorprenden hechos que jamás imaginamos. A cada persona de la producción la experiencia las impacta de distintas maneras. Por ejemplo, cuando realizamos el número sobre la lucha libre las diseñadoras y redactoras se involucraron con el fenómeno a tal grado, que en varias funciones fotografiando directamente, se arriesgaron a que les cayera encima algún luchador. Asistir a las luchas en diversas arenas fue casi una investigación antropológica complementada por los textos de quienes conocen a fondo el tema y nos daban pistas para entender sus particularidades. Y así esta publicación por meses se convierte en la más importante. No siempre sucede así porque algunos colaboradores, sobre todo los antropólogos, nos narran no solo sus descubrimientos y observaciones, sino que ellos se involucran de forma más personal con su tema y nos lo hacen más vivo. Sin embargo, nos metemos en tantos rincones tan diversos que la colaboración con biólogos, arqueólogos, historiadores, arquitectos, poetas, todos apasionados y obsesivos autores, nos lleva más allá de lo que aparece en las páginas. Así cada libro se convierte en el más importante hasta que llega el siguiente. Son muchos años de historias detrás de la edición imposibles de contar. Se necesitaría editar otros libros para contar lo que está detrás de cada uno. Pero puedo concluir que el libro más importante que he editado es el conjunto de nuestro catálogo, la colección de Artes de México que es como un gran libro: el libro del México profundo y la aventura de amarlo, conocerlo y compartirlo con enorme placer con los demás.

Margarita de Orellana

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Sergio Pitol ya había publicado la mayor parte de su obra casi al terminar el siglo XX. En 2000 —en una conversación personal—, empezamos a hablar de los cuentos universales que más le habían asombrado e influenciado en su literatura. Arrobado, escuchaba sus razones estéticas y por qué algunos de esos cuentos él mismo los había traducido al español. Le dije: “¿por qué no publicar una selección de tu gusto por esos autores?”. Pensé que era lo único que podría conseguir en un escritor ya consagrado por las tres novelas bajo el nombre de “Tríptico de carnaval” (El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal), o sus proezas ensayísticas que son crónica, memoria y relato: El arte de la fuga, El mago de Viena y  El viaje. Nos despedimos. A los tres días me llamó y me dijo que estaba haciendo la selección, y un prólogo. Así nació Los cuentos de una vida. Antología del cuento universal. Duramos más de un año en terminarlo por los permisos a quienes poseían los derechos de autor de esos cuentos. En 2002 el libro ya estaba en librerías, bajo el sello de Debate. Gógol, Chéjov, Maupassant, Carver, Kafka, entre muchos otros. Rulfo, Arreola y Reyes, los únicos mexicanos seleccionados por Pitol, aparte de Monterroso, guatemalteco, casi nacional. Un libro que me honra como editor porque inmediatamente se convirtió en material de talleres literarios y las bibliotecas escolares lo surtieron en todo el país. Sergio Pitol no es un éxito comercial bajo ningún aspecto. Pero es el ejemplo perfecto de lo que una editorial que presuma de “seria” debe tener en su catálogo. Esa es una de las razones de mi orgullo por ser el editor de este libro tan especial.

Braulio Peralta

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Arbitraria. Muestrario de poesía y ensayo, sin duda. Fue el primer libro de Ediciones Antílope y, cuando lo planeamos, algunas de las personas involucradas apenas comenzábamos a conocernos. El libro había sido concebido, en parte, como una respuesta a la antología México 20. No una respuesta a la selección de los autores, sino una respuesta a la elección del único género literario expresado, es decir la narrativa. La parte, digamos, política del libro, quedó de lado mientras descubríamos que, al integrar una antología, quedaban manifiestas nuestras afinidades, discrepancias, virtudes y defectos. Nuestra capacidad de trabajar en equipo, en suma. Finalmente, más que una declaración de principios, la antología resultó una expresión de nuestra arbitraria y personal manera de trabajar en equipo. Ese libro me dio una casa, y eso es mucho más de lo que puede pedírsele a un libro.

César Tejeda

 

• ¿Cuál es el libro favorito de tu biblioteca?

Una edición de La Divina Comedia impresa en una sola hoja por G. Cossovel, en Gorizia, territorio del Imperio Austrohúngaro, en 1883. Mide 70 centímetros de alto por 49 de ancho. El texto se divide en tres bloques de 23 columnas, cada columna mide 12 milímetros de ancho. Aun con el auxilio de una lupa, es arduo distinguir las palabras: sin embargo, un detenido escrutinio con aumento apropiado comprueba que el poema está reproducido en su totalidad. Cossovel era un impresor. Su hijo había muerto al hundirse el techo de la casa, mientras jugaba en la azotea. El trauma le produjo un daño cerebral, el nervio óptico sufrió una dilatación irreversible que le permitía enfocar objetos minúsculos sin el auxilio de ningún dispositivo. Decidió aprovechar la anomalía para su oficio. Copió a mano, en un pergamino, los 14,233 endecasílabos de Dante, los adornó con un friso e imprimió la hoja en 1883. Supongo que utilizó un procedimiento fotomecánico, la heliografía, para copiar el pergamino en un cliché. En 1888 volvió a imprimirlo, con pequeñas variantes.

De vez en cuando, alguna librería anticuaria anuncia un ejemplar de 1888. Una editorial publicó un facsímil. La edición que poseo es la de 1883, de la cual son muy escasos los rastros bibliográficos. Ignoro cuál fue el tiraje.

Llegó a mis manos por azar. Mis padres, apasionados de antigüedades, vieron esa extraña hoja en un mercado de pulgas. Al enterarse de que era la Comedia la compraron. El vendedor no sabía lo que estaba dejando. Fue el regalo para mis 40.

Por el puro morbo de pillarme desprevenido, o por ocio, agarro una lupa y me dispongo a leer, tratando de ubicarme. La caligrafía es fragmentaria, laboriosa. Con todo, sigue el hilo de las letras, palabra tras palabra. Me cuesta entender, reconstruir el verso. E imagino a Cossovel… absorto en el signo de su plumilla microscópica que le abre camino al más allá. El verbo con mayor frecuencia en la Comedia es ver y el sustantivo es ojo. Ahí se afirma el pulso que ligó el dolor con el oficio y con el libro que deslumbra.

Marco Perilli

• ¿Cuál es el libro más hermoso que hayas visto?

He visto muchos libros hermosos en mi vida, y me siento incapaz de elegir uno solo. Por ello, voy a dejar tres que ahora, en este momento, recuerdo con una emoción especial: Sir Gawain and the Green Knight, alucinante edición tipográfica del poema inglés, hecha por el Taller Martín Pescador y con grabados de Artemio Rodríguez; Axolotl, de Patricia Lagarde, bellísimo libro de fotografía y texto, donde la artista sigue los pasos de Julio Cortázar en el Jardin des Plants parisino; y Waterlife, de Tara Books, la editorial de libros infantiles más hermosa del mundo.

Anaïs Abreu D’Argence

• ¿Cuál es el mayor reto de un editor?

Si la obra de un editor es su catálogo, creo que el mayor reto es ser consistente en la construcción de esa obra; consistente en conservar muy claros los estándares de calidad del texto y de la obra conjunta que es el libro mismo, y en ser siempre propositivo y arriesgado. Eso en todo el mundo. En este país, creo que el principal reto de un editor es sobrevivir.

Anaïs Abreu D’Argence

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La publicación de un libro no es cosa simple y sus efectos no lo son menos. Editar un libro significa solidificar un valor intelectual; publicarlo es protegerlo y transmitirlo. En este sentido, el ejercicio editorial repercute tanto en el consumo —cualitativo y cuantitativo— de textos literarios como en la formación de lectores. En mayor o menor medida, esta relación se refleja en otros ámbitos de la sociedad vinculados a la literatura —otorgando o restando peso a tendencias ideológicas o culturales, marcando pautas creativas para otras expresiones artísticas, e incluso alentando o disminuyendo inclinaciones políticas. Por consiguiente, los libros son vínculos efectivos e influyentes de resguardo y compartición del pensamiento humano. La publicación de un libro garantiza en gran medida la preservación de la producción intelectual de nuestro tiempo y posibilita su alcance, permanencia y repercusión en el tiempo futuro. La figura del editor, por lo tanto, contribuye al desarrollo de significativos canales de información que amplían el conocimiento y estimulan la conformación de criterios más claros y complejos por parte de la comunidad lectora —presente y futura. Desde esta perspectiva, más allá de cualquier tendencia por la que atraviese el ejercicio editorial, el reto crucial del editor es procurar estos enlaces (trascendentes) de forma honesta: respondiendo a objetivos humanos más que monetarios, literarios más que comerciales, comunitarios más que particulares, imparciales más que convenientes. Es entonces cuando el oficio de hacer libros adquiere su loable sentido.

Soy editor porque me gustan las historias bien contadas. Y contribuir a que una de ellas logre su mejor versión para después transformarse en el libro adecuado, y repercutir de alguna forma útil en el mayor número posible de lectores es, sencillamente, gratificante.

Alejandro del Castillo

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Sin ideas, no existe editor. Sin proyecto, no existe editor. Sin intuición, no existe editor. Sin lecturas, no existe editor. Pero un libro también son números, y hay que saberlo. El éxito o el fracaso de un libro lo aprendes yendo a las bodegas. La soberbia es el peor enemigo de un editor. O estar sentado en la oficina, con el teléfono al lado, esperando manuscritos (la peor versión de un editor, ese que se conforma con los autores que acumuló en su burocracia). No confundir corrector con editor. Hay buenos correctores pero pésimos editores (son legión). El editor es un ave rara, casi el fracaso de un escritor. Si actúa con amor, la relación será tersa con su autor. Pero si el orgullo lo inunda, nada bueno saldrá de esa relación.

No es fácil ser editor en un medio donde hoy todo es mercadotecnia. La prudencia tiene que ser un aliado del editor, o mejor retirarse. El éxito de un editor es un castigo, porque los dueños de las editoriales le exigen más ventas. Un círculo vicioso que afortunadamente ya dejé en paz. Hoy importa vender, no editar libros. Importa la moda, el famoso por mediático, no la obra, no el prestigio. Tiempos difíciles en el mundo del libro. Y el editor, condenado a trabajar en circunstancias adversas. La era de Gutenberg terminó hace mucho tiempo. El oficio de la persistencia hace que el mundo de los editores aún exista. De todas formas, con editor o sin él, los autores verdaderos que tengan algo nuevo que decir, seguirán en el camino del libro. El editor, frente al agente literario —ese que todo lo vende—, pasó a un segundo plano. Adiós a los editores…

Braulio Peralta

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Hace unos días conversaba con un amigo editor, que me dijo que, cada vez con mayor frecuencia, los libros que resultan exitosos son aquellos escritos por autores que —debido a diferentes circunstancias— saben cómo promocionar su obra. En un mercado particularmente difícil como el editorial, eso podría tener un impacto, digamos, nocivo, en el que nuestra literatura termine por depender de grandes publirrelacionistas —admitiendo que algunos de ellos resultan también escritores fenomenales—. Si esta lógica imperara, ¿qué pasaría con los autores que cumplen con el estereotipo de timidez y carecen de habilidades sociales?

Aquella plática me llevó a una conclusión, que ahora considero como mi mayor reto. El trabajo de un editor —creo— no debe terminar en la producción editorial, ni siquiera en la afortunada distribución de los libros. Es importante acompañar a los libros en una búsqueda que puede resultar sinuosa, es decir la búsqueda de sus lectores. Asumir, en el peor de los casos, que la suerte de un libro es también la de su editor. Algo que puede olvidársenos, si vivimos pendientes de los próximos títulos.

César Tejeda

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El mayor reto de un editor es elegir qué quiere. Hay dos familias de editores: los que operan en un círculo industrial y los que trazan una línea cultural. Unir las dos figuras es una paradoja insidiosa que pocos han logrado resolver. Son los visionarios del talento. Yo me atengo a mi familia, por razones de empatía y discreción.

Editar significa abrirse a un diálogo íntimo con el texto y darle la forma que tendrá. Normalmente, a la persona que profesa este trabajo se le llama autor. Pero, no siempre el autor es el juez apropiado de la materia literaria que forjó. La epopeya homérica cruzó los siglos impregnándose del polvo de las épocas —los filósofos le atribuyen el apodo de gusto— hasta llegar a la escuela alejandrina que fijó la inflexión y la estructura que conocemos: esa sustancia, viva, perceptiva, había quedado vacante. La tierra baldía compuesta por Eliot y el poema editado por Pound son obras distintas. El oficio arraiga en esta lucha. Es el primer paso, temerario, y es un riesgo imprescindible: el editor es el cómplice del texto literario que madurando perdió la confianza en su propio autor… Proust fue un severo árbitro de su escritura: las variantes, los esbozos, lo que extirpó y los injertos, dan voz a una Recherche paralela, al versátil palimpsesto que nos revela la edición de La Pléiade. Sin embargo, de haber tenido Proust a un editor, Bergotte no hubiera aparecido en la novela, como si nada, después de morir.

El trabajo de lectura es un implícito ejercicio de composición: Ya lo dijiste. Esto va en el párrafo siguiente. Es la tercera vez que aflora esta palabra en ocho líneas. Esta nota sobra. Estás citando de la edición en inglés, que es la que leíste, pero el original está en francés. ¿No te molesta esta cacofonía?

El editor que acata ciegamente la firma del autor, por respeto y protocolo, es un enemigo desleal. Porque un texto tiene que pasar por la inspección y el tamiz del tiempo. Cuando imaginas un libro, cuando forcejas con la forma, o cuando eliges un papel o diseñas la portada, piensa que estás entregando una obra a la memoria de tus nietos. De otra manera, es vanidad, prurito, deporte. La literatura —editar es hacer literatura— es un concurso de paciencia y omnívora atención. 

Por lo que me concierne, ensayo esta labor como vivificante sucursal de la escritura, su corolario innato. Y la escritura, si compartes con otro autor la solución del resultado, no solo es discurso de palabras, sino que puede sugerir un alfabeto alternativo, una nueva lengua que urde la trama de un encuentro. Los libros que edité de Alberto Blanco, Carlos Reygadas o Vicente Rojo, abrazan precisas disciplinas, con su idioma y su formato, pero cuentan una sola historia en la inquieta travesía de la escritura: el reto seguirá siendo el mismo.

Marco Perilli

 

Anaïs Abreu D’Argence
Es poeta y directora fundadora de La Dïéresis (editorial artesanal) desde 2007.

Alejandro del Castillo
Director de Revarena ediciones.

Margarita de Orellana
Historiadora. Es directora de la revista y casa editorial Artes de México desde 1988.

Braulio Peralta
Escritor. Fue director editorial de Plaza y Janés y Random House Mondadori, y editor en Planeta (1998-2014).

Marco Perilli
Escritor y director de la editorial AnDante.

Andrés Ramírez
Director Literario en Penguin Random House.

César Tejeda
Novelista. Es editor fundador de Antílope.