El 17 de abril de 1902 nacía en la Ciudad de México Jaime Torres Bodet, quien se convertiría no solo en uno de los más destacados miembros de los Contemporáneos (ese grupo que transformaría para siempre la literatura mexicana) sino también en un funcionario público ejemplar. El siguiente ensayo repasa los últimos días del autor de Margarita de niebla a partir del recuento de sus memorias, obra fundamental dentro de su quehacer literario.


Los últimos días del servidor

El 2 de diciembre de 1964, Jaime Torres Bodet entregó la Secretaría de Educación Pública a Agustín Yáñez. Con ese acto, ponía fin a una carrera de más de cuarenta años en el servicio público, en donde ocupó, entre otros puestos, el de jefe del departamento de bibliotecas, consejero de legación, secretario de Relaciones Exteriores y dos veces secretario de Educación Pública, sin olvidar un periodo como director general de la unesco.

Al evocar sus últimos días como servidor, narra un viaje en auto que hizo junto a Adolfo López Mateos, en el que el presidente le parece triste, “por primera y única vez”, de abandonar su cargo. López Mateos mira hacia la calle melancólicamente, y con una sonrisa falsa dice que en adelante podrá dedicarse a pasear por Chapultepec y hablar de literatura. No sabemos, en cambio, qué contesta Torres Bodet, ni si su sonrisa es igualmente falsa, ni si ha sentido alguna especie de tristeza durante su último año al frente de la SEP, desconocimiento que ha sido una constante a lo largo de sus memorias.

Sabemos, en cambio, que el 2 de diciembre de 1964, unas horas antes de entregar la Secretaría, Jaime Torres Bodet recibió la visita de Alfonso Caso, quien le preguntó a qué iba a dedicarse en adelante. “Le dije que intentaría encontrar de nuevo a un compañero de juventud con quien hacía ya mucho tiempo no había podido estar por completo a solas”.1 Con aquellas enigmáticas palabras, el autor de El corazón delirante se refería a sí mismo, pero en retrospectiva.

Sombra y serenidad

Jaime Torres Bodet decidió que el epílogo de su vida fuera recordarla. Había publicado un libro autobiográfico, Tiempo de arena, en 1953, en donde había referido pasajes de su infancia y juventud, hasta sus primeros años en el servicio exterior. Once años más tarde, decidió que, una vez alejado de la administración pública, se retiraría en su casa ubicada en Lomas de Virreyes para narrar el resto de su vida práctica.

Salvo para referirse a su madre, a quien amaba devotamente, Torres Bodet se enfrentaría a unas memorias desapasionadas. Acaso su admiración por Goethe —quien aseguraba que los hombres se conocían por sus acciones y no por sus meditaciones— fuera la culpable de que el poeta hubiera renunciado a los ensueños, para entregarse a una casi burocrática observación del pasado, aunque escrita espléndidamente.

Entre viajes a Europa en compañía de su esposa, un diagnóstico de cáncer en el colón, intervenciones, recuperaciones, algún hueso quebrado, la medalla Belisario Domínguez y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el área de Literatura, Torres Bodet se entregó, a lo largo de ocho años, a una observación metódica del pasado, a vivir su propia vida por segunda vez, a refugiarse de la irritación que le provocaba la salud y la alegría de los demás, como aseguró en una carta enviada a un buen amigo.

Cumplió, diligentemente, con su trabajo. Años contra el tiempo, La victoria sin alas, El desierto internacional y La tierra prometida, es decir, los tomos dos, tres, cuatro y cinco de las memorias, que comprenden de 1943, cuando fuera llamado por Ávila Camacho para encabezar la SEP, hasta diciembre de 1964, cuando debió renunciar al mismo puesto de manera definitiva luego de la toma de protesta de Díaz Ordaz, fueron publicados, anualmente, entre 1969 y 1972.

Fernando Zertuche Muñoz asegura, sobre aquellos años de escritura ritual: “Su existencia es una obra de relojería: sus hábitos, los acontecimientos previstos, el cotidiano empeño de los dictados y correcciones de textos, y el disfrute de viajes, están fijados con horarios precisos.”.2 Todos los domingos, Torres Bodet exponía los avances de sus memorias a Arturo Arnáiz y Freig, Raoul Fournier, Marte R. Gómez y Rafael Solana, amigos quienes debían criticarlo y aconsejarlo.

Ante ellos recuerda, con modestia atemperada, que, en esos años de labor, digamos, infatigable, había llegado a conocer reyes en el trono —como la Reina Guillermina de Holanda, la Reina Isabel II y el rey Faruk—; reyes en la cuerda floja —como Alfonso XIII—, y reyes en el exilio —como el rey Carol—. Que había hablado francamente con estadistas como el mariscal Tito, Harry S. Truman y Charles de Gaulle. Que había trabajado durante once administraciones presidenciales distintas. Que había iniciado su carrera literaria bajo el influjo de escritores como José Vasconcelos, Antonio Caso, Ermilio Abreu Gómez, Jorge Cuesta, José Gorostiza, Salvador Novo, Gilberto Owen y Xavier Villaurrutia, entre otros.

El autor de Margarita de niebla había entendido que el único remedio contra el tiempo es el tiempo mismo. En el Grand Hotel de Roma, cuya recepción compara consigo mismo, llegó a la conclusión de que su existencia había “ganando en sombra y serenidad lo que perdió en ruido y en esplendor”.3 Escribe que le agradaría poder ver su futuro. Se consuela asegurando que la tumba es el perdón de la tierra prometida, para aquellos que persistieron sin descanso.

El salvoconducto

Como en una versión tergiversada, esta vez narcisista, de las Mil y una noches, Torres Bodet halló, en contarse con su propia vida, el pretexto que necesitaba para vivir unos años más. Había terminado los cinco tomos de sus memorias cuando decidió escribir el sexto. En él debía narrar los años transcurridos entre el inicio de la década de los treinta y 1943, que, sin algún motivo aparente, habían quedado fuera de sus remembranzas. En Equinoccio relataría los años que trabajó como diplomático entre París, Buenos Aires, Holanda y Bélgica, hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y su consiguiente regreso a México; años poco deleznables, acaso los más atractivos de su existencia, que habían sido —estratégicamente— abandonados.

En un de los contados pasajes emotivos de Equinoccio, Torres Bodet recuerda la cena de año nuevo 1937, que él y su esposa ofrecieron a Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta, Enrique González Rojo y Bernardo Ortiz de Montellano. En ella, el perro fox terrier de los anfitriones se dejó acariciar por los invitados con excepción de Jorge Cuesta, a quien perseguía con sus ladridos. Cuesta aseguró que se debía a que el perro había descubierto en él un resplandor que no habían descubierto los demás. Cinco años más tarde, luego de la muerte de Cuesta, Torres Bodet se preguntaría si aquel resplandor era una broma sencilla o la referencia a un “lamentable desequilibrio”. Con ese pretexto, reflexionó en lo significativo que representaba el hecho de que la palabra muerte surgiera con frecuencia en la poesía de sus amigos. A unas cuantas páginas de clausurar sus memorias, Torres Bodet escribe: “De las personas reunidas en nuestra casa, el 31 de diciembre de 1936, sólo sobrevivimos mi esposa y yo”.4

El perdón de la tierra prometida

El 9 de mayo de 1974, Torres Bodet entregó a la editorial Porrúa las últimas pruebas corregidas de Equinoccio. El 13 de mayo, después de comer con su esposa y planear con ella un próximo viaje a Europa, entró a su biblioteca donde se quitó la vida con un revólver. En una nota, escribió que prefería buscar la muerte que seguir esperándola. En sus memorias había escrito que le gustaría que la palabra “quise” terminara su diálogo con el mundo: “… quisiera esclarecer todavía si lo vivido justificó los esfuerzos que hice para vivirlo.”

 

César Tejeda


1 La tierra prometida.

2 Jaime Torres Bodet. Realidad y destino.

3 La tierra prometida.

4 Equinoccio.

 

 

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