Este viernes falleció en Morelos, a los 94 años, la pintora Joy Laville. Dueña de un estilo tan único como una huella dactilar, la pareja de Jorge Ibargüengoitia dejó un legado íntimo y luminoso que ocupa un lugar privilegiado dentro de la cultura mexicana.


En otros colores, las pinturas de Joy Laville (1923-2018) no funcionarían para nada. La paleta suave que utiliza muchas veces ha sido descrita como pastel. En ocasiones, la tersura recuerda los colores rosáceos y difíciles de definir de un cielo solaz al atardecer. Otras veces la elección de colores es más fuerte y parece casi violenta. Las construcciones espaciales son muy simples, todo es plano. Sin embargo, el color y la sencillez de los contornos son sumamente especiales y balancean toda la composición de la pintura. Parecen pinturas calladas, muy introspectivas. Cada elemento se expresa de manera mínima y deliberada. Incluso en los paisajes marítimos o más abiertos, perdura una sensación fuerte de intimidad.

Leonora Carrington alguna vez comentó admirada que Joy Laville tenía un estilo tan único como una huella dactilar. Un florero pequeño parece contemplar un paisaje verde azuloso. Una silueta femenina escueta en una habitación verdosa se contempla en un espejo, otra se acerca a un ramillete de flores, un par de ellas contemplan el mar desde una terraza, otras sencillamente están desnudas. Un barco casi infantil se aleja en el horizonte y en la esquina vemos una figura se queda en una morada rosa. Cuatro figuras se meten al mar y miran a lo lejos un faro. Una mujer se acerca para tomar el asiento de una silla, quizás para moverla y sentarse a contemplar las flores que adornan la mesa.

Entre estas escenas podemos tratar de rastrear la influencia de otros pintores. Podemos identificar las odaliscas de Matisse en interiores con estampados florales, las figuras femeninas casi sin cara de Marie Laurencin y el ingenio de David Hockney para aplicar el color y manejar los planos. Teresa del Conde señaló que su pintura se hermanaba con el pintor suizo expatriado Roger Von Gunten. Los dos coincidieron en San Miguel de Allende una temporada. Mirarlas con el afán de buscar a quién se parece implica aventurarse incluso en Turner con los contornos difusos y ciertos elementos casi de irrealidad. Aunque podamos reconocer similitudes con otros artistas, la obra de Joy Laville tiene un estilo personal consolidado.

En algunas pinturas hay un atisbo directo de un dolor profundo —la presencia de un avión junto a una mujer. No se requiere de un ejercicio de interpretación muy sofisticado para relacionarlo al accidente en el que murió su marido, Jorge Ibargüengoitia, el 27 de noviembre de 1983, cerca de Madrid. Llevaban casi 20 años juntos. Después de terminar su entrenamiento formal como artista en el Instituto Allende, Joy Laville trabajaba medio tiempo en la librería El Colibrí. Ahí conoció al escritor en 1965. Algunos críticos señalan que, antes de ese encuentro, sus autorretratos eran tímidos, oscuros y pequeños. Después de que Ibargüengoitia se volvió parte de su vida, su presencia en las pinturas era mucho más fuerte, impresionante y directa. Así como se nota un cambio a partir de la pareja, también cuando se queda viuda incluso unos meses deja de pintar. Cuando retoma, el contenido emocional de las pinturas cambia de tono y se palpa una fuerte nostalgia, un extrañar constante.

En ese sentido, quizás se justifica pensar que ayer, a los 94 años, después de esperar 35, Joy Laville dejó de extrañar a Jorge Ibargüengoitia. Murió en Jiutepec tras una vida interesante, en la que hasta los últimos años todavía pintaba diario. En algunas entrevistas, comentaba que el ritmo era más lento, pero la creación seguía siendo constante. Joy Laville fue concebida en la India. Su mamá temía que se complicara el parto y nació en la Isla de Wight un 8 de septiembre de 1923. La Segunda Guerra Mundial le interrumpió la escuela y durante unos meses detectó y mapeó los recorridos de los aviones sobre Inglaterra. Se casó con un piloto militar canadiense y vivió un par de años en British Columbia. Cuando su hijo tenía 5 años, dejó todo para mudarse a México y en San Miguel de Allende aprendió formalmente a pintar. Se mudó a la Ciudad de México y ya con su segundo esposo pasó largos periodos en París, pero también en Londres y en otros lugares griegos.

Después de la muerte de una artista como Joy Laville, tendemos a armar con toda esta información que queremos recordar de golpe una celosía que proteja su lugar en nuestra memoria, y que al mismo tiempo seduzca a los que la desconocían y la invite a conocerla. La virtud de estas celosías radica en su capacidad de despertar la curiosidad, de incitar a acercarse para escuchar el murmullo de colores precisos que encontramos en su obra, para contemplar la demora de las escenas pintadas y la figuras frágiles y evocativas que las habitan. Para inclusive quitar por completo toda esta celosía metafórica y cada quien descubrirla en términos propios.

 

Paulina Morales
Maestra en Museología por la Universidad de Leicester.