En esta entrevista Sergio Pitol habla, con aire crepuscular, de sus 70 años, una época de intenso trabajo, pero también del comienzo de la enfermedad. En las siguientes líneas, el autor de clásicos como El arte de la fuga evoca su complicada infancia y hace un breve pero lúcido repaso de su escritura.

Fue arduo para Sergio Pitol llegar a los 70 años de edad. Cuando, en el 2002, le recordaron que se acercaba esa fecha, le pareció muy bien. No hubo crisis ni nada parecido. El primer semestre de espera fue provechoso: viajes a Europa, escritura… Luego vinieron las tribulaciones: un manuscrito extraviado, algunas enfermedades… Se recuperaba entonces, cuando se realizó esta entrevista (en el restaurante del hotel María Cristina), de una novela que, sentía, le traía mala suerte, El triunfo de las mujeres, aún inacabada, y daba los últimos toques a El mago de Viena, en la que el personaje no es Sigmund Freud (como podría inferirse por el título) sino un chamán coyoacanense que vive en la calle Viena. Preparaba, además, la edición de su obra reunida, que empezó a aparecer a partir de 2003 en el Fondo de Cultura Económica.

No le fue fácil, en verdad, llegar a los 70 años. “Aquí estoy”, dijo esa tarde. “Y no me siento mal.”

En manos de un narrador, la historia de esos doce meses se volvió un relato que tuvo el colofón de las imágenes fundadoras. Para darle continuidad al texto, omito las preguntas.

La novela esquiva

Sé que cumplir 70 años es llegar a una edad de viejo, una edad a la que muchísima gente no llega. Trabajo mucho, en traducciones, ensayos y novelas, y estoy siempre luchando con el tiempo. Pero esta cercanía de los 70 años sí ha sido fuerte. El primer semestre estuve en Europa. Me encerré tres meses en Sitges, un pueblo cercano a Barcelona, frente al mar: llegué ahí con la intención de trabajar en El mago de Viena, cruce de caminos entre la crónica, el ensayo y la narración, un poco al modo de El arte de la fuga y El viaje. Fue una época terrible de tormentas y borrascas, fríos y aguaceros, de tal manera que no podía salir de la casa en la que me hospedaba. Tenía un departamento con sistema de hotel, y no debía preocuparme de nada en cuanto la comida o el aseo.
La primera noche empecé a escribir una suerte de crónica sobre El triunfo de las mujeres, una novela que he perseguido desde hace veinte años y cuyo germen está en Juegos florales, mi segundo trabajo novelístico. Siempre he pensado retomar esa cápsula narrativa, ese esquema, para escribir un libro sobre el siglo XIX. Y me puse a contar cómo esa novela se me ha ido desbaratando, cómo a los personajes los he ido incluyendo en otras narraciones… Me acosté tardísimo, y al otro día quise pasar el manuscrito a máquina (pues no conozco todavía los nuevos métodos de escritura) y en el proceso me di cuenta de que lo que me había atado todos esos años ya estaba de algún modo resuelto en el bosquejo escrito durante la noche. Hice a un lado El mago de Viena y me dediqué durante tres meses, de sol a sol, a El triunfo de las mujeres hasta tener un original de más de 70 cuartillas.

Luego realicé algunos viajes por Europa: Alemania, Praga… Todavía por las mañanas seguía con la novela. Fui a Sitges a recoger mis cosas y me detuve unas semanas en Madrid para dar un cursillo. Al llegar a México me di cuenta de que había perdido el original de El triunfo de las mujeres… y estuvo perdido durante más de un mes, hasta que lo encontramos en un hotel de Madrid. Un amigo mexicano me hizo el favor de recoger esas cuartillas y me las mandó por un servicio de mensajería. Mas el paquete se extravió, y fue localizado muchas semanas después en algún país de Asia. La espera fue para mí un golpe brutal, de mucho nervio.

Obras completas (y otros textos)

Por fortuna, llegó la invitación del Fondo de Cultura Económica para reunir mi obra, y me puse a trabajar en ello, lo que significó corregir los libros para dejar versiones ya definitivas y agregarles prólogos extensos sobre las circunstancias de la escritura. Abandoné así El triunfo de las mujeres, y volví luego a El mago de Viena, en lo que estoy ahora. Quizá en unos meses retome El triunfo, o tal vez solo concluya esa crónica de la novela que se me escapa, y a El triunfo lo deje por la paz. Siento que ese libro me trae mala suerte. Después de esto me vinieron de golpe las enfermedades de la vejez. Tuve pésima salud. Estaba yo muy angustiado. Sentía que no iba a llegar a los 70. Pero ya salí.

Como El arte de la fuga y El viaje, El mago de Viena está compuesto por ensayos que se vuelven narraciones, o narraciones que se vuelven crónicas autobiográficas: están mezcladas vida, literatura e invención. Es una escritura heterodoxa. Es el modo de escribir en el que me siento como pez en el agua.

La orfandad

Claro, cumplir 70 años lo hace uno volver en la memoria a la infancia. Nací, por casualidad en Puebla, el 18 de marzo de 1933, en un viaje de mi madre. Me adelanté. Soy de familia veracruzana. Mi niñez la pasé en el ingenio de Potrero, cerca de Córdoba. Antes de los cinco años murió mi padre por enfermedad, y poco después mi madre por accidente: estaba nadando en un río con amigos y amigas, y cayó en una poza muy peligrosa que tenía remolinos. También falleció, luego, una hermanita mía pequeñísima, de dos años y medio o algo así. Durante mucho tiempo tuve una negrura, una falta de recuerdos, bloquée muchas cosas. Quedamos, como sobrevivientes, mi hermano Ángel y yo, pero las familias decidieron separarnos: que mi hermano mayor fuera con la familia de mi padre, y yo me quedara con la familia de mi madre. Dos años después vieron que eso no funcionaba y que debíamos estar reunidos. Ese tiempo que pasé en casa de la abuela debió haber sido muy triste. De ese periodo tengo poquísimos recuerdos.

De mi padre casi no tengo memoria. De mi madre conservo algunas imágenes muy bellas. Por ejemplo: estoy jugando y veo a la distancia una figura femenina que me hace señales, corro hacia ella y es mi madre.

Hace unos cuantos años hice una prueba de hipnotismo con un psicólogo formidable, y salieron muchas cosas: pude entender, con ese retroceso, con ese viaje hasta la muerte de mi madre, muchas circunstancias de mi vida. En esa sesión salieron al principio imágenes sueltas y sin trascendencia. El psicólogo me exigía ir a un recuerdo importante de mi vida, y yo me decía: esto que está pasando frente a mí es de una trivialidad absoluta, eran cosas de cinco o diez años atrás, sin orden cronológico, salteadas. Hasta que llegué a esta escena, que se quedó suspendida por unos segundos como en una pantalla cinematográfica: estaba en una terraza con mi hermano, sentados ambos en el suelo y con pantaloncitos cortos de niño, y había palomares. De pronto la escena adquirió movimiento: volaron las palomas muy cerca de nosotros y pasó por ahí una vieja criada. Conversábamos mi hermano y yo, y a ratos yo lloraba. Recordé, así, que al morir mi madre nos habían llevado a casa de unos amigos de la familia, en un pueblo que se llama Atoyac, para alejarnos del funeral y para que no viéramos su cadáver, y nos tuvieron ahí en lo que duró el novenario. La escena, entonces, era del día en que murió mi madre.

En la hipnosis, ya no veía las imágenes: todo estaba en mí, era yo el niño de cinco o seis años que estaba en esa casa con un terror absoluto.

Esa memoria recobrada me llevó a darme cuenta que esos años, o esa escena en particular, rigen mi vida: nace ahí el sentimiento de acorazamiento, de defensa ante los accidentes de la vida, la necesidad de moverme (si me siento feliz en un lugar o en una forma literaria busco otro reto y salto), las estancias prolongadas en otros países, y otras cosas más. Parte de esa recuperación de los recuerdos está en un libro mío que se llama El arte de la fuga, acaso el más importante de mi vida.

 

Alejandro Toledo
Coautor del volumen Literatura de la historia ilustrada de México que coordina Enrique Florescano; y autor de Universo Francisco Tario.

Texto publicado originalmente en 2003 y reproducido con autorización del autor.