¿Dónde trazamos la línea entre piropo y abuso? ¿Qué hacemos para evitar malentendidos, para separar la torpeza del exceso? Para muchos, #MeToo es desconcertante porque agrupa una infinidad de experiencias individuales, las contextualiza dentro de un mismo continuo y, con ello, revela un sistema sostenido por políticas, creencias y acciones cotidianas que fomentan la violencia. Pero quizá, como explora este texto, precisamente lo que necesitamos es más y más desconcierto.

Una amenaza que ha acechado a muchos hombres por décadas, pero que, al igual que una auditoría del SAT, parecía tan abrumadora como improbable, hoy ya no se ve tan lejana. Aunque a un ritmo (desesperantemente) lento, en los últimos años y particularmente en los últimos meses, nociones y dinámicas clave que se habían dado por sentadas durante siglos en las relaciones de género comenzaron a desafiarse con más argumentos, más seguridad y en más plataformas que nunca, mientras que otras se han transformado tanto que se han vuelto irreconocibles al grado de transgredir la normalidad. Lo que es y siempre ha sido normal para unas personas ahora resulta que es violento para otras.


Ilustración: David Peón

El desconcierto, un “estado de ánimo de desorientación y perplejidad”, es la reacción predecible a esto que escuchamos y leemos todos los días. Es más probable que Twitter y Facebook pasen a la historia como archivos del desconcierto masculino que como semilleros de noticias falsas: “¿Por qué no habló antes?” “¿Si va a hablar, por qué no da el nombre?” “¿Ahora resulta que por uno todos somos iguales?” “¿O sea que ya no puedo saludar de beso en la oficina?” “¿Y el Día Internacional del Hombre?”. Esto en el mejor de los casos. En el peor, el desconcierto se expresa en amenazas a las que está sujeta prácticamente cualquier persona que tenga una opinión, conexión a internet y no sea un hombre heterosexual cisgénero.

A principios de este año, el desconcierto colectivo llegó a un punto climático dentro del contexto del #MeToo con el caso del actor Aziz Ansari. En enero, el sitio Babe publicó el testimonio de una fotógrafa de 23 años que, bajo el seudónimo de Grace, dijo que una cita con Ansari escaló hasta convertirse en abuso sexual después de que él ignorara sus múltiples señales “verbales y no verbales” de que no quería tener sexo. Un desconcertado Ansari respondió (sin refutar los hechos) que había entendido que lo ocurrido esa noche había sido “completamente consensuado, según todas las indicaciones”.

Como era de esperarse, inmediatamente explotó un debate en redes sociales y medios de todos los tamaños. Entre quienes sostenían que el comportamiento de Ansari sí había sido una forma de abuso, la narrativa se enfocó en la necesidad de establecer pautas más acordes al 2018 para definir el consenso, así como de encaminar al #MeToo hacia una redefinición de la normalidad sexual. Jessica Valenti, por ejemplo, escribió: “La gente a la que la escandaliza —o incluso solo le preocupa— la dirección de este movimiento, debería preguntarse si está cómoda con las normas sexuales que dicen que cualquier cosa que no llegue a ser violación está bien”. La gente a la que se refiere Valenti es la que, en el otro extremo de la discusión, condenó el reportaje torpe de Babe bajo el argumento de que estaba poniendo en riesgo la carrera de Ansari al criminalizar “una mala cita”. Este bando se compuso principalmente de hombres, pero contó con la participación fundamental de varias mujeres desconcertadas.

Bari Weiss, de The New York Times, dijo que si Ansari era culpable de algo era de “no leer mentes”, mientras que una de las reacciones más conservadoras apareció en The Atlantic, firmada por Caitlin Flanagan, quien comenzó diciendo que “los eventos sexuales de los jóvenes” le parecían “ciencia ficción”. Aún así, se sintió lo suficientemente cómoda como para culpar a Grace de la situación (que ella misma reconoció no comprender) por no haberse ido, por no haber peleado y, para acabar de redondear la revictimización, la acusó de haber dado su testimonio motivada por la venganza, pues, claro, seguramente esperaba “convertirse en la novia del famoso hombre”.

El caso, junto con la interpretación que hicieron de él mujeres como Weiss y Flanagan, les cayó como anillo al dedo a los críticos del #MeToo y no pasó ni un día antes de que se convirtiera en la ansiada prueba de que el movimiento había ido tan lejos que estaba poniendo en riesgo a hombres inocentes: la confirmación de que era, en efecto, una “cacería de brujas”.

Por otra parte, el contraste de la experiencia de Grace con las miles de historias de abuso evidentemente violento que han circulado desde que salieron las primeras acusaciones contra Harvey Weinstein, resultó en que muchos la señalaran por banalizar a las “verdaderas” víctimas. Esta postura que, como distintas comentadoras han señalado, reduce el consentimiento a un asunto binario, ignora por completo cómo la desigualdad estructural determinada por el género pudo haber hecho que para Grace fuera más fácil, conveniente y normal, ceder que pelear o que irse abruptamente.

El resultado de esta forma de ver las relaciones de género, pasando por alto todos los matices entre los absolutos del consenso y la violencia, resulta en un sistema de víctimas sin agresores, porque, así como una víctima tiene que ser “ideal” para que se considere digna de ser escuchada, un agresor tiene que ser ideal para que se considere digno de ser señalado como tal: un “pervertido”, posiblemente un psicópata o un sociópata al menos. Pero el agresor de todos los días es otro: tiene una familia, amigos que pondrían las manos al fuego por él, un trabajo “respetable”, cuida y ayuda a otros, quizá él mismo ha sido víctima (como el consentimiento, las personas tampoco son binarias); tal vez es un prodigio, tal vez es un Aziz Ansari. Es una persona normal, a quien una cultura persistentemente sexista siempre va a encontrar el modo de justificar, puesto que, si bien actúa violentamente, lo hace conforme a sus normas y en el contexto que éstas fomentan, sin amenazar la normalidad. Es muy probable que Ansari de verdad no creyera haber hecho algo violento. De ahí su desconcierto.

Pero el desconcierto tiene otra cara. No es solamente confusión; en su primera acepción, es la “descomposición de las partes de un cuerpo o de una máquina”. Entendido así, más desconcierto es exactamente lo que necesitamos: sacudidas que desintegren y expongan los materiales con los que está construida la normalidad y que —esta es la parte más difícil— nos confronten con nuestra propia indiferencia y crueldad, la incoherencia entre lo que creemos que es justo y lo que hacemos para que esa justicia no se quede como un concepto vacío. Al poner este tipo de discusiones desconcertantes en primer plano, #MeToo expone la brecha entre el discurso social que condena la violencia sexual y las acciones que la condonan todos los días. 

Cuando alguien denuncia como agresivo algo que normalmente se hubiera considerado una torpeza, un malentendido o (en el colmo de la desorientación) un piropo, cuestiona un pacto social forzado. Cuando miles y millones lo hacen, remueven los fundamentos de nuestras relaciones sociales. #MeToo es desconcertante porque agrupa una infinidad de experiencias individuales que se sentían aisladas, las contextualiza dentro de un mismo continuo y, con ello, revela un sistema sostenido por políticas, creencias y acciones cotidianas que fomentan la violencia, a pesar de la ley, a pesar de los discursos y a pesar de las intenciones.

Los feminismos que merece el siglo xxi en lo que concierne a la violencia sexual deben ser ejercicios deconstructivos de todo su espectro: no solo de la violencia aberrante, sino también de la normal, la que no es especial ya que sucede diario, la que afecta a prácticamente todas las mujeres, si bien de maneras condicionadas por otros factores además del género (como su color de piel, clase social, identidad de género, orientación sexual, situación legal y capacidades). Entendiendo que lo violento y lo normal muchas veces son exactamente lo mismo, podemos transitar del desconcierto de la desorientación al desconcierto de la deconstrucción para crear una normalidad distinta, nunca perfecta, pero sí cada vez menos injusta y violenta.

 

Bárbara Pérez Curiel
Estudió Letras Alemanas en la Universidad Nacional Autónoma de México y en el University College London. Actualmente es editora, traductora y colaboradora en CounterPunch, Mi Valedor y Página Salmón.