Dos minutos para el fin del mundo

El fantasma de la guerra nuclear, alimentado por las bravatas de Estados Unidos y Corea del Norte, cabalga otra vez por el orbe, como en los peores tiempos de la Guerra Fría. La comunidad científica está tan preocupada, que hace unas semanas decidió adelantar el tétrico Reloj del Apocalipsis a tan solo dos minutos del final de los tiempos. Echando mano de la ficción especulativa, la siguiente crónica nos sumerge en la pesadilla que supondría una hecatombe nuclear.

Cuando llegue el fin, los científicos seguirán argumentando si el viaje ha terminado, si está por acabarse o si vale la pena discutir desde los predios de la muerte. Algunos tratarán de orientarse con las campanadas de una iglesia; otros se quedarán sentados en su silla, con el convencimiento y la confianza de que el mundo sabe que todos somos responsables de nuestros actos; y los últimos seguirán intentando resolver, allá afuera, entre la lumbre, si se trata de un pesadilla o de una malformación de la realidad.

En 1947, Martyl Langsdorf, miembro del proyecto “Manhattan”, ideó el Reloj del Apocalipsis(Doomsday Clock) para la portada del Bulletin of Atomic Scientists, una publicación de la Universidad de Chicago creada por un grupo de científicos que pretendía alertar al mundo sobre los peligros de la energía y las armas nucleares, ese poderío tétricamente comprobado en Hiroshima y Nagasaki, y cuyos mortíferos alcances dibujaron el fondo del paisaje de la Guerra Fría. El reloj fue representado por un medio óvalo que va de las seis de la tarde a las doce de la medianoche, hora en la que las almas del mundo serán reclamadas de una vez y para siempre. Las manecillas marcaron, en su primer día, las once y cincuenta y tres minutos, y se han ido moviendo hacia atrás y hacia adelante, dependiendo de las preocupaciones de la comunidad científica. A la fecha se han registrado veinticinco movimientos. El último horario apocalíptico, de principios de 2017, registraba dos minutos y medio para las doce, trágica distancia con el de 1991 que marcaba 17 minutos para el gran final. Hoy, desde el 25 de enero, gracias a las recientes bravatas de Estados Unidos y Corea del Norte, faltan sólo dos minutos para la mala hora: el día de la catástrofe nunca había estado tan cerca.

Desde su concepción, los artífices del reloj tuvieron en mente la idea de que una conflagración nuclear aniquilará por completo a la humanidad. Esa sola circunstancia hizo que se imaginaran la Tierra hirviendo a más de tres mil grados centígrados, despedazándose por los efectos de una explosión infernal provocada por una bola de fuego, enorme y anaranjada, cuya onda expansiva devoraría todo lo que encontrara a su paso, dejando un espantoso olor a chamuscado. Un lugar donde cambiarían las leyes del tiempo, y todo aquello a lo que una vez llamamos mundo sería convertido en un pedregal de huesos y muerte en el que, como en el infierno, no habría sitio para ninguna emoción salvo la desesperanza y el dolor.

Con el tiempo, a aquella preocupación primigenia se le sumó un ramillete de causas peligrosas, semejantes en forma y en especie, entre las que el Consejo de Científico Atómicos incluyó el cambio climático, las amenazas tecnológicas y las bestiales exigencias de cualquier déspota sobre la faz de la tierra. La posibilidad de que se eliminara todo rastro de vida no obedecía únicamente a la fuerza destructiva de las bombas nucleares: la comunidad científica se enfrentó a diferentes hallazgos escalonados y llegó a la conclusión de que había más ojos observándonos desde la obscuridad de la muerte y que debíamos estar atentos ante un desenlace fatal.

A los científicos les dio por imaginar, con más morbosa precisión, el momento de la destrucción nuclear. Dijeron que los efectos de las bombas se dividirían en dos radios de alcance. En el primero de ellos — señalaron con voz profética—, donde sucedería la explosión, será como si el sol se hubiera vertido a goterones sobre las ciudades del mundo, que arderán bajo llamaradas de cientos de metros de altura. Las casas serán reducidas a polvo, pero a polvo quemante; los ríos empezarán a hervir bajo los efectos del incendio; y no se podrá distinguir lo que es humano de lo que es animal, pues ambos escurrirán por todos lados como una pasta amorfa de materia incinerada. Ya no va a transcurrir el tiempo sino que flotará sobre aquel ámbito contaminado en plenitud. En aquel lugar, el pasado, el presente y el futuro ya no tendrán significado, si es que alguna vez lo tuvieron.

Más allá, en el segundo radio, donde las explosiones no hayan sido mortales, los hombres saldrán de entre los pilares incendiados de los establecimientos comerciales, de las oficinas y de las iglesias derrumbadas, se abrirán paso en medio de la mortandad ambulante. Buscarán refugio sin imaginarse que todo alrededor es un espectáculo de muerte. Verán las piedras al rojo vivo, las casas reducidas a polvo, los animales muertos e incinerados sobre lo que una vez fue una acera. Algunos, orientados por un sentimiento paternal y primario, irán a tientas en busca de sus hijos a las escuelas, pero no se reconocerán porque tendrán el rostro desfigurado por la explosión insondable. Entonces enloquecerá el sentido y se apagaran los ojos, buscarán los ríos tratando de encontrar refrigeración y no los encontrarán, buscarán refugio para mitigar sus males y se perderán entre la pena y la tristeza. Allá donde hubiera explotado la bomba, no quedará vestigio que recuerde la presencia humana.

Tal vez, como los científicos del reloj, hemos comprendido ya que el pasado se representa en la historia y que ésta ha cambiado para siempre sus derroteros y sus claves y que no existe un camino de regreso. Entendemos que el futuro es tan enredado que sería complicado determinarlo con anticipación y con certeza, pero que es previsible la extinción de la humanidad a causa de la voluntad del hombre. Entendemos que el presente es un mundo que se parece a Comala, pues lo único de lo que tenemos certeza es de la existencia de un lugar obscuro, sin cielo y sin infierno, entre las seis de la tarde y las doce de la media noche, donde cabe la posibilidad de terminar bajo una lluvia ardiente de cenizas.

Cuando todo haya pasado, los científicos seguirán discutiendo en sus aulas si el mundo se ha terminado o si vale la pena debatir desde los predios de la muerte, tratar de enunciar entonces las fórmulas de la eternidad. Quien se hubiera quedado sentado con la esperanza de que la humanidad entendiera las consecuencias de sus actos, no será más que una figura estampada en la pared, vestigio rupestre de lo que una vez fue la vida sobre la Tierra. Y allá afuera, entre los escombros, alguien encorvado irá arrastrando sus pasos, pegando gritos de terror y cargando en sus brazos su propia piel, arrancada sin cortes desde los pies hasta la cabeza por el efecto indómito de la explosión; transparente, como si no tuviera sangre, como si el calor le hubiera hervido el agua del cuerpo.

Otros, mientras tanto, trataremos de orientarnos con las campanadas de algún reloj distinto del de la muerte. Escucharemos el tic, tac, tic, tac, sin tregua, sin regreso. Se perderá el sonido entre los humanos, entre el ruido, entre la muchedumbre muerta, pero volveremos a oír. Gritos de pavor, gritos de alegría y luego otra vez gritos de miedo, como piedras caídas sobre otras piedras. Escucharemos trompetas, cascos de caballos. No sabremos qué hora es.

 

Rubén Álvarez
Abogado.

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Publicado en: Crónica