El fantasma del comunismo sigue recorriendo Europa, pero esta vez se dedica a sacar los archivos de sus cajas: así que ahora aparece que, después de tanta teoría, la Kristeva fue una espía al servicio del régimen de su originaria Bulgaria. Entre otros clics, hallamos la nueva novela del recién estrenado escritor Sean Penn y el curioso artilugio de las feministas chinas para evadir la censura.

Una estructuralista en la KGB

Desde el 28 de marzo estalló la bomba de los rumores con un cañonazo de Reuters. Por ley, una comisión del Estado búlgaro tuvo que revelar documentos clasificados anteriores a 1989. Varios fólderes atestiguan la presunta colaboración de Julia Kristeva con los servicios secretos, la “Darjavna Sigurnost” del entonces régimen comunista. Kristeva habría sido parte de un equipo (pequeño) de unos 100 mil agentes que cooperaba estrechamente con la KGB soviética. La psicoanalista y teórica de la literatura, para algunos la madre de la semiótica y parte de la escuela estructuralista, habría trabajado en secreto bajo el pseudónimo de “Sabina”. Según un estudio de Le Nouvel Observateur, que buceó en los archivos desclasificados, el agente “Pétrov” la habría entrevistado y establecido el primer deal con ella incluso antes de su viaje a París en 1965: “Entre más se convierta en una científica reconocida, más útil será para nosotros”, relata “Pétrov”. Al cabo de cinco años de observación, “Sabina” queda contratada. Los servicios de espionaje esperan que les sirva para recolectar datos —seguramente muy valiosos— sobre los miembros del PCF (Partido Comunista de Francia), el medio intelectual y disidente y las actividades de los búlgaros residentes en Francia. Al poco tiempo, Sabina-Kristeva hace un primer parte: “El gobierno [francés] les da puestos importantes a intelectuales reaccionarios en los institutos culturales y científicos del Estado”. O bien: “La radio y la televisión francesas rebosan de sionistas”. O aún: “El miembro del PCF Louis Aragon ha mantenido firme su línea de discrepancia contra el Partido por los acontecimientos de Praga”. La colaboración no durará mucho: Sabina quedará excluida del aparato de inteligencia hacia 1973 por “haber adoptado posturas pro-maoístas”.

En su defensa, Kristeva desmiente todo y denuncia un acto de difamación: “una información que no es solo grotesca y falsa. Atenta contra mi honor […] y perjudica mi trabajo”. En un comunicado más reciente, agregó que ese tipo de archivos falsos “ilustran a la perfección los métodos de una policía al servicio del totalitarismo, que yo denuncié en varias publicaciones con tal de dar a entender sus mecanismos”. Kristeva ya anunció que pasará a la acción legal. Mientras tanto, en el horno se está cocinando una preciosa novelita para el octogenario John le Carré.


Las feministas y la censura en China

Luego del 8 de marzo, uno de los grupos en redes sociales más grandes de China, Feminist Voices, desapareció súbitamente de la plataforma Sina Weibo (una suerte de versión china de Facebook, porque allá no entran los tentáculos del Sr. Zuckerberg). Las razones de la suspensión de la cuenta se parecen a las que nos dan en el internet occidental: contenido inapropiado. El temor del gobierno chino es ver crecer una oleada de denuncias, entre otras cosas, que se emparejen con el ya globalizado #MeToo. Una estudiante de doctorado, que ahora reside en Estados Unidos, denunció a su tutor, inspirada por una avalancha de testimonios. La historia se hizo viral rápidamente bajo el hashtag #MeToo. La Universidad de Beihang, Beijing, pidió dos semanas después la renuncia del profesor. Aun así, el hashtag quedó bloqueado.

Las feministas chinas han encontrado varias maneras de saltarse las barreras que les ponen por el bien del pueblo bueno: inventaron, por ejemplo, #RiceBunny usando a veces los iconos correspondientes a un tazón de arroz y un conejo. Las dos palabras en chino tienen una pronunciación idéntica a “mi tu”. Es conocido también el meme en que el dirigente sempiterno Xi Jinping era comparado a Winnie Pooh y se utilizaba para criticarlo. La figura del osito mielero (que no aguamielero) ha sido igualmente bloqueada en las redes de la República Popular China. Siempre supimos que las caricaturas podían ser extremadamente subversivas. No queda más que estar muy atentos a los nuevos ingenios de los que burlan la censura. Es absurdo juzgar que todo esto es muy absurdo, como diría Beckett.


Sean Penn, que nada más hace cosas

Él es actor, “periodista”, visitante aventurero de narcotraficantes en fuga y, por si todo esto fuera poco, exesposo de Madonna. Pues ahora es novelista y poeta, siguiendo los pasos de David Duchovny, pero con menos verbigracia y bebida que Hank Moody. La novela Bob Honey Who Just Do Stuff de Sean Penn acaba de ser publicada. Y adivinen qué: pertenece al género de la novela “distópica”. Esa palabrita que, desde la llegada de Trump al poder, resuena en los tímpanos de George Orwell y de Ray Bradbury y les provoca tremendos revolcones en sus respectivas tumbas, y que corre en boca de pesimistas, escépticos y lectores ávidos de apocalipsis.

El personaje de Bob es la caricatura de un resentido, racista y misógino asesino a sueldo del gobierno —solo se despacha a ancianitos-sanguijuela que desangran al Estado—. Además, es empresario de fosas sépticas. Qué chistoso. Una de sus tareas en la vida es odiar a los demás y a las mujeres que se le cruzan. La trama se reparte entre Bagdad, California y una lancha en mitad del Pacífico. Ocurren muchas cosas, excesivamente violentas y excesivamente sin sentido. Según Claire Fallon, toda la novela es altamente ofensiva y “oscuramente cómica”. Por si los lectores pedían más, tenemos un epílogo… en verso, sí, y que cierra con una visión “crítica” sobre el movimiento #MeToo. Dejaremos a otros talentosos traductores la tarea. Mientras tanto, los pocos que hablen la lengua de Shakespeare podrán regodearse aquí.

 

Fuentes: The Huffington Post, Vice, Wired, The New Yorker, Bibliobs.