Escritor de culto, heroinómano retirado, viajero compulsivo, tatuador icónico… El protagonista de la siguiente crónica es un espíritu salvaje, uno de esos indomables que la vida escupe cada tanto, y cuya voluntad literaria ha dejado ya páginas incalificables y adictivas. 

Mitad judío, mitad gitano, Jonathan Shaw es venerado por personajes como Johnny Depp, Iggy Pop, Jim Jarmusch, Hubert Selby Jr., Robert Crumb, Marilyn Manson, Henry Rollins, Lydia Lunch, Dan Fante y una larga lista de individuos y firmas editoriales, ya que su obra se puede leer en páginas de libros y revistas y también se puede contemplar en la piel de sus devotos: Jonathan Shaw, conocido como Cigano por algunos, fue el tatuador estrella de la escena neoyorquina hasta 2001, cuando el ataque del 11–S lo hizo repensar sobre el destino y decidió poner fin a las drogas y el alcohol, traspasar a un par de socios su exitoso local llamado Fun City, que inauguró en 1987 en el Bowery aunque en aquella época el tatuaje en NY era ilegal y el bajo Manhattan una especie de zombie land, tomar su chaqueta de cuero y trepar a su motocicleta para volver a Veracruz, el puerto que más de tres décadas atrás fue el punto de partida de este personaje inconformista, romántico, aventurero y socarrón.

Jonathan Shaw explica en su libro de memorias Scab Vendor: Confessions of a Tatoo Artist (Turner, 2017), que una de las razones para abandonar el oficio y un ritmo de vida vertiginoso y fiestero para ponerse a escribir de tiempo completo, surgió de la creencia gitana de que los últimos meses antes de morir son los más extraordinarios, llenos de magia, y como él ya había acumulado muchas ráfagas temporales de alegrías y sortilegios vegetales, químicos, etílicos y fraternales, era necesario que pusiera manos a la obra para elaborar el testimonio de su pasado y su presente, de los triunfos, el delirio y el fracaso, tal vez inventar alguna historia. Se resistía a mantenerse quieto y observar cómo la existencia verdadera, la de los recuerdos y experiencias almacenadas en eso que creemos que es el alma o la conciencia, se hiciera jirones hasta desaparecer.

¿Quién es, entonces, Jonathan Shaw? ¿Quién diablos es Cigano? La metamorfosis hizo efecto y ese personaje mítico del underground se convirtió en un extraordinario narrador: Narcisa (disponible en español por Sexto Piso), su primera novela escrita en 2008 y cuyo estilo han comparado con el de Henry Miller, el de Jack Kerouac y el de Bukowski (hay razones en la analogía con Kerouac y Bukowski, lo veremos más adelante) es como una premonición de la autobiografía, porque este Scab Vendor (algo así como vendedor de costras o mercader de sarna) fue un irredento vagabundo tal como su primer tatuaje: Veracruz, 1977. El Jonathan Shaw de aquella década tiene 22 años y se aloja en el Hotel Buenos Aires, un hostal muy conveniente ya que en la otra acera hay una cantina roñosa en cuya puerta siempre hay un borracho sucio de vómito durmiendo la mona, un hospedaje en el que circulan todo tipo de creaturas del mundillo lumpen pintoresco con las que Jonathan Shaw se siente a sus anchas, en su ambiente natural, porque él viene de Los Ángeles, es un paria por pura fuerza de voluntad ya que de niño vivió en Beverly Hills (su madre fue la actriz Doris Dowling y su padre el jazzista Artie Shaw, aunque ese padre fue una figura ausente y, en las propias palabras de Jonathan, un auténtico hijo de puta). Pero volvamos al primer tatuaje que hizo en Veracruz. Cigano ronda con su amigo Pepe, un jarocho dicharachero, fumador y pendenciero, que le pide un diseño para grabárselo en la piel. La idea de Pepe es la de un corazón cruzado por un ancla y con la leyenda de rigor. El futuro artista se afana en el cuaderno. Su bosquejo adquiere la etiqueta de “Vagabundo Corazón” y él mismo se ocupa de cincelarlo en el brazo de su amigo. Aunque de factura rudimentaria, el tatuaje luce una extraña belleza y Cigano comprende de improviso la razón por la que fue enviado a este planeta.

De la infancia con su madre Doris, que realmente eran dos, la sobria y la borracha, la dulce y la siniestra, a los tumbos en California y Veracruz, Centroamérica y Brasil, el futuro escritor se forjó a través de dos maestros, y aquí retomamos la analogía estilística que le adjudican a Narcisa: Jonathan Shaw fue amigo de Charles Bukowski, el primer responsable de su intensa trashumancia, porque aturdido por la insistencia de Shaw sobre sus ambiciones literarias, Bukowski lo persuadió con el mandato de que para ser escritor era indispensable vivir: acumular experiencias para forjar una filosofía coherente con el propio espíritu pues, de lo contrario, solo redactaría basura sinsentido. De igual manera, Shaw comenzó a rodar gracias a Jack Kerouac, sí, por su archicelebrada y legendaria En el camino, esa travesía entre Nueva York, San Francisco, Tijuana y Guanajuato de Dean Moriarty y Sal Paradise, a los que intentó emular en la energía y la voracidad por cruzar fronteras geográficas y traspasar el limen de las puertas perceptivas, aunque también me parece que Jonathan Shaw es un lector y relector y relector de la magnífica Tristessa, aquella novelita de Kerouac sobre su tortuoso idilio con Esperanza Villanueva, prostituta heroinómana que rondaba por el antiguo bulevar de Niño Perdido, que tenía su domicilio en los alrededores de La Merced, y era aficionada a pasar su tiempo libre en las cantinas de San Juan de Letrán, entre indios ebrios y otras putas (Kerouac dixit).

Yonqui en California. Cliente frecuente de las cárceles angelinas. Marino en un carguero (otro parecido con Kerouac, quien se embarcó infinidad de veces para huir de la monótona miseria neoyorquina). Buscavidas enganchado al amor fatal en los guetos de Río de Janeiro. Jonathan Shaw, según Marilyn Manson, ya es un clásico vivo. Según Johnny Depp es un gran villano, un pirata, un gitano, un demonio, un Buda, un demente, un connoisseur (quizá de los vuelos químicos que reinventan a la realidad), un demente y un artista, y esos elogios son similares en voz de Jarmusch (“su escritura es un averno, un galope salvaje en el mundo interior de su propia conciencia destruida”) o de Lydia Lunch, la entusiasta fan de Narcisa que afirma que es una novela de lectura obligada, y también de Hubert Selby Jr. (“son apasionadas sus descripciones de lo surreal, de la jungla paranoica en que habita su alma embrujada”) y la larga lista de individuos y firmas editoriales pues como invitado permanente en magazines alternativos, Shaw suele verter en sus textos una efectiva pócima de aprendizajes y ficción.

Scab Vendor: Confessions of a Tatoo Artist es un libro divertido, intenso e irreverente pero, sobre todo, un libro extraordinariamente escrito. La prosa de Shaw es elegante, exacta, incluso poética. Una prosa que supera, por mucho, a la de sus mentores; una escritura de ánimo voluble y un hilo conductor inspirado en C. S. Lewis, quien dijo que “cuando pasan las cosas más importantes de nuestra vida no lo sabemos, no nos damos cuenta de lo que está por suceder”.

Quizá es por eso que Jonathan Shaw se le adelantó a la creencia gitana y, de paso, superó en estilo a su colega Charles Bukowski.

 

Iván Ríos Gascón
Escritor. Entre su obra destaca la novela Luz estéril y el libro de relatos Broadway Express.