La vida en el exilio.
Entrevista con Monika Zgustova

Nacida en Praga y residente en España desde los años ochenta, la escritora y traductora Monika Zgustova ha dedicado su obra al tema del exilio y la périda de identidad bajo los regímenes totalitarios. Tal es el caso de Las rosas de Stalin, donde narra la vida de Svetlana Allilúyeva, la hija única del dictador soviético, o de Vestidas para un baile en la nieve, que recupera el testimonio de nueve muejres sobrevivientes del gulag, y que hoy será presentado por la autora en México. A propósito de esta visita, compartimos la siguiente conversación, donde Zgustova profundiza sobre la idea del exilio, y relata su relación con el gran novelista checo Bohumil Hrabal.


Alejandro García Abreu: En el capítulo “Delhi (1967)” de Las rosas de Stalin se lee: “Ni por un momento dudó Svetlana que quería escribir sobre lo que había vivido. Sólo la verdad. Tras cuarenta años de vivir marcada por la presencia y la memoria de su padre, en un entorno donde el miedo era omnipresente y las máscaras eran imprescindibles para sobrevivir, quería decir lo único que le importaba, nada más”. ¿Cuál es el origen de tu interés por la figura de Svetlana Allilúyeva?

Monika Zgustova: Una vez en Nueva York caminé por las calles y entonces me topé con una librería de viejo que tenía libros afuera, en la calle, y en primer término había dos libros autobiográficos de Svetlana, de quien yo había oído hablar, pero jamás había leído nada de ella, ni siquiera sabía gran cosa sobre su vida. Sabía que había huido, pero no sabía las circunstancias de eso.

Cuando compré ambos libros los leí enseguida y quedé hechizada porque tenían algo en común con la historia de mis padres —y con la de sus hijos, incluida yo—, que también se fueron, como ella, de un país comunista, en su caso Checoslovaquia, a través de la India, a Estados Unidos.

AGA: La India es imprescindible en la novela, entre otras cosas, porque ahí es donde Svetlana pasa el día más feliz de su vida: “Me acuerdo muy bien. Fue en mi ciudad natal, en Moscú. Tenía cuarenta años. Salimos con mi marido, mis hijos y varios amigos a nuestra casa de campo. Mi marido era indio y me preparó con sus amigos una comida de su tierra. ¡Cuánto nos reímos ese día! Por la noche, ya en casa, mi esposo me leyó unos antiguos cuentos: yo estaba sentada a su lado, en el suelo, él sujetaba el libro con una mano, la otra la tenía puesta sobre mi cabeza. Nunca nadie me había resultado tan cercano. Fue el día más hermoso de mi vida. Creo que viví sólo para ese momento. La mañana siguiente mi marido murió”.

MZ: Así es. En el pasaje que citas, inmediatamente el personaje Margot la interrumpe y dice: “¡Qué terrible!”. Y Svetlana afirma: “No lo es. Antes de morir, me dijo que disfrutara aún un poco más del mundo y luego me reuniera con él. Y ya he disfrutado de este mundo. Incluso mi hijo murió, de tanto beber, supongo; ni siquiera me avisaron a tiempo para que pudiera desplazarme a su entierro. Ya me basta”.

AGA: ¿Cómo percibes las nociones del exilio?

MZ: Tuve la oportunidad de comparar la decisión de exiliarse de mis padres —que eran de la generación de Svetlana— con la de ella, cómo lo decidieron, qué les hizo tomar esa decisión brutal de dejar al ambiente conocido por un salto a cielo desconocido totalmente, una cultura absolutamente nueva; en el caso de mis padres, sin el conocimiento del idioma, ninguno de los cuatro sabía el inglés, mi padre un poco macarrónico. En el caso de Svetlana, ella sabía inglés, pero no conocía la cultura. ¿Qué te lleva a hacer esto? ¿Cómo vivió ella y cómo vivieron mis padres el proceso de exiliarse y cómo fue después de irte de tu país e intentar? ¿Hasta qué punto te integras o tienes la voluntad de integrarte y hasta qué punto piensas que es indeseable integrarte en una cultura como la norteamericana, que es absolutamente distinta de la europea y aun más distinta de la europea del este?

AGA: De acuerdo. Resultan culturas casi antagónicas.

MZ: Antagónicas se podría decir porque yo misma viví algunos detalles cuando ingresé a la universidad: la competitividad entre los estudiantes, que no dejaban copiar, por ejemplo. Era algo completamente distinto de lo que yo había vivido en la escuela, en la que copiábamos alegremente los unos a los otros, incluso esto creaba una especie de amistad, de complicidad entre los alumnos. En Estados Unidos eras el malo de la película si copiabas. Es un ejemplo de la competitividad que hay en la sociedad, yo no estaba acostumbrada a eso, estaba acostumbrada a la solidaridad entre las personas. Las diferencias estaban a cada paso. Eso lo trasladé de alguna manera a Svetlana, ella era mayor evidentemente, no iba a la universidad en Estados Unidos, pero había otras cosas que ella vivía de una manera como una novedad que ella rechazaba. Por ejemplo, cuando vio que las entrevistas en la prensa y en la televisión se hacían sólo para vender libros sin querer realmente indagar a fondo en algunas de las cuestiones se dio cuenta de que nadie se interesaba por ella, sino por el mensaje que ella podía decir como símbolo del poder soviético que optó por exiliarse, irse a la cultura casi antagónica en plena Guerra Fría.


Ilustraciones: Gonzalo Tassier.

AGA: Svetlana Allilúyeva rememora cómo el suicidio de su madre influyó en las políticas de Stalin. ¿Cuál es tu perspectiva de ese suicidio?

MZ: Esta novela se puede leer como una cadena de traiciones. Svetlana vivió la muerte de su madre como algo inevitable de niña, como es inevitable cuando alguien muere de una enfermedad, pero luego, cuando fue adolescente, a sus 16 años, se entera de que se trataba de un suicidio. Poco a poco se da cuenta de que se trataba de un abandono. Y un abandono de hecho es una traición. Ella misma abandonó y, por lo tanto, traicionó a sus propios hijos. Mientras tanto, abandonó a sus maridos, abandonó el régimen de su padre, traicionó el régimen paterno, se fue a la boca del lobo, se fue con el enemigo, lo que su padre jamás le hubiera perdonado. Era la traición máxima a su padre irse a los odiados Estados Unidos. Luego la historia de las traiciones siguió cuando ella regresó a la Unión Soviética, pues su hija no quiso volver a verla y su hijo no le hizo mucho caso. Se sintió traicionada por su hijo, que se había vuelto alcohólico y que cuando le pidió que le mandara su biblioteca, éste le dijo que haría cualquier cosa antes de enviarla. Ésta es la manera de vivir las relaciones familiares, según Svetlana, como traiciones, por los unos y por los otros. Y además Stalin mismo traicionó a su hija cuando mandó a su primer novio al gulag. Svetlana lo entendió así, como una traición.

AGA: En la segunda parte de Las rosas de Stalin te refieres a La cartuja de Parma. ¿Quiénes son tus autores predilectos además de Stendhal?

MZ: Stendhal me gusta mucho, es un gran escritor, cualquier novela suya es magnífica y se puede aprender mucho de él. Me gusta mucho Flaubert, Madame Bovary y su otra gran novela.

AGA: La educación sentimental.

MZ: Exactamente. Esa novela, porque es un poco lo que intento hacer yo también: narrar la vida de los individuos sobre el fondo de grandes acontecimientos históricos que se pueden llevar a las personas por delante. También me gustan mucho los grandes novelistas rusos del siglo XIX. Y naturalmente mi gran autor es Chéjov. El estilo lo he buscado en Chéjov y en Bohumil Hrabal, pero ahora soy menos hrabaliana y me gusta siempre releer a Chéjov, pero Hrabal fue parte de una época muy importante en mi vida, entonces tuve que escribir la novela Jardín de invierno para, de alguna manera, dar vía libre a todo lo de Hrabal que me circulaba en las venas.

AGA: En el capítulo “Nueva York, Princeton (1967)” escribiste: “por la noche Svetlana no pudo dormir. Soñaba que su padre la amenazaba y le gritaba y justo después le regalaba rosas”. La imagen es la clave y da título a la novela.

MZ: Sí. Básicamente cada exiliado sabe que una de las cosas que te pasan durante años es que padeces lo que se llama sueños de exiliado. Estos sueños generalmente se refieren a algo terrible que te pasaba en tu vida anterior, en la vida que era más plácida en tu país de origen. Y muchas veces esto se mezcla con alguna amenaza que sientes por parte de ese mismo país que no te deja acudir a la libertad.

AGA: En el capítulo “Moscú, Sochi (1963-1966)” escribiste: “Svetlana, de treinta y cuatro años, conocía bien su tendencia a embellecer lo desconocido. […] La sombra de su padre se cernía sobre ella, siguiéndola, fuera adonde fuera. […] Todos tenemos un pasado que no nos abandona. […] El Kremlin, donde había pasado su infancia, la llenaba de angustia”.

MZ: En el caso de Svetlana me di cuenta de que todo era más complejo, claro que ella soñaba con algo terrible que le venía por parte de su padre, pero la figura paterna siempre tenía las dos caras de la moneda: por un lado era el padre terrible, el dictador del país que tenía en su conciencia decenas de millones de vidas humanas y Svetlana le tenía miedo, ella misma tenía miedo de que en cualquier momento la podría hacer matar o enviarla al gulag, pero por otro lado también le mandaba rosas, y las rosas también son un símbolo que no está claro: huelen bien y son preciosas, pero tienen espinas. Las rosas de Stalin es eso. Son las dos caras que tiene Stalin, lo que le dio de bueno y lo que le dio de horroroso: las espinas y esa sombra de la que huye toda su vida.

AGA: ¿Cómo recuerdas tu primer encuentro con Bohumil Hrabal en 1987, cuando empezaste a traducir su obra al castellano y al catalán?

MZ: Fue un encuentro bonito, pero también un poco difícil, porque la mujer de Hrabal estaba muriendo. Él me dio algunos consejos a la hora de traducirlo, estaban los dos juntos pero era un poco triste porque Hrabal se iba al jardín de su casa de campo. Casi lloraba y decía que se le estaba muriendo su mujer y que hubiera valido más que se muriera él. Para mí fue también importante el hecho de haber conocido a su mujer, porque vi qué clase de persona era él, cómo era. Durante ese encuentro ocurrió algo curioso porque llegó un vecino de Hrabal con un solo plato, pero suculento, de un platillo típico chico, que era liebre con salsa blanca y una especie de pasta checa, y entonces Hrabal puso un par de cubiertos y hubo una cerveza de medio litro. Entonces el plato iba circulando de una persona a otra, que éramos como seis en la mesa, y cada uno comía un poco, bebía un poco de cerveza y pasaba el plato y la cerveza al siguiente. Era algo que no había visto jamás. Hrabal siempre era muy suyo, muy curioso y su personalidad daba impronta a todo.

AGA: ¿Cómo fue el proceso de escritura de Los frutos amargos del jardín de las delicias. Vida y obra de Bohumil Hrabal? ¿Hrabal estuvo presente mientras escribías el libro?

MZ: No, para nada. Ni siquiera lo sabía. Es que yo soy muy cauta con esas cosas, prefiero que no se sepan. Hrabal no era un personaje exactamente fácil, era una persona que a lo mejor te tenía cariño, pero al mismo tiempo era capaz de enviarte directamente al infierno, para usar una palabra suave. Entonces yo no quería exponerme a un chasco, no le dije nada, él lo sospechaba porque, claro, yo iba mucho a su mesa y él sabía que yo no era una de esas personas que pierden la vida tomándose cervezas, él sabía que soy una persona que trabaja, que le gusta trabajar y dedicarse a la literatura desde todos los puntos de vista. Se preguntaba: “¿esta chica —yo era una chica entonces— por qué viene?”. Se lo imaginaba.

AGA: Entonces Bohumil Hrabal sospechaba.

MZ: Sospechaba, pero no quería pensar mucho. Entonces al cabo de unos años, una mañana, cuando yo sabía que él iba a su cervecería, fui allí con el manuscrito; tuve suerte, él estaba solo y le enseñé el manuscrito y durante horas leyó algunas partes, hojeó otras, algunas las estudió muy a fondo y de esta manera llegó al final de la biografía, la cerró y dijo: “éste soy yo”. Me quedé muy, muy contenta y al cabo de pocos meses le llevé la traducción catalana del libro, que fue la primera que salió y que es la que él conoció. Existen fotos de él en el hospital leyendo Los frutos amargos del jardín de las delicias. Vida y obra de Bohumil Hrabal y el cineasta Jiří Menzel me dijo que fue el último gran regalo de su vida porque él sabía que no se quedaría la cosa en el catalán, que evidentemente la biografía saldría en checo y en castellano y que saldría en muchos otros idiomas. Él estaba consciente de que iba a ser una biografía que recorrería el mundo. Me dijo Menzel que esto le dio mucha tranquilidad a Hrabal. Él mismo se quitó la vida.

AGA: Hrabal te narró su vida en conversaciones sostenidas a lo largo de cuatro años y te indicó cómo traducirlo.

MZ: En los encuentros que tuvimos Hrabal me indicó también cómo le gustaría que lo tradujera, pero en el fondo no tenía muchas manías. No tenía manías como las que tiene Kundera. Milan Kundera tiene muchas manías con los traductores. A Kundera yo también lo traduje y somos amigos. Obliga al traductor que traduzca una palabra por otra de manera absoluta. En cambio, Hrabal siempre me indicaba que lo más importante era traducir su espíritu, el ritmo, el sentido del humor, pero que él creía que era mejor traducirlo libremente, no palabra por palabra. Yo intenté traducirlo palabra por palabra, pero realmente me concentré en estos consejos que él me dio y entonces traduje su atmósfera, para mí era muy importante como traductora de Hrabal. Realmente me costó mucho traducir el primer libro. Pero luego, cuando entras en su estilo, como yo he entrado, lo traduces de manera muy fluida, como internándote en él. También me dijo: “intenta convertirte en mí y pensar cómo lo diría yo en castellano, igual lo diría de otra manera que en checo, entonces tú tienes que recrearme”. Me dijo esto, me dio estos consejos y realmente es la mejor manera de traducirlo, lo que pasa es que un buen traductor tiene que saber cuándo puede hacer esto y cuándo debe traducir a la manera kunderiana. Hay tantos métodos de traducción como autores.

AGA: ¿Crees que traducir es convertirse en otro?

MZ: Sí, sin ninguna duda. No puedes ser tú mismo, no puedes partir de ti mismo. Traducir es convertirte realmente en otro, como un actor que está interpretando un papel o como un músico que está interpretando una partitura, pero a la manera de cómo lo quiere el director de orquesta, que siempre da su propia impronta a cada uno de los músicos. Es que estamos hablando de procesos creativos. Éstos son procesos absolutamente creativos, se trata de recrear una obra.

AGA: Has traducido a Jaroslav Hašek, Václav Havel, Milan Kundera, Anna Ajmátova y Marina Tsvetáieva, entre otros escritores. ¿De qué manera contrastas la escritura y la traducción?

MZ: De hecho, una parte de la otra y son procesos paralelos. La verdad es que nunca había aspirado a escribir novelas propias, pensé que eso debía ser algo muy difícil y que yo no llegaría a esto y estaba muy contenta haciendo traducciones, pero luego escribí la biografía de Hrabal. No es una biografía normal en el sentido anglosajón de la palabra, sino una biografía creativa, digamos, con diálogos y con recreación de ambientes, es poética también; además me metí realmente dentro de Hrabal y escribí la biografía un poco desde dentro de él, aunque está escrita en tercera persona, pero hay mucho en primera. Creo que esto fue el detonador que ya no me dejó tranquila.
Después de la biografía de Hrabal me puse a escribir otros libros. Me seducen las vidas de otras personas y poder recrearlas en una novela, pero no sólo he escrito esto, también he escrito novelas inventadas, basadas en la vida de mi familia, por ejemplo, de mis antepasados. Al mismo tiempo, mientras escribo, también me dedico a la traducción, básicamente a la de Hrabal, porque es el que va mejor con mi forma de ser, me encanta traducir a Hrabal y todavía quedan obras suyas por traducir. Estoy escogiendo algunas obras y las estoy trasladando al castellano. Realmente creo que cuando publiqué mi primera novela la crítica decía que por ser una primera novela es una escritura muy sólida, y creo que todo esto me lo dio la traducción. Muchas veces a los aspirantes a escritores les digo que quizá sí se puede aprender algo en talleres de escritura creativa, pero que realmente si uno se va fijando en lo que lee o si se decide por traducir lo que le gusta, entonces es el mejor aprendizaje. Y como dijo Hrabal: “soy un ladrón de tumbas ajenas”. Eso es lo que debe ser realmente un escritor, debe buscar en las tumbas ajenas lo que le conviene.

AGA: Estrenaste obras de teatro. ¿Cómo vinculas la dramaturgia con la narrativa?

MZ: En mis novelas cada vez me gusta más poner diálogos. Porque por varias razones cada vez tiendo más a la simplicidad y a decir mucho en pocas palabras y el diálogo tiene esta posibilidad, y además a mí me gusta también crear una especie de ligereza de espacio, aligerar el espacio de las páginas mismas con el espacio en blanco que te proporciona el diálogo. A mí me gusta crear ese espacio, que el lector tenga la sensación del espacio como cuando vas a un museo o a una galería de arte y entre cuadro y cuadro hay mucho espacio, en vez de que estén muy cerca las obras de arte. Cada uno tiene su manera de verlo.

AGA: Antes mencionaste la literatura rusa. Empleo el título del libro de George Steiner en el que analiza a los dos grandes escritores de la novela rusa: ¿Tolstói o Dostoievski?

MZ: Yo personalmente he aprendido de ambos, reconozco que la gran novela de Tolstói es Guerra y paz, pero al mismo tiempo me gustan novelas más íntimas en la literatura también, o sea que de Tolstói me quedaría con Anna Karenina y algunos de sus cuentos. Anna Karenina la tengo siempre en la mente, es importante para mi propia escritura. Y Dostoievski es importantísimo también. Casi diría que para mí la novela emblemática de Dostoievski es El idiota, con la idea de alguien que es muy buena persona e intenta hacer el bien en el mundo, entonces lo que causa es el máximo mal, más que una persona que realmente se propone hacer el mal, y acaban todos muertos. Ésta es la obra del pobre príncipe Myshkin, todos mueren. La encuentro magnífica. Dostoievski no tiene personajes claramente malos, tiene personajes que causan el mal, pero por alguna ideología que ellos consideran buena. He aprendido de Dostoievski y de Marilynne Robinson —enorme escritora contemporánea norteamericana— que no hay personas malas, que nunca una persona es mala del todo, sino que hay un núcleo bueno o que empezó como bueno y luego las circunstancias lo cambiaron en algo distinto.

AGA: Se trata de una ambigüedad moral o ética.

MZ: Sí. Una ambigüedad moral siempre existe en esos personajes, entonces mis personajes también son así.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Vestidas para un baile en la nieve se presenta hoy a las 19:30 en el foro ExpresArte de la librería Gandhi Mauricio Achar.

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Publicado en: Entrevista