There are more things in heaven and earth, Horatio,
Than are dreamt of in your philosophy.

W. Shakespeare, Hamlet.

Tal vez deberíamos aprovechar la muerte de nuestros héroes para evocar sus mayores tropiezos, fracasos, dislates, y de ese modo acordarnos de que fueron humanos como nosotros. “A los muertos les salen sus virtudes”, decía un pariente. En estos días los periódicos rebosarán de semblanzas elogiosas de Stephen Hawking. Tenemos la posteridad completa para admirarlo por sus aportaciones a la astrofísica y por el “ejemplo de vida” que fue su triunfo sobre la enfermedad que lo aquejó desde los veintiún años. Estoy seguro de que, con su buen sentido del humor, Hawking apreciaría también un homenaje negativo, que nos acordemos de algunos de sus despistes.

Empecemos por una apuesta que hizo en 1974 y perdió en 1990. La existencia de agujeros negros había sido postulada de manera teórica a partir de las ideas de Einstein sobre la gravedad y el espacio-tiempo por científicos brillantes como Hawking. Cuando se empezó a describir las características de estos monstruos cósmicos, nadie había observado uno. A mediados de los años sesenta, un detector de rayos X había dado cuenta de una fuente muy intensa de energía en la Constelación del Cisne: Cygnus X-l, una entidad que no tardó en convertirse en uno de los mejores candidatos a agujero negro. Kip Thorne (físico estadounidense, premio Nobel en 2017 por sus contribuciones a la detección de ondas gravitatorias) creía que Cygnus X-l era un agujero negro, y su muy británico amigo Stephen creía que no. Hicieron una apuesta, cuyo texto, citado en las memorias de Thorne, dice así:

Considerando que Stephen Hawking ha invertido mucho en relatividad general y agujeros negros y desea una póliza de seguros, y considerando que Kip Thorne ama vivir peligrosamente sin una póliza de seguros. Por consiguiente se decide que Stephen Hawking apuesta una suscripción de 1 año a Penthouse contra la apuesta de Kip Thorne de una suscripción de 4 años a Private Eye, a que Cygnus X-l no contiene un agujero negro de masa superior al límite Chandrasekhar.

De acuerdo con el testimonio de Thorne, su esposa, hermanas y madre se molestaron porque apostara una suscripción a Penthouse, una revista porno, contra la suscripción a Private Eye, un decente magazine de actualidad (dada su condición física, podemos suponer que Hawking le podía sacar más provecho a una revista satírica que a una publicación de uso “rudo” como Penthouse). El documento manuscrito que validaba la apuesta fue enmarcado en la oficina de Thorne, y pasaron muchos años antes de que la evidencia astronómica a favor de la existencia del agujero negro se acumulara. Cygnus X-l es un sistema binario, una pareja radiante formada por dos caracteres opuestos: una estrella de luz muy brillante y otra “cosa” muy oscura en cuanto a luz visible, pero muy “brillante” en cuanto a la emisión de rayos X. Como esta cosa oscura es demasiado pesada para ser una estrella de neutrones, resulta casi seguro que sea un agujero negro: una región tan densa y masiva que ni siquiera deja escapar la luz. Ante la acumulación de pruebas, en junio de 1990 Stephen irrumpió en la oficina de Thorne en California, y firmó con su huella dactilar la frase en la que reconocía haber perdido la apuesta.

La apuesta, hecha sobre todo para echar relajo, da cuenta del espíritu jocoso de nuestro homenajeado, y no dice nada en contra de la comprensión penetrante que tuvo de la naturaleza de los agujeros negros: descubrió sus leyes de evolución, desarrolló métodos matemáticos para estudiarlos y definió su “horizonte absoluto” (la frontera entre los sucesos “encerrados” en el agujero y los que logran emitir señales hacia el universo), entre otras muchas aportaciones sofisticadas que no estoy calificado para reseñar.

Otro gazapo de Hawking, acaso su mayor equivocación teórica, fue considerar que en un agujero negro se podía violar la segunda ley de la termodinámica, perdiéndose la entropía (magnitud de desorden irreversible) asociada a un proceso de transferencia de energía entre el exterior y el interior del agujero. En este sentido, Hawking procedió con las leyes físicas de una manera semejante a como los mexicanos procedemos con las leyes civiles; pensó que no pasaba nada si se perdía nomás un poquito de entropía, total, estando en un lugar tan raro como un agujero negro, ¿qué más daba si la ley se infringía tantito? El físico teórico Jacob Bekenstein no estuvo de acuerdo, y propuso alternativamente que el área superficial del agujero enmascaraba el aumento de su entropía, y ganó la controversia con Hawking y el statu quo que se había alineado con el célebre profesor de Cambridge.

A estas alturas se nos ofrece una tentadora metáfora en súper-oferta: la muerte como agujero negro, como una región de densidad infinita donde cabemos todos y donde todo lo que fuimos se pierde para siempre. Esta metáfora sale tan barata que dan ganas de utilizarla en esta ocasión luctuosa, pero la muerte de Stephen Hawking no se parece en absoluto a un agujero negro, sino a una estrella muy brillante que aún después de desaparecer sigue brillando.

Nos ha dejado, además de profundas contribuciones astrofísicas, una eminente obra de divulgación científica. Su Breve historia del tiempo, de 1988, fue un tremendo best seller y se ha convertido en un long seller que nos sigue educando a muchos legos sobre las dimensiones y rarezas del universo.

Si alguien ha entendido el tiempo en sus dimensiones objetiva y subjetiva es Hawking. Debido a la degeneración progresiva de sus neuronas motoras, fue perdiendo la movilidad a partir de 1963. En 1972, antes de cumplir treinta años de edad, ya tenía que desplazarse en una silla de ruedas motorizada, y ya no podía escribir. Hacer cálculos matemáticos complejos sin poder usar papel y lápiz requirió una inteligencia y concentración prodigiosas. La discapacidad dio fulgor a su genio analítico. En 1985, debido a la necesidad de una traqueotomía para drenar sus pulmones artificialmente, perdió por completo el uso de la voz, que ya era casi ininteligible de por sí. Fue entonces cuando surgió su emblemática voz sintética, con acento de robot estadounidense (no entiendo por qué no tuvieron la delicadeza de hacerlo británico). Con la progresiva inmovilidad, el control del sintetizador se hizo más lento. Llegó a tardar mucho tiempo en formar una sola frase con movimiento faciales minúsculos. Yo, que soy un impaciente patológico, imagino con horror la calma necesaria para comunicarse de ese modo. ¿Cómo pasa el tiempo para alguien que no puede moverse ni un centímetro? Hawking lo supo muy bien. Su condición inmóvil, el divorcio atroz entre un cuerpo inerte y una mente capaz de las acrobacias más prodigiosas, debe haberle permitido ver el mundo desde una perspectiva muy singular. Seguramente llegó a intuir verdades que, por no poderse expresar con ecuaciones, quedaron sin ser dichas.

Acaso su mayor dislate le impidió compartirlas con nosotros. En 2011, en una conferencia “Zeitgeist” patrocinada por Google, la emblemática voz robótica de Hawking pronunció una frase lapidaria que yo ya había leído, con escándalo, en The Grand Design, de 2011, obra de divulgación coescrita con Leonard Mlodinow: “la filosofía está muerta. La filosofía no se ha mantenido al día con los desarrollos científicos modernos, particularmente en la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en la búsqueda del saber”. Si quiso ser provocador, no lo logró, pues tan solo pronunció un eco de la opinión común de que los filósofos, inmersos en controversias académicas, escolásticas, han dejado de decir cosas relevantes para la sociedad. Aunque esta crítica es justa en ciertos casos, su grosera inexactitud no es digna de un científico. La filosofía tiene mucho qué decir. Hawking, por ejemplo, ha muerto a los 76 años después de vivir décadas gracias a los avances de la medicina moderna, pero la ciencia no nos dice qué actitud moral conviene tener ante el hecho de que existan tormentos como la esclerosis lateral amiotrófica, y ante el hecho incontestable de que nuestra modesta vida es, para nosotros mismos y a veces para una que otra persona que nos ama, algo infinitamente valioso y profundo, inconmensurable, un agujero blanco en un mundo carente de sentido. Ya lo dijo Cicerón, siguiendo a sus maestros: filosofar es prepararse para la muerte. Y, como escribió Luis Villoro, solo un temple filosófico puede convertir la ciencia en sabiduría. ¿Cómo vivir la vida? No hay ecuación para responder.

En condiciones naturales, al joven Stephen se lo habrían zampado las hienas hace más de cincuenta años. Su prolongada existencia es un símbolo del progreso humano. Hawking duró hasta ayer, viajando por el mundo con su silla y por el universo con sus cálculos e hipótesis. En 2007, el máximo rock star de la ciencia contemporánea participó en uno de esos vuelos recreativos a la estratósfera para experimentar la ausencia de gravedad. Hay una fotografía suya flotando dentro de la nave, con el rostro empapado de una sencilla e inconfundible alegría. La gravedad y la esclerosis ya no lo dejaban sonreír con los pies en la Tierra, pero allá arriba no hubo impedimento para que sus gestos nos dijeran lo bien que se sentía uno de los mayores genios de nuestro tiempo. Me quedo con esa foto para siempre, con sus libros y su buen humor. La filosofía no está muerta, él tampoco.

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017).

 

 

Un comentario en “Stephen Hawking: gravedad cero

  1. ¡Hermoso texto!
    Comparto lo siguiente:
    Hoy, a la hora de la comida un fulano opinaba que en su momento Stephen Hawking declaró que no creía en Dios, para su percepción (del comensal) Hawking era un arrogante sólo por su postura “atea’ y lo comparaba con Albert Einstein quién sí era un creyente y que en su momento se arrepintió de la creación de “su bomba atómica’…

    Tanto Hawking como Einstein -ateo o creyente- sus contribuciones y su poderosa imaginación aportaron a la humanidad más de lo que éste comensal puede saber de su limitado conocimiento de estos monstros de la ciencia. “La raza humana necesita un desafío intelectual. Debe ser aburrido ser Dios, y no tener nada que descubrir” Así es maestro Hawking, este señor comensal es un Dios. (muy aburrido y sobretodo, arrogante)

    Buen provecho.