Esta semana murió uno de los teóricos de la historia más importantes de las últimas décadas; y fácilmente el más provocador. Hayden White se dedicaba a los asuntos medievales hasta que decidió que su auténtico interés en la historia estaba en preguntarse por las maneras en que ésta se escribe. Con las teorías que desarrolló durante el resto de su carrera, White trastocó para siempre la manera de entender el discurso histórico y, de algún modo, la propia escritura de la historia.

White expuso sus ideas por primera vez en Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX (1973). El volumen estudia la obra de Michelet, Marx, Ranke y Tocqueville, entre otros exponentes de la historia moderna. De los libros de estos pensadores, White acusó nada menos la ficción que contenían, no porque los datos que aportaban no fueran ciertos, sino porque la manera de seleccionarlos y presentarlos se estructuraba siguiendo lógicas narrativas literarias. Para White, todo esfuerzo por relatar el pasado, cualquier libro de historia, por más pretensiones científicas que tenga, se vale de una serie de estrategias narrativas; incluso, dice el historiador, se puede ver una aproximación cómica, romántica, trágica o satírica a la historia, dependiendo del punto de vista que decida emplear el autor.

Así, para disgusto de los historiadores tradicionales, White llamó la atención sobre un hecho fundamental en la manera de contar la historia: no importa cuántas horas pasen los investigadores en los archivos o el porcentaje de citas textuales, fuentes directas u otros materiales que utilicen, lo que narran es esencialmente parcial y subjetivo.

White dedicó el resto de su carrera a pensar los límites a los que nos enfrentamos cuando buscamos hablar del pasado de manera objetiva. Con el ánimo de que nuestros lectores se acerquen a la evolución de las ideas de este teórico, retomamos aquí la que quizá sea su última entrevista. El mes pasado, la revista History and Theory publicó dos videos en los que su editor, Ethan Kleinberg, conversa con White sobre su último libro, The Practical Past (Northwestern University, 2014). El volumen recoge muchas de las obsesiones del que fuera profesor de Stanford, y también introduce el concepto de “pasado práctico” que, siguiendo a Michael Oakeshott, propone pensar la historia como un discurso ético más que una ciencia: como una forma de narración que sirva para vivir mejor.

White define esta forma de acercarse al pasado como una estrategia para aprehender los problemas a los que nos enfrentamos cotidianamente. Es diferente al pasado que los historiadores se sienten cómodos estudiando con sus técnicas y métodos tradicionales, y también mejor, en tanto le es “útil” a la gente. En la conversación hace un llamado a sustituir los departamentos académicos de Historia por unos que se dediquen a los Estudios del Pasado en general, dándole entrada al análisis de cuestiones como los sueños, las paranoias o la sexualidad, y echando mano de disciplinas como el psicoanálisis, las neurociencias, la genética o la arqueología.

White siempre se preocupó por el peso de la historia y en esta conversación dice claramente que siente que la disciplina está perdiendo popularidad. ¿Por qué no tomar en cuenta entonces el interés real que tiene la gente con respecto al pasado?