Intentar aprehender todo lo que está exhibido en el Museo Soumaya parece una labor titánica. En su totalidad, es uno de esos lugares que no tienen escala humana y que fácilmente rebasan al visitante. El siguiente recorrido pretende calibrar los espacios que conforman este museo que, desde su inauguración en 2011, se ha convertido en uno de los recintos culturales más visitados del país.

Siempre quiero que el Museo Soumaya sea algo que no es. Cuando lo vi por primera vez en 2011 quería que fuera un edificio menos estridente, que sus hexágonos fueran menos escamosos; pero conozco a tantos a quienes les encanta la fachada futurista, curvilínea y tornasol. Cuando lo visité esa primera vez, también quería que la luz natural no solo estuviera en el último piso, que el recorrido no fuera en espiral; pero hay muchos que disfrutan los ecos del Guggenheim y no se quejan de la luz artificial. Quería que la museografía se sostuviera por sí misma y ayudara a hilar la colección tan cuantiosa que alberga. Al mismo tiempo, sin duda es difícil imaginar cómo articular más de 66,000 piezas de una colección privada que responde a un gusto personal.

El anhelo de que el museo sea algo que no es fácilmente empaña lo que sí es. En definitiva se trata de un ícono arquitectónico que transformó por completo una zona que antes se caracterizaba por bodegas y fábricas. Fue el impulso que consolidó toda el área como un centro cultural importante en la ciudad. El vestíbulo asimétrico hace una declaración osada al exhibir a Miguel Ángel y Rodin junto con Diego Rivera y Tamayo. El mural de mosaico de Río Juchitán y las sandías de gran formato funcionan como corchetes oaxaqueños para las esculturas clásicas y anuncian lo diverso que es el alcance de la colección. También presentan por primera vez las asociaciones que el museo busca establecer entre el arte universal y el arte nacional en cada uno de los pisos. La circularidad de los muros, su blancura y la superficie, tan tersa, hace que las piezas destaquen y parezcan suspendidas. Sin la espiral seguramente se perdería el efecto y el inicio del museo sería menos expresivo.

 

Vista exterior del Museo Soumaya.
Fotografía: Raystormxc, bajo licencia de Creative Commons.

 

La recomendación es subir directamente al último piso, empezar el recorrido ahí y bajar las rampas a pie. La sala del último piso, “Julián y Linda Slim”, probablemente sea la más popular. Está repleta de bronces de Rodin y de alumnos suyos destacados, como Camille Claudel y Émile-Antoine Bourdelle. Hay varias manos que yo podría visitar a diario y sospecho que así les pasa a todos los visitantes con diferentes esculturas. Como contrapunto al realismo propio de estas piezas, también se muestran algunas esculturas surrealistas de Dalí. El quinto nivel alberga exposiciones temporales, ejercicios de depuración que, a través de un tema, señalan relaciones mucho más estrechas entre las obras de la colección.

Al llegar al cuarto nivel, aunque la cantidad de obra siga aturdiendo un poco, no queda más que reconocer que hay piezas de lo que titulan “Del impresionismo a las vanguardias”, que valen mucho la pena. ¿En qué otro museo en México podemos ver a Manet, Monet, Renoir, Degas, Pissarro? ¿Van Gogh, Chagall, Miró y muchos otros? Quizás exponerlos junto a los paisajes y los cuadros costumbristas de México en el siglo XIX no acabe de convencer a todos; sin embargo, con algo de voluntad se pueden dejar de lado las categorías y suspender por unos minutos las exigencias intelectuales para apreciar muchos de esos cuadros en su particularidad. Al ser tan profusas, las salas del Museo Soumaya son recordatorios de que, en cualquier espacio expositivo, se vale que nuestra mirada sea selectiva, incluso intolerante, y escoja solo un par de piezas para contemplar.


Edgar Degas, Woman Washing, ca. 1906.

 

La sala del tercer piso, “Antiguos maestros y novohispanos”, ofrece cuadros de Cranach, Tintoretto, el Greco, Rubens, Murillo y Artemisia Gentileschi. Estos celebrados artistas europeos conviven con pintores coloniales como Villalpando, Juárez, Cabrera y Páez. Aun cuando este no sea tu arte predilecto, el claroscuro siempre tiene una teatralidad que puede cautivar. Al bajar un piso, esos colores contrastan por completo con la filigrana de marfil. La destreza para manejar el material es impresionante. Esta maestría técnica y la cualidad de precioso que le damos a determinados materiales también se puede observar en la colección de artes decorativas de oro y plata que tiene el museo en el primer nivel.

 

Artemisa Gentileschi, María Magdalena como melancolía, ca. 1622.

 

Intentar aprehender todo lo que está exhibido en el Soumaya parece una labor titánica. En su totalidad, es uno de esos museos que no tienen escala humana y que fácilmente te rebasan. Pienso que quizás me sienta incómoda por el ejercicio de humildad extrema al que este tipo de museos, tan ambiciosos, me enfrentan. Algo del rechazo también tiene que ver con prejuicios académicos que quieren narrativas más sugerentes, posturas más argumentadas. Pero visitar el Soumaya, sobre todo en fin de semana, supone una alegría extraña. Uno no puede creer cuánta gente hace fila para entrar. Acostumbrada a espacios museísticos bastante solitarios, sin duda da gusto que tanta gente pueda disfrutar del arte y la cultura. Da gusto, también, que la mayoría de los visitantes no parezca desorientada como yo, tan perpleja con la multiplicidad rizomática de sus salas.

La última ocasión que visité el Soumaya pensé mucho en el concepto de lo relevante. Nina Simon, la directora ejecutiva del Museo de Arte e Historia de Santa Cruz, California, le dedica un libro entero al término en The Art of Relevance (2016). Originalmente ella pensaba la relevancia como un vínculo entre una persona y algo más. Sin embargo, la investigación de Deirdre Wilson y Dan Sperber que consulta, explica que la relevancia es más que una conexión, provoca un efecto cognitivo positivo. Algo se vuelve relevante cuando te brinda nueva información, marca alguna diferencia para ti y le da significado a tu vida. La relevancia además está en función de qué tanto esfuerzo necesitas hacer para comprender el estímulo y qué tan positivo será el efecto derivado. Desencadena en algo. Nina Simon propone pensar la relevancia como una llave, y esa llave solamente es valiosa si te lleva a una experiencia que valga la pena.

La cantidad de visitantes que había cuando fui al Museo Soumaya hace un par de días demuestra que para muchos es un espacio en efecto muy relevante. Mis “peros” resultan ser lo de menos. El hecho de que sea gratuito, el atractivo visual del edificio, el renombre de los artistas, la afinidad con nociones muy tradicionales de arte, el uso de iPads para algunas cédulas, e inclusive la abundancia de piezas, funcionan como llaves ideales para muchos visitantes que dentro de este museo encuentran una experiencia poderosa.

 

Paulina Morales
Maestra en Museología por la Universidad de Leicester.