A finales de los años sesentas, el empresario Manuel Suárez y Suárez comenzó la construcción de la que sería su obra cumbre: el Hotel de México. Entre otras maravillas, el faraónico recinto estaría decorado por El mito del mañana, mural comisionado al artista japonés Taro Okamoto. Devorado por las deudas, el proyecto se convirtió en un gigantesco fracaso y la obra de Okamoto se perdió durante décadas. Aparecería años después en una de las estaciones más importantes del metro de Tokio. Esta crónica nos lleva por las lluviosas tardes de la capital japonesa, y a la par viaja al pasado mexicano en busca de la obra de uno de los artistas japoneses más importantes del siglo XX.

Bajo esta lluvia fina, tibia, igual a la del norte de Europa, Tokio me parece poco propicio para recibir a los que llegan a él lleno de ilusiones.
Enrique Gómez Carrillo

Llegamos a Tokio una tarde de octubre, cuando llovía de manera insistente aunque tenue. Era nuestro viaje de bodas y, como ya habíamos tenido que cancelar la celebración por culpa del terremoto —no así el enlace civil—, pensamos, como si en el mundo hubiera balance, que los fenómenos naturales iban a darnos una tregua, que el chubasco sería pasajero. Interpretamos el mapa del metro y recorrimos algunas estaciones entre japoneses comprensivos que hacían espacio para nuestras maletas en los vagones; cuando por fin salimos a la intemperie, a solo unas cuadras del departamento donde íbamos a hospedarnos, volvimos a ver el cielo gris, aquella segunda vez con ironía.

En Japón es común que los turistas alquilen routers inalámbricos denominados “pocket wifi”. Caben en la palma de la mano y se conectan con varios dispositivos al mismo tiempo. Gracias a ellos, los grupos de viajeros se deshacen de los mapas anticuados y de los cuadernos de notas para entregarse a sus dispositivos electrónicos y a la señal de GPS. Pero aquella tarde, sin un paraguas que nos resguardara, los celulares resultaban inútiles. Tuvimos que memorizar el camino, dar vueltas en círculo y volver —como se dice— sobre nuestros pasos. Fuimos auxiliados por un viejo parlanchín que nos dio instrucciones usando las manos ingeniosamente: contaba con los dedos las cuadras que debíamos pasar, trazaba pequeñas curvas con la mano abierta y luego volvía a contar cuadras con los dedos. Terminé admirando su pantomima al mismo tiempo que dejaba de prestarle atención. Por fortuna, Carla lo atendía con diligencia.

Retomamos el camino y pensé, todavía sin imaginar lo que nos esperaba, en aquella máxima del libro Hagakure. El camino del Samurái: “Algo se puede aprender de un aguacero. Cuando te sorprende, intentas correr para buscar resguardo. Sin embargo, aunque transites bajo los salientes de las casas, no podrás evitar mojarte. Con determinación, si te haces a la idea de estar mojado, nada te sorprenderá. Este principio se extiende a todas las cosas”.1  

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Manuel Suárez y Suárez, uno de los mecenas más importantes del periodo posrevolucionario, nació en Asturias, España, en 1896. Una biografía asegura que el joven Manuel viajó a México a los quince años subvencionado por un hermano mayor. Que recorrió el país —en guerra civil entonces—, comerciando granos. Que su sagacidad lo llevó a imprimir billetes para sacar adelante sus negocios en una tierra sin orden político ni comercial. Que cuando nació su primer hijo, a principios de los años veinte, decidió arraigarse en México de manera definitiva.  

Otra versión, obtenida de una entrevista que el mismo Suárez y Suárez concedió al semanario Proceso en 1981, resulta distinta. Según ella, los padres del joven Manuel eran dueños del rancho El Chopo, ubicado en la colonia Nueva Santa María, mismo que tuvieron que malbaratar por presiones del gobierno. Debido al empobrecimiento de la familia, el joven tuvo que trabajar en una tienda de abarrotes mientras estudiaba con los jesuitas. Luego abrió su propio almacén en La Merced, y después, gracias a la ayuda de amigos que le fiaron mercancía, pudo dedicarse a la venta de café al mayoreo en el norte del país —y a luchar en la revolución junto a Pancho Villa: “No fui tan parejito en el capitalismo, porque también anduve en la revolución y tengo tres heridas de bala”.2 

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De acuerdo con Lonely Planet, todo lo que hacía palpitar a Tokio se encontraba en el distrito de Shinjuku; por ello elegimos aquella zona para hospedarnos: “grandes almacenes selectos, tugurios anacrónicos, rígidas oficinas gubernamentales, multitudes, pantallas de video callejeras, santuarios ocultos y rascacielos de vértigo”.3 Antes de conocer las míticas luces de neón de la noche tokiota, a unas cuadras de los bares y de las tiendas, recorrimos, ya empapados, calles laberínticas y angostas de un pequeño bloque de tres o cuatro manzanas que se resistía, con las uñas, a la gentrificación.

Frente a una vieja casa de tejados Kawara —de cuyas esquinas escurrían gotas a un ritmo acompasado, podría decirse que budista— estaba el edificio que nos alojaría. Fue reconfortante descubrir que en el departamento minúsculo había un lugar para cada cosa, hasta balcón techado para tender nuestras chamarras. Desde el balcón del edificio de enfrente, a escasos quince metros, una anciana miraba llover sin melancolía. Luego me observó. Decidí que me compadecía por llegar a la capital de su país en una tarde lluviosa.

Cuando entré de nuevo a nuestro alojamiento vi a Carla sentada frente a la computadora; iba a decirme algo, pero se contuvo. “¿Va a llover todos los días?”, le pregunté, y entonces me dijo, tratando de restarle importancia a la noticia, que se acercaba una tormenta. “Un tifón”, precisó, después de mi silencio. Me acerqué al monitor y leí que el tifón Lan, categoría 4, iba a provocar que se cancelaran cientos de vuelos y servicios de trenes, y que miles de personas fueran evacuadas.

Salimos a cenar, supongo que resignados, y descubrimos que las multitudes de Shinjuku eran inmunes a la lluvia. Caminaban debajo de sus paraguas sin mayor prisa. Grandes pantallas eléctricas iluminaban las nubes: el cielo de Shinjuku brilla con luz artificial. En la pantalla más grande se transmitían escenas de La forma del agua, recientemente ganadora del Festival de Venecia. El inmenso rostro de Guillermo del Toro, mientras que el director peroraba acerca de la creación cinematográfica, nos hizo sentir como en casa.

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En 1923, Manuel Suárez y Suárez, ya un hombre próspero, fue contratado por el Departamento de Abasto para construir bodegas, y se dio a la tarea de buscar materiales para cumplir con su labor. De esa forma descubrió un nuevo material, mezcla de asbesto y cemento, que, además de ser accesible, contaba con propiedades aislantes y perdurabilidad. Don Manuel hizo un segundo descubrimiento afortunado ese día: los únicos fabricantes en México se encontraban en quiebra, lo que representaba una oportunidad de negocio. Suárez y Suárez compró la pequeña empresa Felgueres y de la Peña, que entonces cabía en un garaje, y la convirtió en la constructora con mayores volúmenes de obra en todo el país: Techo Eterno Eureka; con ella construiría infraestructura sanitaria, carreteras, presas e ingenios azucareros.

Una vez afianzado su capital, cuando Suárez se dedicaba a rechazar la cartera de economía para convertirse en el empresario consentido del régimen, comenzó dos pasatiempos íntimamente ligados que a la postre lo distinguirían: coleccionista de arte, primero, y mecenas, después. Reacio, como era, a arriesgar dinero en su pasatiempo, solía comprar arte local de artistas ya legitimados.

Don Manuel, empresario sagaz, iba a acostumbrarse a construir puentes entre él y lo que quisiera su voluntad: entre él y David Alfaro Siqueiros o entre él y el edificio más alto de México, por ejemplo. O, mejor todavía, puentes que lo llevaran a todas sus metas al mismo tiempo.

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Acaso inspirados por la filosofía Samurái, decidimos que, a pesar del tifón, y mientras nuestras defensas nos lo permitieran, estaríamos en la calle el mayor tiempo posible. Nos envalentonamos pensando que proveníamos de la Ciudad de México, de igual forma tendiente a las precipitaciones pluviales. Y si obteníamos uno de esos paraguas transparentes que cargaba todo el mundo, podíamos salir bien librados de los chubascos. En algún lugar leímos que los famosos paraguas de Tokio eran, de facto, públicos. La gente solía utilizarlos como si fueran desechables por su baja calidad, dejándolos afuera de los lugares sin esperar encontrarlos a la salida; en todo caso, si no hallaban el suyo —que de todos modos era indistinguible—  podían tomar otro y seguir su camino sin reclamo. Las oficinas de objetos perdidos en Japón reciben entre 300,000 y medio millón de paraguas todos los años. Sólo el 0.3% de sus propietarios acuden a reclamarlos.

Un solo paraguas que compramos por el equivalente a sesenta pesos nos bastó para caminar juntos a través de Tokio Midtown. Visitaríamos la galería 21_21 Design Sight, donde encontramos una exposición sobre la ternura en la cultura japonesa —kawaii—, representada en aquellas imágenes satíricas de ranas y conejos saltarines, comúnmente atribuidas a un monje del siglo XI, y que son consideradas como los orígenes del manga; también osos sonrientes tallados en troncos de árboles y en Hello Kittys al por mayor. La galería era más pequeña de lo que imaginábamos y en poco tiempo estuvimos afuera otra vez.

Al salir, vimos dos paraguas a la deriva. Uno, sabíamos, no era nuestro, y a pesar de la información con la que contábamos, dudamos si debíamos tomarlo o no. Mientras que la lluvia arreciaba frente a nosotros, decidimos que sí. Corrimos a través de un parque, acaso por la lluvia, acaso por nuestro pequeño hurto.

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En los años sesenta, Manuel Suárez y Suárez decidió cuál iba a ser la mayor de sus proezas. Arrasaría con el inmenso Parque Lama —ubicado en la colonia Nápoles— para levantar el edificio más alto de Hispanoamérica, con 219 metros de altura: “Yo quería que fuera, en el siglo XX, como un equivalente en grandeza a la gran pirámide de Teotihuacán”.

Fabricio Mejía Madrid describió el proyecto así: “[…] según la publicidad, el Hotel de México tendría 51 pisos para alojar a 3,100 personas, 1508 habitaciones hexagonales, entre ellas 1118 recámaras, 132 suites ejecutivas, tres suites ministeriales y dos presidenciales, cuatro cafeterías con capacidad para 800 personas, seis restoranes para 1240 comensales, un restorán giratorio en lo alto de la torre, catorce comedores privados que atenderían a 850 personas, un elevador para mirones y diecinueve más para cargar y descargar botellas, pasajeros, equipaje, un mirador al aire libre y dos al descubierto para contener a 1000 personas cada hora […]”.4

Años antes de comenzar semejante empresa, don Manuel había construido el Hotel Casino de la Selva en Cuernavaca; según el proyecto original, los cuadros de la sala de convenciones de aquel hotel debían ser pintados por David Alfaro Siqueiros. El plan no pudo consumarse debido al encarcelamiento del muralista. Años después, don Manuel, hombre de ambiciones férreas, decidió que Siqueiros, ya fuera de la cárcel, no pintara simples cuadros de una sala de convenciones en un hotel de Cuernavaca, y que pintara, en cambio, un mural de 4,600 metros alrededor de un teatro con capacidad para dos mil espectadores sobre una de las avenidas más importantes del Distrito Federal: el Polyforum Cultural Siqueiros. Suárez, al respecto, diría: “Para mí [Siqueiros] era el pintor número uno, limpio, decente, con el cual me entendí maravillosamente. Por eso hicimos el Polyforum […] Yo no sé qué pensaba de Rusia o el socialismo, pero yo le saqué La marcha de la humanidad que no tiene paralelo”.

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Dependientes, como éramos, de los teléfonos celulares, decidimos comprar una pila externa que nos asegurara conectividad durante el resto del viaje. Era un buen pretexto para visitar el barrio comercial Akihabara, en donde, además de establecimientos duty free especializados en productos electrónicos, podíamos visitar tiendas de juguetes estrafalarios para los consumidores de cultura otaku —aficionados al manga—, lo que nos interesaba en realidad muy poco, pero según nos habían dicho constituía una parada indispensable.

Al salir del metro vimos espectaculares con los dibujos característicos de Japón que coronaban los edificios. También locales con máquinas tragamonedas de donde salían acordes computarizados entre vocecitas de caricatura. En algunas esquinas había un tipo particular de establecimiento, maid cafes, en donde, según la publicidad, mujeres jóvenes de aspecto inocente atendían a la clientela uniformadas como sirvientas del siglo XIX; grandes retratos de las jóvenes, a veces solas, otras en grupo, se extendían en mantas sobre las fachadas de los edificios para llamar la atención de la clientela. En la avenida principal, encima de una camioneta adornada con propaganda política, un orador hablaba a través de su megáfono mientras que alrededor de cien oyentes ondeaban banderas de Japón; al día siguiente habría elecciones legislativas. Eso fue lo que vimos en los primeros cuatro vistazos.

Intimidados por las impresiones distópicas, agotados por la lluvia y el ruido, corrimos a resguardarnos en la primera entrada que pudimos, que resultó ser un maid cafe. Hombres de mediana edad vestidos con traje, adolescentes y grupos de turistas esperaban su turno en una fila muy larga. Mientras decidíamos nuestros próximos pasos, comencé a sentir curiosidad por lo que fuera que ocurría allí adentro, e iba a sugerirle a Carla que hiciéramos la fila también cuando me dijo: “Vámonos de aquí”, mientras jalaba de mi mano. Ella había comprendido que los maid cafes son una desviación de esa cultura de la ternura, kawaii, que hacia el siglo XI había comenzado con dibujos de ranas y conejos y que diez siglos después, propagaba, desde las caricaturas, personajes inocentes y jóvenes en el manga y el anime. Más tarde leeríamos que los cafés se habían popularizado a inicios de los años dos mil. Que las meseras decoran los platos con corazoncitos y luego, cuando los llevan a los clientes, hacen figuras de corazones con las manos e incitan a los comensales para que hagan lo mismo.

De la mano de Carla regresé a la lluvia, en todo caso más hospitalaria, y a la concentración política, a los locales con tragamonedas, a los espectaculares con caricaturas, a las anodinas tiendas de productos electrónicos duty free en donde compramos nuestra pila a un precio razonable. 

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En 1967, cuando las obras del gran Hotel de México y del Polyforum se encontraban en su apogeo, Siqueiros recibió la visita de su amigo Taro Okamoto, pintor, escultor, escritor y etnólogo japonés, cuya obra se caracterizaba por la abstracción, y que pertenecía al movimiento artístico de Kandinsky y de Mondrian. Hacia finales de los años sesenta, Okamoto, que había servido al ejército japonés en la Segunda Guerra Mundial, decidió explorar la devastación bélica con su obra, y pensaba que, acercándose a la cultura mexicana, propensa a integrar la vida y la muerte, podría alcanzar su propósito de manera más libre. Taro, encantado con los rituales prehispánicos, aseguró: “¡Este país es imperdonable! Me imita desde hace miles de años”.5

Manuel Suárez y Suárez conoció al artista japonés y decidió invitarlo a participar en su complejo, con otro mural que debía adornar el vestíbulo del hotel, y que debía medir unos treinta metros de largo por 5.5 de alto. Okamoto, ilusionado, aceptó: durante sus estancias en México sería alojado en el Hotel Camino Real y contaría con un grupo de pintores ayudantes a su disposición. El artista japonés regresó a su país y trazó una serie de bocetos inspirado por la explosión de la bomba atómica en Hiroshima y también en el muralismo mexicano y su tendencia a plasmar temas sociales. Cuentan que Toshiko, compañera de vida de Okamoto, objetó que al centro de la composición hubiera un esqueleto ya que el mural adornaría el hotel, y que este le contestó: “En México está bien el esqueleto. Hay una fiesta llamada Día de muertos”.6

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Como regalo de bodas, nuestros amigos nos habían regalado una cena en el New York Bar, ubicado en el último piso del hotel Park Hyatt Tokyo; un bar de jazz popularizado por Lost in translation, la película de Sofia Coppola. Es el lugar donde los personajes interpretados por Scarlett Johansson y Bill Murray se conocen. Queríamos llegar antes de las ocho de la noche para evitar el cobro de la entrada que comenzaba a esa hora.

La puntualidad de los medios de transporte jugaba en nuestra contra. Cuando íbamos a un lugar, utilizábamos la aplicación de Google Maps para que nos sugiriera la mejor ruta posible. El problema era que a veces, por torpeza o problemas de conectividad, realizábamos nuestros desplazamientos en un tiempo mayor al estimado; si llegábamos a la parada de autobuses, por decir algo, tres o cuatro minutos después, el autobús ya se había ido, y entonces debíamos introducir nuevos datos para que la ruta fuera reconfigurada; en esa segunda ocasión, podía sugerirnos que mejor utilizáramos el metro. Supongo que gracias a esas actualizaciones conocimos Tokio un poco mejor. Luego Carla arregló el problema indicándole al sistema que saldríamos quince minutos tarde para prevenir contratiempos. Aquella noche, no obstante, después de haber perdido el camión, debíamos caminar si pretendíamos llegar a tiempo.
Fue difícil encontrar el hotel. Todos los rascacielos de Shinjuku quedaban ocultos por la neblina, como si hubieran sido cortados de manera abrupta a partir del piso veinte, perdiendo, junto a sus pisos más altos, su singularidad. Desde la calle, era imposible distinguir que el Park Hyatt Tokyo era un edificio compuesto por tres torres, iguales en forma, aunque diferentes en altura, tal y como habíamos visto en fotografías. Cuando por fin logramos entrar al pasillo que conecta las tres torres y caminar a la más alta, es decir la S, de 235 metros, era demasiado —5 minutos— tarde, y tuvimos que pagar la entrada.  

Fuimos afortunados, sin embargo. La única mesa disponible en el New York Bar era la mejor, justo frente la banda de jazz y ese ventanal inmenso desde donde Tokio suele apreciarse con nitidez. Dicen que en algunos atardeceres despejados es posible divisar al Fuji imponente en el horizonte. Esa tarde, oculta debajo de las nubes, la capital de Japón era invisible. Entre otras canciones escuchamos una versión clásica de “Moon River”. Jugamos a adivinar a qué se dedicaba el resto de los comensales, y a qué pensarían ellos que nos dedicábamos nosotros.

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La Expo Mundial de Osaka, Japón, en donde Taro Okamoto tenía el cargo de director del Pabellón Temático, iba a inaugurarse el 13 de marzo de 1970. Se trataba de la primera feria internacional celebrada en Asia, y en ella Taro erigiría su obra más importante, una escultura de setenta metros que recibiría el nombre de Torre del Sol, y que sería el símbolo principal de la feria; en los años siguientes, una de las atracciones turísticas más importantes de Osaka.

Okamoto, ocupado por la feria, no podía mudarse a México de manera definitiva y así realizar el encargo de Suárez y Suárez; en vez de ello, debió hacer treinta viajes a lo largo de dos años para trabajar en El mito del mañana, nombre que recibiría su mural. En una bodega de la tienda de autoservicio Gigante ubicada en Mixcoac, lugar que Taro y su equipo utilizaron como taller, trabajaron entre 1967 y 1969, hasta que el mural estuvo terminado. El artista japonés regresó a Japón sin firmar su obra, pequeña acción simbólica que haría por protocolo el día de la inauguración del gran Hotel de México.

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El tifón se fue, no así la lluvia; no obstante, tuvimos una mañana de tregua y viento que despejó el cielo. El otoño comenzaba a dorar las hojas de los maples y decidimos visitar el parque Koishikawa Korakuen, uno de los más antiguos de la ciudad, y que, como otros jardines tradicionales de Japón, trataba de reproducir paisajes en miniatura. Decenas de peces koi pedían alimento cuando nos asomábamos a los estanques; si mirábamos hacia el frente, veíamos el Domo de Tokio que, junto a su montaña rusa, contrastaba el paisaje.

Nos sentamos en una banca para estudiar la guía de viajes y decidir qué íbamos a hacer en el tiempo que nos quedaba. En el capítulo “Shibuya y alrededores” leí un breve texto titulado “Mito del mañana” que me intrigó. Decía lo siguiente: “Este mural de Taro Okamoto de 1967, originalmente un encargo de un hotel mexicano de lujo, desapareció dos años después de su creación. En el 2003 reapareció y, en el 2008, la descomunal obra de 30 metros de largo cuyo tema es la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima se trasladó al interior de la estación de Shibuya, en concreto en la segunda planta, en el pasillo que lleva a la línea Inokashira”.

Eso era todo. Un texto de cinco líneas que arrojaba más misterios que explicaciones. ¿Cómo era posible que un mural de treinta metros, encargado por un hotel mexicano, obra de uno de los artistas plásticos más importantes de Japón en el siglo XX, se perdiera durante décadas en el Distrito Federal?

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El gran Hotel de México fue una especie de Waterloo para don Manuel Suárez y Suárez. La estructura había costado 70 millones de dólares, que no alcanzaron para que el edificio midiera los 219 metros del plan original, y que fueron suficientes para que midiera solo 194. Si el mecenas, algunas décadas antes, era el empresario consentido del régimen, hacia 1970 sufrió la expropiación de cuatro ingenios azucareros —que tenían deudas millonarias— por parte del gobierno de Echeverría, y tuvo que vender sus fábricas de asbesto y cemento Eureka. Carecía de liquidez y se enfrentaba a la usura de los créditos bancarios. Se vio atrapado en la evolución del capitalismo. El hotel, ahora una estructura abandonada, lucía cual cascarón inmenso junto a la avenida Insurgentes y el emblemático Polyforum Siqueiros. Cuenta en su crónica Mejía Madrid que hacia final de los años setenta e inicios de los ochenta era tal el abandono del lugar que funcionaba como punto encuentro para prostitutas intersexuales “y jóvenes afiebrados que habían logrado subir por las escaleras de emergencia a la cúspide del castillo”.7

En 1969, don Manuel declaró que le urgía terminar su obra antes de morir. En 1981, imaginando la gloria que debía brindarle su edificación, afirmó: “El edificio soy yo”, y desde el restaurante giratorio de la cúspide —lo único que de hecho funcionaba—, aseguró: “Es verdad que llegué hasta cansarme de ver de abajo hacia arriba, ahora no me canso de ver de arriba hacia abajo”. El 23 de julio de 1987 murió sin ver su Hotel de México concluido. Y de aquel sueño no quedaba más que el nombre, porque así denominaba todo el mundo al armatoste más grande del país, Hotel de México, como una metáfora de nosotros mismos. En 1992 fue comprado mayoritariamente por el Banco de Comercio Exterior, y en noviembre de 1994, después de una larga remodelación, fue inaugurado como un centro internacional de negocios: World Trade Center.  

En ese vendaval de frustraciones, El mito del mañana quedó perdido.

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Entre otras cosas, admirábamos de lo tokiotas su capacidad para caminar como multitud. Lo único que desafinaba en el ritmo de aquellas masas sincronizados eran los turistas. Cuando estábamos en alguna aglomeración y teníamos dudas acerca del camino que debíamos seguir, pegábamos la espalda a una pared para estorbar lo menos posible. La cordialidad japonesa solo se trastornaba cuando por accidente obstaculizamos su camino o hacíamos algún movimiento difícil de predecir. Esa coordinación al caminar en grupo era incluso más admirable cuando llevaban paraguas. Los primeros días me sentía inseguro, con la cabeza escondida bajo la capucha de mi chamarra mientras trataba de mantenerme a una distancia prudente de las varillas. Más tarde comprendí que si caminaba en línea recta y a un ritmo razonablemente rápido, no tenía de qué preocuparme.

Esa impresión cambió en el cruce de Shibuya —Scramble Kousaten— donde convergen cuatro direcciones que ponen los semáforos en rojo al mismo tiempo para dejar que las masas crucen a través de ese paso peatonal en forma de cruz; se considera el cruce más abarrotado del mundo, y caminar de una acera a otra constituye una extraña atracción turística. El ritmo natural de los japoneses se descompone cuando los turistas tratan de tomarse selfies, incluso fotos grupales, o grabar con las cámaras su paso sobre las líneas.

Aquella tarde lluviosa debimos intuir que nos enfrentábamos a un peligro. A medio camino, el taco de la varilla de un paraguas se insertó en un arete de Carla. Por fortuna, este carecía de seguro por lo que se desprendió de su oreja con relativa facilidad, o por lo menos sin lastimarla. La joven japonesa que había propiciado el accidente se alejó corriendo mirándonos de reojo. De alguna forma logramos encontrar la pieza entre los pies de la multitud antes de que se pusiera la luz verde. Desconcertados, nos vimos frente a la estación de Shibuya, en donde se desplazan alrededor de tres millones de personas todos los días, y donde debíamos encontrar El mito del mañana.

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El mito del mañana había sido pintado en siete paneles que se desmantelaron y almacenaron mientras que el proyecto del Hotel de México agonizaba. Nunca se reveló el lugar exacto, y con Suárez y Suárez murió también la información. Para Toshiko, la compañera de Taro, era inexplicable que el mural hubiera desaparecido, que nadie les dijera dónde lo habían guardado. Okamoto, desilusionado por la pérdida de una de sus obras más importantes, trataba de ver la situación con ironía, asegurando que un extravío así era normal en México, un país que tenía una relación íntima con la muerte; en París o en Tokio, jamás hubiera ocurrido algo parecido. 

Hay dos versiones contrapuestas sobre lo que ocurrió entonces. De acuerdo con una, después de la muerte de Taro, ocurrida en 1996, Toshiko se dio a la tarea de realizar una gran pesquisa para hallar el mural. De acuerdo con la otra, fue hallado de manera fortuita por un fotógrafo de origen japonés. Como fuera, El mito del mañana fue encontrado en 2003 en un almacén de materiales de construcción a las afueras de la Ciudad de México. El mural estaba sucio de polvo y hollín, tenía grietas e incluso algunas partes perdidas; la lluvia de décadas lo había percudido de manera significativa.

Un grupo de 70 personajes de la cultura japonesa se dio a la tarea de reunir el capital necesario para trasladar la obra y restaurarla. En 2005 el mural fue dividido en los siete paneles que lo componían y transportado, marítimamente, en contenedores con aire acondicionado hacia el puerto de Kobe. En la ciudad de Toon, Ehime, fue montado el taller de restauración, cuya protagonista era una mesa de 38 metros de largo y 1.5 de alto. La obra estuvo lista en junio de 2006 y fue expuesta al público en agosto de ese mismo año, en el distrito de Shiodome, a donde acudieron a visitarlo más de dos millones de personas. De 2007 a 2008 sería alojado en el Museo de Arte Contemporáneo de Tokio. La ciudad de Hiroshima y la Estación de Shibuya en Tokio pelearon por la custodia definitiva del mural; quedó, finalmente, en la última.

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En busca de El mito del mañana atravesamos la estación de Shibuya en hora pico. Miles de japoneses caminaba a toda velocidad a través de pasillos y escaleras. Parecían conformar uno de esos cardúmenes sincronizados que parecen un mismo cuerpo; nosotros, la presa que rompía con su armonía y de paso con su buen humor. Tarde o temprano debíamos encontrar el mural de quién sabe cuántos metros que había estado perdido en nuestro país, así como nosotros nos encontrábamos perdidos tratando de encontrarlo. Carla halló las indicaciones para seguir hacia la línea Inokashira, tal y como lo indicaba Lonely Planet, y llegamos al salón donde se encontraba el mural. Podíamos bajar unas escaleras eléctricas para mirarlo desde abajo o tomar un pasillo lateral que hacía las veces de mirador. Optamos por lo último para poder fotografiarlo con tranquilidad. La obra es protagonizada por un inmenso esqueleto en llamas que está al centro; se encuentra rodeado por llamas y gases. Casi pasan desapercibidas las pequeñas personas de la parte inferior que parecen buscar refugio, así como los cuerpos, casi almas, deformadas, en uno de los extremos.

Frente al mural, tuve una sensación de tristeza; su improbable y azarosa historia vinculaba dos países que difícilmente pueden hallar vínculos en común, aunque su autor había declarado antes de comenzar la obra: “México tiene un arte místico arraigado en la tierra y éste tiene algo que ver con la cultura oriental”.8 La obra representaba al mismo tiempo la devastación de la Segunda Guerra Mundial en Japón —tal y como se lo había propuesto— y la egolatría de un empresario formado en el periodo posrevolucionario mexicano; acaso, en última instancia, la ambición desmesurada de un artista que se había propuesto hacer sus dos obras fundamentales al mismo tiempo, aunque a unos doce mil kilómetros de distancia.

Lo que más tristeza me daba, era que El mito del mañana hubiera pasado de estar escondido en una bodega de materiales, a estar sobreexpuesto, lejos de un lugar donde pudiera contemplarse, es decir escondido también, pero entre la rutina y la prisa de los trabajadores que debían observarlo distraídos, absortos en sus preocupaciones cotidianas.

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Junto al traslado del mural, la figura de Taro Okamoto renació en Japón. Los jóvenes comenzaron a utilizar playeras con el eslogan “Be Taro” impreso en el pecho, y el lema “El arte es explosión”, acuñado por el mismo Taro, se convirtió en el lema de los nuevos artistas, que pretendían sumarse a la corriente del primer creador avant-garde de su país, del primero que se había atrevido a romper con las reglas tradicionales de la belleza y de la armonía japonesas, del que en su momento había sido considerado poseedor de un estilo único pero absurdo. Nuevos libros biográficos aparecían en los anaqueles de novedades para recordar con orgullo que una vez, cuando a Taro se le preguntó cuál era su verdadera vocación —tomando en cuenta que había estudiado etnología y practicado la pintura, la escultura, el diseño y la fotografía— él había contestado que solo era un ser humano. Incluso la marca Adidas diseñó unos tenis llamados Adicolor Hi Y2 Taro Okamoto, que se vendieron al por mayor.

En 2011, después del terremoto que provocó el desastre de Fukushima, el grupo de performance artístico guerrillero Chim↑Pom alteró el mural adhiriendo una nueva sección que representaba la falla de los reactores nucleares. Fue removida rápidamente y no provocó daños en el mural original, debido a que la alteración había sido pegada con cinta doble adherente. Algunos consideraron que se había tratado de un acto vandálico malicioso; otros, entre ellos el director del Taro Okamoto Memorial Museum, pensaron que se trataba de una expresión artística pura.  

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A unas cuadras de donde nos hospedábamos, se encontraba Golden Gai: un laberinto de callejuelas con casas de madera de dos pisos, que después de la Segunda Guerra Mundial funcionó como mercado negro y luego como centro de prostitución, hasta que ésta se prohibió en 1958. Hoy, en Golden Gai se encuentran alrededor de cien bares minúsculos atendidos por japoneses estrafalarios: “Que Golden Gai haya resistido al desarrollo inmobiliario imperante en el resto de Shinjuku es la prueba de la testarudez de estos personajes bohemios”.9 Debido a que los bares tienen una clientela habitual, los extranjeros no son necesariamente bien recibidos, y fue, en este caso, la testarudez nuestra, lo que nos llevó a despedir Tokio en ese lugar impermeable. 

Aquella noche, nuestra séptima en Tokio, caminamos por callejuelas oscuras tratando de elegir el lugar adecuado, y fuimos convencidos por un letrero hecho a mano en donde decía “Jazz bar” que señalaba hacia unas escaleras. Subimos al segundo piso y abrimos la puerta del establecimiento. Era una sola barra rodeada de unas diez sillas, y en la pared del fondo había una inmensa colección de discos compactos. El anfitrión era un viejo de unos setenta años con un solo brazo que nos recibió sin alharaca, no había nadie más. Pedimos un par de cervezas y nos sentamos al final de la barra, junto al baño, como si quisiéramos pasar desapercibidos a pesar de ser los únicos comensales. El viejo, como resignado, puso un disco de jazz, creo recordar que era de Thelonious Monk, y luego llevó nuestras bebidas y un plato con botanas.

Por curiosidad, vimos el pronóstico del clima para los próximos días; desde luego, en los dos siguientes habría un cielo despejado. La clientela, en teoría habitual, comenzó a llegar, estaba compuesta en su mayoría por hombres de cuarenta años vestidos con traje, que se reían escandalosamente ante la mirada atónita del viejo, que atendía con puntualidad cada comanda, y cambiaba los discos de jazz con su brazo único cada vez que se terminaba una canción.

Después de la tercera cerveza comenzamos a embriagarnos; a nuestro favor, debo decir que estaban contenidas en botellas grandes. Íbamos al mismo ritmo, pedí la cuarta y Carla pidió un whisky; el viejo me sirvió a mí, pero no a ella. Supusimos que se debía al problema logístico de servir bebidas con una mano, pero pasados los minutos Carla insistió y el viejo comenzó a ignorarla. Su gesto era imperturbable. Comprendimos que no quería servirle un trago más, algo que no estábamos dispuestos a consentir. Podíamos irnos a otro bar, pero era el último trago y nos parecía una afrenta. Yo, molesto, iba a pedirle que le sirviera el trago a mi esposa, cuando Carla bajó mi mano porque aquél era un asunto entre ella y el viejo. Ella imitaría su gesto imperturbable para ordenar cada vez que se acercara a nosotros, para entonces la barra estaba llena. El viejo, finalmente, le sirvió el whisky. Bebimos con parsimonia porque sabíamos que aquellas bebidas clausuraban nuestro viaje. Cuando salimos, no llovía más y, de acuerdo con las costumbres de Japón, donamos nuestros paraguas al establecimiento.

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El 12 de septiembre de 2017, los herederos de Suárez y Suárez, junto a autoridades federales y locales, así como representantes de la UNAM, anunciaron que para financiar el mantenimiento del Polyforum Siqueiros, se desarrollaría un proyecto inmobiliario consistente en una torre esbelta de 48 pisos —que se construirá justo entre el Polyforum y el otrora Hotel de México— para oficinas, departamentos, comercios, jardines, “terrazas públicas para observar los murales desde las alturas”,10 y, claro está, un hotel.

 

César Tejeda
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media y Mi abuelo y el dictador.


10 Tsunetomo Yamamoto. Hagakure. El camino del Samurái. Punto de Lectura. 2014.

2 http://bit.ly/2H3GM6E

3 Japón. Lonely Planet.

4 http://bit.ly/2I2Ier7

5 Lidia González Silvia. “México, muralismo y la era nuclear en el arte japonés: el caso de Taro Okamoto”.

6 http://bit.ly/2FcaREx

7 http://bit.ly/2I2Ier7

8 http://bit.ly/2FcaREx

9 Japón. Lonely Planet.

10 http://bit.ly/2FnUILo