Hoy se cumple un siglo de la firma del acuerdo que definió el destino de lo que hoy son Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia. Territorios con lenguas y culturas únicas, pero que durante los últimos cien años estuvieron en la mira de Rusia, Alemania y Polonia. Esta es la historia del Tratado de Brest-Litovsk, sus condiciones y consecuencias.

¡Cómo me gustan estas vastas extensiones
de tierra! Me gustan el bosque azul a lo lejos,
el deshielo y la niebla de los pantanos. Aquí,
en estos campos, sé y siento con todo mi corazón
que soy ruso, descendiente de labriegos y vagabundos,
hijo de esta tierra negra, empapada en sudor. Aquí
no existe Europa ni se la necesita, tampoco su
racionalismo mezquino, su pobre sangre y sus
caminos trillados, recorridos de punta a cabo.
Aquí están las “nieves blancas”, la imprudencia,
el escándalo, la rebelión.
Borís Sávinkov, El caballo negro (1923)

 

Existe una amplia franja de tierra —ya descrita en parte por Sávinkov en el epígrafe—1 que abarca desde los mares de Azov y Negro hasta el Báltico y que ha sido motivo de disputa a lo largo de los siglos entre distintas potencias vecinas —hasta la actualidad—. Hoy este amplio territorio, una de las tierras más fértiles de Europa y del mundo, está repartido entre las actuales Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania y Moldavia. Todos estos países representaban las llamadas “Fronteras Occidentales” del Imperio ruso, junto con Finlandia y la actual Polonia oriental, desde fines del siglo XVIII e inicios del XIX. Aparte de ser las zonas más problemáticas para la corona zarista desde su anexión —en un grado solo comparable con el Cáucaso norte—, tienen en común que todas le fueron arrebatadas a Rusia el 3 de marzo de 1918 por Alemania y Austria. Esto se formalizó en el llamado Tratado de Brest-Litovsk, que puso fin a la Primera Guerra Mundial en el frente oriental con la victoria indiscutible de los poderes centrales.

La firma de este documento fue el resultado de la más ardua y agotadora derrota rusa desde la Guerra de Crimea en 1856 —solo que en aquella ocasión no hubo pérdidas territoriales—. Más aún: quienes firmaron la paz no fueron comandantes o ministros zaristas, sino bolcheviques prominentes, como Trotski, que heredaron el desastre que dejó la administración del último zar y del subsecuente Gobierno Provisional en el este de Europa. A su vez, Brest-Litovsk también provocó cambios fundamentales en la posición alemana y su influencia en Europa oriental y, desde luego, en las zonas afectadas directamente. Se trató, pues, de un hito en la historia de Europa que vale la pena desmembrar cien años después.

El camino que conduce a Brest-Litovsk comenzó a fraguarse en los cuarteles de guerra y en los pasillos de los ministerios alemanes. En algún momento de 1915, cuando se percibió que Rusia era más débil de lo que se pensaba debido al sencillo avance alemán sobre la Polonia rusa, la cancillería alemana buscó desestabilizar a aquélla desde dentro. El primer contactado entre los exiliados rusos fue Víktor Chernov, líder del Partido Socialista Revolucionario (el más popular de Rusia en ese entonces), pero la propuesta se cayó. La alternativa era apoyar a Lenin, líder del partido bolchevique —el más radical y, de hecho, el más crítico de la guerra en Rusia—, exiliado en Suiza. Es ya un hecho comprobado que los alemanes fraguaron el regreso de Lenin a Rusia en un tren blindado, entre marzo y abril de 1917, para ayudarlo a tomar el poder.2 Era imperioso para Berlín estabilizar el frente oriental ante la inminente entrada de Estados Unidos en la guerra.

En la propia Rusia la situación no podía ser más favorable al apoyo bolchevique. Hubo dos grandes decepciones entre la “opinión pública”, pero también en la calle, en el primer año de la revolución que estalló en febrero de 1917. Las dos contribuyeron a que los bolcheviques se hicieran del gobierno en octubre, con mayor apoyo popular —al menos en zonas urbanas— que el que se les ha adjudicado con frecuencia. Ambas decepciones estaban relacionadas en el imaginario popular, pero también en la realidad.

La primera fue una insatisfacción más amplia con las promesas improvisadas de la revolución espontánea en lo tocante a la inmediatez de los propios revolucionarios. Es cierto: cayeron estatuas de los zares, se martillaron águilas bicéfalas y en un santiamén se mandó al olvido al antiguo régimen de manera física, en su simbología.3 Se confirmaba, pues, que el zarismo era historia, de alguna manera, y eso contribuía a la borrachera revolucionaria y a la comprobación del cambio anhelado. No obstante, parecía que el Gobierno Provisional se empantanaba en la politiquería, en dirigir un juego de las sillas en el gabinete, y en el papeleo burocrático que no conseguía fijar una fecha para la Asamblea Constituyente, paso inexorable para resolver por la vía legal y legítima las cuestiones agraria y laboral, la regulación de la vida pública en la nueva Rusia.

La segunda gran decepción, a solo días de conformado el Gobierno Provisional, fue la continuación de la guerra. Si quería ser reconocido por otros Estados, en especial por los Aliados en aquel momento de guerra mundial, el nuevo gobierno ruso se veía impelido a continuar el esfuerzo bélico e incluso a asegurarle a sus aliados que Rusia seguiría presionando desde el este a los poderes centrales. Pável Miliukov, líder del Partido Constitucional Democrático, flamante ministro de Asuntos Exteriores, envió telegramas a Londres, París, Roma, Washington y Tokio para garantizar la continuidad de Rusia en la lucha. En abril, a solo un mes de conformarse aquel primer gabinete, las protestas antibélicas consiguieron remover a Miliukov de su efímero puesto, pero el gobierno no aprendió la lección.

Desde el regreso de Lenin del exilio en abril de 1917, la campaña del partido bolchevique, el único que no entraría en las coaliciones gobernantes, sería “pan, paz y tierra”. En suma, era un llamado directo y pasional a resolver precisamente esas dos cuestiones de manera enérgica: que la revolución respondiera al clamor popular de paz en los hogares (trabajo estable, reparto agrario y salarios justos) y paz en el país (salir de la guerra).

Los bolcheviques fueron fieles a sus promesas —al menos en el papel—. Al tomar el poder en la Revolución de Octubre, Lenin emitió dos decretos de manera inmediata. Uno fue el Decreto sobre la Tierra, que abolió la propiedad privada en el campo sin compensación para sus antiguos dueños, y nacionalizó la tierra para repartirla entre el campesinado. El segundo fue el Decreto de Paz, es decir la salida de Rusia de la Primera Guerra Mundial, decisión sumamente popular en los centros urbanos que los bolcheviques controlaban. Fue este decreto el que llevó, directamente, a la firma del tratado que en estos días cumple cien años.

Así como estabilizar el frente oriental era una necesidad apremiante para los poderes centrales, Lenin también tenía la urgencia de deshacerse de problemas inmediatos para priorizar la construcción de su régimen revolucionario, sobre todo en cuanto la resistencia antibolchevique, “blanca”, comenzó a tomar fuerza en los primeros dos meses de 1918. Una vez decretada la paz, envió de inmediato a Trotski y a Lev Kámenev a negociar con los poderes centrales (Alemania, Austria, Bulgaria y el Imperio otomano) la retirada de Rusia de la guerra. Derivado de esto, otro gesto de Lenin que comprueba la necesidad de enfocarse en el ámbito interno fue otorgar la independencia a Finlandia, literalmente dándole un “vale” por su independencia al presidente del Senado finlandés, Pehr Svinhufvud, en una entrevista de cinco minutos, en el último día de 1917.4

El armisticio se firmó entre representantes de cada potencia el 15 de diciembre, tan solo veinte días después de la Revolución de Octubre, y dio pie a mesas de negociación bastante pintorescas, en las que un vehemente Trotski examinaba mapas y trazaba líneas junto con personajes de la realeza germana y enviados del sultán turco. En un principio ambos bandos evitaron hablar de concesiones territoriales. Sin embargo, en cuanto algún asesor le recordó a los alemanes que habían ganado la guerra en el este, Berlín se dio a la tarea de emancipar las fronteras occidentales (que ya ocupaba de facto) de Rusia. Por su parte, Estambul logró para su causa la devolución de antiguos territorios en el Cáucaso.

El Tratado de Brest-Litovsk, firmado el 3 de marzo de 1918, redefinió para siempre esas fronteras occidentales y el Cáucaso sur, en el giro más determinante de la política local que había mantenido San Petersburgo desde las particiones del Estado polaco a fines del siglo XVIII, y desde la incorporación paulatina del Cáucaso sur en la primera mitad del siglo XIX. Se trataba de regiones con una proliferación de grupos nacionales, lenguas, culturas y creencias sumamente dispares y, hacia principios del siglo XX, con una claridad más formulada —aunque ésta no iba más allá de la inteliguentsia y de algunas clases acomodadas— en cuanto a lo que constituía a las “naciones” polaca, lituana, armenia o ucraniana que, por ejemplo, a la “nación” rusa.

De hecho, cuando Alemania y Austria invadieron las fronteras occidentales entre 1915 y principios de 1918, impulsaron elementos nacionalistas en las zonas ocupadas con el fin de fomentar el sentimiento antirruso y, más tarde, crear Estados nuevos que fuesen una especie de protectorados alemanes. La administración militar alemana (Ober Ost) desvió recursos para fomentar el nacionalismo en Letonia, Lituania y Bielorrusia mediante la oficialización de sus lenguas vernáculas, la creación de escuelas definidas por lengua y las alianzas con grupos nacionalistas locales. La ocupación austriaca en Ucrania hizo lo propio al fomentar el nacionalismo ruteno no solo en la propia Ucrania, sino también entre los campos de prisioneros que tenían ese origen.5

La forma más acabada de esta idea ocurrió en Ucrania apenas concluido el Tratado de Brest-Litovsk, donde los alemanes instalaron una dictadura bajo la figura del ex oficial zarista Pável Skoropadski. Con ello, no solo se configuró un nuevo Estado de amplio territorio que fungía como dique frente a Rusia, sino que los poderes centrales pudieron explotarlo a placer, absorbiendo el grano necesario para terminar con el desabasto ya existente en algunas ciudades de Alemania y Austria, pero también el carbón del Donbás, que era crucial para revitalizar la industria armamentista y ferrocarrilera y hacer frente a la recién llegada industria de guerra estadounidense en el oeste de Europa. Desde luego, para fines de 1918, Skoropadski cayó en cuanto Alemania firmó su rendición incondicional.

Skoropadski podrá haber sido un caso aislado, pero el sentimiento proalemán de protección de los nuevos Estados llegó a ser tan fuerte entre las élites locales como para incluso ofrecer la corona de Letonia o Finlandia a príncipes germanos —no sin la presión de las élites alemanas, locales y foráneas—. El 4 de junio de 1918, el Consejo lituano ofreció la corona del país a Wilhelm Karl de Urach, conde de Württemberg, con el nombre de Mindaugas II. Más al norte, desde abril se había barajado la idea de un Ducado Báltico Unido —las actuales Estonia y Letonia—, bajo la tutela del duque de Mecklenburg, Adolf Friedrich. El 9 de octubre de 1918, luego de una cruenta guerra civil en Finlandia entre “blancos” (conservadores, anticomunistas) y “rojos” (socialistas, apoyados pobremente por Lenin), se votó la creación de un “Reino de Finlandia” y se ofreció su corona al príncipe Friedrich Karl de Hesse, cuñado del káiser Guillermo II. En los tres casos, ninguno de los monarcas propuestos llegó al país que lo esperaba, pues para octubre de 1918 la derrota alemana en la guerra era un hecho, como también la caída de la monarquía y la insurrección interna.

Tocó el turno a los Aliados decidir en Versalles la suerte de estos territorios bajo la contradicción de que no podían reconocer su independencia frente a la Rusia soviética debido a que habían sido “títeres” de Alemania. Y, sin embargo, se buscaba que quedaran fuera de la tutela de la Rusia soviética, que comenzó a avanzar al este —y a comprar armas a los soldados alemanes en retirada— en virtud de la derrota alemana y la evidente anulación del tratado. El problema para Moscú, además de su guerra civil interna contra los “blancos” antibolcheviques, fue que en Versalles se determinó la restauración del Estado polaco bajo la regencia de Józef Piłsudski, algo que las potencias europeas vencedoras anhelaban como un dique lo suficientemente voluminoso frente a la “amenaza” comunista. La nueva Polonia, bajo la ambición de Piłsudski de retomar las fronteras de la Polonia dieciochesca, se abrió camino a fines de 1918 y en 1919 en pequeñas guerras contra Lituania, la recién creada Checoslovaquia y lo que quedaba de la Ucrania independiente.

Bajo ese estado de cosas, acaso la consecuencia más evidente de Brest-Litovsk y su fugaz vigencia fue la obviedad que resultó de que Rusia buscara expandirse al oeste y Polonia al este, cada una reclamando para sí la tutela sobre los territorios que señalaba el tratado: una guerra inminente. La Guerra Polaco-Soviética se extendió desde febrero de 1919 hasta las últimas escaramuzas en la primavera de 1921. Los soviéticos fueron derrotados a las afueras de la mismísima Varsovia y obligados a firmar la paz. Literalmente, se trató de una contienda entre dos proyectos por un territorio que no era de nadie, cuya única herencia positiva fueron las fascinantes historietas de Isaak Bábel en Caballería roja (Konarmia).

Finalmente, al quedar derrotadas la naciente Unión Soviética y Alemania, como dos potencias “parias” ajenas al concierto europeo, el entendimiento entre ambas sería positivo, como se confirmó en el Tratado de Rapallo (abril de 1922), en el que Moscú y Berlín renunciaban a cualquier reclamo territorial mutuo. Esto podría verse como la continuación, desenlace y solución amigable de Brest-Litovsk. Desde luego, la llegada de Hitler al poder en 1933 cambiaría el estado de cosas seis años después, cuando Alemania y la Unión Soviética se volverían a dividir Europa del este —esta vez con mayor ventaja para la segunda— en el Pacto Mólotov-Ribbentrop. La historia ya es conocida.

La unificación alemana en 1990 y la caída de la Unión Soviética al año siguiente cambiaron el panorama, al grado de que ni una ni otra potencia dieron muestras de intervención durante las siguientes dos décadas, convirtiendo la independencia y soberanía de los Estados que comprenden estas regiones en tema indiscutible. Sin embargo, el conflicto interno de Ucrania iniciado en 2014, al que Rusia se sumó con la anexión de Crimea en marzo de ese año, ha producido recuerdos, dudas y desbalances una vez más en el equilibrio de poder regional.
Al parecer, los vastísimos bosques y pantanos rodeados de tierra negra que describía Sávinkov siguen siendo asiento no solo de nieves blancas, sino también de imprudencia, escándalo y rebelión —donde no se necesita a Europa—.

 

Rainer Matos Franco
Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y maestro en Estudios de Rusia y Eurasia por la Universidad Europea de San Petersburgo. Autor de Historia mínima de Rusia (Colegio de México, 2017)


1 Sávinkov se refería, más específicamente, a las tierras bielorrusas en la cuenca del río Berézina.

2 Cf. Catherine Merridale, Lenin on the train, Nueva York, Metropolitan, 2017.

3 La mejor síntesis al respecto es Boris Kolonitskii y Orlando Figes, Interpretar la Revolución rusa. El lenguaje y los símbolos de 1917, trad. de Pilar Placer Perogordo, Valencia, Universitat de València, 2001.

4 Cf. Erkki Räikkönen, Svinhufvud, the builder of Finland. An adventure in statecraft, Londres, Alan Wilmer, 1938.

5 Mark Von Hagen, “The Great War and the mobilization of ethnicity in the Russian Empire”, en Barnett R. Rubin & Jack L. Snyder (eds.), Post-Soviet political order: conflict and state building, Nueva York, Routledge, 1998, pp. 34-97; Alexei I. Miller, ““The role of the First World War in the competition between Ukrainian and all-Russian nationalism”, en Eric Lohr et al. (eds.), The Empire and nationalism at war, Bloomington, Slavica, pp. 73-90.