En febrero de 1764 se fundó el Museo del Hermitage, un espacio capital del patrimonio artístico de la humanidad. Para cerrar este corto mes, volvemos al curioso episodio de su inauguración y a los entresijos de la apasionante vida de su fundadora, Catalina la Grande, la monarca insaciable.

Cuando los soldados soviéticos entraron al palacio de Tsárskoye Selo, el conjunto residencial que fue lugar de descanso de uno de los imperios más poderosos de Europa, conocido también como la “Villa de los zares”, sus ojos no podían concebir lo que presenciaron. Los rumores eran ciertos. La “habitación sexual” existía. Sobre la figura de la emperatriz Catalina II de Rusia siempre corrieron rumores acerca de su insaciable apetito, al grado de que —según lo que la leyenda cuenta— la monarca encontró la muerte tras mantener un salvaje coito con uno de sus caballos favoritos. Cierto o no, en la habitación secreta se encontraban todo tipo de juguetes sexuales y muebles decorados con senos, vulvas, falos de madera y seres grotescos en posiciones pornográficas. La ciudad de Pushkin, sede de los palacios, estaba a punto de ser capturada por los nazis, por lo que los soldados soviéticos tuvieron que abandonar rápidamente el lugar, no sin antes tomar algunas fotografías que sirvieron como testimonio del inmenso gusto sexual de la zarina. El 17 de septiembre de 1941, el ejército alemán ocuparía la ciudad y destruiría buena parte de los tesoros coleccionados durante varios siglos por los zares rusos. Afortunadamente, gracias a las fotografías tomadas por los soldados soviéticos, el Museo del Hermitage ha confirmado la existencia de la colección sexual de Catalina la Grande, una de las emperatrices más controvertidas de las que la historia tenga memoria.

Cuando la princesa Sophie Friederike Auguste von Anhalt-Zerbst llegó a Rusia, un 28 de junio de 1744 con apenas quince años cumplidos, sabía perfectamente que iba a ser bautizada como Yekaterina Alekséyevna (Catalina, en castellano), lo cual significaba abandonar su formación luterana para incorporarse a los preceptos de la Iglesia ortodoxa rusa. Sabía también que se casaría al año siguiente con el Gran Duque Pedro, nieto del zar Pedro I, un 21 de agosto en la ciudad de San Petersburgo y que, eventualmente, llegaría a ocupar la corona rusa. Lo que no sabía es que esa corona la ostentaría durante 34 años y que, durante todo ese tiempo, sería la protagonista principal de la expansión cultural y política de Rusia hasta convertirla en un imperio, y que gracias a su inmenso gusto por las artes iniciaría la colección más importante de la que la humanidad tenga conocimiento y cuyo legado daría origen al Museo del Hermitage, acaso la mayor pinacoteca del mundo.

Catalina II de Rusia, llamada la Grande, es sin lugar a dudas uno de los personajes más apasionantes de la historia contemporánea. Las intenciones políticas de entonces, las de mostrar a Rusia como una nación moderna y refinada, mucho más cercana a las tendencias europeas en boga, hicieron que la joven monarca iniciara su poderoso mecenazgo, llegando a autonombrarse “una filósofa en el trono”. Mujer de armas tomar desde su llegada, la “filósofa” inició una revuelta contra su esposo, Pedro III, quien moriría en la cárcel de manera sospechosa apenas 186 días después de ascender al poder sin que pudiera celebrar su ceremonia de coronación.

Uno de los principales argumentos contra el Gran Duque Pedro III es que, además de ser alcohólico, era poco respetuoso de las costumbres rusas: no portaba barba e incluso llegó a prohibir su uso en la corte, lo que rompía la tradición, a la que se agregaba la iglesia ortodoxa, que consideraba la presencia de vello facial como símbolo de respeto, experiencia y sabiduría. Otro de los grandes problemas de la pareja real fue que el flamante zar tardó mucho tiempo en consumar el matrimonio, como consta en las memorias de la zarina:

El corazón no me anunciaba gran felicidad, solo la ambición me sostenía… El gran duque era indiferente para mí; pero la corona de Rusia no lo era. Y había algo que me hacía creer que yo llegaría tarde o temprano a ser emperatriz de Rusia…

La actitud de Pedro III sería determinante para las decisiones de Catalina. Por un lado, se dedicó a estudiar las costumbres rusas, a promoverlas y a respetarlas, y aprendió así rápidamente el idioma. Por el otro, iniciaría tórridos romances con distintos miembros de la corte. Aunque hay algunos más conocidos que otros, se ha llegado a rumorar que la zarina contó con más de mil amantes, lo que reforzaría y daría crédito a la existencia del famoso cuarto sexual. Incluso se dice que entre sus íntimos se encontraba su amiga la condesa Praskovia Bruce, que hacía las veces de “catadora de amantes” para la emperatriz.

Su primer amante fue un cortesano de nombre Sergéi Saltykov al que la propia zarina describía como un ser “tan bello como el amanecer”. Fue él quien la introdujo en los placeres sexuales y, además, ella misma daría cuenta en sus memorias de un rumor que coloca a Sergéi como el verdadero padre de su hijo, el zar Pablo I. Otro de sus amantes fue un militar y héroe de guerra de nombre Grigori Orlov, “un hombre sencillo y franco sin demasiadas pretensiones, afable, popular, bien humorado y honesto”, en palabras de Catalina. Se dice que tuvieron un hijo a quien mantuvieron oculto para no empañar sus aspiraciones imperiales. Muy probablemente le debamos a Orlov la creación de la habitación sexual, ya que el joven teniente tenía sus aposentos justo arriba de la recámara de la zarina para poder tener relaciones cada vez que ella lo demandara. En la lista de amantes de la emperatriz se encuentran nombres tan destacados como Grigori Potiomkin, héroe militar en la guerra contra Turquía, con quien compartía el gusto por las bellas artes, o Estanislao Augusto Poniatowski, quien llegaría a ser rey de Polonia. Pero tal vez el más extravagante fuera el último, el príncipe Platón Aleksándrovich Zúbov, cuarenta años más joven que la monarca y con el que inició una relación cuando ella ya era una mujer mayor, con sobrepeso y aquejada por las enfermedades. Una relación nada bien vista en la corte porque se pensaba que el príncipe tenía ambiciones que iban más allá de lo erótico. Era tal la diferencia la diferencia de edad y el interés de Zúbov, que éste llegó a confesar su amor por la esposa del nieto de Catalina.

Pero no todo era sexo para la emperatriz. Como ya mencionamos, a Catalina le preocupaba mucho la imagen exterior que se pudiera tener de Rusia y trató de imitar el involucramiento que habían comenzado a tener las distintas monarquías en todo el continente europeo con las ciencias y las artes. Una de las habilidades cultivadas por la zarina era entablar largas relaciones epistolares con escritores e intelectuales de todo el mundo, particularmente con los enciclopedistas franceses. Llegó, por ejemplo, a proponerle a Diderot publicar la Enciclopedia en Rusia bajo su protección, después de que el gobierno francés lo amenazara con impedir la edición de la obra. Casualmente, en el noveno capítulo de la Enciclopedia aparece por primera vez la idea de crear un espacio museográfico en el palacio del Louvre, en París, además de concentrar ahí a las academias de las artes francesas. Por eso, no sería raro que la semilla de la idea del Hermitage hubiera sido sembrada en la zarina por esta vía, o al menos a través de las conversaciones y cartas que sostuvo con los intelectuales franceses. Sin embargo, la colección de Catalina siempre fue privada y el museo no se abrió al público sino hasta muchos años después de su muerte, el 5 de febrero de 1852, cuando el zar Nicolás I decidió convertirlo en museo imperial, también imitando la tendencia europea de abrir al público las colecciones reales acuñadas durante muchos siglos.

En los 34 años que duró su reinado, Catalina II se dedicó a construir el complejo de edificios que conforman al Hermitage: el teatro Hermitage, el arco sobre el canal de Invierno, el Gran Hermitage, el Pequeño Hermitage y el Palacio de Invierno, lugar que albergaría su vasta colección compuesta por más de 10 mil esculturas y más de 10 mil pinturas y grabados, además de contar con una biblioteca de más de 38 mil volúmenes, como consta en Mémoire Historique sur l’origine et les suites de mon attachement pour l’impératrice Catherine II jusqu’au décès de sa majesté impériale del escritor alemán Frédéric-Melchior Grimm, con quien la emperatriz sostenía una animada correspondencia. En una de sus cartas menciona que en su colección tenía obras de Van Dyck, Rembrant, Rubens e incluso de Rafael Sanzio y de Murillo, además de una buena cantidad de esculturas clásicas provenientes de Grecia y Roma. Lo que nunca mencionó fue su colección de “arte sexual” aunque, como ya he señalado antes, el propio Museo del Hermitage ha dado cuenta de su existencia, tal vez como un guiño a la perpetuidad de la leyenda de Catalina la Grande.

 

Alfredo Peñuelas Rivas
Escritor. Autor de La orfandad de la muerte (Jus/Conaculta, 2014). Es investigador y profesor en la UAM-Cuajimalpa.