Para Carlos Illades,
arqueólogo de las utopías modernas.

 

Entre la noche del 24 de febrero de 1848 y la mañana siguiente, se estableció en Francia la Segunda República, un régimen político sin precedentes por su brevedad, pero sobre todo por su organización y objetivos sociales. La reivindicación de los trabajadores, el voto universal, libre y secreto, el derecho de asociación, entre otras cosas que son ya marcadores de la izquierda tuvieron ecos toda Europa, derrocando monarquía tras monarquía. A continuación, un breve recuento de la primera revolución contra el capital, hace 170 años.

El 29 de enero de 1848, Alexis de Tocqueville, diputado por la provincia de Normandie, reclamaba a sus pares congresistas que no sintieran “el viento de revolución que está en el aire” (Souvenirs, 1999). La intuición del autor de El Antiguo régimen y la Revolución era acertada. Quince días después, la prohibición por parte de la monarquía de Louis-Phillpippe d´Orleans de un banquete proyectado para el 19 de febrero, desencadenó los acontecimientos. El llamado que hizo el periódico Le National a protestar contra la prohibición el día 22 inició una extensa movilización democrática en Europa. Ese año cristalizó un ordenamiento específico de la llamada “cuestión social”, desde entonces la dimensión distintiva de la izquierda frente a visiones políticas rivales.

La ola revolucionaria de 1848 se extendió como si flotase en el viento. La república francesa se proclamó el 24 de febrero, en marzo hubo movilizaciones en Baviera, Berlín, Viena, Praga, Hungría y Milán, hasta llegar incluso a Sicilia, en donde una revuelta independiente se apoderó de la isla. En unas cuantas semanas cambiaron la mayoría de los gobiernos en el corazón de Europa y sus efectos alcanzaron lugares que estaban mucho más allá de las fronteras europeas, alimentando la idea de una posible “revolución mundial”. Todo en una época en la que los servicios de noticias más eficientes tardaban, por lo menos, una semana en llevar la información de París a Viena.

Según Eric Hobsbawm, “El año 1848, la famosa ‘primavera de los pueblos’, fue la primera y la última revolución europeaen sentido (casi) literal, la realización momentánea de los sueños de la izquierda, las pesadillas de la derecha, el derrocamiento virtualmente simultaneo de los viejos regímenes existentes en la mayor parte de Europa continental […]” (Hobsbawm, 2007: 14). Para el historiador inglés, los acontecimientos de 1848 fecharon, paradójicamente, el fin de la era de las revoluciones (1789-1848) y el principio de la era del capital (1848-1875); hiato a partir del cual ya no se puede considerar a la burguesía como una fuerza subversiva.

Entre los protagonistas de las barricadas y movilizaciones de 1848 se cuentan trabajadores, artesanos, desempleados, pequeños propietarios, campesinos despojados de sus tierras, pensadores y artistas románticos y estudiantes que pugnaban por la libertad de cátedra y pensamiento. Ejemplo del último grupo fueron los alumnos que protestaron el 3 de enero contra la clausura de los cursos impartidos por su maestro Jules Michelet.

Las protestas izaron como propia la bandera de la democracia. Demandaban la formación de repúblicas democráticas que sustituyeran a la extensa monarquía multinacional de los Habsburgo. Para los alzados húngaros, alemanes o italianos, el objetivo era construir repúblicas centralizadas y unitarias bajo los principios y el modelo de la revolución francesa de 1789. La vía para la constitución de esta nueva forma política era la abolición de la servidumbre y la instauración del voto universal, libre y secreto.

Además de la condición democrática, la forma de organización que tenían en mente los insurrectos de 1848 era la república social. Esta forma de gobierno se basaba en afirmar a la sociedad como cooperación mutua entre iguales, rechazando las fórmulas estamentales conservadoras y la sociedad individualista impulsada por el trabajo asalariado y la propiedad privada que propugnaba el liberalismo (Goff, 2003: 25).1 La economía moral se afirmaba en la lucha por una sociedad justa, reorganizando y dándole un nuevo alcance al lema revolucionario de libertad [política], igualdad [económica]y fraternidad [social y cooperativa].

La reacción contra esta tentativa de cambio radical, de raíz, fue cruenta. Las jornadas de junio en París, con las cuales se cierra la etapa revolucionaria de la República, dejaron un saldo de más de 1500 muertos en combates callejeros, 12,000 deportados a territorios extraeuropeos y 3,000 asesinatos posteriores a manos de los restauradores. En contraste, la revolución de febrero se calcula en 360 muertos (Hobsbawm, 2010: 29).

Imagen incónica de la revolución de 1848 en Alemania. Ca. 1848-1850.
Bajo licencia de Wikicommons.

Hacia el verano, lo ocurrido en París se generalizó. Los viejos regímenes recuperaron el poder en Prusia y Austria, y para el invierno los revolucionarios húngaros e italianos también fueron derrotados aunque con mayor dificultad, pues habían logrado presentar sus esfuerzos revolucionarios como nacionalistas. Frente a la amenaza que representaba la república social y democrática, lo que ocurrió fue la formación de un nuevo “partido del orden” en toda Europa, guiado por preceptos conservadores y religiosos, pero con la flexibilidad política y cultural que implicaba abrazar la política de mercado y el individualismo liberal.

A pesar del resultado, los eventos de 1848 son un nodo histórico fundamental para la organización, ideas y reivindicaciones de izquierda. El insurrecionalismo que propugnaba por levantamientos populares y barricadas, tuvo en August Blanqui a un teórico de la conspiración que de hecho provenía de una tradición previa a la de 1848 y que emergería después, en 1871, y en la revolución española. También el asociacionismo tendió puentes entre artesanos y proletarios gracias a los clubes obreros y cámaras de trabajo, una tradición que en Inglaterra estaba teniendo momentos de gran efervescencia con el movimiento cartista de esos mismos años. El primer socialismo (Owen, Fourier, Proudhon) con sus ideas de asociación de comunidades de productores, planteó un ideario para el autogobierno y significó un primer encuentro de muchos artesanos con el socialismo.2 A la saga de estas tradiciones de izquierda ya constituidas ascendió con virulencia una nueva forma de entender la emancipación del trabajo: el comunismo de la lucha de clases, el de Marx y Engels. No en balde, tres días antes de los acontecimientos del 24 de febrero se publicaba El Manifiesto del partido Comunista, por encargo de la Liga de los comunistas. Pocas veces en la historia la sincronía entre el pensamiento político y la práctica se muestra tan exacta.

Es precisamente en esta radicalidad de demandas y en su composición social en donde podemos rastrear una explicación histórica, tanto para la rápida irrupción, como sobre la derrota de las revoluciones de 1848. “El año 1848 fracasó porque resultó que la confrontación decisiva no fue entre los viejos regímenes y las unidas ‘fuerzas del progreso’ sino entre el orden y la ‘revolución social’” Hobsbawm dixit (Hobsbawm, 2010:29). Sin embargo, la derrota nunca es sólo derrota. Como afirma Geoff Eley, las acciones de 1848 sirvieron como agente democrático para que la izquierda conquistara en años posteriores nada menos que el derecho al voto, la limitación de la jornada laboral o los derechos de asociación, representación, expresión y reunión. En suma, la ciudadanía democrática se estableció en el siglo XIX gracias a las luchas populares y con el pesar del liberalismo que vio a los acontecimientos de ese año como “el imperio de la chusma” (Eley, 2003: 33).

El año de 1848 nos recuerda que la historia de la izquierda no sólo está pavimentada por derrotas, sino también por importantes conquistas: derechos adquiridos con base en una amplia movilización de personas e ideas. Hoy, en el México de 2018, cuando la cuestión social ha sido desplazada casi en su totalidad de la agenda política nacional por fórmulas que son liberales o conservadoras en sus más excéntricas variantes, vale la pena recordar los acontecimientos que hace 170 años terminaron por conformar la dimensión distintiva y trascedente de eso que llamamos izquierda.

Diego Bautista Páez
Historiador. Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM..

Obras citadas

Eley, Geoff (2003), Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa 1850-2000, Critica, 2003.

Hobsbawm, Eric (2010), La era del capital, 1848-1875, Crítica.

Tocqueville, Aelxis (1990),Souvenirs, Gallimard.

Williams, Raymond (2003), Palabras clave. Un vocabulario de la cultura y la sociedad, Nueva Visión.


1 El proceso de singularización y concreción de lo social como formulación de izquierda se rastrea en las entradas “Socialista [Socialist]” y “Sociedad [Society]” de Palabras clave de Raymond Williams (Williams, 2003:298-306),

2 Según Eley Goff (Goff, 2003: 33) también el primer socialismo fue una de las primeras corrientes en plantearse una política de género igualitaria y radical.