Un día como hoy, pero de 1965, Malcolm X recibía 21 impactos de bala frente a una audiencia de 400 personas. Era el violento fin de uno de los más incendiarios activistas de todos los tiempos. El siguiente ensayo se adentra en la “autobiografía” que el ministro escribió con ayuda del escritor afroamericano Alex Haley, y al hacerlo, resalta los rasgos más agudos de un personaje que convulsionó una época de por sí agitada.


I

Malcolm X fue asesinado el 21 de febrero de 1965 y, aunque él siempre había pensado que le tocaría morir de forma violenta —aseguraba hacer todo lo posible para estar preparado— pasó los últimos días de su vida en el desasosiego. Su casa había sido incendiada con bombas molotov. Recibía amenazas de muerte de manera constante. Sufría persecuciones en auto. Los hoteles donde se hospedaba recibían visitas de personas sospechosas que preguntaban por el número de su habitación.

Desde su rompimiento con el líder de los Black Muslims —Elijah Muhammad—, Malcolm X había moderado su discurso. Ya no consideraba que la integración entre afroamericanos y blancos fuera una trampa, había dejado de pugnar por una separación completa —física y moral— de Estados Unidos. En una entrevista concedida a Barry Sheppard, reconoció la existencia de “blancos sinceros”, aunque les recomendaba a estos que, en vez de unirse a “organizaciones de negros”, se organizaran entre ellos para quebrantar los prejuicios existentes.

En la moderación, irónicamente, había encontrado más amenazas que en el radicalismo, la delincuencia y la cárcel.

El domingo 21 de febrero por la mañana, Malcolm X marcó a su esposa, Betty, para pedirle que ella y sus cuatro hijas lo acompañaran en el Audubon Ballroom de Harlem, en la reunión donde hablaría aquella misma tarde. Las personas que entraron a la sala para escuchar al ministro no fueron registradas porque él ya no quería hacer sentir incómoda a la gente que se le acercaba. Dicen que sus últimas palabras fueron: “¡Tranquilos! Déjenlo estar”, refiriéndose a quien se acercaba para asesinarlo. De acuerdo con la autopsia, falleció por heridas de perdigones de escopeta en el corazón.

II

En la literatura, no se me ocurre una relación más ambigua que la de un escritor que emprende la tarea de escribir la “autobiografía” de alguien más. El que dicta, el dueño de la autobiografía, decide qué debe contarse; el que escribe, y para eso ha sido contratado, la estrategia para contarlo. La táctica narrativa del segundo debe ser infalible; capaz, incluso, de persuadir a quien ejerce la historia. La línea entre los dos termina por ser invisible. Y el lector más puntilloso pasa las páginas desconcertado, sin saber quién es el dueño de ese extraño, anómalo, influjo seductor. O si la seducción, en cambio, brinca en dos puntos, y el autografiado seduce al escritor, quien termina seduciendo a los lectores.

Alex Haley, afroamericano, originario de Nueva York, e hijo de un veterano de la Primera Guerra Mundial, había trabajado veintinueve años al servicio de la Guardia Costera de los Estados Unidos; en ese tiempo, había llegado a ocupar el cargo de Periodista en Jefe de la Guardia, un puesto creado específicamente para él en reconocimiento de sus habilidades literarias. Cuentan que las había desarrollado víctima del hastío durante los aislamientos, cuando comenzó un pequeño negocio consistente en escribir cartas de amor de otros marinos.

En 1959, Haley, en el retiro, inició una carrera como escritor civil, intrigado por la Nación del Islam, “una asombrosa religión de ‘los negros’” de la que una amiga suya hablaba con frecuencia. Propuso un artículo sobre el culto a Reader’s Digest y visitó un restaurante musulmán, ubicado en Harlem, donde le habían dicho que podía conocer al ministro Malcolm X. Cuando Haley le pidió una entrevista al joven ministro, este, encolerizado, lo acusó de ser una herramienta del hombre blanco. Haley le explicó que su intención era escribir un artículo objetivo, “que comparara lo que decían los musulmanes de sí mismos y de lo que ellos decían sus detractores”. Malcolm X dudó, y le pidió que fuera a entrevistarse con el “honorable Elijah Muhammad”, líder del culto, para pedirle permiso.

Haley se trasladó a Chicago para entrevistarse con Muhammad. Cenaron juntos y, aunque no hablaron del artículo para Reader’s Digest, el escritor se sintió cuidadosamente estudiado. Cuenta Haley que, a su regreso a Nueva York, encontró a un Malcolm X mucho más cooperativo. El artículo, titulado “Mr. Muhammad Speaks”, fue impreso a inicios de 1960, y con ello consiguió ser el primer texto publicado en una revista sobre el fenómeno de la Nación del Islam; gracias a él, Haley recibió comentarios halagüeños tanto de Muhammad como de Malcolm X, quienes le reconocieron sus intenciones objetivas.

Los “musulmanes negros”, como eran llamados entonces, ganaron el interés de la prensa conforme iban sumando adeptos. En los años siguientes, Alex Haley escribiría artículos sobre el tema para el Saturday Evening Post y una entrevista con Malcolm X para la revista Playboy; cuenta el escritor que, mientras realizaba esta última, el ministro solía decirle que el “demonio blanco” no iba a estar dispuesto a publicar sus palabras textuales; los editores de Playboy se mantuvieron firmes en su promesa y no censuraron una sola línea. En una de esas respuestas no censuradas, Malcolm X había asegurado: “Yo creo que lo que ustedes quieren hacer [al haberle brindado un espacio para que expusiera sus puntos de vista] es vender revistas. Nunca he visto a un hombre blanco sincero, o por lo menos cuando se trata de ayudar a la gente negra. Cosas como estas son hechas por la gente blanca para beneficiarse a sí misma”. Meses después, Malcolm reconocería el impacto que tuvo la entrevista, sobre todo entre los jóvenes universitarios, entre quienes comenzó a hacerse popular gracias a ella.

Un editor que había leído la entrevista se puso en contacto con el agente de Haley para sugerirle que se escribiera una autobiografía de Malcolm X. Alex Haley estaba dispuesto a hacerlo, pero luego de repensar la posibilidad, se dio cuenta de que había entrevistado al ministro en varias ocasiones y no conocía nada de su vida personal; era cuidadoso minimizándose a sí mismo y exagerando la importancia de su líder. Otro problema que debía sortear para realizar el libro, era que Malcolm X hacía sentir incómodos a los no musulmanes, como Haley, y tildaba a los escritores afroamericanos que trabajaban con personas blancas, como Haley, de “negros de corral”. Finalmente, el joven ministro aceptó, a condición de que todas sus ganancias fueran destinadas a las mezquitas y a condición de que en el manuscrito no se redactara nada que él no hubiera dicho y que nada que él quisiera decir pudiera ser omitido.

En las primeras sesiones, Malcolm X se dedicó a esconder su vida detrás de “la filosofía de los musulmanes negros”, y hacía rabietas cuando Haley le recordaba que debían hablar de su biografía. El escritor notó, no obstante, que mientras Malcolm X alababa a su líder Muhammad, hacía notas con un bolígrafo de tinta roja en cualquier papel que tuviera a la mano. Estratégicamente, Alex Haley decidió dejar servilletas al alcance de Malcolm para que este hiciera sus garabatos. Así descubrió que escribía notas como “Si la cristiandad se hubiera impuesto en Alemania, seis millones de judíos vivirían”, o “La mujer que llora constantemente lo hace solo porque sabe que se saldrá con la suya”.

Haley descubrió que Malcolm X podía hablar de una cosa y pensar en otra, y también halló, en la nota sobre “la mujer que llora”, una pista para “lanzar un señuelo” y que el ministro hablara de algo distinto de sus creencias religiosas. Al sacar el tema de las mujeres, Malcolm X aseguró que nunca había podido confiar plenamente en una, que en su esposa confiaba en un 75 por ciento y que ella lo sabía, y que había visto a demasiados hombres destruidos por sus esposas. Luego dijo que no confiaba en nadie, ni siquiera en él mismo, con excepción de Elijah Muhammad. También dijo que en Haley confiaba “alrededor de un veinticinco por ciento”.

En una sesión posterior, en la que el ministro estaba extenuado, Alex Haley decidió preguntarle algo sobre su madre. Este la recordó parada en la cocina, esperando a que él y sus hermanos terminaran de comer, llevando un vestido color “gris desvaído”, y luego habló hasta la madrugada recordando detalles de su infancia, brindando material suficiente para que el escritor pudiera esbozar los primeros capítulos del libro. En adelante, las experiencias que tuviera el ministro durante el día marcarían el tono de lo que decía a Haley durante las noches. Hablarían en automóviles, trenes y aviones, y entre ellos terminaría por desarrollarse una camaradería amistosa. “Sin lugar a dudas para mí era una de las personalidades más atractivas que había conocido, y por su parte, supuse, había aprendido que yo era alguien con quien podía desahogarse tranquilamente, sin que existiera la posibilidad de que se enterara alguien”.

En una bella ironía, Malcolm X depositó confianza en su autobiógrafo no por lo que le contara de su vida para que lo escribiera, sino por lo que le contaba off the record. Se convertiría en un libro posible, sobre todo, por lo que en él no estaba escrito. 

III

Malcolm Little nació el 19 de mayo de 1925. Fue el séptimo hijo de un ministro de la Iglesia Baptista, que militaba en la Asociación Universal para el Progreso Negro, y el cuarto hijo de una mujer afroamericana que había nacido en las Antillas Británicas y “tenía aspecto de mujer blanca”, por haber sido hija de un hombre blanco. Malcolm tenía la “piel más clara” que sus hermanos, motivo por el cual, según él, su padre le mostraba un favoritismo inconsciente y su madre cierta reticencia involuntaria; ella le pedía que saliera a la calle para “coger un poco de color”. Luego de la muerte de su padre, asesinado, presumiblemente, por miembros del Ku Klux Klan, su familia fue “destruida por la asistencia pública”, que separó a madre y hermanos; a la postre, ella sería internada en un hospital psiquiátrico.

Malcolm Little fue un pugilista frustrado; aseguraba que un muchacho blanco había sido el inicio y el fin de su carrera boxística, gracias a Alá, o de otra forma se hubiera convertido en una máquina de pegar. Quería estudiar derecho, pero un maestro le pidió que fuera realista y considerara, mejor, el oficio de carpintero. Trabajó como limpiabotas en bares de Harlem y llegó a pulir los zapatos de Duke Ellington. Consideraba haber dado el primer paso hacia la degradación al decidir, en la adolescencia, alaciarse el pelo, utilizando un potaje hecho con papas, lejía y huevos que quemaba el cuero cabelludo.

Traficó con drogas, fumaba mariguana de manera abundante y cuando fue llamado a las armas para combatir en la Segunda Guerra Mundial, fingió padecer una enfermedad psiquiátrica. Integró una banda que robaba casas y con base en su experiencia aconsejaba a las personas que, al salir, si querían repeler a los ladrones, dejaran encendidas las luces del baño específicamente. En la cárcel era apodado Satanás, y ahí mismo, siguiendo los consejos de uno de sus hermanos, se convirtió al islam. Su hermano le dijo que el diablo era en realidad el hombre blanco, y que debía seguir al gran Elijah Muhammad. Con base en la disciplina, se interesó por la etimología y llegó a transcribir un diccionario entero. Comenzó su carrera como orador en los debates semanales que un grupo de académicos organizaba en la colonia penitenciaria de Norfolk.

Al salir de la cárcel conoció a Muhammad y comenzó una campaña proselitista para que la Nación del Islam consiguiera más seguidores. Adoptó la X como apellido, letra que representaba el “verdadero apellido africano”, y no el apellido impuesto a sus antepasados por los “diablos blancos”; deseaba poder deshacerse del porcentaje de “violador blanco” que llevaba en la sangre. Asentado en Nueva York, ya como ministro, comenzó a acercarse a las iglesias cristianas para “pescar” nuevos musulmanes.

Si los periodistas le preguntaban si había algún blanco que hubiera hecho algo por los negros, él contestaba que ningún negro podía obtener un empleo decente en una fábrica norteamericana hasta que Hitler había hecho presión sobre los blancos. Aseguraba que George Lincoln Rockwell —jefe del Partido Nazi de Estados Unidos— predicaba y practicaba “la misma cosa”, por lo cual debía ser reconocido, a diferencia de otros blancos que se presentaban como liberales para darle “palmaditas a los negros en la espalda”. Rockwell, por su parte, afirmaba admirar la valentía del ministro, y creía que los dos debían dar discursos para acelerar “la solución del problema racial”. Malcolm X aseguraba que Martin Luther King era la mejor arma de aquellos blancos que deseaban bestializar a los “negros” en Estados Unidos. A Luther King no era necesario criticarlo, porque sus acciones lo criticaban en sí mismo. “Cualquier negro que predique a otro negro que ponga la otra mejilla lo está desarmando”. Detestaba a los afroamericanos de clase media, artistas e intelectuales, porque aquellos representaban sus críticos más acérrimos.

Cuando lo entrevistaban en la radio o en la televisión, su estrategia era hablar sin parar para que no lo interrumpieran. De acuerdo con Kenneth B. Clark, tenía una habilidad especial para transmitir la cantidad de emoción, resentimiento e indignación necesarios. Comenzó a ser llamado a las universidades —se convirtió en el segundo orador más solicitado de Estados Unidos—. Consideraba que tenía un sexto sentido para comprender, como orador, las reacciones del público.

Según Malcolm X, su distanciamiento de Muhammad comenzó cuando este fue acusado por dos antiguas secretarias de ser padre de cuatro hijos, lo que representaba una inmensa incongruencia entre las acciones y predicamentos de Muhammad, incongruencia que a cualquier musulmán debía costarle ser expulsado de la Nación por cometer adulterio. Según Muhammad, se debió a las desafortunadas declaraciones de Malcolm X después del asesinato de Kennedy: “Pollos que vuelven al corral”, había dicho a periodistas en referencia a que era comprensible que el odio de los hombres blancos terminara afectando al jefe de Estado. Era un hecho que Malcolm X había pasado a convertirse en el rostro más visible y protagónico de la Nación del Islam, y que suscitaba envidias entre otros ministros. Elijah Muhammad condenó a quien había sido su ministro predilecto a noventa días de silencio.

Pasados algunos meses, Malcolm X fundó Mezquita Musulmana Inc., cuyo objetivo era sacar “las fuerzas religiosas y espirituales necesarias para librar a nuestro pueblo de vicios que destruyen su fibra moral”. Viajó por primera vez a La Meca y descubrió que después de varios años de predicamento musulmán, no sabía cómo inclinarse para hacer los ritos de la plegaría: “los tobillos occidentales no llegan nunca a doblarse como los de los musulmanes”. Al conocer hombres blancos fuera de Estados Unidos, mismos que le dispensaban un trato fraterno, comenzó a revisar las ideas que de los blancos se había formado.

IV

A lo largo del libro, solo una vez Malcolm X refiere la existencia de Alex Haley, ¿o acaso es Haley quien decide aparecer, subrepticiamente, en la autobiografía que le es dictada? El ministro cuenta que su movimiento comenzaba a ganar interés en la prensa, enumera los diferentes medios que escribieron artículos sobre ellos, como Time, Newsweek y Reader’s Digest, “con sus veinticuatro millones de ejemplares traducidos a trece lenguas distintas”, en donde apareció el texto “Mr. Muhammad Speaks”, y a continuación reconoce que “el autor era Alex Haley, el escritor a quien yo estoy dictando este libro”.

No hay otra mención a Haley, a pesar de su importancia como personaje en los últimos días de Malcolm X. La autobiografía oculta las trabas que él ministro opuso a la escritura de “Mr. Muhammad Speaks”. Lo que constituye solo unas cuantas líneas de un párrafo en la vida del relator, es el momento que funda la vida profesional del escritor.

Algunas páginas antes de esa mención, el binomio X-Haley rompe la cuarta pared de la autobiografía, al declarar que el ejercicio del dictado del libro representa la primera vez que Malcolm X cuenta su “sórdido pasado”. Se justifica: “Para comprender a alguien, hay que conocer toda su vida, remontarse hasta el nacimiento. La personalidad del individuo es la suma de todas sus experiencias que ha vivido. Todo lo ocurrido es un ingrediente de su carácter”, y luego el dictado y la escritura estratégica vuelven a su cauce, como ajenos a su desviación.

Durante los últimos días de su vida, Malcolm X pidió que se hiciera una adenda al contrato de edición para que las ganancias fueran destinaras a Mezquita Musulmana Inc. o a su esposa Betty. “¿Cómo es posible escribir una autobiografía en un mundo tan cambiante como este?”, le preguntó a Haley en la posdata. Una vez le pidió al escritor que cambiara todo lo referente a los sentimientos nobles que había sentido hacia Elijah Muhammad, y Haley le pidió reconsiderar el cambio: “el libro perdería automáticamente parte del suspense y la tensión dramática”. Finalmente, Malcolm X consintió: “Olvida los cambios que había marcado, déjalo como tú lo habías escrito”. Con el adelanto de las regalías, esperaba comprar una casa —nadie iba a estar dispuesto a rentarle una—. Estaba seguro de que solo un milagro permitiría que siguiera vivo cuando llegara a publicarse el libro. 

 

César Tejeda 
Narrador. Autor de Épica de bolsillo para un joven de clase media Mi abuelo y el dictador.