La primera versión en español de la correspondencia entre dos eminencias de la literatura inglesa empezará a circular en México en un par de meses, de la mano de Jus. El delicioso intercambio epistolar entre uno de los críticos más talentosos del grupo de Bloomsbury y la prominente escritora de vanguardia ofrece un acercamiento prodigioso a la vida cotidiana y al microcosmos en el que se movían los literatos ingleses de principios de siglo. Iniciada en 1906, la relación por escrito de Woolf con Strachey —al inicio, un amigo de su hermano al que invita cordialmente a tomar té para conocerse— es amena, variopinta y cariñosamente dedicada. En ocasiones las cartas se responden cada dos días, lo cual implica, para esas épocas, una premura y una confianza absoluta. En otros momentos, reina lo práctico: una invitación a comer, el anuncio de algún viaje, una cita para asistir juntos al ballet, etc. El agudo sentido del humor, el chisme y la mofa de sus conocidos y allegados —la mayoría, de las élites ilustradas inglesas— son algunos de los rasgos vitales de estas cartas, donde no falta el laconismo y el sarcasmo casi absurdo. Virginia y Leonard Woolf, por ejemplo, anunciaron su compromiso con la siguiente nota postal:

En esta correspondencia que duró 25 años —se interrumpió en 1913 tras un primer intento de suicidio de Woolf, y luego perdió constancia hacia mediados de los veinte, siempre por motivos de salud de uno u otro—, Virginia y Lytton comparten las inquietudes de su tiempo, y establecen un diario íntimo y pícaro, una bitácora de viajes, llena de paisajes —donde avanzan los mares y desolan los inviernos—, un cuaderno de sueños (de parte de Virginia); y, más que nada, se cuentan sus respectivas lecturas, las reseñas que preparan o se encargan entre ellos, los libros en marcha que escriben o quieren escribir. También comentan su propia literatura y se funden en francos elogios; al recibir en 1915 el clásico de Strachey, Victorianos eminentes, Virginia asevera:

Es espléndido; por mucho, lo mejor que has escrito, creo. Para empezar, es milagroso que haya existido gente así, y además, qué divertido y emocionante y vívido lo vuelves tú. Te ordeno que completes una serie entera: no puedes ni imaginar cuánto disfruto tu escritura.

Por su parte, Lytton lee gustoso las novelas de Woolf y en un momento de crisis le declara: “Lo único que me reconcilia con la existencia es leer tus artículos en el Atheneum” (también le dedica en 1920 La reina Victoria). La admiración mutua, la crítica benéfica de sus respectivas obras y la fidelidad de las cartas podrán dar la impresión de que nos internamos en los vericuetos del más platónico amor. Es posible, con sus aires y desaires. Porque las cartas acortan el extrañamiento de la ausencia y la distancia, la punzada de las separaciones que agudizan la edad y los años, y permiten el recuento de las ofensas, los errores y aciertos, y el perdón. En esa brecha, la experiencia de la lectura es un bálsamo siempre oportuno y conciliador: “Creo que he leído unos 600 libros desde que nos vimos”, le dice Woolf, después de haber estado meses postrada en cama. Como el número de libros, el tiempo pasa, inexorable, y trae enfermedad y desconsuelo, hasta que sólo la muerte detiene el curso afable y sinuoso de esta hermosa conversación.

La siguiente selección de cartas entre Virginia y Lytton intenta abarcar varios periodos y estilos de escritura, omitiendo a propósito el dramático final de la relación y el poder revelador de ciertos sueños.


67 Belsize Park Gardens
Hampstead, N.W.
27 de septiembre, 1908

Querida Virginia,

No tengo idea de si esta carta te llegará. [Sydney-]Turner murmuró algo acerca de Voltaire,1 así que estoy disparando al azar. No tengo otro motivo que las ganas de conversar y, como supongo que estarás por regresar muy pronto, no hay muchas probabilidades de que respondas.

Volví hace cosa de una semana a la vida londinense y ya estoy sumergido en ella. La encuentro muy sombría y brumosa. Por supuesto, ya fui a ver dos obras, y al Simpson’s, por no mencionar la London Library y la redacción del Spectator. Me he gastado varios chelines en taxis y ahora estoy escribiendo una crítica de los ensayos de Swinburne sobre los isabelinos.2 ¿Verdad que mi vida es aburridísima? A ti, en cambio, te imagino exultante en la Place de la Concorde. ¿Es bella u horrible? Hace unas semanas, en Escocia, por un momento pensé que me gustaría estar en París, pero no he vuelto a sentirlo, y hora pienso que me echaría a llorar si me despertara y me encontrara en el Pont Neuf. Sería un consuelo si vosotros aparecierais: vosotros tres, elegantes, yendo hacia el Louvre en un taxi. Pero seguramente por pura desgana os dejaría pasar de largo.

Hay momentos —en [Hampstead] Heath, por supuesto—, en los que me parece ver la vida directamente, como un todo, pero sólo son momentos; por lo general no logro entender nada. Tengo la impresión de que a ti no te resulta tan difícil. ¿Será porque tú eres una virgen, una Virginia? ¿O será porque desde las alturas donde tú te encuentras es posible sortear las dificultades? Ah, ¡hay tantas dificultades! ¡Tantas! Quiero escribir una novela sobre un lord canciller y su hijo malcriado,3 pero me es del todo imposible pensar ni remotamente en una trama, y además ¡el público británico! Oh, querida, ¡vámonos todos a las Islas Feroe y olvidémonos de la existencia de Robin Mayor y de la señora Humphry Ward,4 bebamos ponche de ron por las noches y vivamos felices para siempre! Es un auténtico escándalo dalo que no podamos hacerlo. Vanessa cocinaría para nosotros.
¿Por qué no? Pero antes debes volver a Londres.
Siempre tuyo,
Lytton Strachey

No puedo escribir a esta dirección sin enviar mis respetos al fantasma del querido viejo esqueleto.5 ¿Se los darás? ¿Ya lo has visto?

***

Fitzroy Square, 29, W.
Domingo [4 de octubre, 1908]

Querido Lytton,

Fue encantador recibir carta tuya en París. Regresamos hace dos o tres días —Adrian acaba de volver—,6 y hablamos de conciertos y reseñas y de Saxon hasta las 3 de la madrugada: ya hemos vuelto a la rutina. Pero el viaje fue muy satisfactorio y finalizamos en París con una semana de una moderada vida social bohemia. Bebimos inmensas cantidades de café y nos sentamos afuera, bajo la luz eléctrica, a conversar sobre arte. Me gustaría que fuésemos diez años más jóvenes, o veinte años más viejos, y pudiésemos contentarnos con nuestro brandy, y cultiváramos los sentidos. Pero, a decir verdad, a veces pensaba en otras cosas: novelas y aventuras. ¿Por qué no acabas tu novela? Deberías hacerlo. Las tramas no importan, y en cuanto a pasión, estilo e inmoralidad, ¿crees que podría tener más? ¿Has estado ocupado con la literatura inglesa todo este tiempo? Tengo que comprar el Spectator.7 Siento como si quisiera leer bibliotecas enteras, pero por supuesto no lo haré. Mi silla está rodeada de libros y ni siquiera los cojo. Adrian acaba de contarme un sueño que tuvo, en el que viajaba durante cuarenta años con el Eremita del Mar Muerto:8 era Saxon.
Tuya siempre,

A[deline]. V[irginia]. S[tephen].

***

Mermaid Club
Rye, Sussex
3 de enero, 1909

Querida Virginia,

Quizá te hayan llegado los rumores de que me escapé aquí. Llegué el jueves y desde entonces he estado sumido en un semi estupor, entre brumas y golfistas, así que ahora me siento tan à la hashisch [drogado] que apenas puedo imaginar volver a estar alguna vez en otra parte, o siquiera que exista otra parte. Sin embargo, si hago un esfuerzo de voluntad puedo alcanzar a evocar una tenue imagen de Bond Street, de [Hampstead] Heath y de una plaza o dos. ¿De veras has estado allí todo este tiempo y sigues allí? Iré a comprobarlo el jueves. No sé si estarán también los Fisher, pero si es así no podré hablar más que de palos de golf y de greens, aunque estoy seguro de que Herbert podrá soportarlo perfectamente. Además de golfistas, aquí hay algunos miembros de la alta cleresía —obispos y coadjutores— y dos abogados del Consejo de la Cancillería. Claro que todos ellos son también golfistas, así que prácticamente todo se reduce a lo mismo. Las cosas sobre las que conversan resultan de lo más sorprendentes, y cuando pienso que tiene que haber muchas personas todavía más estúpidas, comienzo a ver la raza humana en noir. ¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! Su lentitud, su pompa, ¡y su fatuidad! Ciertamente están en su mejor momento cuando discuten —lo cual hicieron anoche— acerca de la crueldad de la caza. «Me consuelo pensando que también los animales son muy crueles; los ciervos no, por supuesto, ¡pero fijaos en las comadrejas!» Yo lloraba de risa, y casi no hizo falta que disimulara porque no se dan cuenta de nada. Por Dios, ¡qué felices deben de ser!

Cuando no estoy soñando leo esas Lettres à une Inconnue que tanto nos han inquietado.9 Son una extraña mezcla de desencanto y monotonía —no sé precisarlo—, muy «inteligentes» y bien escritas y, aun así, de alguna manera bastante grises. Los franceses me parecen una raza melancólica, ¿será que no tienen imaginación, y por lo tanto ningún desahogo cuando se topan (como termina ocurriéndole a cualquier persona inteligente) cara a cara con los horrores del mundo? En algunos advierto una desesperación pura que no creo que sea comparable a la de ningún inglés, ni siquiera Swift. Hablando de Grandes Autores, he visto a Henry James dos veces desde que llegué, y quedé muy impresionado. Y me refiero literalmente a verlo, ¡ojalá lo conociera! El otro día se asomó a la ventana cuando yo pasaba por delante, ¡fue increíble! Parecía tan serio, tan preocupado e importante: un magnífico vendedor buscando complacer a toda costa, infinitamente solemne y cortés. ¿Será así? De pronto me di cuenta de que lo más notable de sus novelas es su absoluta falta de sentido del humor. Pero me parece raro que haya escrito precisamente esas cosas teniendo precisamente ese aspecto. Quizá si uno hablara con él podría comprenderlo.

Escríbeme, si puedes, una carta larguísima, llena de relatos emocionantes y de profundas reflexiones acerca de la vida humana. Está claro que podrías hacerlo, pero ¿lo harás? Incluso un cuarto de página sería un oasis en medio de mi desolación. He estado algo enfermo, pero ya me encuentro mejor. También he estado algo irritado. Ojalá fuera golfista. ¿Los de Gordon Square han vuelto ya? ¿Qué te ha parecido Rumpelmayer?10 ¿Hay noticias de Adrian? R. S. V. P.
Tuyo,

G[iles]. L[yton]. S[trachey].

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Fitzroy Square, 29, W.
[4 de enero, 1909]
Querido Lytton,

Algo había oído sobre tu escapada a Rye. ¿No te parece que la posada Mermaid es casi tan lúgubre como un buque de guerra en épocas de Nelson? Recuerdo que un día me colé y una vieja me echó. Siento que hayas estado enfermo, ¿fue en Navidad? Nosotros nos sentamos junto al fuego y contemplamos la nieve, que tenía un raro fulgor blanco. Adrian está ahora en Wiltshire, llenándose de lodo, supongo; y no sé qué he estado haciendo yo. Viendo a Mary Sheepshanks, creo. Me atosigó hasta la una y media de la madrugada con las revelaciones más insípidas y melancólicas. Imagínate a diecisiete miembros de la familia Sheepshank en un tugurio de Birmingham y a Mary como la más brillante del grupo (al menos eso dice ella).

Me contó historias de mujeres traicionadas y amores frustrados; de frío, pobreza y vejez con parálisis progresiva, y la conclusión de todo ello fue que había que reformar las leyes de divorcio. Esto es lo que me parece tan deprimente en su caso: no puede evitar regodearse frente a cualquier asunto sórdido. Como los franceses, no tiene válvula de escape. «A los veinte años», me dijo, «debería haberme casado con un clérigo». ¿Podría haberlo dicho con más delicadeza?

El jueves vienen los Fisher. Tú y Herbert hablarán sobre Voltaire y yo contaré que justamente acabo de ver su figura de cera en lo de Madame Tussaud. No puedo evitar pensar que es un poco farsante (me refiero a Herbert Fisher). Es demasiado ilustrado y humanitario. Ella es una mujer brillante.

Leí las Cartas a una desconocida en Atenas, cuando se suponía que debía estar hirviendo leche de cabra, y recuerdo que las encontré bastante reconfortantes, dadas las circunstancias.11 Las cartas me parecieron increíblemente cínicas; y ellos, una pareja de ancianos resecos y listos como el hambre. Odio la precisión con la que escriben.

Estoy sentada junto al fuego, es cerca de medianoche, ya he acostado al perro y acabo de terminar el Ayax. Los antiguos me dejan perpleja: son, o bien muy profundos, o bien elementales, y cuando hay que descifrar cada palabra es imposible decidirse. Sin embargo, hay al menos un pasaje de gran belleza, aunque me parece que puede leerse de veinte maneras diferentes. Ayer vi a Henry Lamb, con sus malignos ojos de cabra.2 También estaban allí Saxon, Nessa y Clive. A Clive lo noté deprimido, pero creo que hay que dejar correr el asunto. Los Freshfield nos han pedido que nos quedemos.12 Sidney Lee va a venir a tomar el té conmigo.13 Y éstas son todas las noticias que tengo. También me han pedido que escriba unas «impresiones» de Walter Headlam para su biografía.3 Pero tendrían que ser mentiras.

Ahora debo irme a la cama y leer un poco de mi adorado William Cowper.
Tuya,

V. S.

***

Tarragona
1º de septiembre, 1912

Querido Lytton,

Me pregunto si recibiste una postal escrita al comienzo de nuestro periplo desde la casa de Coleridge y Southey.14 Ahora recordamos el lugar sobre todo por su pata de cordero. Hemos viajado muy lejos y el filete se ha convertido en carne de cordero, pollo o perdiz. Si ahora me dieras a comer cerdo apenas podría distinguirlo. Es una situación lamentable, sólo compensada por las bellezas naturales y las cosas antiguas de la humanidad, sobre las que podría explayarme si me escucharas, pero, a decir verdad, es en la comida en lo que más se piensa cuando se está fuera. Si te digo que el cuarto de baño que está frente a nuestra habitación no ha sido vaciado en tres días, y que es posible distinguir allí las evacuaciones de cristianos, judíos, latinos y sajones, ya podrás imaginarte el resto. Estamos en Tarragona; desde aquí iremos a Madrid, y de Madrid a Venecia. Nuestros hábitos son sencillos: dos días en un sitio, un día en tren; por la mañana damos un paseo a pie, por la tarde, leemos, tomamos el té —cosa que acabamos de hacer— y luego caminamos por la costa; después de la cena nos sentamos en algún café y, puesto que esta noche es domingo, escuchamos a la banda militar. Varias veces, los asuntos propios de la cama han resultado interrumpidos por los mosquitos. Dejan las paredes manchadas de sangre por la mañana; siempre eligen mi ojo izquierdo y la oreja derecha de Leonard, sin importar en qué posición nos encuentren. No debe de parecerte una muy vida feliz, lo sé; pero, verás, en los intersticios nos atiborramos de conversaciones estimulantes y también de literatura. ¡Dios mío! ¡No puedes ni imaginarte con qué voracidad nos lanzamos sobre cualquier material impreso, algo vedado durante tanto tiempo por causa de nuestra propia escritura! Leí tres novelas en dos días, y Leonard fue tras el Cuento de viejas15 como un gatito que se persigue la cola. Luego de esta vertiginosa carrera, ahora me he sumergido de lleno en Crime et Châtiment [Crimen y castigo]: cincuenta páginas antes del té, y veo que sólo son ochocientas, así que acabaré prontísimo. Ya es evidente que se trata del mayor escritor que haya existido jamás, ¿y si resulta que decide que todo se convierta en algo espantoso, qué sería de nosotros? La luna de miel se arruinaría por completo. Si él decidiera que es mejor acabar con la esperanza humana, ¿qué nos quedaría, sino suicidarnos en el Gran Canal? ¿Has estado escribiendo sobre él? Como podrás imaginar, tenemos la intención de hacer muchas y muy diversas cosas durante el invierno. Justo ahora, tú estarás acomodándote junto al fuego después de regresar de una briosa caminata entre los abetos escoceses, en medio de la niebla escocesa, y dirás algo (que yo no puedo pronunciar, en francés) que significa que la vida no ofrece más que la cópula, después de lo cual se oirá un rugido desde las profundidades de tu estómago, lo que te recordará que hay ¿venado?, ¿perdiz?, ¿cordero?, para la cena, y entonces irás a buscar a Pope, tu ejemplar de bolsillo, y procederás a leerlo por centésima quincuagésima vez…, entonces sonará la campana y la muchacha de pelo trigueño, la que quisieras fuera un muchacho, te dirá: «la cena está servida»… mientras yo salgo a caminar por las costas del Mediterráneo bajo los rayos de un sol agonizante, pero todavía lo bastante cálido como para tener que llevar un vestido de algodón y un parasol, mientras la banda militar toca la barcarola de Los cuentos de Hoffman y los muchachos desnudos corren como agachadizas por la playa, balanceando sus traseros en el aire diáfano.

Por favor escribe a Brunswick Square: cuéntales las noticias. No hemos visto a un inglés ni sabido nada de Londres desde hace quince días.

Saludos de Leonard.
Tuya,

V. W

***

The Mill House
Tidmarsh, Pangbourne
6 de febrero, 1922

Es triste imaginarte enferma y todavía más triste pensar que tu recuperación depende de las cartas de tus amigos. ¡Dios mío, tu caso no tiene remedio! ¿Quién va a escribirte a ti? No lo sé. Desde luego, yo soy incapaz. Tal vez Clive… Imagino sus elegantes lucubraciones. Te advierto que si consiguen que te repongas no volveré a hablarte nunca más. Y, en ese caso, ¿habrá valido la pena recuperarse? Sería mejor languidecer y languidecer hasta ir a dar a la tumba, que así al menos sería honrosa. Pero supongo que en estos días todo el mundo (excepto Clive) languidece más o menos. Mi propio estado es, desde hace mucho, bastante deplorable. Lo atribuyo al invierno: el suplicio de la ropa interior gruesa, etc. etc., pero bien podría ser la mera decadencia del cerebro. En cualquier caso, por la causa que fuere, estoy sans [sin] ojos, sans dientes, sans picha, sans… después de eso último ya no puede haber más «sanses»… En general, me siento como un pez que boquea en la orilla. Es terrible. Espero ansiosamente que llegue un cambio junto con las golondrinas (cuando sea que esto ocurra) y entretanto simulo leer. Me llegan libros del club de lectura del Times (soy «suscriptor privilegiado»), pero apenas los miro. Paso horas hojeando el Dictionary of National Biography. Y cuando éste se vuelve demasiado extenuante, continúo con Who’s who [Quién es quién]. A veces me zambullo en los Viejos Maestros. Swift me parece muy bueno, pese a que es un sujeto sumamente desagradable, igual que Dante, igual que Milton. ¿Tú crees que sea necesario ser sumamente desagradable para estar en la primera división? Pero también está Rabelais, que es reconfortante. Descendiendo de golpe, me pregunto si serás capaz de llegar hasta el final del librito de madame, la princesa.16 Supongo que posee cierto ingenio, pero ¡cómo odio a esa mujer, con su alma pequeña y seca! En cambio, Las cuatro edades de la poesía es brillante.17 Ese hombre sí sabía escribir prosa —véase la última, larguísima, frase—, lo cual es más de lo que hicieron Shelley o Browning. Sin embargo, aparte de Clive, ¿quién ha oído hablar de él? El asunto de Maynard es de lo más extraño.18 Hasta ahora sólo he escuchado la versión de Vanessa, pero espero tener pronto una de primera mano. ¿Qué nos está pasando, dime? El universo se tambalea.

¿Sabes que me he hecho miembro del Club Oriental? Tienes que venir y almorzar conmigo cuando las golondrinas hayan llegado. Es un edificio enorme y horrible —¿has estado allí?—, lleno de enormes y horribles angloindios, muy viejos y muy ricos. Tan pronto como uno entra tiene 65 años y una renta de 5000 libras al año; se vuelve uno tan gordo que apenas puede caminar y el cerebro marcha con extraordinaria lentitud. Como ves, dada mi situación actual, es el sitio perfecto para mí. Con mis ojos vidriosos y mi pelo blanco, paso casi desapercibido cuando me hundo pesadamente en un sillón de cuero con un ejemplar del Field en la mano. Además, el borgoña es excelente: tienen una de las mejores bodegas de Londres.

¡Por Júpiter! ¡Tienes que venir! Te escribiré pronto de nuevo, si puedes soportarlo.
Tu

Lytton

 

Fuente: Lytton Strachey, Virginia Woolf, 600 libros desde que te conocí. Correspondencia (traducción de Socorro Jiménez), México, Jus Libreros y Editores, 2017, 144 páginas.


1 Virginia estaba alojada en un hotel de París llamado precisamente Voltaire.

2 The Age of Shakespeare (La época de Shakespeare).

3 Muy probablemente se trata de Lord Pettigrew, que Strachey abandonó después de escribir sólo cuatro capítulos.

4 Robert John Grote Robin Mayor (1869-1947), miembro de los Apóstoles de Cambridge, una sociedad secreta que congregaba a la élite de la universidad y a la que pertenecieron también John Maynard Keynes, el propio Lytton Strachey y su hermano James, G. E. Moore y Rupert Brooke; la señora Humphry Ward (Mary Augusta Arnold, 1851-1920) era una conocida novelista británica.

5 Voltaire.

6 El hermano de Virginia acababa de estar en Bayreuth con Saxon Sydney-Turner.

7 En esa época Lytton escribía reseñas de manera regular en ese semanario. Su reseña de los ensayos de Swinburne sobre los isabelinos (que menciona en la última carta) había aparecido el día anterior.

8 Debe referirse al Mar Rojo: el eremita sería san Antonio.

9 Las Cartas a una desconocida, de Prosper Mérimée.

10 «Los de Gordon Square»: Vanessa y Clive Bell. Virginia había estado en París y Lytton asume que visitó el famoso salón de té del pastelero austriaco Anton Rumpelmayer.

11 Virginia había viajado a Grecia en 1910 con su hermana Vanessa, que sufrió una crisis de apendicitis, por lo que no pudo abandonar en ningún momento la habitación del hotel.

12 El abogado Douglas Freshfield (1845-1934) y su esposa Augusta Charlotte Ritchie, Gussie (1847-1911) eran amigos de los padres de Virginia.

13 Un célebre biógrafo (1859-1926). Colaboró en el Dictionary of National Biography que Lytton menciona en la siguiente carta.

14 Los poetas Samuel Taylor Coleridge y Robert Southey, que estaba casados con dos hermanas, vivieron una temporada juntos en Nether Stowey, Somerset, en 1794.

15 The Old Wives Tale, novela de Arnold Bennet.

16 Elizabeth Bibesco acababa de publicar I Have Only Myself to Blame (Sólo puedo culparme a mí misma).

17 De Thomas Love Peacock. Acababa de aparecer en una antología, junto con ensayos de Shelley y Browning.

18 [John Maynard] Keynes, hasta entonces claramente homosexual, se había enamorado de la bailarina rusa Lydia Loporova, con quien se casaría en 1925.