León Tolstoi no es el primer autor que se nos viene a la mente si pensamos hablar del amor con optimismo; menos aún si lo que nos atañe son las relaciones conyugales. Nadie puede olvidar la espiral trágica de Anna Karenina y sus dos Alexeis, el primero de los cuales, “no sabría ni siquiera qué es el amor” si no fuera porque escuchó alguna vez la palabra, como asegura la protagonista de esta magistral novela.

Sin embargo, Tolstoi tiene una obra dedicada solamente a la reflexión del amor virtuoso. La cuenta a través de la relación de Masha y Serguéi en un libro escrito en 1859 y titulado La felicidad conyugal, casi dos décadas anterior a la publicación por entregas de Anna Karenina, pero que coincide en priorizar la perspectiva de la mujer que protagoniza la historia.

Se trata de un romance convencional que empieza en la inocencia del campo, se complejiza al momento en que la ciudad aparece en escena, peligra cuando se le subordina a las exigencias de la vida social y muta para nunca volver a ser lo mismo.

Para este inminente 14 de febrero, la historia de amor que cuenta Tolstoi en esta breve joya sigue siendo aleccionadora. Aquí una serie de extractos a propósito del amor y el amar.


El concepto del amor

Ella: “Cada uno de mis pensamientos era un pensamiento suyo, y cada uno de mis sentimientos era un sentimiento suyo. Entonces yo no sabía que eso era el amor, pensaba que siempre podría ser así, que era un sentimiento que se daba porque sí”.

Ella: “En ese momento mi corazón se puso a latir con más fuerza, mi mano tembló y apretó la suya, tuve calor, mis ojos buscaron los suyos, en medio de la penumbra, y de pronto sentí que no era miedo, que ese terror era el amor, un amor nuevo y todavía más tierno e intenso que antes”.

Él: “—¿Y cómo se va a enterar la mujer de que la aman si no se lo dicen? […]
—Pues eso no lo sé— respondió él—. Cada persona tiene sus propias palabras. Y si el sentimiento existe, ya encontrará la manera de expresarse.”

La seducción

Ella: “‘[…]Tengo la impresión de que entiende usted la música.’
Esta parca alabanza me causó un regocijo tan grande que incluso me ruboricé. Era para mí tan nuevo y tan agradable que él, amigo y par de mi padre, hablara conmigo seriamente, de tú a tú y no ya como una niña”.

Ella: “Nunca, ni con una mirada, ni con una palabra, me daba a entender que fuese yo bonita. Incluso le agradaba hallar defectos en mi apariencia y me hacía rabiar hablando de ellos […] Él quería creer que en mí no había coquetería. Y cuando lo entendí no quedó en mí ni la sombra de la coquetería de los vestidos, de los peinados, de los ademanes; en su lugar apareció algo más claro que la luz del día: la coquetería de la sencillez en un momento en el que yo aún no podía ser sencilla”.

Ella: “Sentía cuánto mejor y más digno era mostrar frente a él los mejores aspectos de mi alma”.

Él: “ […] ¿De dónde ha salido esta seguridad en sí misma tan llena de salero y de gracia, esta afabilidad, incluso esta mente mundana y esta amabilidad? Y todo se le da con sencillez, donaire y finura. Todos están fascinados con ella y yo mismo no me canso de admirarla, y si fuese posible, la querría aún más”.

Sobre los riesgos de la vida social

Ella: “Estaba tan ofuscada por ese súbito amor que por mí se había despertado de pronto en tanta gente extraña, por ese aire de elegancia, de placer y novedad, que ahora respiraba por primera vez, había desaparecido tan repentinamente esa su influencia moral que tanto me oprimía, y me resultaba tan agradable en ese nuevo mundo no sólo ponerme a su altura sino situarme por encima de él y de ese modo amarlo más y de forma más independiente que antes, que no lograba entender qué era aquello tan dañino para mí, que él veía en la vida social”.

Él: “Estas falsas relaciones pueden acabar con nuestras verdaderas relaciones”.

Ella: “La vida social, que al principio me ofuscaba la razón con su brillo y los halagos a mi vanidad, pronto se enseñoreó definitivamente de mis gustos, se tornó costumbre, me puso sus grilletes y ocupó en mi alma todo el lugar disponible para los sentimientos”.

La dicha de amar

Ella: “Con frecuencia durante ese verano subía a mi habitación, me acostaba en la cama, y en vez de la antigua nostalgia primaveral por los anhelos y las esperanzas en el futuro, se apoderaba de mí la inquietud de la felicidad en el presente”.

Ella: “Sólo ahora entendía por qué él solía decir que la felicidad consistía en vivir para el otro, y me sentía completamente de acuerdo con él […] con una conciencia eterna de la dulce y auxiliadora providencia”. 

Ella: “No había que trabajar rigurosamente ni cumplir con la obligación de sacrificarse en aras del otro, como había imaginado mientras fui novia. Al contrario, lo que había era un sentimiento interesado de amor mutuo, el deseo de ser amado, una alegría constante y sin motivo y el olvido de todo el mundo”.

Él: “Yo he vivido mucho y creo que sé lo que hace falta para la felicidad. Una vida apacible, recogida en la lejanía de nuestra provincia, con la posibilidad de hacer el bien a esas personas a las que es tan fácil hacer un bien al que no están acostumbrados; luego, el trabajo… un trabajo que, según parece es de provecho; luego, el descanso, la naturaleza, los libros, la música, el amor al prójimo; ésa es la felicidad para mí y no pienso que haya nada superior a ello. Y ahora, por encima de todo esto, una persona amada, una familia, quizá, todo lo que un hombre puede desear”.

Ella: “El sentimiento [de amor] de antaño se convirtió en un recuerdo querido e irrevocable, y el nuevo sentimiento de amor por mis hijos y por el padre de mis hijos sentó el comienzo de otra vida, feliz de manera absolutamente distinta…”

 

León Tolstói, La felicidad conyugal, traducción de Selma Ancira, Barcelona, Acantilado, 2012, p. 178.

Ana Sofía Rodríguez 
Editora de nexos en línea.