Las obras de Gustav Klimt se han vuelto muy populares y son reconocibles instantáneamente en pósteres, tazas, llaveros, libretas, tapetes y paraguas, entre otros souvenirs típicos de las tiendas de museos. Sin embargo, a pesar de ser víctima del llamado “fenómeno Mona Lisa,” los retratos de este pintor siguen irradiando una intensidad hipnótica.

El talento de Gustav Klimt (1862-1918) no es fácil de explicar. Si bien mucho se ha escrito sobre su estilo, a Klimt se le asocia sobre todo con el simbolismo, lo cual puede ser engañoso pues se corre el riesgo de emparentarlo con pintores como Gustave Moreau, Odilon Redon y Paul Gauguin, quienes buscaban escapar de la realidad y expresar un sueño más bien personal a través de colores, formas y composiciones oníricas. Los cuadros de Klimt, en cambio, mantienen una estrecha relación con la realidad. A excepción de sus pinturas alegóricas, su obra está compuesta por piezas que reflejan el mundo como es, solo que lo hacen a través de un lente fragmentado, capaz de desbordar con patrones coloridos, además de su uso memorable de la hoja de oro.

Gustav Klimt, Judith con la cabeza de Holofernes, 1901, Österreichische Galerie Belvedere, Viena.

Gustav Klimt, Retrato póstumo de Ria Munk III, 1917, Colección Privada.

Klimt nació en Baumgarten, cerca de la capital del Imperio austríaco, en 1862. Segundo de siete hermanos, estudió en la Escuela de Artes y Oficios de Viena y empezó a trabajar como pintor y decorador de interiores. Su padre había sido grabador de oro, por lo que tenía una apreciación muy particular de los metales preciosos y sabía cómo replicar el brillo y los acabados de las joyas en sus pinturas. Junto con su hermano Ernst, colaboró en algunos encargos para decorar edificos públicos y salones en la Ringstrasse, y rapidamente adquirió renombre dentro del círculo artístico de la época.

Las pinturas del austriaco exuden confianza y nunca fallan por falta de orden; en todo caso tienen un exceso de motivos que se tornan fácilmente en caos. En cuadros como el de Judith con la cabeza de Holofernes, los ojos de las modelos confrontan al espectador sin penas ni rubores. Como observó alguna vez el Marqués de Sade, el erotismo es equivalente a la expulsión de la vergüenza, sin embargo, en el contexto contemporáneo de una cultura de liberación sexual que está más allá de ésta, es interesante que ver que estas pinturas retengan su atracción y un encanto tan potente a pesar del recato. Es como si lo más importante de las obras de Klimt no fuera poseer lo que retrata, sino desearlo intensamente: contemplarlo con anhelo.

Gustav Klimt, Muerte y vida, 1910/15 © Leopold Museum, Viena.

El desnudo es un género que siempre ha estado asociado con el tacto, con el lujo y la riqueza material. En los cuerpos de las modelos de Klimt no se alcanza a adivinar la fragilidad ni la decrepitud que se avecina. Ni siquiera en Muerte y vida, un lienzo que pretende representar todas las etapas de la vida, se asoman estas características del cuerpo en descomposición; la transitoriedad de la vida no termina por verse reflejada en el rostro pálido y cabizbajo de la anciana al centro de la obra. Como la muerte en el cuadro, la ruina del cuerpo humano quedó siempre al margen de las obras del austriaco.

Sin embargo, es en los paisajes en donde mejor se aprecia la particular visión de este artista, que convierte los detalles de las hojas y la luz del sol en un caleidoscopio. El mismo fenómeno resulta evidente en los cuadros que no logró acabar antes de morir, como el retrato de Ria Munk, que nos revela cómo trabajaba: primero en las áreas que debía pintar y que se correspondían con la vida real (el rostro y las manos), para luego completar el fondo y los detalles con patrones geométricos y florales de su invención.

Gustav Klimt, El parque, 1910, Museum of Modern Art, Nueva York.

En 1897, en el punto más alto de su carrera, Klimt decidió fundar la Secesión vienesa, un movimiento conformado por artistas y escultores de esta ciudad que se deslindaron de la visión tradicional y conservadora del arte que dominaba en ese momento. El grupo no tenía un programa ni una agenda específicas; combinaba múltiples disciplinas, incluyendo el diseño y la arquitectura, en busca de una obra de arte total, un Gesamkunstwerk que abarcara no solo lo pictórico sino el ámbito de un espacio determinado. 

Para mediados de 1900, Klimt ya estaba trabajando en una dirección distinta y dimitió del grupo en 1905. Sus cuadros revelaban una mezcla de influencias que darían lugar a su famoso periodo dorado: la combinación del art noveau con elementos de la decoración bizantina, como los mosaicos que había visto unos años antes en su viaje a la Iglesia de San Vital en Rávena. A este periodo pertenecen obras como el primer retrato de Adele Bloch-Bauer. En estos exponentes la atención del espectador se ve dividida una vez más entre el realismo de la cara de la modelo y sus vestimentas de colores brillantes, tapizadas con hoja de oro y patrones intrincados que se mezclan y confunden con el fondo de la composición.


Iglesia de San Vital, Rávena, Italia, Public Domain.


Gustav Klimt, Retrato de Adele Bloch-Bauer I, 1907, Neue Galerie, Nueva York, Public Domain.

Klimt murió en 1918, a los 55 años. Hacia el final de su vida, sus cuadros se volvieron menos decorativos y se concentró en pintar más paisajes y retratos que tuvieron una fuerte influencia sobre la siguiente generación de artistas: Egon Schiele, Oskar Kokoschka y Wassily Kandinsky, por ejemplo. Según los reportes que nos han llegado, era un hombre tímido, que no socializaba mucho, y sin embargo se rumora tuvo una larga lista de amantes. La única que parece haber sido un amor constante en su vida fue la diseñadora de ropa y emprendedora Emilie Flöge, hermana de su cuñada. Con ella compartió una fascinación por el diseño, y utilizó varios de sus vestidos para ataviar a sus modelos.


Emilie Flöge y Gustav Klimt en el jardín de Villa Oleander en Kammer, Lago Attersee, 1910. © Colección privada.

Sensuales y evocativos, pareciera que los lienzos de Klimt en realidad tuvieran vida propia. Sus bordes luchan perennemente por contener la energía que hay dentro. Pero la palabra energía resulta poco precisa, casi un cliché, y las obras de Klimt, por más vistosas y decorativas que sean, se resisten a la banalidad. En su caso, esta energía va de la mano de una mirada aguda y envolvente, que no retrata lo que es, sino lo que bien podría ser, y que quizás se encuentra escondido a plena vista: aquello que más anhelamos.

 

María Emilia Fernández
Historiadora del arte.