La Novena tropical

En nuestro mundo, la música nos rodea tan completamente que corremos el riesgo de volvernos inmunes a sus poderes. La siguiente crónica —relato de un viaje a Veracruz para escuchar la Novena de Beethoven—, restablece el verdadero sentido de la música en nuestras vidas al tiempo que nos revela sus efectos más profundos.


El primero de diciembre de 2017, en Boca del Río, Veracruz, la Novena sinfonía de Beethoven me sacó de la postración absoluta en la que me encontraba. Cuento esto no para desahogarme sino para ilustrar el poder tremendo de la música sobre nuestro metabolismo psíquico. Últimamente la música se ha vuelto tan abundante —suena sin parar en las tiendas, consultorios, elevadores, autobuses— que corremos el peligro de volvernos inmunes a ella, incapaces de sentir sus efectos más profundos. Por eso vuelvo a lo que me pasó aquel viernes durante el concierto inaugural del Foro Boca, construido a la orilla del mar, junto a la desembocadura del río Jamapa en el Golfo de México.  

Amparo Thomas, que encabeza el patronato de la Orquesta Filarmónica de Boca del Río, me invitó al concierto porque sabía —y a mí se me olvidaba— que la música es mi único credo; le tengo mucho aprecio a la literatura, la ciencia y el pozole, mas no los considero sagrados de ningún modo. La música, en cambio, me confronta con algo inefable, superior. Si nunca hubiera escuchado a Bach yo sería nihilista —y tal vez metalero—. Pero creo en la música. Por eso fui, tan decaído, casi por compromiso, al concierto costeño.

Salí por la mañana de la Ciudad de México en autobús. Siete horas y cuatrocientas páginas después ya me encontraba en el puerto. Me sorprendió la abundancia de restaurantes  de la cadena Pollo Feliz. El nombre me pareció una falta de respeto hacia los pollos, y el deseo de condenarla sembró la idea de esta crónica en mi cabeza.

Llegué con tiempo de sobra al Foro Boca. A pesar de la tristeza, me inquietaba una frivolidad: ¿irían todos de guayabera? Yo, que no tengo vocación de priista ni de yucateco, carezco de guayaberas —también de corbatas—, por lo que no iba tan formal como la invitación sugería. Para distraerme me fui a caminar alrededor del Foro mientras se hacía de noche.

Construir un recinto sin ventanas junto al océano es un desafío. La arquitectura costera casi siempre se subordina a la cotizada “vista al mar”. El Foro, diseñado por Rojkind Arquitectos, tiene muy poca “vista al mar”, pero gracias a un andador que penetra más de cincuenta metros en el agua, el mar sí tiene vista al Foro. Si uno camina hasta la punta del rompeolas y mira hacia atrás se encuentra con una construcción imponente, un sólido conjunto de poliedros irregulares de concreto. Es un edificio introvertido que transmite el mensaje de que adentro pasan cosas sagradas.

Al llegar a mi asiento me puse a leer el programa, que incluía obras de un mexicano y dos alemanes. La velada comenzaría con la Obertura veracruzana arreglada por Jorge Arturo Castillo con sones emblemáticos como La Iguana, El Colás y La Bamba. Después la Orquesta interpretaría el primer concierto para violín y orquesta de Max Bruch, con el solista invitado Joshua Bell. Por último tocaría la Novena sinfonía de Ludwig van Beethoven, una obra propicia para las conmemoraciones: se ha incluido en festejos tan diversos como la apertura de una arena de sumo en Tokio, 1985, y la celebración de la caída del muro de Berlín, cuando Leonard Bernstein dirigió la Novena en la Schauspielhaus de Berlín oriental el día de navidad de 1989 —también en Berlín, Wilhelm Furtwängler la condujo en el cumpleaños de Adolf Hitler, el 19 de abril de 1942—.

Lo menos germánico del concierto fue que empezó una hora tarde. Durante la espera, un hombre sentado adelante de mí se flagelaba mirando el reloj cada veinte segundos. Aproveché el tiempo para meditar sobre los motivos por los cuales la música ocupa un lugar tan importante en nuestra vida social —no puede faltar en ningún ritual importante, desde un bautizo hasta unas Olimpiadas—. Uno de los principales efectos psicosomáticos de la música es sincronizarnos —con nosotros mismos y con los demás—. Un buen adagio permite que sintamos con el cuerpo lo que nos pasa en el alma, y una salsa picosa puede coordinarnos con las demás personas mejor que cualquier conversación. En la música se agremian la razón y el sentimiento, la mente se tranquiliza y el cuerpo se despabila. Hace poco me contaron de un joven migrante en California que solo podía dejar de drogarse si se ponía a bailar la música tradicional de su pueblo en Oaxaca; It get’s me high, le confesó a nuestro amigo en común. Así, la música nos infunde, a través del movimiento o de la tensión inmóvil, la plenitud de estar aquí por completo, la inmanencia radical.

Pensando en lo anterior llegué a sentirme extremadamente solo mientras los músicos afinaban, la gente platicaba y el neurótico de enfrente se retorcía en su asiento. Me hizo falta el aire y me costó trabajo reprimir el llanto. De un día para otro había perdido el rumbo. Llevaba más de un año en piloto automático, viviendo sin entusiasmo. Un zombi consagrado a leer artículos de filosofía analítica y escribir notas editoriales y mensajes de Whatsapp. Estaba en una absoluta bancarrota del espíritu.

De pronto, el vecino impaciente se puso de pie y se asomó hacia la primera planta del auditorio. Quién sabe qué buscaba. Alguien murmuró atrás de mí: “Se va a suicidar”. El chiste me alivianó de golpe y volví a leer el programa. Me alegró enterarme de los proyectos de la Orquesta Filarmónica de Boca del Río, sobre todo de su programa gratuito de educación musical, Orquestando Armonía, que organiza a alrededor de quinientos alumnos en tres orquestas, cinco coros y un ensamble de arpa jarocha. Pensé en todos esos jóvenes estudiando sus instrumentos, tocando en grupo, participando en el ritual colectivo que un antropólogo extraterrestre acaso describiría como “pulsar, frotar, percutir o soplar objetos para producir ondas sonoras de nulo valor adaptativo”. Porque la música no tiene función biológica. Hay psicólogos evolutivos tan ocurrentes que piensan que la música surgió para aumentar la receptividad sexual de las hembras cavernícolas, y que los rockstars del Paleolítico tuvieron tanto éxito con ellas que nos heredaron a todos sus inclinaciones musicales. No dudo que las facultades subyacentes a la música hayan sido importantes para la sobrevivencia de nuestra especie, pero pensar que el ritmo y la armonía no son más que un recurso de apareamiento me parece una necedad.

Por fin empezó el concierto. La Obertura fue un grato aperitivo, un homenaje —muy merecido, aunque innecesario— a la riqueza del son jarocho. El Concierto de Bruch fue un hallazgo, pues yo nunca había escuchado nada de ese compositor. La Novena fue una dosis de esteroides para el ánimo, que se me llenó de esperanza, a pesar de que un golpe de Estado en mi cerebro amenazó con arruinarme la experiencia.

***

Concluida en 1824, después de casi tres décadas de trabajo, e inspirada por el poema de Schiller “An die Freude”, publicado en 1785, la Novena de Beethoven es un puente entre el racionalismo de la Ilustración y el reflujo sentimental del romanticismo. Cada movimiento expresa fases diferentes de una lucha interior: el conflicto soterrado del Allegro, el tumulto del Scherzo, la sublimación del Adagio y el coro triunfal del Finale se pueden leer a la luz de su contexto histórico como una rescate del optimismo ilustrado tras la época sombría de las guerras napoleónicas; de manera más honda, la obra nos habla del triunfo de la voluntad sobre el titubeo, de la persuasión sobre el pensamiento indeciso. Interpretada en Veracruz, trópico asediado por la corrupción y la violencia, la Novena me recordó que mientras haya música no todo está tan mal.

Sin embargo, algo falló dentro de mí durante la obra. Cuando aparecieron las primeras notas del tema final, en mi mente se activó una vocecilla ingenua que decía: “¡Ven, canta, sueña cantando, vive soñando el nuevo sol!” Me escandalicé: en la escuela primaria me habían hecho cantar hasta la náusea la espantosa versión hispánica del “Himno a la alegría”, y ahora volvía para arruinarme la experiencia musical. Era un crimen. En vez de escuchar: “Freude, schöner Götterfunken, Tochter aus Elysium, Wir betreten feuertrunken, Himmlische, dein Heiligtum! [Alegría, bella chispa divina, hija del Eliseo, entramos a tu santuario, oh celeste, ebrios de fuego]”, la versión adulterada decía: “Escucha hermano la canción de la alegría, el canto alegre del que espera un nuevo día”. Hice un esfuerzo descomunal para fijar mi atención en la orquesta y callar al coro de niños guadalupanos al que alguna vez pertenecí. El ejercicio de concentración extrema me impedía apreciar el conjunto, y el veloz tempo marcado por el director Jorge Mester me dificultaba aún más la tarea. Habría necesitado una versión tan lenta como las del director rumano Sergiu Celibidache para poder disociar la percepción del recuerdo. Quería escuchar al estupendo coro de la Universidad Veracruzana y no a los alumnos del Tepeyac cantando desafinados. Era imposible.

Me di por vencido. Renuncié a reprimir la voz de mi memoria, y entonces se me reveló como una mentira la idea de que el tiempo pasa: en realidad mi infancia estaba ahí, firme, con todo y su himno a la alegría y el mal gusto. Estaba la esperanza, aquella que me mantuvo firme en la orfandad, y que ahora me faltaba. De niño había creído en el futuro. No sé si fue un signo de madurez o decadencia: en el cuarto movimiento de la Novena tuve esperanza en el pasado, en el recuerdo de la dicha que hoy parece extinta para siempre, pero que está viva en mi mente y que puedo volver a hallar si la busco con la música adecuada. Por más cursi que sea la letra del “Himno a la alegría”, la música de Beethoven la resiste. Derrotado por mi infancia, disfruté sin reservas el trío casi epiléptico de codas que cierra la sinfonía. Cuando el auditorio estalló en aplausos, yo permanecí quieto, vestido de uniforme, con zapatos ortopédicos y frenos en los dientes, cantando al porvenir. 

 

Jorge Comensal
Narrador y ensayista. Autor de la novela Las mutaciones (Antílope, 2016) y del ensayo Yonquis de las letras (La Huerta Grande, 2017).

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Publicado en: Crónica