A Paul Bowles (1910-1999) le apasionaban el paisaje y sus efectos en el viajero. Escribió sobre París, los países del Magreb —con Tánger como centro, donde residió durante 52 años—, España, Francia, India, Sri Lanka, Tailandia, Estambul, Kenia, México, Costa Rica y muchos otros lugares a los que lo enviaron o por los que pasaba por casualidad. Su lugar preferido era Marruecos: sus ciudades, su interior y, sobre todo, Tánger.

Aunque su amplia experiencia del mundo le equipó para escribir sobre viajes, durante la mayor parte de su vida —asevera Paul Theroux— Bowles no tuvo realmente un hogar fuera de Tánger. Lo constata en Desafío a la identidad. Viajes, 1950-1993 (Galaxia Gutenberg, introducción de Paul Theroux, traducción del inglés de Nicole d’Amonville Alegría y Rodrigo Rey Rosa, 2013). En los siguientes pasajes pertenecientes al volumen, Bowles analiza la literatura de viajes y expone particularidades como trotamundos. Y el último fragmento está constituido por melancólicos versos de un poema autobiográfico, que cuentan algo sobre sus dos últimas décadas. Sobrevivió 26 años a su esposa Jane, que murió en 1973. La muerte de su mujer lo dejó en el limbo.

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Aun tan recientemente como hace un siglo, viajar era una especialidad. Como los lugares remotos estaban fuera del alcance de todos menos un grupo de afortunados y resistentes, era natural que el deseo de contacto con lo exótico se satisficiera a través de las experiencias de otros, por medio de la lectura.

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Hoy, cuando en teoría cualquiera puede viajar a cualquier sitio, el libro de viajes tiene otra función; el énfasis se ha desplazado de los lugares en sí al efecto que éstos tienen en la persona. El libro de viajes se ha vuelto, por necesidad, más subjetivo, más “literario”.

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¿Qué es un libro de viajes? Yo diría que es el relato de lo que ocurrió a una persona en determinado lugar, y nada más que eso; no contiene información acerca de hoteles y carreteras, ni listas de frases útiles, estadísticas o sugerencias acerca de la clase de ropa que el visitante podría necesitar. Es posible que tales libros estén condenados a la extinción. Espero que no, porque no hay nada que yo disfrute más que leer el relato de un escritor inteligente acerca de lo que ocurrió lejos de casa.

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El tema de los mejores libros de viajes es el conflicto entre el escritor y el lugar. No importa quién lleve la mejor parte, siempre que el combate sea narrado con fidelidad. Para lograr esto es necesario que el escritor esté bien dotado para describir situaciones, lo que tal vez explica por qué muchos de los libros de viajes que no han huido de mi memoria fueron producidos por escritores expertos en el arte de la novela.

 


Paul Bowles delante de sus maletas. Tánger, 1952. © Galaxia Gutenberg.

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Uno recuerda la indignación de Evelyn Waugh en Etiopía; la impasibilidad de Graham Greene en África occidental; cómo Aldous Huxley se dejó deprimir por México, o cómo Gide descubrió su conciencia social en el Congo, mucho tiempo después de que otros relatos de viaje igualmente precisos se han hecho borrosos o se han desvanecido. Dada la habilidad novelística de estos escritores, es quizá perverso de mi parte preferir sus libros de viajes a sus novelas, pero los prefiero.

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No creo que un libro de viajes pueda escribirse de manera suficientemente precisa si se hace después de los hechos, si el autor ha estado viviendo a su antojo durante el tiempo sobre el cual se propone escribir, sin tomar notas y sin percatarse de su función como instrumento receptivo. El recuerdo mal definido de sus reacciones emotivas es siempre más intenso que la memoria puntual de lo que las causó. Confiar en la memoria es lo indicado para determinar la sustancia de una novela, pero no es aconsejable en este caso, pues es demasiado probable que altere la consistencia de la escritura.

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El escritor debe tomar la decisión de ser escrupulosamente honesto al hacer su relato. Cualquier distorsión voluntaria equivale a hacer trampa en un juego de solitario: el juego pierde sentido. El relato debe ceñirse lo más posible a la realidad, y me parece que la forma más sencilla de lograr esto es proponerse ser exacto al describir sus propias reacciones.

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El lector puede hacerse una idea de cómo es en realidad un lugar solo si conoce los efectos que éste ha tenido en alguien acerca de cuyo carácter tiene alguna noción y cuyas preferencias le son familiares. De modo que parece esencial que el escritor ponga cierto empeño en presentar objetivamente su propia personalidad; esto facilita al lector una clave interpretativa para valorar por sí mismo la importancia relativa de cada detalle, como la escala al pie de un mapa.

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El problema de dar al relato de viajes una estructura lineal no es esencialmente literario. El escritor tiene que asegurarse de que las experiencias que constituirán su material lleguen a producirse. Escribe una historia que antes debe vivir, y si el curso que la historia sigue exige ciertos elementos que hacen falta en su vida, tendrá que arreglárselas para reorganizar su existencia con el fin de obtener esos elementos. Debe usar su poder de invención para enfrentarse, no con la escritura en sí, sino con la relación entre sí mismo y el mundo real a su alrededor.

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Si se me presenta la opción de elegir entre visitar un circo y una catedral, un café y un monumento público, o una fiesta y un museo, me temo que por lo general me decantaré por el circo, el café y la fiesta.

 

Tánger es una ciudad donde todos viven con cierto grado de incomodidad.

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Después de aquello le pareció que no pasaba nada más.
Siguió viviendo en Tánger, traduciendo del árabe, el francés y el español.
Escribió muchos cuentos, pero ninguna novela.
Seguía habiendo cada vez más gente en el mundo.
Y nadie podía hacer nada acerca de nada.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

 

 

Un comentario en “Paul Bowles y la literatura de viajes

  1. El deseo de contacto con lo exótico, se satisface a través de la experiencia de otros, la lectura.