Ibargüengoitia es un autor de piezas y cuentos infantiles adelantado a su tiempo, alguien para quien la risa, el humor negro y la broma hasta sus últimas consecuencias permanecen en la memoria de futuros lectores, lejos, muy lejos, del acartonado universo de la moral y las buenas costumbres.

Si existe una faceta poco explorada de Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928—Madrid, 1963) es la de escritor de obras de teatro y relatos para niños. Se ha reflexionado sobre su trabajo como novelista, dramaturgo, cuentista y articulista; sin embargo, casi no se ha tomado en cuenta su interés por abordar de una manera no convencional el mundo de los niños que, desde su visión, no escapa de esa dosis de humor e ironía que solía infiltrar en sus escritos.

Las Piezas y cuentos para niños (originalmente publicadas en 1989) se encuentran recopiladas en un volumen de bolsillo que editó Planeta dentro de la colección Booket, en cuya portada —para no perder la costumbre impuesta desde Las muertas (1977) — se muestra un cuadro de Joy Laville. También hace unos años el Fondo de Cultura Económica, dentro de su colección para niños, editó un par de cuentos de Ibargüengoitia de forma independiente: El ratón del supermercado y sus primos del campo y El niño Tricilinio y la bella Dorotea, ambos ilustrados por Magú.

Ibargüengoitia posee una manera muy particular de ver a los niños un tanto diferentes de los narradores que, durante los años sesenta y setenta, publicaban cuentos infantiles. Los observa inteligentes, sagaces, irónicos, divertidos y, quizá por esas cualidades, evita caer en finales moralizantes y en exaltaciones regionales. Exhibe los sinsabores de la vida, las consecuencias de ciertos actos, pero en un tono lejos de lo tradicional. Lo antisolemne en Jorge Ibargüengoitia alcanza a sus obras de teatro y cuentos para niños, y aquí reside lo valioso de sus incursiones en este terreno.

Llama la atención la forma que tiene de abordar un asunto que hoy resulta sumamente actual, como es el bullying. El maltrato psicológico que reciben algunos de sus personajes es por cómo se llaman, situación que les genera rechazo y burlas entre sus compañeros. En “Rigoberto entre las ranas” (farsa en un acto), los niños no quieren jugar con un chico de nombre Rigoberto, quien triste y solo, más nunca resignado, intenta entretenerse hasta que conoce a Don Pafnuncio Gándara. El hombre en un acto de magia convierte a Rigoberto en una rana, entonces pasa sus mejores momentos, se divierte y ríe hasta que llega la hora de comer y se acuerda que está invitado al cumpleaños de Rosita. (No se acostumbra a comer la comida de las ranas). La niña hace que Rigoberto deje de ser una rana para volverse otra vez en un niño y, de paso, hará que él se sienta agusto y ya no tenga vergüenza cuando le pregunten cómo se llama.

En “El niño Triclinio y la bella Dorotea”, aunque nadie se burla de Triclinio por su nombre, vive un rechazo por parte de todos los que lo rodean cuando llega al pueblo donde vive su prima Dorotea, una joven rubia, que viene de la Ciudad de México. Dorotea se transforma en un personaje que muchos quieren conocer, admirar de cerca y frecuentar. Antes, cuando no estaba Dorotea, Triclinio salía al cine con sus hermanas mayores y los novios de ellas le compraban golosinas. Ahora eso no ocurre debido a que Dorotea acaparaba a atención de varias personas. Un día se dio cuenta que su prima se estaba preparando para dormir y fue cuando se percató que la joven huésped era calva, “Calva como mis nalgas”, repetía el niño. Cuando descubrió que su prima dejaba su imponente cabellera en una silla, Triclinio sintió unas ganas irrefrenables de contárselo a alguien, pero como todos estaban dormidos, subió al tejado a de la casa y, con ayuda de su caracola de mar, describió lo que vio: “La Bella Dorotea es calva como mis nalgas”. Esa noche todos en el pueblo conocieron la revelación que les espetó el niño. Al día siguiente, la Bella Dorotea tomó un autobús y, de ahí en adelante, todos vivieron felices, acaso igual de felices que cuando todavía la prima no iba a importunar la serenidad de Triclinio.

La Bella Dorotea, con todo y su problema de alopecia prematura, surge en otro relato. Se trata de “El cometa Francilló”, un hombre que desde niño se creía más listo que los demás y cada vez que podía hacía gala de ello. Constantemente hacía bromas, inventaba cosas, asuntaba a la gente que lo rodeaba. Una vez cambió el contenido de unas botellas de licor y “dos secretarios de Estado, tres directores de empresas, un senador y un aspirante a gobernador visitaron a Francilló y demostraron no saber nada de vino”. No obstante, “Francilló tampoco sabía de vinos. Murió en esos días de ingestión de aguarrás”.

Otro niño al que siempre le gustó llamar la atención es Memo Pinzón, hermano de Meme Pinzón, ambos incluidos en “Cuento de los hermanos Pinzones”. Mientras uno de ellos era tranquilo y obediente, el otro era lo contrario. A Memo lo inscribieron en la escuela, pasó por los mejores colegios. Sus compañeros escribieron una composición y la firmaron con el nombre de Memo Pinzón para que él ganara un viaje y se tardara dos o tres años en regresar a la escuela, pues nadie lo soportaba. Y así ocurrió. Pero cuando regresó Memo, en lugar de venir entusiasmado de su travesía por Europa, dijo que en realidad a él le habría gustado ser zapatero, como su hermano Meme, y jamás haber ido a la escuela, como le ocurrió al hijo primogénito de los Pinzón que su familia no consintió tanto.

Las niñas también suelen ser atípicas y un tanto frustradas, como es el caso de Mandolina, la jovencita que era mayor que otros niños y que se la pasaba escuchando las conversaciones de adultos en vez de ir a jugar con los demás. En “Cuento de la niña condecorada”, Ibargüengoitia satiriza a la típica niña que en todo se saca diez y que es odiosa, incluso más que la propia maestra. La chica, en lugar de convivir con sus amigos, salía a recreo con una libreta en donde anotaba si alguno de sus compañeros llegaba tarde a clases, si sacaba malas notas, si se portaba mal en el salón. ¿Acaso estaba enferma de poder? Un poder que ella habría dado todo por ejercer, pero debía conformarse con jugar y solo mirar que el resto de su grupo no era tan responsable como ella. Cierto día fue condecorada con varias medallas que ostentaban su comportamiento ejemplar, se las colgó en el cuello y quería a todos las vieran. Tuvo que ir al bosque y un lobo empezó a seguirla porque escuchó el tintineo de sus distinciones, era inevitable que en cada movimiento que daba sonara el choque de los metales. En ese instante, cuando su vida corría peligro, deseó no haberse portado como lo hizo y jamás haber obtenido esas medallas que no hacían más que evidenciar su presencia. Por suerte el lobo se fue y ella dejó de preocuparse por ser la alumna número uno en la escuela.

Hay una obra de teatro para niños que aborda el tema de los migrantes que van a Estados Unidos. En “Farsa del valiente Nicolás”, Zenaida, la mujer de Nicolás, le pide a Don Rosalío que le lea una carta que acaba de recibir de su esposo. En dicha misiva, Juan le dice que pronto regresará y que trae dinero. Los vecinos se enteran de la llegada de Juan y van a visitarlo para cobrarle unas deudas que tienen con él. Poco a poco lo despojan de su dinero, le cobran intereses y se nota que en realidad quieren quedarse con más de lo que les debe. Luego que Juan se queda sin nada de sus bienes, Don Rosalío le cuenta la leyenda del valiente Nicolás, un soldado de caballería que pedía dinero prestado, no pagaba y degollaba a quien le cobraba. A Juan se le ocurre disfrazarse del valiente Nicolás y, de esta manera, recupera lo que le pertenece.

La magia y la ironía se presentan de nuevo en “La fuga de Nicanor” (farsa para niños), en donde Nicanor —encargado de traer animales al zoológico de Chapultepec— junto con Pérez Oso deben aterrizar forzosamente en Tulum, por una falla en el avión, y eso les impide regresar a la Ciudad de México. Entre tanto, ambos tendrán que sortear una serie de aventuras con los habitantes de Tulum, el mago Filomeno Aripa y la familia de Nicanor. Gracias a su ingenio, logran regresar de su periplo y dan un interesante recorrido por distintos sitios representativos de la capital: las montañas (el Izta y el Popo), la Catedral, el Palacio Nacional, la Torre Latinoamericana, el Monumento a la Revolución y el Palacio de Bellas Artes.

Precisamente en el Palacio de Bellas Artes, el elefante Paco tiene agendado dar un concierto de piano. Sus piezas favoritas son “Gavota Pavlova” y el “Concierto para la Mano Izquierda”, de Ravel. Paco estaba listo para su concierto, el transporte llegó puntual por él, lo llevaría del zoológico de Chapultepec a Bellas Artes. Pero fue interceptado por unos gángsters de Chicago que contrató Paletón, quien deseaba que Paco, el elefante pianista, dejara de ser parte del zoológico y fuera de su propiedad. Por fortuna, la policía interviene y frustra el secuestro de Paco, quien paradójicamente debe pasar el resto de sus días encerrado en la jaula —como Paletón, que se encuentra en la cárcel— y de vez en cuando toca algo en el piano. Todo esto ocurre en “Paletón y el elefante musical”.

Tanto en “Los puercos de Nicolás Mangana” como en “El ratón del supermercado y sus primos del campo” queda la idea del clan, de una familia que ahorra porque sabe que vendrán épocas de escasez. No obstante, luego de un tiempo de limitaciones, experimentan lo que se siente tener algo que mucho se desea. En el caso del primer relato, Nicolás consigue tener un caballo blanco que llega a su vida de manera inesperada y resulta ser muy apreciado por él y su familia, pues se adaptan al cambio de planes y la vida da un giro para ellos. Y en “El ratón del supermercado y sus primos del campo”, la familia de ratones debe salir huyendo y dejar atrás su vida cómoda porque uno de sus hijos, el mayor, fue de visita al pueblo con unos parientes y les contó todas las bondades de las que gozan por vivir cerca del supermercado. Los parientes —muchos de ellos— vienen a visitar ese paraíso de comida y la pequeña familia de roedores deberá emigrar en busca de un nuevo lugar que les brinde las comodidades a las que están acostumbrados.

Quien escribe libros para niños debe tener en cuenta que está formando futuros lectores y que mucho depende si, gracias a sus historias, continuarán con el hábito de la lectura o tomarán otra ruta. En ese sentido, Ibargüengoitia es un autor de piezas y cuentos infantiles adelantado a su tiempo, alguien para quien la risa, el humor negro y la broma hasta sus últimas consecuencias permanecen en la memoria de futuros lectores, lejos, muy lejos, del acartonado universo de la moral y las buenas costumbres.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz
Editora y ensayista.